Capítulo Sesenta y cuatro
BHUMIKA
A unque viajaba en el palanquín, estaba exhausta cuando llegaron a la enramada de los huesos. El trabajo de parto había dejado su cuerpo cambiado y consumido, y la bebé casi no dormía. Daba gracias a los espíritus por tener a Sima, que le brindaba consejos para mantener con vida a la pobre niña.
“Este no es lugar para ti”, pensó, mientras acunaba a Padma cerca de su pecho. Habían llegado a la enramada de los huesos. Había gran cantidad de huesos, apilados en el suelo. Tintineaban entre las hojas por encima de ellos. “No es lugar para ninguno de nosotros”.
Mientras Khalida vigilaba, apoyó la espalda contra un árbol y alimentó a Padma. Estaba tan cansada que podría haber llorado.
—Ya no falta mucho —le susurró a Padma, que ahora solo estaba silenciosamente inquieta—. Pronto estaremos en casa.
—La ciudad no es segura —informó Khalida más tarde.
Ella y Jeevan habían entrado en Hiranaprastha, y regresado luego al linde del bosque, donde esperaban los demás, con las noticias que pudieron reunir—.
La gente protege sus hogares lo mejor que puede, pero los guardias y soldados, al no estar bajo el control de un amo, están causando muchos estragos.
Podríamos tener problemas si entramos en la ciudad tal como estamos.
Bhumika asintió sin sorprenderse. Su mente estaba repleta de posibilidades y preocupaciones: la probable distancia de las fuerzas imperiales, enviadas para sofocar los disturbios o proporcionar ayuda al regente; la cantidad y fuerza de los soldados que ella y los demás tendrían que enfrentar; si terminarían atrapados entre múltiples fuerzas, en un tumulto de sangre…
—No tenemos que pelear —dijo Priya de repente—. Hay una manera de moverse por la ciudad sin molestar a nadie hasta que estemos listos y podamos lidiar con ellos.
El plan era claro y simple, y Bhumika no pudo evitar que una mirada de aprobación cruzara su rostro.
—¿Ves? —dijo Priya, con una sonrisa—. Soy lista. Te lo demostré.
—Nunca he dicho que no seas inteligente.
—Me llamas tonta todo el tiempo.
Bhumika arrugó la nariz y miró hacia otro lado. “Hermanas”.
—Estamos preparados —dijo un rebelde poco después. El grupo de los afectados por el agua de las botellas estaba de pie en un círculo alrededor de ellos. Ashok yacía cerca, envuelto en un chal. Padma se revolvía en su manta junto a él.
Priya miró a Bhumika a los ojos. Bhumika asintió.
Una espiración lenta y compartida y el suelo a su alrededor se cubrió de flores puntiagudas, de color púrpura tormentoso y amarillo ácido. Los rebeldes unieron fuerzas y respiraron con ellas.
Las flores comenzaron a subir por los pies de los rebeldes. Bhumika miró hacia abajo y las vio enroscarse alrededor de sus propios tobillos. Se movían a través de ella como carne nueva.
La ciudad estaba destrozada: edificios quemados y humeantes; los pocos que quedaban en pie, cerrados y tapiados. Había figuras que se movían en la distancia: grupos de hombres con hachas o mazas, sus rostros envueltos en telas. Pero no se acercaron a los rebeldes ni a la gente del mahal .
Incluso desde la distancia, las hojas y flores que les brotaban de la piel eran visibles. Parecían un grupo de enfermos de podredumbre, tropezando con los ojos muy abiertos por una ciudad que no tenía lugar para ellos. La gente se mantenía bastante alejada del grupo.
Bhumika abrazó a Padma —que, afortunadamente, dormía— contra su pecho mientras cruzaban Hiranaprastha y miraban al mahal .
Los muros exteriores se habían hecho añicos en los lugares donde los rebeldes los habían traspasado con ramas y movido los cimientos levantando la tierra y las raíces con su fuerza maldita.
Pero cuando Bhumika miró a lo lejos, vio una luz que parpadeaba desde lo más profundo del mahal .
Una mujer en el muro, una flecha colocada en su arco.
Bhumika avanzó, con la cabeza en alto. Cuando la mujer la vio, bajó su arco. Dio un grito. Y con alivio, Bhumika se dio cuenta de que su gente había guardado el palacio de las rosas después de todo.
—Las espinas mantuvieron alejados a los peores —dijo la sirvienta Gauri con aspereza. Caminaba con un dolor evidente, pero su temple de acero le demostraba a Bhumika que se había defendido bien desde su partida—. Esos eran agresivos, mi señora. Nos alegra haberlos apartado.
Un puñado de soldados parijatis y ahiranyis exhaustos, las sirvientas armadas, los huérfanos: estas eran las personas que habían ocupado el mahal desde la partida de Bhumika.
Los sirvientes miraron con inquietud a los rebeldes, pero no dijeron nada.
Fue un alivio, al menos, que los rebeldes tuvieran el buen sentido de no usar sus máscaras.
Pero Bhumika no tenía ningún deseo de poner a prueba a sus sirvientes convertidos en soldados, o la tregua frágil e incómoda que había crecido entre su séquito y el de Ashok. Sabía que no costaría mucho destruirlo.
—Llévatela —dijo, volviéndose hacia Jeevan y entregándole a su hija dormida—. Si no vuelvo, necesitará una nodriza. Habla con las criadas. Ellas lo organizarán.
Él la miró fijamente, afligido.
—Debo ir al Hirana —agregó—. Debo obtener la fuerza que necesitamos para mantener este país seguro.
Él siguió mirándola como si estuviera luchando por encontrar las palabras.
—Habla —le dijo Bhumika.
—Ella no tendrá a nadie —dijo Jeevan finalmente—. Mi señora.
—Si muero, entonces ella no es hija de nadie —dijo Bhumika—. Y eso sería apropiado, supongo. Fue mi destino una vez, y lo rechacé. —A pesar de todo, acercó su rostro al de Padma, la olió y la besó en la frente antes de enderezarse.
Jeevan inclinó la cabeza hacia ella. No dijo nada más cuando ella se fue, sus manos entrelazadas suavemente alrededor del pequeño bulto.
Juntos, iniciaron la caminata hacia el Hirana. Los rebeldes. Sus hermanos: Priya, con gesto decidido. Ashok, medio inconsciente, sangrando por la nariz.
—Apóyate en mí —dijo Priya.
Ashok negó con la cabeza, exhausto.
—Puedo llevarte —insistió ella, y lo tomó del brazo.