El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Sesenta y ocho
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Capítulo Sesenta y ocho

BHUMIKA

N o lo llamaron coronación, pero era exactamente eso.

Había una sala del trono para el regente, quemada y saqueada, en el mahal .

Pronto tendrían que hacer uso de ella. Pero eran ahiranyis, así que fueron primero al triveni .

A su basamento. Solo había allí dos de los tres veces nacidos en el Hirana.

Pero detrás de ellos estaban los recién nacidos, que habían sido rebeldes al mando de Ashok.

A sus espaldas se encontraban los sirvientes del mahal .

Este había sido un día portentoso y todos querían estar presentes.

Algunos de los sirvientes habían pedido seguir sus pasos. Entrar en las aguas, luego de haber visto el cambio provocado en los rebeldes sobrevivientes, en Bhumika y Priya. Pero Bhumika se había negado.

—Todavía no —les dijo—. Las aguas exigen un precio. Dejemos que los que debemos ir sobrevivamos primero y aprendamos a usar su poder. Luego, ya veremos.

Habían esperado una sola noche. Nadie había enfermado ni muerto. Tal vez la fiebre les sobrevendría más tarde y los mataría. Pero Bhumika tenía esperanzas.

Llevaba a Padma contra su pecho, atada en un cabestrillo de tela. Uno de los hombres había tratado de discutir con ella, diciendo que el Hirana no era un lugar para un bebé. Pero Bhumika había levantado una ceja y dicho:

—¿Hay algún lugar más seguro en Ahiranya que junto a alguien nacida tres veces? —Y el hombre se había quedado en silencio.

El rostro de Priya estaba demacrado, sus ojos rojos. No había mencionado a Ashok desde su muerte en las aguas, pero Bhumika sabía que pensaba en él constantemente.

—Ven —le dijo. Extendió una mano—. Vamos juntas.

Priya la tomó.

Una vez, hacía mucho tiempo, cada nuevo mayor que celebraba su iniciación vestía ropas finas, túnicas de seda.

Se le peinaba el cabello, suelto como un río y perfumado con aceite, se le colocaban joyas y oro en su cuello y sus muñecas.

Se cantaban himnos y se hacían ofrendas al yaksa .

A los peregrinos que ascendían al Hirana se les daban flores y frutas y botellas de agua inmortal, atadas con cintas de plata.

Esta iniciación se realizó con una reverencia precaria.

Cruzaron el triveni .

Bhumika ascendió, con la debida gravedad, hasta el cénit del pedestal. Priya fue con ella. Se pararon, las dos, debajo de una abertura que dejaba ver el cielo y se miraron.

Kritika cruzó la habitación. Inclinó la cabeza.

—Mayores —dijo ella—. Es la hora.

En sus manos, sobre un lecho de tela, había una máscara de corona.

Priya se inclinó. La tocó con los dedos desnudos.

—No quema —murmuró.

“Bien”, pensó Bhumika con algo de alivio, mientras Priya levantaba la máscara de corona y la sostenía. Se encontró con los ojos de Bhumika.

Habían hablado de esto antes de la ceremonia. Hablaron de cómo los mayores siempre habían sido dirigidos por uno de los suyos: el más fuerte, el más sabio, el más viejo. Ahora solo eran dos. Solo dos.

Pero Bhumika no volvería a subestimarse a sí misma.

Hizo un gesto de asentimiento hacia a Priya. Apartó el cabestrillo, suavemente, para cubrir el rostro de Padma, mientras Priya asentía a su vez, con una ligera mueca de dolor en sus labios.

—Siempre estuviste destinada a gobernar —dijo Priya. Y colocó la máscara sobre el rostro de Bhumika.

Debería haberla quemado. Debería haber lastimado su piel. Pero ella había nacido tres veces, bendecida en lo más profundo del alma con el poder de las aguas, y sintió que su fuerza la llenaba como una luz resplandeciente, poderosa y bella.

Se tomaron de la mano. Y en ese momento, estaban en el sangam y en el triveni al mismo tiempo.

Bhumika podía sentir todo el territorio de Ahiranya brillando dentro de ella, cada río y estanque de agua, cada raíz de cada árbol.

Podía ver a Priya en el sangam , ya no como una sombra, sino una corteza, hojas y flores sinuosas, oscura como la noche.

—¿Lista? —preguntó Bhumika. Su voz era áspera.

—Sí. —La voz de Priya estaba llena de determinación y asombro—. Estoy lista.

Inspiraron. Espiraron.

Y lo sintieron todo.

Sintieron Ahiranya, de punta a punta. Sintieron el bosque, las ramas de esos grandes árboles, la sensibilidad verde del suelo, el poder de la cosecha venenosa, de la hoja, de la vid.

Llegaron más lejos que nunca y supieron que, si algún ejército invadía Ahiranya, podrían destruirlo clavándole sus espinas.

Sus manos se separaron, pero el conocimiento y el poder permanecieron aún entre ellas, en las aguas que alimentaban sus fuerzas.

—Bhumika, mayor de Ahiranya —dijo una voz. Otra. Un canto de voces. Un júbilo.

—Priya, mayor de Ahiranya.

“Mayores. ¡Mayores de Ahiranya!”

Bhumika se quitó la máscara de corona y se dio cuenta de que estaba llorando. Y sonriendo. Y que el rostro de Priya era un reflejo del suyo.