Capítulo Sesenta y seis
PRIYA
N o era una carga llevar el peso de Ashok, aunque él parecía convencido de que lo era. Priya sentía la fragilidad de su cuerpo: la entrada y salida de su aliento que agitaba sus costillas, la humedad en sus pulmones.
—Caerás bajo mi peso —le dijo Ashok a Priya con voz irregular. Había sangre en sus labios, caía como las lágrimas de sus ojos.
—Entonces no te apoyes en mí por completo y todo irá bien —respondió ella.
Caminaron en silencio por un momento. Luego él dijo:
—Kritika tiene una máscara de corona. Cuando nazcamos tres veces, uno de nosotros debería usarla.
—No necesitamos coronas ni máscaras —dijo Bhumika con cansancio.
—Pero necesitamos energía —respondió Ashok y se encorvó al toser. Bhumika apartó la mirada, su rostro era a su vez una máscara, y siguió caminando. Pero Priya se detuvo para permitirle respirar, todavía sosteniéndolo.
Se iba a poner bien, se recordó a sí misma. Una vez que hubieran atravesado las aguas inmortales, recuperaría su fuerza.
—Priya —dijo Ashok, después de un momento—. Priya. Tú… tienes que saberlo.
—¿Qué?
—Maté a Chandni. O tan bueno como matarla. La dejé atada al árbol de podredumbre. Y también a Sendhil. —Un suspiro agitado—. Ahora todos los mayores se han ido. Somos todo lo que queda.
Muerta. Chandni estaba muerta.
Las palabras resonaron en la cabeza de Priya como una campana. “La maté. La dejé atada al árbol de podredumbre. La maté”.
No pudo hablar durante un largo rato. Luego obligó a su lengua, a sus labios, a moverse, aunque los sentía pesados.
—¿Por qué me lo cuentas? ¿Quieres que me alegre de eso?
—Solo quería que lo supieras —murmuró Ashok.
—Pero, por la tierra y el cielo, ¿por qué?
—Tienes derecho a saberlo —dijo—. Considéralo mi confesión en el lecho de muerte.
No sonaba culpable. Priya no estaba segura de querer que sintiera culpa.
Solo sabía que la noticia, como un golpe en el cráneo, todavía resonaba en sus oídos.
No podía pensar en ello y, sin embargo, lo intentó.
¿Qué fue lo último que le había dicho a Chandni?
¿Cómo la había mirado Chandni cuando la dejó?
Priya no podía recordarlo. No se le había ocurrido que querría hacerlo.
—Era una anciana; de todas maneras, se estaba muriendo.
Y tú no tienes miedo de matar. Debería haber anticipado que esto ocurriría.
Y no debería importarme. —Priya sentía la garganta espesa.
Fue difícil forzar las palabras—. Desearía poder decir que no sé por qué eres así, por qué siempre me destrozas el corazón una y otra vez, pero sí sé por qué.
Yo también viví nuestra infancia. —Apartó la mirada de él—. Hemos llegado.
Estaban en la base del Hirana.
Bhumika le dirigió a Priya una mirada neutra y Priya negó con la cabeza.
—No necesitamos escalar —dijo Priya rápidamente—. El Hirana me conoce. Y yo lo conozco. Nos dejará entrar.
Bhumika no discutió cuando Priya le pasó el peso de Ashok. Él se apoyó en el hombro de Bhumika mientras Priya presionaba con una mano la piedra gris oscura del Hirana, inundada de mosaicos de musgo. El Hirana la sintió. Le dio la bienvenida.
El camino se abrió.
Era un túnel. Sin luz, oscuro, pero un camino de todas maneras.
—Seguidme, todos —dijo Priya.
Caminaron juntos en la oscuridad. Priya podía oler las aguas inmortales cada vez más cerca, frescas y nítidas como una noche fría. Ese cosmos líquido, casi a su alcance.
Y luego, de repente, allí estaban.
Las aguas inmortales yacían ante ellos, de un azul incandescente en la oscuridad del templo hueco.
Priya tomó a Ashok de los brazos de Bhumika; lo guio hasta el borde y lo soltó.
Él se arrodilló junto al agua, con las palmas de las manos apoyadas en el suelo.
Respiró, bocanadas largas e irregulares, cargadas de sangre, y apoyó la frente en el suelo.
Junto a Priya, Bhumika miraba fijamente el espejo de agua, con los puños cerrados a los lados del cuerpo. Los rebeldes se arremolinaban detrás de ellos, con terror y asombro en su rostro.
—¿Deberíamos decir algunas palabras especiales? —murmuró Priya a Bhumika—. ¿Para que se sientan mejor?
Bhumika suspiró, inclinando la cabeza hacia atrás como si dijera “Espíritus, salvadme”, y luego dijo:
—O podemos entrar al agua y terminar con esto de una vez.
Pero parte de la tensión se había aflojado en sus manos. Cuando Priya se le acercó, Bhumika entrelazó sus dedos con los de ella y los apretó, una vez.
—Adelante —jadeó Ashok, y los otros rebeldes envenenados con el agua de las botellas dieron un paso adelante, de pie en el borde—. Entremos al agua —dijo—. Si tenemos suerte, emergeremos. Y luego protegeremos a Ahiranya. Cumplamos con nuestro deber.
Hubo un murmullo de aprobación. Ashok miró a Priya. Sus ojos estaban húmedos.
Priya le devolvió la mirada y optó por no pensar en todo lo que él había hecho.
Pensó en cambio en el hecho de que ella, Ashok y Bhumika eran los últimos sobrevivientes de su familia, una familia no de sangre, sino de historia y sufrimiento, de amor y del tipo de dolor que solo el amor puede engendrar.
Le tendió la mano. Él la tomó y se puso de pie con cuidado.
Priya miró el agua delante de ella. Se obligó a no pensar en nada, a no esperar nada, mientras aferraba con fuerza las manos de sus hermanos y entraba.
Y se hundió.
Caer y levantarse son lo mismo en el agua, cuando estás lo suficientemente profundo, y las aguas inmortales eran algo sin fin.
Eran de un azul frío y brillante, el azul del universo.
El azul de las estrellas envuelto en madejas de cielo que contenían todas las cosas.
Priya estaba sumergida profundamente, con los ojos abiertos; los pulmones le ardían. Se preguntó si se ahogaría.
No lo recordaba. ¿Había sucedido así la última vez que había entrado? ¿Y la primera? Pataleaba y no sabía si estaba saliendo a la superficie o sumergiéndose más profundamente.
Levantó los brazos frente a ella. En el agua ondulante, para sus ojos aterrorizados, su piel era como una sombra: la sombra proyectada entre grandes árboles, una oscuridad profunda que se difuminaba con el carbón de la luz bajo las hojas moteadas.
No podía respirar. Siguió pataleando, luchando por ascender, aunque no sabía lo que era ascender. Pero finalmente no pudo aguantar más. Abrió la boca y aspiró una bocanada ardiente y bebió las aguas. Bebió, y fue consumida.
Levantó la cabeza, jadeando en busca de aire. Le llevó un momento darse cuenta de que sus pulmones ya no ardían. El agua que la rodeaba era oscura, pero en su interior flotaban las raíces de las flores de loto, arremolinándose y enroscándose. Dentro de ellas había cuerpos.
Y allí, ante ella una vez más, estaba el yaksa .
Esta vez no tenía su cara.
—Ah, retoño. —Su voz sonaba afectuosa—. Te gusta más esta cara. Sabía que así sería.
—Tú no eres ella —susurró Priya—. Por favor. No seas ella. No es lo que quiero.
El yaksa negó con la cabeza. Los rizos oscuros de Malini flotaban sueltos alrededor de su rostro, con sus huesos elegantes y sus ojos insondables.
—Pero sí quieres —dijo. Le tocó la mejilla una vez más. Retiró los dedos y, alrededor de la punta, Priya vio un hilo o una raíz, hecha de sangre y verde entrelazados—. Te conozco. Estamos unidos, tú y yo. Así que lo sé.
—Por favor —pidió Priya de nuevo.
El yaksa negó con la cabeza una vez más, los rizos de Malini se desdibujaron en un halo, y el rostro… cambió.
Ojos profundos de caléndula. Cabello de enredaderas enrolladas. Boca rosada.
Una sonrisa que era toda espinas, afiladas como puntos de luz.
Era a la vez hermoso y horrible como una mujer en estado de podredumbre. La cabeza estaba inclinada, los ojos de pétalos de oro fijos en su pecho.
—¿Qué es la adoración? —preguntó el yaksa .
Ella lo sabía.
—Vaciarse —respondió—. Es…
Y se apagó al mirar hacia donde miraba el yaksa .
Su pecho sombrío era una cavidad, una herida abierta.
La herida estaba cubierta por una profusión de pétalos; los huesos eran estrías angulares de madera; la sangre, una savia limpia y dulce de hojas.
En su interior yacía un corazón palpitante de… flores.
Miró lo que había sido su corazón. Pensó en las palabras de Ashok, cuando dijo que el yaksa era como un cuco en el nido del cuerpo. Recordó el árbol detrás de la ermita de Chandni.
El yaksa levantó una mano. Limpiamente, alzó un dedo y sopló sobre él.
El dedo era de madera, se curvaba y se afilaba, cuidadosamente tallado por el aliento del yaksa .
Incluso antes de que le tendiera el cuchillo, Priya supo que era madera sagrada, nacida del sacrificio de la carne y la sangre de un yaksa .
Y supo, con un horror y un hambre que la sacudieron, lo que se esperaba que hiciera.
—Vacíate —dijo el yaksa .
—No puedo —respondió ella—. ¿Cómo podría?
—Cada vez que vienes aquí lo haces—dijo, con una voz suave e indescriptiblemente cruel—.
Cada vez, el agua te llena de pies a cabeza y te haces la pregunta: ¿debo permitir que el agua me borre y me rehaga, o debo aferrarme a mi carne mortal con fuerza?
¿Mantendré esta alma contenida, en el recipiente de mi carne, en este cuerpo venenoso atado a la muerte, o me haré una con las aguas del universo?
¿Era por eso por lo que los demás habían muerto? ¿Porque no habían estado dispuestos a hacer el sacrificio, a ser menos o más que humanos?
Había luchado por estar allí, una y otra vez, y allí estaba. Y, sin embargo, la sombra de su mano tembló cuando tomó el cuchillo. Cuando colocó las yemas de los dedos sobre él ardieron.
—Esta es la única forma en la que puedo ser lo suficientemente fuerte para salvar a Ahiranya —susurró—. La única forma en la que puedo salvar a mi familia.
El yaksa no dijo nada.
Priya tomó el cuchillo. Lo sostuvo contra su propia piel de sombra, su piel de alma. Y cortó un lugar para la magia.
No hubo dolor. Solo una sensación como de aire saliendo de sus pulmones, como de agua entrando a raudales, y luego fuego, y luego una luz clara, verde y pura.
Algo se le atascó en la garganta. Algo del alma mortal. Algo de sangre vital.
La flor que le había dado a Malini. Una flor de aguja.
Ella había puesto un poco de su corazón dentro de ella.
—No puedo darte todo —jadeó alrededor de esa herida—. Ya no lo tengo.
—No importa —dijo suavemente el yaksa —. No importa, retoño. Tenemos suficiente.
Pensó en la sangre del corazón, en el amor y la furia y en el dulce lugar intermedio donde moraban los pensamientos de Malini.
Y la flor, ese retoño que era su propia magia, creció y creció, hasta que Priya supo que ya no era exactamente Priya.
Quizá nunca lo había sido. Tal vez desde el momento en que llegó al Hirana cuando era una niña, las aguas inmortales la habían estado remodelando desde dentro, convirtiéndola en un recipiente para su magia y sus voces, desechando todas las partes de ella que la convertían en una mujer mortal con un sencillo corazón mortal.
—Esto también —escuchó decir al yaksa — puede vaciarse con el tiempo.
Y luego Priya estuvo en el agua una vez más, fría, brillante y azul, y estaba pataleando. Ya conocía el camino. Estaba rehecha y entera, y sabía cómo ascender.
Emergió jadeando, tosiendo agua de sus pulmones incluso mientras luchaba por permanecer en la superficie, pataleando a través del peso de la nada. Nadó hasta la orilla y se arrastró hacia arriba, hacia arriba.
Bhumika ya estaba allí, con el pelo empapado y el rostro moteado de frío y alivio.
—Yaksa —jadeó Priya, y Bhumika le giró la cabeza con manos firmes.
Otro rebelde, ahora otro hijo del templo, le golpeó la espalda con fuerza una, dos veces, y Priya vomitó agua sobre las rocas, sin decir más nada.
No recordaba lo que quería decir. Pero su mejilla ardía con un fuego fresco y no podía olvidar la sensación de raíces y flores que crecían donde debería haber estado su corazón, abriéndose camino hacia su alma. Un vaciamiento.
Pero se había sentido bien. Se había sentido gloriosa. Y había aprendido algo, en ese momento de cambio; algo sobre lo que significaba ser una mayor del templo. Sobre lo que significaba servir al yaksa .
Algo que ya se estaba desvaneciendo.
Se aferró a ese saber con fuerza y sintió un dolor agudo en la mejilla, donde el yaksa le había pasado la uña por la carne. El dolor retuvo fragmentos del recuerdo, como una puntada a través de una tela.
—Pensé que no lograrías salir —dijo Bhumika entre dientes—. Priya, has tardado mucho. Tanto…
Y luego, para sorpresa de Priya, Bhumika la abrazó, respirando fuerte e inestablemente contra su cabello mojado. Priya le devolvió el abrazo, distraída.
—Ashok —susurró luego—. ¿Dónde está Ashok?
Bhumika no dijo nada. Uno de los rebeldes estaba gimiendo, un grito bajo y agudo.
—No puedes volver a entrar, Priya —dijo finalmente Bhumika—. No puedes.
Priya se la quitó de encima. Se volvió, para regresar al agua, todavía de rodillas. Bhumika la hizo caer al suelo, pero Priya era más fuerte; podía derribar a Bhumika sin siquiera intentarlo.
—Detente —le dijo Bhumika—. Para, para, por favor, para. Pri. Priya. —Apoyó su mejilla contra la de ella. Su piel estaba mojada, con agua y lágrimas—. Se ha ido, Priya.
—No. No, no es cierto.
—Se ha ido —repitió Bhumika de nuevo, y Priya supo que tenía razón. Sintió la ausencia. El silencio en el sangam .
—Se ha ido.