Capítulo Cincuenta y nueve #2
—Tu Kritika tiene un niño como rehén. Rukh. Lo quiero de vuelta, o no hay trato entre nosotros. Esto es asunto nuestro, Ashok. De nuestra familia. No necesitamos involucrar a nadie más. Hablaré con Bhumika y, una vez que acepte nuestro trato, regresaré con ella.
—Bien —dijo.
Pensó en levantarse y dejarlo allí. Su acuerdo estaba cerrado, después de todo. No había nada más que decir.
Pero, en cambio, se inclinó hacia delante y apoyó su frente contra la de él; olía a sudor, a enfermedad, a hogar. Todavía era vulnerable a él, al amor y a la familia extraña y rota en que los había convertido… lo que fuese que ellos eran.
—Te esperaré —murmuró.
“No tienes otra opción”, pensó ella.
Se mordió el labio y asintió, luego se apartó.
—Kritika —llamó Ashok.
La peregrina entró de inmediato.
—Deja que el chico se vaya —dijo—. Mi hermana y yo hemos llegado a un acuerdo. Ella regresará con nosotros muy pronto.
* * *
El campamento ya no estaba tranquilo cuando Rukh y Priya regresaron.
Las otras mujeres hacían mucho ruido; Khalida salió de la tienda con el rostro pálido, furiosa por la ausencia de Priya.
Todavía estaba regañándola cuando se abrió la puerta de la tienda y se asomó Sima. Captó la mirada de Priya. La llamó.
—La Señora Bhumika pregunta por ti —dijo, mientras Priya se liberaba de la ira de Khalida y se le acercaba—. Ven a ver.
Alguien había quemado incienso dulce para mejorar el olor de la tienda. Bhumika estaba medio sentada, con la cara sudorosa y sonrojada. Y había un bulto que se retorcía y chillaba como un gatito recién nacido, en sus brazos.
—Es…
—Un bebé —dijo Bhumika—. Una niña, al parecer. Supongo que eso es bueno. ¿Quieres tenerla en brazos?
La bebé era pequeña y no olía bien, y cuando Bhumika se la colocó en los brazos, Priya sintió algo abrumador: una especie de terror y asombro ante la repugnante belleza de la vida, que la hizo querer entregar a este pequeño humano lo más rápido posible, y también, al mismo tiempo, aferrarse a ella para siempre.
—Huele mal —comentó, mirando fijamente el diminuto rostro de la bebé.
—Las primeras palabras que escucha la pobre criatura, y eso es lo que le ofreces —dijo Bhumika—. Devuélvemela.
Priya lo hizo.
—Si todavía estuviéramos en el templo, consultarías los mapas estelares para elegir las letras y sílabas correctas para un nombre, como hacíamos con los bebés de las peregrinas.
—Afortunadamente, ya no somos niñas del templo —dijo Bhumika—. Su nombre es Padma. Ese es el nombre que he elegido para ella. Le servirá igual. Ahora dime qué te ofreció Ashok.
Priya levantó la cabeza.
—¿Lo sabes?
—Yo también lo sentí —respondió Bhumika—. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Esto no tenía fin. Incluso entonces, en este momento, sus deberes no tenían fin. La guerra era su trabajo.
Priya respiró hondo y comenzó.
* * *
Después de que el comandante Jeevan hubiera regresado para proteger a Bhumika y a los demás, tras enterarse de todo lo que había pasado, Priya se escabulló.
Se movió en silencio, con cuidado, abriéndose camino a través del bosque hasta el campamento de los parijatdvipanos.
Malini tenía una tienda propia: Jeevan había visto cómo la erigían y le había explicado su ubicación a Priya antes de que ella partiera.
Priya esperó hasta que nadie estuviera mirando, luego se deslizó dentro de la tienda.
Malini la vio entrar. No pareció sorprendida.
—Priya —murmuró.
Cruzó la tienda y le tomó el rostro con las manos. Pero no la besó. Simplemente la miró.
Y Priya…
—¿Qué clase de tienda es esta, por la tierra y el cielo? —preguntó, mirando alrededor—. ¿Eso del techo es oro? ¿Y por qué tienes un escritorio?
—En realidad, es modesta para los estándares que conocí en mi juventud —dijo Malini, con una sonrisa en los labios. Pero sus ojos eran cautelosos cuando dijo—: No deberías haber venido aquí.
—Esos soldados no podrían haberme hecho daño.
—No importa —dijo Malini—. ¿Por qué has venido?
Priya la miró y la miró, luchando por encontrar las palabras.
—Malini —comenzó, dando forma al nombre con cuidado en la lengua, como si así pudiera conservarlo—. Estás donde tienes que estar. Mi parte de nuestro trato está hecha. Y yo… vine aquí para decir adiós.
Observó cómo la sonrisa se desvanecía y moría en el rostro de Malini.
—Yo… la verdad, no creo que deba estar aquí diciéndote esto. Es un exceso de confianza —admitió.
—Te vas —dijo Malini—. Te vas ahora.
—Sabías que en algún momento tendría que hacerlo —explicó Priya—. Bhumika y yo, todos nosotros, tenemos que proteger a Ahiranya hasta que tu hermano Aditya asuma el trono. Hasta que seas capaz de hacer cumplir tu promesa.
—Lo sé —dijo Malini aturdida—. Lo sé. Es que es tan… tan pronto.
Su frente se arrugó, solo un poco. Se tocó la garganta con las yemas de los dedos.
Había tensión en el rostro de Malini mientras se alejaba con elegancia y se sentaba en su escritorio, de espaldas a Priya.
—Gracias —dijo— por venir a hablar conmigo.
Sabiendo cómo me siento, fue muy amable por tu parte.
—Inclinó un poco la cabeza y dejó la nuca al descubierto al acomodarse la trenza sobre el hombro—.
Y gracias también por… todo. Por el tiempo que hemos pasado juntas. No olvidaré la promesa que te hice.
Priya tragó saliva. Tenía un nudo en la garganta. Le escocían los ojos.
—No hemos terminado lo nuestro, Malini —dijo—. Este no es el final.
—Por supuesto que lo es, Priya. Tú misma lo dijiste. Ahora estamos en caminos diferentes. ¿No es eso un final?
Ser nada más que una parte de la vida de Malini, y que ella fuese solo una parte de la vida de Priya… no. Estaba mal, visceralmente mal. No podía ser tan fácil borrar lo que sentían la una por la otra, la maravilla y la esperanza de ese sentimiento.
—Malini —dijo Priya—. Malini. Yo… —Tragó saliva—. Volveremos a vernos. Lo sé. No importa adónde vayas o lo que hagas, tarde o temprano te encontraré, porque te llevas una parte de mi corazón contigo. Tú lo forjaste, después de todo.
Malini se puso en pie de un salto. Se acercó a Priya y le tocó la frente con la suya; el pulso de Priya se aceleró.
Malini olía a piel limpia y a jazmín, y estaba demasiado cerca, demasiado cerca para que Priya la viera con claridad.
Todo lo que pudo ver fue una sombra de cabello oscuro.
El parpadeo de la lámpara de aceite, que proyectaba sombras en la mejilla de Malini.
La mandíbula apretada de Malini. Sus pestañas húmedas.
—Al menos, bésame para despedirnos —susurró Priya—. Al menos eso.
Malini le tomó la cara entre las manos y la besó.
Le mordió el labio, alivió el escozor con la dulzura de su lengua y la besó más profundamente.
Priya, con su sangre cantando, tocó la nuca de Malini con la palma de la mano, la piel cálida y sedosa, rozó con el pulgar los bucles ligeros de su cabello y el plateado tenue de una vieja cicatriz y acercó la cara de nuevo.
Y otra vez. Fue un beso exuberante, mordaz.
Era un adiós, y a Priya le dolía el corazón.
—Podría hacer que te quedes —susurró Malini, retrocediendo, con su respiración agitada y una mirada salvaje en sus ojos—.
Podría convencerte. He convencido a tanta gente en el pasado para que haga lo que quiero…
Si puedo persuadir a alguien para que cometa traición, seguramente puedo convencerte de que te quedes a mi lado.
—Se apoyó en los brazos de Priya—. Tú también lo deseas, después de todo.
No quieres dejarme. No estarías aquí si realmente quisieras hacerlo.
Había deseo en sus palabras, pero también miedo. Priya lo sabía. Era el mismo miedo que Malini había confesado cuando contó cómo había estado a punto de clavarle un cuchillo en el corazón. Era miedo de sí misma.
—No pudiste convencerme —le dijo Priya—. No pudiste engañarme. Estoy absolutamente segura de eso. Tengo un propósito y una meta, y ni siquiera tú puedes obligarme a renunciar a ella. Te lo prometo, Malini. —La besó de nuevo, un roce más ligero de sus labios contra la mejilla de Malini—. Lo prometo.
Malini suspiró.
—Bien —dijo—. Está bien. —Y luego giró la cabeza para rozar una vez más la boca de Priya con la suya antes de retroceder y alejarse—. Deberías irte ahora, si quieres partir antes de que amanezca. Vete, Priya.
Priya miró a Malini. Su espalda, una línea imponente.
—Te prometo que volveré —le dijo—. Sé que no piensas mucho en las profecías.
Ni en portentos, ni en el destino, ni en nada por el estilo.
Pero un día voy a venir a buscarte. Para entonces, supongo que ya me habrás olvidado.
Tal vez solo pueda caminar por fuera de cualquier mahal en el que vivas, pero mientras…
mientras tú quieras que vaya, iré. Si quieres que te encuentre, iré a tu encuentro.
Había tantas cosas que Priya no sabía cómo decir.
“En el momento en el que te vi por primera vez, sentí que algo me arrastraba a ti. Eres como la sensación de caer, como las aguas de la marea, la forma en la que un ser vivo siempre gira buscando la luz. No es que crea que eres buena o amable, ni siquiera es que te ame. Es que, cuando te vi, supe que te buscaría. Así como busqué las aguas inmortales. Así como busqué a mi hermano. Así como busco todas las cosas, sin pensar, sin nada más que deseo”.
—Si quieres —repitió.
—Siempre serás bienvenida —dijo Malini bruscamente, como si le hubieran arrancado las palabras—. Cuando vengas a buscarme, serás bienvenida. Ahora, Priya, por favor…
Priya tragó saliva.
—Adiós, Malini —dijo.