IV
EL PROFESOR ABEL
Los meses que siguieron a aquella noche en el depósito de cadáveres fueron, para Wolf, los más extraños y los más fértiles de toda su infancia.
El profesor Bardach, que vivía solo en un piso amplio pero austero cerca del Tiergarten —su esposa había muerto años atrás, y sus dos hijos, ya adultos, habían emigrado a Hamburgo siguiendo carreras propias que los alejaban de Berlín y, en cierto modo, también de él—, decidió acoger al niño bajo su techo con una mezcla de generosidad genuina y curiosidad científica que ni él mismo terminaba de distinguir del todo. Le dio una habitación pequeña pero limpia, le compró ropa que no fuera la que llevaba desde Polonia, y empezó, con la disciplina metódica de un hombre de ciencia, a documentar cada aspecto de aquella capacidad extraordinaria que el muchacho parecía poseer de forma natural.
—Cierra los ojos —le decía, cada tarde, después de que Wolf hubiera recuperado fuerzas suficientes para los ejercicios—. Ahora, busca el lugar donde sientes el corazón. No el órgano: la sensación. El golpe, el ritmo.
Wolf obedecía, sentado en una silla de respaldo recto, las manos sobre las rodillas, y trataba de localizar aquel punto interior que el profesor describía con tanta precisión y que a él, al principio, le costaba reconocer como algo separado del simple hecho de estar vivo.
—Ahora, sin moverte, sin contener la respiración, intenta hacer que ese ritmo se haga más lento. No lo fuerces. Simplemente, permítele que se calme, como un animal que confía en que no hay peligro cerca.
Las primeras semanas no ocurrió nada perceptible. Bardach tomaba el pulso de Wolf con un cronómetro de bolsillo y anotaba los resultados en su cuaderno de tapas negras sin mostrar decepción ni entusiasmo excesivo, como corresponde a un científico que sabe que los descubrimientos reales rara vez llegan en el momento en que se los espera.
Pero hacia la sexta semana, algo cambió. Wolf, sentado en la misma silla de siempre, con los ojos cerrados y la misma instrucción de siempre repitiéndose en su cabeza, sintió de pronto que el ritmo de su pecho se aflojaba, como una cuerda que alguien suelta poco a poco desde el otro extremo, hasta convertirse en algo tan lento y tan distante que por un instante temió, con un destello de pánico, estar repitiendo lo que le había ocurrido en la calle aquella noche de invierno.
—Sesenta y dos —anunció Bardach, consultando el cronómetro con la voz ligeramente alterada, la única grieta de emoción que Wolf le había visto permitirse hasta entonces—. Hace tres minutos tenías noventa y ocho. Abre los ojos, Wolf. Despacio.
A partir de aquel día, los ejercicios se volvieron más ambiciosos. El profesor le enseñó técnicas de respiración que había estudiado en textos sobre los faquires de la India y los monjes del Tíbet —textos que circulaban entonces, con mayor o menor rigor, entre los círculos médicos europeos fascinados por las prácticas orientales—, y Wolf, con la facilidad de un cuerpo todavía joven y maleable, las absorbía con una rapidez que dejaba al propio Bardach asombrado, anotando en su cuaderno frases como "el sujeto demuestra una capacidad de autorregulación autonómica que excede ampliamente lo documentado en la literatura existente" junto a otras, garabateadas casi al margen, mucho menos científicas: "este muchacho va a sorprender al mundo, o se va a hacer mucho daño a sí mismo. Quizás ambas cosas."
Pero el verdadero descubrimiento —el que terminaría definiendo el resto de la vida de Wolf Messing mucho más que su capacidad de fingir la muerte— llegó casi por accidente, una tarde de domingo en que Bardach había invitado a comer a un colega del hospital, el doctor Felix Schmidt, psiquiatra de profesión, junto con su esposa, Grete.
Grete Schmidt era una mujer de mediana edad, de risa fácil y maneras directas, que después de la comida propuso, medio en broma, poner a prueba al "niño prodigio" del que su marido y el profesor Bardach no dejaban de hablar.
—A ver, Wolf —dijo, con los ojos chispeantes de quien disfruta jugando a algo que no se toma del todo en serio—. He escondido algo en esta habitación mientras tú estabas en la cocina. Adivina qué es y dónde está.
Wolf, que tenía entonces trece años y todavía no sabía bien qué se esperaba de él en situaciones como aquella, se quedó callado un momento, observando a la mujer con la misma atención silenciosa con que, sin saberlo aún, había observado años atrás al revisor del tren.
—Déme su mano —pidió, finalmente, siguiendo un instinto que no podía explicar—. Y piense en el objeto. Piense en dónde lo escondió. No me lo diga. Solo piénselo, con fuerza, mientras camino.
Grete, divertida, extendió la mano. Wolf la tomó apenas, con la punta de los dedos rozando su muñeca, y comenzó a caminar lentamente por la habitación, deteniéndose cada pocos pasos, girando la cabeza como quien busca el origen de un sonido lejano.
Lo que sintió —y trataría, durante años, de explicar con palabras que nunca le parecían del todo precisas— fue una resistencia casi imperceptible en el brazo de la mujer cuando se acercaba a ciertos puntos de la habitación, y una especie de aflojamiento, de alivio muscular minúsculo, cuando se acercaba al lugar correcto. Era como seguir el rastro de un calor que solo él podía sentir, transmitido no por ninguna facultad mágica sino por el cuerpo mismo de Grete Schmidt, que sin saberlo —sin poder evitarlo, porque ningún ser humano puede evitarlo del todo— delataba con sus músculos la dirección exacta de sus propios pensamientos.
Se detuvo frente a un jarrón de porcelana sobre la repisa de la chimenea, metió la mano detrás de él, y sacó un pequeño broche de plata con forma de mariposa.
Grete Schmidt soltó un grito breve, llevándose la mano libre a la boca, y su marido, el doctor Schmidt, se inclinó hacia adelante en su silla con un interés que ya no tenía nada de la cortesía social con que había aceptado, minutos antes, participar en aquel juego improvisado.
—Bardach —dijo, sin apartar los ojos de Wolf—, ¿sabes lo que acabas de presenciar?
El profesor, que observaba la escena con las manos entrelazadas sobre el regazo y una expresión que oscilaba entre el orgullo y la cautela, asintió despacio.
—Creo que sí —respondió—. Pero prefiero que lo expliques tú, Felix. Es tu especialidad, no la mía.
Schmidt se levantó, se acercó a Wolf y le pidió que repitiera el experimento, esta vez con él mismo como sujeto, mientras explicaba en voz alta, para beneficio de todos los presentes, lo que estaba ocurriendo.
—No es lectura de mentes, jovencito —dijo, mientras Wolf sostenía de nuevo su muñeca y comenzaba a caminar—. O al menos, no en el sentido en que la gente entiende esa expresión. Lo que estás haciendo se llama, en los círculos científicos, "lectura muscular" o "ideomotricidad involuntaria". Cuando una persona piensa intensamente en una dirección, en un objeto, en un lugar, su cuerpo produce micro-contracciones musculares completamente involuntarias, demasiado pequeñas para que la persona misma las note, pero perfectamente detectables para alguien entrenado en sentirlas a través del contacto físico. El cuerpo, Wolf, no sabe mentir. Aunque la mente se empeñe en ocultar algo, el cuerpo siempre, de alguna manera, lo delata.
Wolf, que había encontrado ya el broche escondido —esta vez en el bolsillo del propio chaleco de Schmidt— se detuvo, soltó la mano del médico, y se quedó mirándolo con una expresión que no era de decepción, exactamente, sino de algo más parecido al reconocimiento.
—Entonces no es magia —dijo, en voz baja, casi para sí mismo.
—No —confirmó Schmidt, sin la menor intención de desilusionarlo, sino más bien con el respeto de un científico hacia un fenómeno real, aunque explicable—. Es algo mucho más difícil que la magia, jovencito. La magia es un truco que cualquiera puede aprender a base de práctica mecánica. Esto que tú haces requiere una sensibilidad que muy pocas personas en el mundo poseen de manera natural. Yo mismo, con todos mis años de estudio, no podría hacer ni la mitad de lo que tú acabas de hacer en cinco minutos.
Esa noche, después de que los Schmidt se marcharan, Wolf se quedó largo rato sentado frente a la ventana de su habitación, mirando las luces de gas de Berlín que titilaban en la distancia, dándole vueltas a una idea que se le había clavado en el pecho con la misma fuerza con que, años atrás, se le había clavado la astilla del circo ambulante de su infancia.
El profesor Bardach, que entró a despedirle las buenas noches y lo encontró todavía despierto, se sentó al borde de la cama con la calma de quien presiente que el muchacho necesita hablar de algo.
—¿Qué piensas, Wolf?
—Pienso —respondió, sin apartar la vista de la ventana— que si le dijera a la gente la verdad, que esto es solo lectura de músculos, nadie pagaría por verlo. Pero si les dejo creer que es magia, que es algo que viene de otro lugar, todo el mundo querría verlo.
Bardach se quedó callado un momento, sopesando la respuesta del muchacho con la misma seriedad con que sopesaba cualquier dato experimental.
—Eso es probablemente cierto —admitió finalmente—. Pero te voy a decir algo, y quiero que lo recuerdes siempre, pase lo que pase con tu vida a partir de ahora: hay una diferencia enorme entre dejar que la gente se maraville ante algo que es real, aunque no entiendan del todo cómo funciona, y mentirle deliberadamente sobre lo que ese algo es. La primera opción es el arte del espectáculo. La segunda es el camino más corto hacia convertirte en algo que no creo que quieras ser.
Wolf no respondió esa noche. Pero la frase del profesor Bardach se le quedó grabada, y volvería a ella, una y otra vez, durante los sesenta años siguientes, cada vez que el aplauso del público lo tentara a cruzar esa línea exacta que el viejo fisiólogo le había señalado con tanta precisión aquella noche de invierno en Berlín.