Capítulo Setenta
PRIYA
D espués de la coronación, Priya fue a ver a Rukh.
Había una enfermería improvisada para todas las personas que habían resultado heridas defendiendo el mahal . Rukh tenía su propia cama junto a la ventana, bajo un rayo de sol. Estaba acostado de lado, y las hojas de su cabello se volvían hacia la luz solar.
Había esperado hasta estar segura de que viviría, que las aguas no le quitarían la vida. Había esperado hasta que sintió que la magia se había asentado en su sangre, constante y fuerte. Retrasarlo más sería simplemente cobardía.
No quería que él supiera que tenía miedo.
—Rukh —lo llamó—. ¿Estás despierto?
Cuando el chico levantó la cabeza, las hojas de su cabello se movieron. Las astillas de madera de sus manos se movieron, con los finos huesos de sus dedos, mientras él giraba el cuerpo para mirarla.
—¿Priya?
—Sí, soy yo —dijo con una sonrisa—. ¿Me haces un sitio?
Rukh se hizo a un lado. Ella se sentó en la cama junto a él.
—Quiero probar algo, si me dejas —explicó. Le sostuvo una mano entre las suyas—. Quiero tratar de aliviar la podredumbre.
—No quiero usar más cuentas de madera —dijo resignado.
—No —aclaró ella—. No es eso. Quiero probar algo mágico. ¿Me dejarás intentarlo, Rukh?
Él se quedó en silencio por un momento.
—Estoy tan cansado —dijo en voz baja.
—Lo sé —respondió ella. Frotó el pulgar sobre los dedos, del niño, con cuidado de evitar la piel desgarrada alrededor de las ramas—. Lo sé, Rukh.
Él miró la mano de Priya sobre la suya.
—¿Me va a… me va a doler? —preguntó.
—No lo sé —respondió ella en voz baja—. Pero si te duele, dímelo y me detendré.
—Está bien —accedió. Abrió los dedos, con un audible chasquido de articulaciones—. Está bien —repitió—. Confío en ti.
Priya trató de proyectar confianza mientras le sostenía la mano con más fuerza. Respiró hondo. Cerró los ojos.
Todo lo que tenía eran las palabras de Ashok, su recuerdo de que los nacidos tres veces habían sido capaces de manipular la podredumbre tiempo atrás. Todo lo que tenía era su esperanza de que lo que ella era pudiera servir para algo bueno.
Dejó que la magia creciera en ella y se derramara hacia fuera.
Mientras sostenía la mano de Rukh, sintió la podredumbre dentro de él, una sensibilidad viva y mágica, la misma vida verde que vivía en el bosque, en sus árboles y su tierra, y sintió que le respondía.
Respiró lento y profundo. Solo hizo falta eso, mover la magia suavemente, ordenarle a la podredumbre, como lo hacía con cualquier otra cosa verde y viva: “No crezcas. No te propagues”.
Trató de hacerla retroceder, marchitarla hasta la nada, pero ya se había hecho un lugar dentro de Rukh, había hecho de su cuerpo su hogar, y sin él moriría.
Hizo lo que pudo. Solo eso.
Luego abrió los ojos una vez más y le sonrió.
—Priya—. Rukh respiró profundamente, como si no lo hubiera hecho así en mucho tiempo—. Yo… Priya, ¿qué has hecho?
—No vas a morir —dijo ella—. Me he asegurado de que no mueras. La podredumbre ya no te hará daño.
Desencajado, se miró las manos todavía rodeadas de corteza, extrañas.
—Pero ¿no puedes arreglarme? Yo… ¿no voy a volver a ser como antes?
—No puedo hacerte como eras antes —dijo Priya lentamente, mirando las raíces que se enroscaban alrededor de sus orejas; las líneas de savia, como venas, que asomaban a través de su garganta y en el blanco sombreado de sus ojos—. Pero estás bien, Rukh —dijo suavemente—. Estarás bien.
Él asintió solemnemente. Luego le tembló el labio y apoyó la frente en el hombro de Priya, y ella sintió brotar sus sollozos, grandes y desgarradores.
Se subió a la cama con él y lo abrazó con fuerza.
Apoyó la cara contra su cabello, sus propios ojos húmedos; estaba feliz de no haberlo perdido también a él.
—Está bien —susurró—. Rukh, todo irá bien. Todo irá bien.
Bhumika estaba sola, esperándola, de pie junto a una ventana rota del gran mahal . Miraba hacia el Hirana y bebía de una botella de vino traída de una de las despensas del regente que, por milagro, había sobrevivido al saqueo.
—¿Dónde está Padma? —preguntó Priya.
—Durmiendo —respondió—. Khalida está con ella. ¿Crees que dejaría sola a mi bebé recién nacida?
—Solo preguntaba —dijo Priya—. Además, se puede dejar a los bebés solos para que duerman. ¿No es así?
Bhumika murmuró algo desagradable en voz baja y empujó la botella de vino hacia Priya. Ella la tomó y bebió.
—Entonces —dijo Bhumika—, ¿qué vas a hacer?
Priya bajó la botella.
—¿Qué quieres decir?
—Sé que deseas irte, Priya.
Priya tragó saliva. Contempló el Hirana roto, pero en pie, con una luz parpadeante sobre el triveni , donde permanecían algunos de los nacidos una vez.
—Yo nunca dije eso.
—No hace falta que lo digas, Pri. —Priya permaneció en silencio y Bhumika continuó—: Todo lo que pido es que…
no te vayas, sin más. Háblame. Te necesito aquí por muchas razones en este tiempo de inquietud.
Para que trates de asegurar que los rebeldes y nuestra propia gente no se destrocen las gargantas unos a otros.
Porque la amenaza de Parijatdvipa aún persiste en nuestras fronteras.
Porque necesitamos de aliados con los que comerciar.
—Eso es mucho, ¿no? —Priya suspiró y movió los hombros, enderezando la columna—. Me gustaría ayudar a mantenernos a salvo. Aunque no creo que a Jeevan le guste. No se alegró mucho cuando le rompí la cabeza a un soldado con una rama.
—Se las arreglará —dijo Bhumika secamente.
—En cuanto al resto, la verdad es que no sé de política —dijo Priya—. No soy una guerrera. Ya ni siquiera soy una sirvienta. Soy…
Pensó en la sensación de que Ahiranya se desplegaba en su mente y el poder, en su sangre. En lo que significaba ser tocada por los espíritus: ser una hija del templo, una guardiana de la fe.
Ser una… elemental.
Bhumika todavía la miraba.
—Soy poca cosa —terminó Priya—. No soy importante en absoluto.
—Ahora eres una mayor.
—Vamos, sabemos que eres la única verdadera mayor aquí.
Bhumika negó con la cabeza.
—Eso no es cierto, Priya —dijo—. Ojalá lo veas algún día.
—Sí, quiero irme —admitió Priya—. Supongo que siempre quiero hacer lo incorrecto. Pero te prometo que no me iré. No dejaré que sufras por lidiar con este trabajo sola.
Bhumika negó con la cabeza.
—Eso no es lo que quiero.
—¿Entonces qué quieres?
—Dime qué deseas hacer —dijo Bhumika—. Eso es todo lo que quiero saber.
Priya quería hundirse bajo las aguas de nuevo.
Quería que Ashok estuviera vivo.
Quería a Malini. Quería a la mujer que le había clavado un cuchillo en el corazón. Ella solo quería cosas que la destruyeran, ¿y de qué podía servirle eso a alguien?
—Muchas cosas —respondió finalmente—. No importa.
Bhumika esperó. Luego acercó la botella hacia sí misma.
—Esta es una muy buena cosecha de Saketa —comentó mirando la botella—.
A Vikram le gustaba el buen vino. Una vez, pedí que trajeran un barril de las bodegas de Sonali para él.
Una cosecha antigua, que mi tío valoraba mucho.
Pero Vikram ni siquiera lo tocó. Y, sin embargo, a veces pensé que me valoraba.
—Levantó la cabeza—. ¿La amas más que a tu propia familia?
Por supuesto que Bhumika lo sabía. Priya nunca había sido buena para ocultar sus sentimientos.
—No somos una muy buena familia —dijo—. Nunca lo hemos sido. Pero ella… ella tampoco es muy buena.
—Ah, Priya. Esa no es una respuesta.
—Aquí está mi respuesta, entonces. Te elijo. Elegí a Ashok. —Su voz se quebró un poco. Tragó saliva—. Elijo a Ahiranya primero. Tengo que hacerlo. Vive dentro de mí.
—Un día te irás —dijo Bhumika—. Sé que lo harás.
Pero necesito que me hagas una promesa que no romperás.
—Bhumika se volvió para mirarla—. Haz de ella una aliada —continuó—.
Un amor, si quieres, pero aliada. Si no puedes hacerlo, si ella va a ser una amenaza para nuestro país, necesito que la elimines. ¿Lo entiendes?
Silencio.
—Quieres que la mate —dijo Priya.
—Quiero que uses tu cercanía con ella si Ahiranya lo requiere —aclaró Bhumika con calma—. Quiero que recuerdes, siempre, dónde yacen tus lealtades.
—¿Aquí?
—Sí, Priya. Aquí.
Priya negó con la cabeza.
—Qué extraña es tu manera de pensar —dijo.
—Pienso como una gobernante —señaló Bhumika con tono resignado—. Ahora tengo que hacerlo.
—Puede que nunca la busque. Puede que… —Priya se encogió de hombros, indefensa bajo el peso de la necesidad y el deber—. Puede que ella no quiera tener nada que ver conmigo. Pero si voy a buscarla, o si ella viene a mi encuentro…
—No te mientas a ti misma —dijo Bhumika suavemente—. Créeme. No sirve de nada.
Priya asintió. Presionó sus nudillos ligeramente contra sus costillas, donde el cuchillo de Malini la había tocado.
—Tienes razón —admitió—. Iré a buscarla. Pero no ahora. Quizás no lo haga durante tiempo. Y si lo hago, si ella me ve, si ella… —Hizo una pausa. Tragó saliva y dijo—: No olvidaré dónde están mis lealtades.
—Gracias —dijo Bhumika. Tocó su hombro con el de Priya—. ¿Más vino?
—Por supuesto.
Priya bebió un sorbo profundo y volvió a bajar la botella.
—Lo dije en serio, no sé de política ni soy una guerrera.
—Lo sé, Pri.
—Pero hay algo que sí puedo hacer —agregó—. Algo útil. Algo bueno.
—¿Qué es? —preguntó Bhumika.
Priya volvió a mirar hacia el Hirana. Pensó en cuánto tiempo había estado arrodillada en la cama consolando a Rukh, que lloraba destrozado y lleno de esperanza.
Ella y Bhumika finalmente eran la cura que siempre debieron ser. El destino que merecían vivía dentro de ellas, les pertenecía solo a ellas.
“Una cura”. El pensamiento le hizo arder la piel.
Se llevó una mano a la mejilla, sintió la línea de calor que yacía allí, una punzada de fuego palpitante.
Respiró, su pecho tomó aire para hacerle espacio a la esperanza, como si se abriera.
Por un segundo, un vertiginoso segundo, sintió que yacía inmóvil bajo el agua y algo crecía en sus pulmones, en su corazón, algo que florecía, algo que había olvidado…
Luego pasó el momento y bajó la mano. Volvió a ser Priya. Sabía lo que tenía que hacer.
—La podredumbre —dijo—. Voy a destruir la podredumbre.