El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Sesenta y uno
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Capítulo Sesenta y uno

RAO

M ás de una docena de hombres vieron cuando el mensajero, no uno de Prem, sino un saketano vestido de verde oscuro, con el cabello trenzado medio despeinado y pringoso por la sangre, cayó de su caballo y se derrumbó en el otro extremo del puente.

Ya estaba empezando a arrastrarse cuando los hombres lo alcanzaron y lo ayudaron.

—Soldados de Parijat —jadeó el mensajero una vez que estuvo en suelo del monasterio—. Están… están viniendo. Solo un batallón, alabadas sean las Madres.

—¿Saben que él está aquí? —preguntó Narayan con urgencia.

—No lo sé —murmuró el mensajero—. No lo sé, yo… ¡ah! —Y ante su quejido de dolor, los soldados y los sacerdotes se abalanzaron sobre él, lo rodearon y lo levantaron para ponerlo a salvo. Un hombre dwarali se quitó la faja y la acercó a la herida que el mensajero tenía en el costado.

La mente de Rao se aceleró. ¿Alguno de los hombres de Santosh había logrado escapar tras su encuentro? ¿O habían dejado un contingente en Hiranaprastha para buscar ayuda si Santosh no regresaba? No había forma de saberlo.

Rao vio un parpadeo de movimiento en las puertas del monasterio. Un destello de azul, cuando alguien que observaba desapareció en el interior.

Podría haber sido cualquiera de los sacerdotes. Pero Rao sabía que era Aditya.

Se quedó mirando la puerta durante un largo rato; una pizca de amargura y arrepentimiento florecía en su estómago.

Aditya lo había escuchado. Y luego había huido.

Tiempo atrás, Rao había admirado la quietud de Aditya.

El hombre nunca había sido imprudente o rápido para enfurecerse.

Le habían regañado por sus reflejos lentos cuando practicaban con sables, pero los sabios y los líderes militares que lo habían educado en las reglas de la guerra honorable, en la estrategia militar antigua y moderna, habían admirado su cuidadosa consideración de todos los factores.

Aditya era un pensador. Siempre había sido un pensador.

Aditya siempre había querido hacer lo correcto.

Había pasado horas estudiando minuciosamente textos, sopesando estrategias y tácticas militares, reflexionando sobre la ética de la guerra, descifrando las mejores opciones, las estratagemas que proporcionarían el equilibrio perfecto: bajo costo para la vida humana, una victoria rápida, una batalla honorable.

Rara vez descubrió que se pudieran lograr todos.

—No será tan fácil en el mundo real —había dicho Aditya una vez mientras jugaban al catur con los ojos fijos en el tablero.

Su mano siguió moviéndose, revoloteando primero sobre el pequeño elefante tallado, el auriga, el soldado de infantería, el ministro.

El rey—. Aquí puedo optar por sacrificar a quien sea necesario para ganar.

—Su voz, su expresión, ambas extrañamente apagadas—.

En nuestras lecciones, se nos enseña que debemos hacerlo.

Pero a veces pienso que, si no hubiera guerra en absoluto, todo sería más fácil.

—Sí, así es —había coincidido Rao, desconcertado—. Pero la guerra sucede.

—¿Tiene que suceder?

—No lo sé —había dicho Rao—. Creo que así es el mundo.

Aditya había fruncido el ceño. Miró el tablero. Luego tomó la pieza que simbolizaba al rey y la colocó más allá del tablero, en el borde de la mesa.

—Ahí —dijo, devolviéndole la sonrisa a Rao—. Ahora el rey puede contemplar el horizonte. Mucho más divertido que la guerra, creo.

—Estoy bastante seguro de que va en contra de las reglas —había bromeado Rao.

—Está bien —había respondido Aditya—. No me importa el juego de catur de todas maneras.

Y Rao se había reído y, tras darle una palmada en la espalda, le había dicho:

—Si estás tan cansado, ven a tomar una copa conmigo.

Había creído, entonces, que habría tiempo para que Aditya se convirtiera en un buen emperador.

Debería haber sabido, como devoto del dios sin nombre, que el rey parado más allá del borde del tablero había significado algo. Que un hombre a veces puede ver su verdadero destino sin darse cuenta.

—Un nombre profético no siempre es algo susurrado por un sacerdote en el nacimiento de un niño —había dicho un sacerdote de la fe sin nombre, cuando Rao le preguntó por qué tenía que cargar con ese nombre, por qué él—.

Incluso más allá de nuestra fe, hay personas que descubren su destino por casualidad.

Su destino los encuentra: en sueños, en historias, en casualidades.

A menudo no reconocen la verdad cuando las honra con su gracia, y el conocimiento de la profecía los pasa por alto.

Pero tu destino te habría encontrado, joven príncipe, tanto si fueras alorano como si no.

Alégrate de que tu fe te anticipe lo que está por venir.

—Debe ser extraño —había murmurado Rao—. No saber tu destino, incluso cuando lo ves.

—Tal vez —había dicho el sacerdote, sonriendo con benevolencia—. Pero tú eres de la fe de los sin nombre, príncipe de Alor. Reconocerás exactamente tal profecía cuando la veas. Puedes salvar a otro hombre de seguir su camino en la ignorancia algún día.

Rao no lo había hecho.

Rao encontró a Aditya en un pequeño jardín repleto de pájaros cantores. Aditya no se dio la vuelta, así que Rao lo giró, haciendo que el hombre lo mirara a los ojos.

—Tu hermano viene a por ti —le dijo agitado, con las manos sobre los hombros de Aditya—. Mi príncipe, mi emperador, mi amigo. Chandra ha enviado a sus hombres aquí. Te matará. Tenemos que huir.

—Solo un poco más —murmuró Aditya, apartando la mirada de Rao hacia los pájaros, el cielo.

Rao se preguntó qué factores estaba sopesando en esa cabeza suya: cómo comparaba la justicia con la ética y la estrategia, llegando como resultado a nada más que la quietud de su cuerpo, sus ojos distantes—.

Solo un poco más, y sabré lo que hay que hacer.

—¡No hay más tiempo! Nunca ha habido tiempo.

Aditya cerró los ojos. Parecía como si un peso terrible yaciera sobre él, un peso aplastante que le doblaba los hombros como ninguna política cortesana, ninguna guerra, nada que hubieran experimentado juntos como príncipes en Parijat.

—No lo entiendes —susurró Aditya.

—Lo entiendo. Lo entiendo. He sido fiel los principios de esta fe toda mi vida, Aditya. Mi hermana murió por ellos. Pero no puedo permitir que hagas esto.

Aditya lo miró a los ojos finalmente. Ojos oscuros. Cejas severas.

—Si soy tu emperador, debes darme el tiempo que necesito. Mi palabra es, después de todo, ley. —Su voz se volvió repentinamente dura—. Y si no soy tu emperador, entonces ve y pelea tu guerra sin mí. Es bastante simple.

Rao pensó en ese tablero de catur de hacía mucho tiempo; en el ceño fruncido de Aditya, en su deseo de salir del tablero. Pero no había salida de este juego. Aditya era una pieza que tenía que moverse si se quería ganar o perder algo.

—No —dijo con firmeza—. No tomaré esta decisión por ti. Esta es tu tarea, Aditya. No la mía. Si vas a ser emperador, si vas a liderarnos, tienes que dar el primer paso. Tú tienes que decidir. No elegiré por ti.

Aditya se soltó de sus brazos. Se dio la vuelta y se alejó. Y Rao inclinó la cabeza, pensando en su hermana, que había sido quemada, y en el terrible peso de su propio nombre. En la esperanza.

La realidad de Aditya, atado por una visión. Sin intenciones de elevarse.