El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Sesenta y tres
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Capítulo Sesenta y tres

PRIYA

V iajaron desde Srugna de regreso a lo largo del sendero del buscador.

La gente del mahal y los rebeldes formaban una compañía incómoda.

Los rebeldes siguieron tratando de tomar la delantera, y las sirvientas y los hombres del mahal parecían estar considerando seriamente destriparlos a todos en la oscuridad de la noche.

Por necesidad, se movían con lentitud. Bhumika solo podía viajar en su palanquín.

Los rebeldes también habían preparado un palanquín improvisado para Ashok: una lona sostenida por bastones, más bien parecida a una hamaca.

Kritika caminaba a su lado. Priya se preguntaba cómo estaría.

¿Todavía podía hablar? ¿Estaría sufriendo?

Sin embargo, no se acercó a él. No sabía qué decirle. Una vez que estuvieran en Hiranaprastha y él hubiera atravesado las aguas inmortales y estuviera nuevamente bien, hablarían.

En cambio, caminó junto a Sima. En ese momento, Sima sostenía a la bebé Padma en sus brazos, cuidadosamente atada a su pecho con un cabestrillo hecho de tela rasgada, para que Bhumika pudiera dormir un poco.

Priya se aproximó a ellas mientras caminaban y bajó la vista hacia la carita arrugada de Padma.

—Parece una anciana, ¿no crees? —observó.

—Los bebés recién nacidos siempre son así, Pri. Se pondrá más bonita. —Sima miró hacia abajo y agregó, dudosa—: Probablemente.

Se oyó un ruido delante de ellas. Uno de los hombres rebeldes se derrumbó en el suelo y sus compañeros, horrorizados y resignados al mismo tiempo, lo levantaron. Su rostro estaba anegado en sangre. No respiraba.

Otra pérdida, entonces.

—No sé nada de política, pero creo que las personas que matan inocentes y queman una ciudad deberían ser asesinadas —murmuró Sima.

—Por eso dejamos que sea la Señora Bhumika quien haga política —respondió Priya.

—Parece que no te molesta estar de acuerdo con eso —dijo Sima. Había un tono verdaderamente acusatorio en su voz, y dolor auténtico.

No habían hablado de la verdadera naturaleza de Priya desde que se reunieron por primera vez en el bosque. En aquel momento, el alivio de reencontrarse había superado cualquier herida. Pero, oh, el dolor estaba allí, brillaba en los ojos de Sima.

Priya suspiró.

—No era solo mi secreto —dijo—. Lo que soy. Y yo… Sima… no pensé que volvería a ser una hija del templo. Pensé que sería una sirvienta para siempre.

—¿En serio? —La voz de Sima era cautelosa.

—En serio. No me gusta nada de esto. Hacer tratos con asesinos, el solo hecho de que tenga que haber asesinatos. Todo esto. —Agitó una mano hacia el grupo que los rodeaba—. Ojalá las cosas pudieran ser como antes.

—¿De verdad lo deseas?

¿Lo deseaba? Priya se permitió pensarlo, solo por un momento.

¿Quería volver a ser una criada, beber en el huerto, reír y bromear con Sima?

¿Moverse alrededor de Bhumika en círculos siempre vigilados?

¿Mirar hacia el Hirana y anhelar algo que casi no tenía, algo perdido y deseado, la posibilidad de “más” siempre lejos de ella, atrayéndola como una canción?

¿Deseaba no haber conocido a Malini, ni haberla besado nunca? ¿Ni haberla dejado atrás?

—Por supuesto —mintió—. Por supuesto que sí.

—Señora Bhumika —gritó alguien. Era Billu; se aproximó al palanquín de Bhumika, mientras los dos hombres que lo sostenían lo bajaban para dejarla salir—. Uno de los nuestros está enfermo. El niño… está empeorando.

Priya se acercó corriendo.

—¿Qué le pasa a Rukh? Billu, ¿dónde está?

Bhumika la miró, las ojeras ensombrecían sus ojos.

—¿Te lo dejo a ti, Priya? —preguntó con cansancio.

Priya asintió.

—Descansa de nuevo si puedes —dijo y se fue.

Billu llevó a Priya hasta donde estaba Rukh, acurrucado de lado contra un árbol. Sufría un dolor evidente; se encorvaba hacia delante y apretaba su brazo contra el pecho.

—Duele —dijo con voz áspera, cuando Priya se arrodilló para ver cómo estaba.

Ella le apartó la mano. Varios brotes de madera se habían abierto paso a través de su piel, desde los dedos hasta el codo. La carne que los rodeaba estaba salpicada de sangre, anormalmente perlada.

—Oh, Rukh —dijo en voz baja. Mirando a Billu, preguntó—: ¿Alguien tiene algo para el dolor?

Billu negó con la cabeza.

—Los rebeldes han agotado sus propias provisiones. No tenemos nada.

Priya levantó a Rukh. Él emitió un gemido y ella se mordió el labio para evitar maldecir o llorar o ambas cosas.

—Te llevaré a mi espalda —dijo—. Así.

Oyó el crujido de la maleza y apareció Jeevan.

—Tienes que ser capaz de defendernos —dijo él, mirándolos a ella, a Billu y a Rukh con los ojos entrecerrados—. La Señora Bhumika no puede. Tú también, Billu.

—Oh, no me necesitáis —dijo Billu.

—Eres fuerte —dijo Jeevan—. No sabemos con qué nos vamos a encontrar.

—¿Qué esperas que hagamos, entonces? —exclamó Priya—. ¿Abandonarlo aquí?

Rukh emitió un gemido y Priya inmediatamente se sintió un ser humano horrible. Billu le dirigió una mirada de impotencia.

—Yo me encargaré. —Era uno de los rebeldes, un hombre llamado Ganam—.

No puedo pelear —agregó con una sonrisa tensa y cautelosa—.

Yo también voy a empeorar en cualquier momento.

Pero por ahora estoy más saludable que la mayoría de los que bebieron las aguas de las botellas y pude sostener el peso de Ashok. Así que puedo sostener a un niño.

Priya no quería entregarle a Rukh. Pero Jeevan miraba inquieto el palanquín de Bhumika, y no podían permitirse estar detenidos por mucho tiempo.

—Bien —dijo—. Pero trátalo con cuidado.

Ganam le quitó a Rukh de los brazos. Los ojos del chico estaban cerrados con fuerza, su respiración era entrecortada.

—Él no es solo uno de los tuyos —dijo Ganam, ajustando fácilmente su peso—.

También es de los nuestro. Espiaba para nosotros.

Sirvió a nuestra causa. Tal vez la libertad nos permita proteger a nuestros niños en lugar de usarlos —agregó, apartando el cabello cubierto de hojas de Rukh de su frente—. Me gustaría creerlo.

Priya miró a Rukh, que había apoyado su cabeza sobre el hombro de Ganam. Miró la expresión cautelosa pero tierna del hombre. Luego, a la multitud de personas a su alrededor, y la ira contenida dentro de todos ellos, y también el hambre. Por algo mejor. Por un futuro.

—A mí también me gustaría —coincidió.

Desde el otro lado del sendero, Kritika la observaba con una expresión pensativa en el rostro. Asintió con la cabeza. Después de un momento, Priya le devolvió el gesto.

Siguieron caminando.