Epílogo
C handra se arrodilló en las ruinas del jardín de su madre.
A su alrededor, las flores yacían en montones podridos, con sus raíces expuestas; las moscas y las hormigas trepaban sobre sus restos.
Cuando Chandra ordenó que se preparara el jardín para su uso, unas pocas semanas atrás, dejó claro que las flores se dejarían morir allí.
Había una dulzura en el aroma de la vegetación moribunda que lo tranquilizaba.
Su madre había amado sus abedules dwarali: la corteza pálida, las agujas orgullosas de las ramas, cargadas de hojas.
Los sirvientes habían cortado todos los árboles en una mañana, años de crecimiento borrados instantáneamente.
Se habían arrancado las raíces del suelo, se había secado y hachado la madera, y luego se la había dispuesto cuidadosamente en piras individuales.
Las mujeres habían sido conducidas a las piras; las piras se habían encendido; la ceniza se había limpiado y vuelto a amontonar, hasta que se acabó toda la madera tras darle un buen uso, al servicio de un propósito superior.
Chandra lo había visto todo.
Aquel día, solo una pira seguía ardiendo.
Su fuego se había reducido a brasas incandescentes, palpitantes bajo el peso ennegrecido de la madera.
La mujer que estaba sobre ella ya llevaba tiempo muerta y el jardín estaba felizmente tranquilo una vez más.
Una criada le había llevado bebidas a Chandra: un sorbete cargado de flores trituradas y semillas de albahaca perlada, rosa y blanca.
Una taza de cerámica con té, cubierta con un paño para mantener su calor.
La criada había dispuesto cuidadosamente las bebidas en la mesa baja junto a él, y se había ido tras hacer una reverencia, con la boca y la nariz cubiertas por el pallu , los ojos enrojecidos por el humo.
La luz de las brasas se desvaneció aún más, ahogada por el peso de la madera quemada. Chandra miró más de cerca, a través de la ceniza blanca y negra, a través del abedul y los huesos. Y ahí estaba.
Una brasa, solo una, se había encendido. Crecía en la oscuridad, latiendo como un corazón. El pequeño puño de luz se estremeció ante los ojos atónitos y esperanzados de Chandra y comenzó a desenroscarse. Un capullo de oro fundido se convirtió en una flor de fuego.
Chandra inspiró, una respiración profunda para luego dejar escapar una risa jubilosa. Su boca se llenó del humo del carbón humano, del perfume enfermizo del jazmín muerto. Nunca había probado algo tan dulce.
Se sentó y vio arder el fuego. Y pensó en su hermana con una sonrisa en los labios.