El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Sesenta y dos
91%

Capítulo Sesenta y dos

MALINI

B astó que uno de los señores sruganis y todos sus seguidores, un número significativo de hombres, decidieran abandonar el monasterio para que Malini supiera toda la verdad.

—El mensajero se arrastró desde su caballo muerto —anunció el Señor Narayan paseándose nervioso—. Arriesgó su vida para traernos este mensaje. Y ahora, nada. ¿Dónde está el emperador Aditya? Príncipe Rao, ¿lo sabes?

Rao negó con la cabeza. No dijo nada.

—Chandra no puede estar seguro de que Aditya esté aquí, o habría enviado muchos más hombres —opinó otro señor.

—Puede estar atacando todos los monasterios de los sin nombre —dijo Rao—. O bien hizo que nos siguieran por el sendero del buscador.

—Atacar todos los monasterios sería una tontería en el mejor de los casos, y una afrenta a la fe en el peor —dijo otra voz, horrorizada—. Ningún hombre en su sano juicio lo haría.

La risa de Rao fue amarga.

—Chandra lo haría.

—Los soldados llegarán aquí esta noche —dijo otro.

—¿Estás seguro?

—Si viajan discretamente, no deben tener caballos ni ninguna posibilidad de llegar antes. Pero el mensajero estaba seguro.

—¿Y el emperador Aditya…?

—Ya se le avisó tan pronto como llegó el informe —dijo el Señor Khalil, con una mirada de párpados caídos.

Observó a los demás como si estuviera sobre la mesa de juego de catur , sopesando su próximo movimiento y sopesándolos a ellos también.

—¿Y cuáles son sus planes? —preguntó Lata, desde la esquina de la habitación.

—No ha creído conveniente ilustrarnos —dijo Khalil tranquilamente—. Pero estoy seguro de que hablará con su amada hermana.

—Estoy seguro de que lo hará —respondió Malini, con la misma tranquilidad. La sangre latía con fuerza en sus oídos.

—Habrá muchas batallas y muchas guerras si el príncipe Aditya tiene la intención de recuperar el trono.

—Y lo hará —dijo Malini con firmeza.

Khalil hizo un ruido. No estaba del todo de acuerdo.

—¿Nos haría huir, como cobardes, en contra de nuestro estatus? —preguntó Narayan.

Malini no pensó que la supervivencia fuera una cobardía, pero se abstuvo de decirlo.

—Somos guerreros, mis señores —dijo Rao sorprendiéndola—. No huimos de la batalla. Pero al menos podemos usar este tiempo para elaborar estrategias. Si os unís a mí…

Malini no se quedó. Fue a pasear por los jardines. Caminó con prudencia, pasando junto a sacerdotes que meditaban o pintaban con laca las hojas de las plantas.

—Lata —dijo Malini a su sombra siempre presente—. Historia militar.

—Mi maestra era la que mejor conocía la historia.

—Si ella estuviera aquí, con mucho gusto aceptaría su consejo. Pero tú eres su discípula. Dime lo que sabes.

—Esto es lo que sé, princesa: usas cualquier herramienta que tengas a tu disposición. Haz un balance, ¿qué tienes?

Malini miró a su alrededor. Los jardines. Los árboles antinaturales; las hojas y los frutos que colgaban de ellos y que nunca se pudrirían. Un oscuro presentimiento se deslizó por su espalda.

—No puedo usar lo que tengo.

—¿Por qué no? —preguntó Lata simplemente.

“Porque está mal”. Pero no. Eso no le importaba a ella. No verdaderamente. “Porque sería monstruoso”.

Incluso eso. Incluso eso no importaba tanto como debería.

—Porque puedo perder a los seguidores de Aditya. O… —Hizo una pausa—. O puedo ganarle más —murmuró—. Piensan que él no tiene la capacidad de ser despiadado. Piensan…

El rostro de Lata de repente se puso gris. Sabía exactamente lo que pretendía hacer Malini.

—No quise decir…

—¿No quisiste?

Malini no le sonrió. No estaba contenta.

—Gracias —dijo, en cambio.

—No me des las gracias —dijo Lata—. Por favor.

“Al fin”, pensó Malini. “Ella entiende la amargura del conocimiento”.

Malini encontró a Aditya meditando en su habitación, sentado con las piernas cruzadas en el suelo. Lo observó durante un rato, esperando que él se diera cuenta y levantara la cabeza. Como no lo hizo, se arrodilló a su lado sin que le importara interrumpirlo.

—Hermano mío —dijo. Habló en voz baja y amable. El tono que usaba su madre—. Necesito que guíes a tus hombres. No podemos permanecer aquí por más tiempo.

Hubo un largo momento en el que no dijo nada.

—¿Te envió Rao? —dijo él finalmente.

—No. —No necesitaba que Rao la dirigiera sobre lo que era necesario hacer. Aditya debería haberlo sabido.

—Extraño. Y, sin embargo, ambos queréis lo mismo de mí. —Había una sonrisa triste en su boca—. Quieres que mate por el trono. Que asesine por ello.

—Debes matar por el trono —dijo Malini. Obligó a su voz a permanecer calmada, amable—.

De eso se trata la guerra. Y no somos simplemente Rao y yo quienes queremos que tomes el trono.

Aditya, lo sabes. Sabes que todos esos hombres esperan que los guíes porque Chandra debe ser detenido, y no hay nadie más que tú para hacerlo. ¿Por qué no actúas?

Los ojos de su hermano tenían ojeras, pero su expresión debajo de la dureza de su sonrisa era decidida.

—Ven conmigo —dijo—. Tengo algo que enseñarte.

La llevó a un jardín. Dentro había una jofaina de agua sobre un pedestal. Ella lo siguió hasta allí; puso las manos sobre el recipiente a petición de él.

—Siempre quisiste conocimiento —dijo—. Ahora puedes recibirlo.

—Tengo muchos libros —dijo Malini mirando a su hermano y no al agua—. O los tuve una vez. Y ahora tengo a Lata para continuar mi educación.

—Quieres entender por qué me resisto al camino que crees que debo seguir. Para eso, debes comprender el conocimiento que los sin nombre me otorgaron —dijo Aditya. Vaciló, y luego habló de nuevo—. Malini, en verdad, te necesito. Necesito tu perspicacia.

—Ya tienes mi guía —dijo ella—. Sabes exactamente lo que creo que es mejor.

—No —insistió él—. Necesito que “veas”. Que entiendas lo que me retiene aquí y por qué no puedo irme hasta que sepa lo que debo hacer. Cuando veas, lo sabrás.

—Ya se lo dije a Rao una vez, hace mucho tiempo —se resistió Malini—. No creo en el destino.

—Y, sin embargo, hay fuerzas más grandes que nosotros —dijo Aditya—.

Fuerzas que no podemos controlar, que nos llevan, lo queramos o no.

La lección más grande que me han enseñado los sin nombre es la fuerza que se necesita para reconocer cuándo no hay una lucha que ganar, cuándo no hay una guerra entre iguales. Solo la posibilidad de rendirse.

Rendirse. Era una palabra fea, una palabra ardiente. Quitó las manos del borde del recipiente.

—No lo acepto —dijo Malini con brusquedad—. Ese no es mi camino.

Dio un paso atrás.

—Malini —pidió Aditya—. Por favor. Si no miras, nunca sabrás por qué lucho.

—Dímelo, entonces —dijo ella—. Dime, para que podamos ir más allá de tu lucha y regresar al mundo real.

—¿Crees que puedo reducir una visión de los sin nombre a palabras que puedas comprender? —Se rio, una risa cansada—. Malini, sé razonable.

Ella había sido razonable. Más que razonable. Él había dejado su corona, su imperio, por abrazar su nueva fe. Y ella, muy razonablemente, le había suplicado que regresara. Ahora estaba allí ante él, con el umbral del monasterio manchado de sangre, pidiéndole razonablemente que actuara.

Nada más.

No podía apartar la mirada de él, de ese hermano al que amaba, que había rechazado todos los privilegios que la vida le había dado para seguir un camino que ella no podía entender. Dejó que algo se levantara dentro de sí misma, algo duro como el hierro y furioso.

—No estoy pidiendo nada descabellado —replicó Malini—.

Nunca lo he hecho. Pero si no quieres explicarte, deja que yo te explique algo: tanto tú como Chandra creéis que el derecho a gobernar es algo que os deben otorgar las Madres de las llamas, la sangre, los sin nombre.

No soy tan tonta. Sé que no hay un poder superior que sancione a un rey o emperador.

Solo existe el momento en que el poder se deja en tus manos, y hay una verdad: o tomas el poder y lo ejerces, o alguien más lo hará.

Y tal vez no sea tan amable contigo y los tuyos.

—Se inclinó hacia delante—. Hiciste tu elección, Aditya.

Y cuando renunciaste al poder, Chandra se volvió contra mí y contra mis mujeres.

La muerte de Alori. La muerte de Narina.

Cada momento de sufrimiento al que me he enfrentado, todos descansan sobre tus hombros. Debes hacerlo mejor ahora.

Él se estremeció. Ella se obligó a hacer salir de su garganta más palabras, más veneno y verdad, aprovechando su ventaja mientras la obstinada pasividad de su hermano comenzaba a desmoronarse.

—Si tuviera la posibilidad, destruiría a Chandra —dijo lenta, deliberadamente—.

Cortaría las rutas comerciales que le llevan arroz y cereales.

Quemaría sus campos y destruiría sus minas.

Le quitaría todos sus aliados, mediante sobornos o violencia.

Y lo mataría. Lenta y deshonrosamente. Eso es lo que yo haría si tuviera la suerte de ser tú, Aditya.

Si tuviera tus privilegios. Pero nunca podría ser tú porque yo no habría rechazado mi derecho de nacimiento como lo hiciste tú.

—Tú, mi dulce flor, mi hermana, sueñas con la guerra —murmuró él—.

Pensé que tú, entre todas las personas, entenderías mi necesidad de estar libre de tales cosas.

Eras la más espiritual de los tres cuando eras niña.

¿Lo recuerdas? No eras devota de los sin nombre, ciertamente.

Pero solías pedirme que te llevara al santuario de las Madres para que pudieras poner flores de jazmín y besar sus pies.

—Eso fue antes de que Chandra me hiciera daño por primera vez —dijo Malini secamente—. Eso terminó abruptamente con mis fantasías infantiles.

Él la miró fijamente, sin comprender.

—¿Cuándo —dijo— te lastimó, de niña?

Ella contuvo el aliento. Él no se acordaba.

Quería levantarse el pelo y dejar su cuello desnudo.

Quería mostrarle cómo le había hecho daño; mostrarle no solo la cicatriz física, sino la forma en la que las crueldades de Chandra, grandes y pequeñas, habían desollado su sentido de sí misma hasta dejarla en carne viva, una furiosa maraña de nervios, hasta que se vio obligada a fabricarse una armadura, dentada y cruel, para poder sobrevivir.

Pero él no lo entendería. Nunca lo había entendido. Sus dolores y sus terrores, que la habían consumido toda su vida, siempre habían sido pequeños para él. O nunca los había visto, o simplemente los había olvidado con facilidad.

Así que, en lugar de eso, se alejó del pedestal y tocó una de las hojas del jardín. Frotó las yemas de sus dedos de un lado a otro sobre la superficie, sintiendo esa extrañeza pegajosa. Laca. Laca dulce.

—Hay cloacas debajo de los jardines, ¿no es así? Para llevar las aguas y alimentar el huerto de frutas. —Ella había visto las rejas; había escuchado su eco—. ¿Qué profundidad tienen? ¿Son lo suficientemente grandes como para que los hombres caminen a través de ellas?

—Creo que sí —dijo Aditya, claramente perplejo por el cambio de conversación.

—¿Se pueden usar para salir de los jardines discretamente?

—Quizás —respondió Aditya con cautela.

Malini pensó en el aceite que habían frotado en el cabello de Narina y de Alori el día en que las quemaron. La cera que habían cosido en pequeñas pesas en sus faldas.

Sintió nauseas.

Y también se sintió exultante.

—Tengo un plan —dijo—. Para asegurarnos de sobrevivir y poder salir de este lugar para buscar a tu ejército. Y roguemos, por las Madres, que todavía te estén esperando.

Le contó cada detalle cuidadosamente delineado, deliberado. Vio crecer el horror en su rostro.

—No lo haré —dijo Aditya—. No lo permitiré.

—Lo harás —dijo Malini—. O todos moriremos.

Tal vez podríamos haberlos combatido, pero gracias a tu falta de voluntad para actuar, tus filas se han reducido.

Este valle es una prisión. El único golpe de suerte fue la estrechez de la entrada a los jardines del monasterio.

Pídele orientación a tu dios sin nombre si quieres, Aditya, pero es este plan el que encararemos.

—¿Y si no lo hago? —dijo suavemente.

Podría haberlo amenazado. Los nobles estaban asustados, enfadados e inquietos, y ella sabía cómo entretejer palabras agradables y poner una cara bonita mientras lo hacía.

Haría falta muy poco para volverlos contra él.

O podría haberle llorado o suplicado a su hermano, con el corazón herido sobre su piel.

Pero estaba cansada de todo eso.

Y todavía lo necesitaba a él.

—Mira el mundo, no el agua —dijo Malini—. Mira a tu hermana. Sabes que esto es lo que se debe hacer.

Los nobles todavía estaban discutiendo cuando ella regresó. Fue junto a Rao. Esperó hasta que la conversación se calmó por un momento.

—Mis señores y príncipes —dijo—. ¿Puedo hablar?

Se quedaron en completo silencio.

—Mi hermano Chandra siempre me decía que yo no obedecía a los sacerdotes o a las Madres como debía —comenzó Malini—. Me decía que escuchara la voz de las Madres en mi corazón. Pero cuando escuché, no escuché nada. Y sé que él tampoco oía nada.

Verdad y mentira. Los envolvió juntos, un tejido tan fino que tenía el aspecto de una sola carne.

—Luego trató de quemarme. Y finalmente escuché a las Madres. Y recordé un hecho que todos hemos olvidado, mis señores.

Ya los tenía. Los mantuvo atados con sus palabras, serpenteando y serpenteando.

—La primera de las Madres, la que fundó nuestro linaje y el imperio, era una devota del dios sin nombre, como lo son los aloranos y los sruganis.

En su fe y su naturaleza, Aditya está más cerca de ella que cualquier descendiente de su linaje.

Él no olvida que Parijatdvipa está unido por una razón.

Las Madres optaron por elevarse en el fuego para obtener el poder de proteger a su pueblo.

Nuestro pueblo, porque somos un solo imperio.

Hubo un ruido detrás de ella. Malini no se volvió cuando los hombres se inclinaron; cuando Aditya se acercó, vestido con sus suaves túnicas sacerdotales, con la cabeza tan alta como la de un emperador.

Aditya respiró hondo. Avanzó para pararse frente a ella.

—No hay nada que temer —dijo, con esa cadencia mesurada y resonante suya, la que siempre había sofocado incluso a los hombres más feroces—.

Mi hermana dice la verdad. Nunca he olvidado los lazos entre nosotros, mis hermanos.

Y sé cómo asegurar no solo nuestra supervivencia, sino también nuestra victoria.