Capítulo Sesenta y cinco
RAO
S i llovía, el plan fracasaría.
En ese momento, las aguas del túnel que corría por debajo de los jardines de laca estaban desbordadas; llegaban hasta el pecho de los hombres que descendieron primero en la oscuridad. A pesar de que Malini era una mujer alta, Rao temía que no pudiera soportarlo.
Pero ella descendió de todos modos. El agua le llegaba a la barbilla.
Los guerreros que encabezaban la marcha sostenían sus armas envueltas por encima de ellos, cubiertas con sacos para protegerlas del daño que pudiera causarles el agua, que despedía un olor fétido. Rao tuvo que contener las ganas de vomitar.
“Agradece”, se dijo, “que no haya llovido recientemente. Agradece que no nos estemos ahogando aquí”.
“Agradece que haya una salida”.
Se armó de valor y avanzó en la oscuridad.
Habían dejado hombres y mujeres en los jardines de laca. Tuvieron que hacerlo.
—Si vienen soldados aquí, notarán claramente si el lugar está vacío —había dicho el señor de Dwarali—. Así que dejaré a uno o dos muchachos, y os pido al resto, caballeros, que hagáis lo mismo.
Los otros príncipes y señores habían estado de acuerdo, y así lo hicieron. Y Rao no había mirado a Malini. No lo necesitaba. Sabía con qué cuidado hilaba sus redes. Su silencio, cuando los hombres hablaron, no significó nada en absoluto.
Los sacerdotes sin nombre habían elegido quedarse.
—Este es nuestro hogar, y el lugar de nuestro servicio y deber —había dicho un hombre, tranquilo mientras se arrodillaba en un bosquecillo de árboles lacados, bajo el brillo nacarado de sus hojas y el aceite pegajoso y reluciente de su corteza—. Los sin nombre decidirán qué será de nosotros.
—Es probable que no consigamos nada —respondió bruscamente Mahesh, un señor parijati que había sido completamente leal a Aditya desde el principio—. Pero te agradecemos tu valentía.
—No es valentía —le había murmurado Aditya a Rao más tarde, mientras los hombres guardaban su equipaje y sus armas, y Malini observaba desde debajo de la sombra de la terraza del monasterio, con su pallu sobre el rostro—. Es simplemente nuestra vocación. Aceptamos los vientos del destino.
—Creo que aceptar tu destino sí puede ser valiente —había respondido Rao, pensando en Alori—. Afrontar tu muerte con calma… es un gesto de valor.
Aditya también debió de pensar en ella entonces. Pareció repentinamente afligido.
—Rao, no quise decir…
—No es nada —había interrumpido Rao. Y no era nada. No tenía que ser nada. Pero no podría haber soportado las disculpas de Aditya—. Será mejor que nos preparemos para partir.
Ahora avanzaban más y más lejos a lo largo de los túneles de agua, grandes huecos revestidos de piedra, en la oscuridad cada vez más densa que se cerraba sobre ellos.
Sin lámparas. Ni fuego. Allí no podía haber fuego.
Todavía no, y si todo salía bien, nunca.
Miró una vez más a Malini. Era casi invisible, pero podía ver el blanco de sus ojos como un resplandor contra el agua.
—Príncipe Rao —dijo uno de los hombres de Prem en voz baja—. Nos estamos acercando al final.
Había una alcantarilla encima de ellos. Finos segmentos de luz de luna.
Tres hombres se estiraron para apartarla a un lado.
Rao solo tuvo un momento para temer una emboscada: un estratega astuto con un simple puñado de hombres podría eliminarlos uno por uno allí, pero lograron abrirse camino a través del hueco sin problemas.
Cuando sacaron a Malini del agua, Aditya la envolvió de inmediato en el saco que le habían quitado a una de las armas.
Malini susurró su agradecimiento y apretó la tela a su alrededor como si fuera un elegante chal dwarali.
Se trasladaron en silencio bajo el refugio de los árboles frescos, sin laca, dulces con el aroma de la savia y la tierra.
No había ninguna luz mientras se tensaban los arcos y probaban su peso.
Detrás de los árboles se encontraba el gran embalse de Srugna, un ingenioso artificio de piedra como Rao nunca había visto antes.
Le hubiera gustado admirarlo, estudiarlo, alguna vez. No aquel día.
Malini se acercó a él. Temblaba ligeramente, pero sus ojos eran agudos, estaban fijos en el monasterio que estaba debajo de ellos.
—Todo está tranquilo —dijo Malini.
—¿Te lo dijo tu señor dwarali?
—El Señor Khalil me lo dijo, sí —respondió Malini—. Y él no es mío, Rao. No seas cruel. Su lealtad primera es hacia su emperador.
—Su lealtad primera es a los intereses de Dwarali.
—Qué suerte, entonces, que los intereses de Aditya y los de Dwarali coincidan. —Su voz, su expresión, eran impasibles—. Tengo la impresión de que estás enfadado conmigo, Rao.
Él se quedó en silencio por un momento. Luego dijo:
—Este plan…
—¿Sí?
—Es una tontería. No sé cómo convenciste a Aditya para que lo apoyara, pero me da miedo.
Malini ni siquiera fingió que no había sido su plan.
—No lo convencí de nada. Simplemente hice una sugerencia. Y el emperador Aditya le dio la debida consideración.
—La debida consideración —repitió Rao—. ¿Qué le dijiste?
—La verdad —dijo Malini simplemente.
—Este plan es… —Él dudó.
—Dilo, Rao.
—Despiadado —dijo—. Cruel. Impropio de ti.
—Te pareces un poco a Aditya cuando hablas —comentó Malini, después de una pausa que tensó el aire entre ellos—. Pero supongo que habéis sido amigos durante mucho tiempo por una razón. Ambos tenéis una debilidad que no entiendo.
—La moral no es debilidad.
—Lo es si nos conduce a todos a la muerte.
Rao, tenemos hombres, pero solo algunos hombres y algunas armas —dijo Malini—.
El monasterio está en un valle. Es vulnerable, por lo que solo tiene una entrada conocida.
Todo eso ya lo sabes. Si nos quedábamos allí nos rodearían con facilidad.
Nos sacrificarían. Quizá nos quemarían. Sería tan fácil.
—Su voz cambió, como los dedos sobre las cuerdas de un sitar, de la suavidad al zumbido salvaje—. Y no dejaré que me quemen, Rao.
—Malini.
—¿Qué? ¿Qué quieres de mí? Si a los Señores Khalil o Mahesh o Narayan se les hubiera ocurrido la idea, no reaccionarías así. Si Aditya lo hubiera pensado, habrías obedecido con pesar en el corazón, pero no le habrías hablado como lo haces conmigo. ¿Por qué?
—Crees que te considero menos que a estos hombres —dijo Rao, incrédulo.
Ella le dirigió una mirada que no contenía nada. Ni siquiera lo juzgaba.
—No sé lo que ves cuando me miras. Pero si crees que es un plan demasiado despiadado para mí, o demasiado cruel… —Se encogió de hombros—. Nunca te he mentido, Rao. Si no me conoces, si no entiendes lo que quiero lograr, solo tú eres responsable de eso.
Rao se mordió la lengua ante aquello.
Tal vez ese era el momento. Tal vez era hora de que él le dijera la verdad.
El secreto de su nombre, envuelto como un oscuro regalo, esperando ser pronunciado.
Siempre había creído que sabría cuándo era el momento propicio; le habían dicho que sabría cuándo era necesario pronunciar su nombre.
Pero en ese instante no sentía el peso de esa responsabilidad en los huesos.
Solo la humedad creciente de su apestosa ropa mojada y el silencio inquietante del aire, mientras los guerreros se agazapaban a su alrededor en la oscuridad.
Casi lo dijo de todos modos. Casi se volvió hacia Malini, para dar forma a las palabras con su boca. “Mi nombre, el nombre que los sacerdotes susurraron en mi oído al nacer. Malini, mi nombre es…”.
—Están aquí.
Un murmullo, que pasó de guerrero a guerrero, llegó al lugar donde se encontraban Malini y Rao. El cuerpo de Rao se entumeció.
Debajo de ellos, zigzagueando a lo largo del único paso que permitía la entrada directa a los jardines de laca, había una procesión de guerreros.
No eran las fuerzas completas de Chandra, de ninguna manera, pero de todos modos eran guerreros reales parijatis.
Avanzaban en silencio, con rapidez, pero Rao los reconoció a pesar de todo.
Había algo en la forma en la que se movían.
Y, por supuesto, esas armas: grandes sables relucientes, el destello de un disco afilado en el cinturón de otro hombre.
Un séquito enviado a matar a un hombre en su cama. Rao sospechaba que no sabían que Aditya tenía seguidores congregados a su servicio. Si lo hubieran sabido, no habrían acudido en tan escaso número. Habrían llevado mejores armas de guerra.
No obstante, si los seguidores de Aditya no hubieran dejado los jardines de laca como les había advertido el explorador, si se hubieran quedado y hubieran seguido el camino del sacerdocio, permitiendo que la marea del destino los bañara…
Rao miró a Malini. Ella no miró hacia atrás.
De rodillas, el guerrero que había hablado estaba haciendo movimientos lentos y deliberados: buscaba su pedernal, la flecha, la mezcla de aceite y ghee que habían embotellado apresuradamente antes de su descenso.
Los demás estaban haciendo lo mismo. En el tenso silencio, Aditya se abrió paso entre el grupo.
Tenía un arco en las manos y un carcaj de flechas a la espalda.
Fue un alivio verlo avanzar así, con los hombros rectos y la cabeza erguida, los ojos entrecerrados, mientras miraba a través de la oscuridad de la noche hacia el monasterio que se extendía debajo de ellos.
Levantó la mano e hizo un gesto inconfundible. “Firmes”.
Esperaron. Abajo se oían gritos y el choque de espadas.
Como estaba previsto, los pocos soldados que quedaban abajo se habían vuelto contra los hombres de Chandra.
Era un señuelo para que los guerreros de Parijat pensaran que habían llegado al monasterio sin que nadie se diera cuenta.
Que creyeran que vencerían a Aditya y lo enviarían a su muerte.
Que se adentraran más profundamente en los jardines de laca.
La mano de Aditya permaneció levantada. “Firmes”. Y Rao, que no empuñaba un arco, no sostuvo nada más que el aliento contenido en su garganta. Incluso su corazón estaba congelado, esperando la señal inevitable.