El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Sesenta y nueve
98%

Capítulo Sesenta y nueve

MALINI

E l verdadero nombre de un príncipe de Alor no era poca cosa. Malini pensó que ningún noble presente dejaría de entender la importancia de lo que estaba sucediendo ante ellos. Incluso los soldados se habían quedado en un silencio sepulcral.

—¿Qué tiene que ver tu nombre conmigo? —dijo.

Él suspiró, como si ella lo hubiera golpeado.

—Todo, princesa Malini —respondió—. Todo.

Miró al suelo. Cerró los ojos con dolor y reverencia, y cuando habló, lo hizo en alorano.

Alorano antiguo y arcaico, un lenguaje melódico que ni siquiera Malini había aprendido.

Pero Aditya lo sabía, y ella dedujo el peso de la profecía al ver palidecer el rostro de su hermano, al verlo cerrar los ojos e inclinar la cabeza hacia atrás, hacia la sangrienta oscuridad.

—Cuando esté coronada de jazmín, de flor de aguja, de humo y de fuego, él se arrodillará ante ella y la nombrará —repitió Rao, en idioma zaban.

Y de repente Malini empezó a temblar, cada centímetro de ella ardió con una euforia enloquecida que se elevó en su sangre—.

Él le dirá a la princesa de Parijat su destino: Dirá…

—Rao tragó saliva. Alzó los ojos, que eran feroces y húmedos—.

Dirá el nombre de quien se sentará en el trono, princesa.

De la flor del imperio. De la cabeza que reinará bajo una corona de veneno.

De la mano que encendió la pira. —El silencio era profundo; un silencio tenso como un tamborileo, como la cuerda de un arco—.

Él la nombrará así —terminó Rao—. Y ella lo sabrá.

Malini no sentía sus pies debajo de ella. Era como si estuviera flotando en su propia piel, en una ola de algo que no era ni miedo ni alegría, pero que ardía en ella, más embriagador que el licor, más potente que la flor de aguja.

—Yo encendí la pira —dijo Malini bruscamente—. Yo incendié el monasterio. Fui yo.

Entonces vio en el rostro de Rao que él se había dado cuenta de lo mismo.

—Sí —confirmó.

El momento estaba en el filo de la navaja. Con qué facilidad podría cambiarlo todo.

Malini miró una vez más a Aditya.

Aditya, que había rechazado el trono una y otra vez.

Ella le había dado las herramientas para convertirse en emperador y él las había descartado o desestimado, una y otra vez.

Ella le había dicho cómo funcionaba el poder y el precio que exigía.

Él no le había brindado al poder lo que le correspondía.

Cuando el poder llegó, se había apartado de él.

Pero ella había tomado la flecha. Había incendiado el monasterio.

Y allí, allí estaba su oportunidad de tomar el poder para sí misma. Una terrible oportunidad. Si aceptaba la corona que Rao había puesto en sus manos, si convertía el nudo de sus palabras en un arma…

Sería una tontería tratar de tomar lo que no era suyo. Eran los hijos varones reales los que llevaban la corona. Las mujeres reales eran…

Bueno.

Pensó en su amiga, la princesa Alori, y en la noble Narina, y en cómo habían gritado cuando las llamas las tocaron.

En su olor mientras se quemaban, mientras sus coronas de estrellas se astillaban alrededor de su cabeza, el olor acre del cabello y la seda chamuscada que ni siquiera la dulzura del perfume y las flores podían borrar, el olor de la carne, la grasa, el tuétano que ardían y ardían, carbonizados.

Las mujeres de la realeza solo son coronadas cuando mueren, pensó Malini con furia.

Ella no quería morir. Ella quería su corona en ese momento. Había tejido intrigas políticas para ello; había apostado y perdido por ello, y casi había muerto. Y, sin embargo, allí estaba. Viva.

Y allí estaba Rao, un príncipe anónimo de Alor, cuyo nombre de nacimiento era una profecía susurrada al oído de su madre. Allí estaba el príncipe que le había dado una corona y un trono y le decía que ella tenía el derecho de otorgárselos a sí misma donde quisiera.

Allí estaba. De rodillas ante ella.

No era posible. Ella sabía que no se podía hacer eso. Toda su vida le habían dicho que no.

Pero había visto la mirada de esperanza y lealtad en los ojos de los hombres cuando les ordenó luchar.

Había visto cómo cambiaban sus rostros cuando les dijo que era una Madre de llamas encarnada: una mentira que había funcionado como una palanca, una cadena para su garganta, una mano enroscada alrededor de los tendones y la sangre espesa de su corazón latiente.

Ella tenía a Alor. Había hecho un pacto con los usurpadores de Ahiranya.

Se tenía a sí misma. El destino se estaba cerrando a su alrededor. Falso, falso destino. Y, sin embargo, ella se regodeó en él, porque esta… era una oportunidad que debía aprovecharse. Y Malini no era tan tonta como para dejarla pasar.

Los hombres la miraban. Su príncipe de Alor. Los señores de Saketa y Dwarali, de Srugna y Parijat.

Su hermano, con dolor en los ojos.

Esperó a que él hablara. Le dio un latido de tiempo, y otro, y lo vio bajar vista sin decir una palabra.

—Sería un gran sacrificio de mi parte gobernar esta tierra —dijo Malini, con voz lenta y solemne, como si su corazón no fuera un carbón ardiente, lleno de júbilo y rabia—.

Solo soy una mujer, con hermanos que aún viven.

Si voy a gobernar…, mis señores, debo hacerlo en nombre de las Madres.

Debo gobernar como madre de Parijatdvipa.

No fui quemada, como se quemaron las Madres —continuó—.

Sé que no es su voluntad. Pero sí quemé mi bondad en las llamas del monasterio.

Quemé mi dulzura. Me convertí en una emperatriz adecuada.

Mis señores, si es la voluntad de las Madres y de los sin nombre, ocuparé el trono de Parijatdvipa por el bien de todos nosotros. Lo haré como exige la profecía.

Silencio. Y luego, un rugido. Júbilo.

Rao, con un temblor en los hombros, no se levantó.

—Mi emperatriz —dijo. Y su voz no era exultante, sino vacía.

Ella se tocó el pecho con los nudillos.

La flor seguía creciendo, como si el agua no pudiera matarla ni el fuego quemarla. Su flor de aguja.

La cara de Priya contra la palma de Malini. La luz constante y penetrante de sus ojos.

“Te conozco. Sé exactamente quién eres”.

Bajó la mano.

Ella se conocía a sí misma. Sabía lo que había debajo del artificio.

Pero estos hombres no la conocían. La miraron y vieron a la Madre de las llamas que decía ser.

Algunos la miraban con sospecha, calculando su valor, el beneficio potencial de que los gobernara una mujer de Parijat en lugar de un hijo imperial.

Algunos la miraron con fe verdadera y ardiente en los ojos.

Otros, como los arqueros junto a los que había estado cuando disparó la flecha que quemó el monasterio, con algo parecido al respeto.

Podría usar todo esto.

Vio a Aditya observarla. Había una mirada sombría y de aceptación en su rostro. Sin alegría. Él la miró como si viera su muerte sobre ella.

“Bueno, déjalo. Déjalo”. Ella no se afligiría.

Podría hacer de Parijatdvipa algo nuevo.

Podría convertirse en alguien monstruoso. Una criatura nacida del veneno y la pira, de las llamas y la sangre. Le había dicho a Aditya que cuando se presentaba la oportunidad de tomar el poder, de ejercerlo, había que aprovecharla, conservarla y utilizarla. Si él no iba a hacerlo, ella lo haría.

Si él no ocupaba el trono de su hermano, en esa habitación de dulce jazmín donde habían ardido las hermanas de su corazón, entonces ella lo haría.

Iba a construir un nuevo mundo.

Todo eso es lo que haría cuando se sentara en el trono de Parijatdvipa.

“Pero primero”, pensó en silencio, salvajemente, para sí misma, mientras los hombres a su alrededor se arrodillaban y gritaban su nombre, Malini, Malini, Madre Malini, emperatriz Malini , “voy a encontrar a mi hermano emperador. Voy a hacer que Chandra se arrodille ante sus compañeros, humillado y destrozado. Y voy a verlo arder”.