El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y nueve
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Capítulo Cincuenta y nueve

PRIYA

N o había señales de la mujer que le había susurrado en la tienda.

Pero Priya se adentró en la oscuridad de los árboles que rodeaban el sendero del buscador, donde el tiempo se estiraba y se contraía de forma extraña, la inquietante mancha de luz más allá del laberinto de troncos se rompía en fracturas aún más profundas.

Sintió movimiento a su alrededor, como de agua.

Dejó el sendero y sintió que la extrañeza se desvanecía. Allí estaba la mujer. La esperaba.

Y allí estaba Rukh, atado a un árbol con sus propias raíces. Tenía una mordaza en la boca y, cuando vio a Priya, emitió un sonido gutural que habría sido un grito si no estuviera amortiguado.

—Esperaba que viniera por las buenas —dijo la mujer—. Pero era… reacio. —Su boca se frunció—. Qué rápido cambia la lealtad de los niños.

—Debería fabricar una lanza de madera y clavártela en el cráneo —dijo Priya apretando las manos con fuerza—. O tal vez debería hundirte en el suelo y dejar que te devoren los gusanos.

—Le rodeé la garganta con raíces —dijo la mujer con calma—. Puedo estrangularlo antes de que logres salvarlo o asesinarme.

—No puedes.

—Estrangular a alguien lleva tiempo —admitió la mujer—. Mejor, simplemente, le romperé el cuello.

—Era uno de los tuyos —dijo Priya—. Leal a ti y a tu causa. ¿De verdad lo matarías?

—Si todavía tuviera algo de lealtad, moriría voluntariamente por ver libre a Ahiranya.

—Es un niño —exclamó Priya—. ¿Realmente asesinarías a un niño que conoces, con tu propio poder?

Se oyó un ruido, un siseo, cuando las raíces se enrollaron con más fuerza, y Rukh pateó furiosamente el suelo con los pies.

Bueno, esa había sido, sin duda, una respuesta contundente.

Una línea de sangre acuosa brotó de la nariz de la mujer. Se deslizó por su labio. Ella se la limpió con el dorso de la mano.

—Estamos a poca distancia de los parijatdvipanos, que estarían encantados de ver colgados a los rebeldes —dijo Priya—. Y las personas que viajan conmigo tampoco tienen motivos para que les caigas muy bien.

—Bueno, no me detuvieron —dijo la mujer, que no usaba ni llevaba máscara alguna. Tenía mechones plateados en el cabello, arrugas alrededor de su boca—. Sin mi máscara, tú y yo somos bastante parecidas. Sierva y sierva. Mujer común y mujer común. Invisibles.

—No nos parecemos en nada.

—No —asintió la mujer—. Eres una hija del templo.

Tienes un deber para con Ahiranya. Cuando yo tenía tu edad no era más que una devota, una peregrina en tu templo.

Y ahora sigo a tu hermano, y vengo para buscar tu ayuda y asegurarme de que cumplas con tu deber.

Todo lo que tienes que hacer es decirme el camino.

—¿Y dónde está Ashok? ¿Por qué estás tú aquí y no él?

La mujer ladeó ligeramente la cabeza.

—¿No me dirás el camino? ¿Ni siquiera ahora?

—Si Ashok quisiera lastimarme o manipularme, lo haría él mismo —dijo Priya—. Ni siquiera sabe que estás aquí, ¿verdad? Pero eres leal a él. Obediente. ¿Por qué vendrías aquí sin su bendición?

La mujer no dijo nada.

—Entonces se está muriendo —murmuró Priya.

Odiaba la forma en la que su corazón se retorcía ante la idea, un dolor sordo en el pecho y la garganta.

La mujer no volvió a hablar, pero Rukh emitió un sonido ahogado, bajo y terrible, como si las raíces se hubieran apretado aún más alrededor de su cuello.

—No puedo simplemente decirte el camino —dijo Priya rápidamente—. Te lo tendría que mostrar. Y si Ashok está agonizando, es muy posible que no tenga la fuerza para llegar al Hirana antes de morir.

La mujer negó con la cabeza.

—No es solo el camino lo que deseo de ti.

Ashok tiene una visión que debe cumplirse…

sobreviva él o no. —La mujer tragó saliva, el dolor parpadeaba en su rostro—.

Tú lo has condenado. Pero sé que su visión es más grande incluso que él mismo, así que dejaré de lado cualquier idea de hacer justicia si vienes conmigo y le escuchas hablar.

Priya no podía dejar a Bhumika, a Sima y al resto desprotegidos. Pero tampoco podía abandonar a Rukh.

—Ven conmigo y escucha a tu hermano —dijo la mujer—. O el niño morirá.

—Déjalo ir ahora, y yo iré.

La mujer resopló.

—No —insistió—. Viene con nosotros.

Priya miró a Rukh. Tenía el cabello pegado a la frente húmeda de sudor, el rostro enrojecido, aterrorizado y furioso.

—Bien—dijo Priya—. Vamos.

El nombre de la mujer era Kritika. Tiempo atrás había sido una peregrina, una de los hombres y mujeres que escalaban el Hirana y recogían las aguas inmortales para colocarlas como ofrendas a los pies de los yaksas en sus altares o usarlas como talismanes de poder y fortuna.

Pero cuando el consejo del templo se quemó, ella conservó toda el agua en un sitio seguro, previendo que algún día sería necesaria.

Le contó todo esto a Priya, mientras arrastraba a Rukh con una correa de enredadera.

Las manos del niño estaban atadas. Él miraba a Priya, de vez en cuando, y ella le devolvía la mirada.

“Todo va a salir bien”, trató de decirle con los ojos.

Pero Rukh todavía parecía asustado, y había una mueca de rabia en su boca, como si no supiera si quería gritar o llorar.

Priya vio otras siluetas en las sombras a medida que disminuían la velocidad.

Llevaban hoces y sus ojos entrecerrados estaban fijos en ella cuando pasó a su lado.

Algunos todavía estaban enmascarados, sus identidades ocultas detrás de rictus de madera, pero otros tenían el rostro descubierto y expresiones tensas.

Kritika se detuvo ante una pequeña enramada cubierta de flores de color ámbar pálido, con hojas que colgaban como velos.

Entró allí con Rukh todavía atado a ella.

Pasó el tiempo. La presencia de Ashok era un tambor silencioso debajo de la tierra: una canción que le recordaba a Priya las formas, grandes y pequeñas, en las que las aguas los unían.

Kritika regresó con Rukh.

—Te está esperando —le dijo.

—¿Estaba enfadado contigo?

La rebelde le dirigió una mirada neutra.

—Habla con él —respondió—. Esperaré con el chico.

—Regresaré pronto —dijo Priya mirando a Rukh a los ojos. Luego se adentró en la mortaja de hojas.

El mundo yacía en sombras mudas. Ashok estaba acostado boca arriba en el suelo, envuelto en un chal largo. Observó a Priya acercarse con ojos que brillaban como si tuviera fiebre. Su rostro estaba demacrado.

Parecía el hermano que la había abandonado en la terraza de Gautam, hacía muchos años. El hermano que estaba agonizando.

—Vine aquí para morir en paz —susurró Ashok—. Pero me alegra que Kritika no haya obedecido mis deseos. —Sus dedos se crisparon contra el borde del chal—. Acércate.

Priya se acercó más. Se arrodilló a su lado.

—¿Estás triste? —preguntó—. Sabías que esta sería la consecuencia de negarme las aguas inmortales, después de todo. Mi muerte y la de ellos. —Señaló débilmente la entrada de la enramada y las figuras vigilantes que yacían más allá.

—No pongas el peso de tu muerte sobre mis hombros —dijo Priya con aspereza—. Tú lo elegiste. Conocías los riesgos.

—Entonces, ¿qué pasa ahora, hermanita? Cuando esté muerto, ¿permitirás que el imperio nos destroce a todos con sus dientes? ¿Encerrarás las aguas inmortales hasta que encuentres a alguien que consideres digno de ese poder?

Ella negó con la cabeza, con el corazón dolorido.

—Obtendrás lo que quieres después de todo, Ashok —dijo en voz baja—. Que Ahiranya sea libre. Pero será obra de Bhumika y mía. No tuya. Hicimos un trato.

Él se esforzó para sentarse, los ojos intensamente fijos en ella.

—¿Qué tipo de trato?

—La política no es mi fuerte —dijo Priya. Era mentira solo en parte—. Tendrás que preguntarle a Bhumika sobre eso. Pero como sea que se haya hecho, se prometió la independencia de Ahiranya y vamos a usar la fuerza de las aguas inmortales para aferrarnos a ella. Tal como crees que deberíamos hacer.

Ashok soltó una risa ahogada.

—Mis dos hermanas me han escuchado. Nunca pensé que vería este día.

—Tu Kritika me trajo aquí en contra de mi voluntad. Pero sería útil tener luchadores fuertes que trabajen con nosotros en defensa de Ahiranya. Tener una red de manos y ojos leales. Tener un nuevo consejo del templo que ya conozca el sabor de las aguas y sus riesgos.

Hubo un latido de silencio cuando Ashok la miró. Quizás era la enfermedad la que lo había dejado tan vulnerable, en carne viva, pero se podía ver la esperanza en su rostro, en la forma de su boca. Quería que sus seguidores vivieran.

—¿Y qué pedirá a cambio mi querida hermanita, que dice no saber nada de política?

—Que aceptes a Bhumika como nuestra líder —dijo Priya—.

Debes jurar que nunca intentarás derrocarla.

Debes prometer, sobre los yaksas y las aguas que corren por tu sangre, que nunca pelearás contra ella por el control de Ahiranya.

Déjala ser la mejor de nosotros, Ashok. Ella es la única sensata de los tres, después de todo.

—No puedo prometer no pelear con ella ni ponerla a prueba —dijo de inmediato—. Ella no entiende lo que debería ser Ahiranya. No le importa.

—No estás en posición de negociar, Ashok —replicó Priya.

Ashok tosió con un estertor. Se limpió el agua y la sangre de los labios y luego dijo:

—Mis seguidores ¿tendrán un futuro? ¿Como líderes?

—Sí —respondió Priya, y deseó desesperadamente no estar cometiendo un error.

—¿Junto a ti y a Bhumika?

Priya no estaba segura de querer que se mencionara su propio nombre relacionado con el liderazgo, pero repitió:

—Sí.

—Entonces acepto —dijo Ashok—. Llévame a las aguas, sálvanos a mí y a los míos, y serviré a Bhumika. Por el bien de Ahiranya, todos lo haremos.

Priya asintió, profundamente aliviada.

—¿Puedo confiar en ti? ¿De verdad?

—Somos familia, Priya —respondió él. No hay nadie en el mundo exactamente como nosotros. Nadie que sepa lo que sabemos, o que haya sufrido como nosotros sufrimos.

—Eso no es un sí, Ashok. —Ella apretó los párpados cerrados. Los abrió de nuevo—. Pero me basta. Necesito una cosa más de ti.

—Dime.