Capítulo Cincuenta y ocho
MALINI
E l campamento era más grande de lo que sugería a primera vista, más largo que ancho, serpenteante para coincidir con la estrechez del espacio que el sendero del buscador dejaba entre el arco de árboles.
Había tiendas y hombres afilando sus espadas.
Sin caballos, sin fogatas, solo una vigilancia silenciosa que se convirtió en algo nuevo cuando Malini entró en el campamento con Rao a su lado y el comandante Jeevan y su pequeña fuerza de soldados a su espalda.
Priya había desaparecido. Malini se mordió la lengua, un dolor ligero y tranquilizador, y no volvió a buscarla.
En cambio, miró a los hombres del campamento.
Dwaralis. Sruganis. Saketanos. Aloranos.
Eran hombres de Parijatdvipa, del gran imperio de su familia.
Se enderezó, deseando tener algunas de sus mejores galas —su corona de flores, el peso de la armadura de sus joyas—, pero se las arreglaría con lo que tenía, aunque todo lo que tuviera fueran su mente y su orgullo.
Había logrado mucho con menos, en estos últimos meses angustiosos.
—Por aquí —dijo Rao.
La guio hasta una tienda de campaña, abriéndole el camino.
Ella se volvió por un momento. Se encontró con los ojos del comandante Jeevan, firmes e inquebrantables, incluso con enemigos a sus espaldas. Miró hacia delante.
—Rao —susurró—. Asegúrate de que los hombres ahiranyis no sufran daños.
—Lo haré —le dijo.
“Bien”, pensó sombríamente. “O Bhumika y Priya nos verán enterrados”.
Asintiendo, entró en la tienda.
No era una buena tienda real parijati. No había una alfombra extendida por el suelo.
Sin cojines, sin braseros ardiendo bajo un dosel de tela dorada y blanca.
La tienda estaba bien hecha pero era sencilla, una construcción abovedada de estilo srugani.
En el suelo solo había un escritorio bajo.
Y un hombre estaba de pie delante de él.
Aditya.
Su cara le era conocida y extraña, todo a la vez.
Esa misma mandíbula firme, esas mismas cejas arqueadas.
Esos grandes ojos oscuros, exactamente como los suyos.
Su recuerdo de él siempre había sido tan claro, tan inmutable.
Pero ella había olvidado, de alguna manera, la longitud de su nariz.
El lunar debajo de su ojo izquierdo. La forma en la que sus orejas sobresalían, solo un poco.
La forma en la que su expresión se enternecía siempre, infinitesimalmente, al verla. Su hermano. Allí estaba su hermano.
—Malini —dijo, y sonrió con su antigua sonrisa. Abrió los brazos, los dedos curvados hacia ella, con el corazón abierto y suplicante—. Estás aquí. Por fin.
Malini nunca había sido de las que se funden en abrazos con la facilidad de una niña pequeña, ni siquiera cuando era niña. En lugar de eso, tomó sus manos. Luego sus brazos. Simplemente se aferró a él, solo para asegurarse de que era real.
Había trabajado muy duro para estar allí. Había parecido imposible a veces. Pero aquí estaban los dos. Por fin.
—He soñado con estar aquí —dijo Malini. Las lágrimas amenazaban con salir, a su pesar—. Durante tanto tiempo, pensé que tal vez no lo lograría… Que no viviría para verte otra vez.
—Estás aquí ahora —dijo él, con su voz baja y cálida—. Estás a salvo.
A salvo.
Eso desvaneció parte de la niebla de la emoción. La dejó fría y silenciosa y, una vez más, siendo ella misma.
—Malini —agregó Aditya—. Hermana. Te ves tan delgada.
Ella negó con la cabeza, sin hablar. Él debería haber sacado sus propias conclusiones sobre por qué ella estaba así. Sin embargo, sonrió otra vez, como si no hubiera entendido que ella estaba en desacuerdo, sino que simplemente estaba apartando las palabras de su cabeza, como agua fría. Dijo:
—Te daremos toda la comida que quieras. Cualquier cosa.
—Cuando estemos en casa en Parijat y todo esté bien, y tengas el trono seguro a tu alcance, no haré nada más que comer hasta saciarme —le respondió Malini—. Pero ¿dónde está tu ejército?
—No hace falta hablar de eso ahora que acabamos de reencontrarnos —dijo él.
Ella también meneó la cabeza ante ese comentario.
—Te envié hombres de todo el imperio, y veo muchas caras, pero ningún caballo. Ni elefantes. No tienes suficientes refuerzos para pelear por tu trono.
—No caben en este camino —dijo él, paciente—. El bosque perturba a los animales. Y en el monasterio no hay lugar para alojar elefantes de guerra.
—Monasterio —repitió Malini—. ¿Todavía permaneces en el monasterio?
Él inclinó la cabeza.
—La mayor parte de las fuerzas esperan órdenes en el camino a Dwarali.
—Entonces, ¿por qué no estás en el camino a Dwarali, guiándolos?
—Te estaba esperando.
Pero ella supo de inmediato que esa no era toda la verdad.
—Aditya. No me mientas —dijo.
Él vaciló, alejándose de ella, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Tengo una tarea aquí, en el sacerdocio. Un propósito. Y aún no estoy seguro de cómo proceder. —Una pausa—. Si le preguntas a Rao, tal vez él pueda explicártelo.
—¿Qué hay que explicar? —preguntó Malini—. ¿Qué más tienes que hacer, que no sea arrebatar el trono de las manos de Chandra?
Aditya estudió el escritorio, como si las respuestas que buscaba estuvieran grabadas allí. Luego, finalmente, la miró.
—No estoy seguro de que esto sea lo que debo hacer, Malini. No estoy seguro de si gobernar Parijatdvipa es el camino correcto.
La furia, pura, feroz y caliente, la atravesó. Atravesó su euforia como un cuchillo, dejándola en carne viva. No se había preparado para esto.
—No estás seguro de querer gobernar Parijatdvipa —dijo lentamente, tratando de mantener la frialdad de su voz—.
¿Crees que eso me sorprende? Te conozco, Aditya.
Pero pensé que dejarías de lado tu reticencia después de que te escribiera lo que había hecho Chandra: los asesores a los que reemplazó porque no eran parijatis.
Los que ejecutó. Los sacerdotes frívolos a los que ascendió por encima de los confidentes más sabios y santos de nuestro padre, ¿y todavía piensas que tu deseo de gobernar es importante?
El trono es tuyo. Si no por deseo, entonces por necesidad y por derecho.
—Siempre estás muy segura —comentó él.
—No siempre. Pero de esto, sí, estoy segura.
Él meneó la cabeza.
—He visto algo, en las visiones que me concedieron los sin nombre. He visto… —Su voz se apagó—. No hablemos de esto ahora, hermana —dijo—. Estoy tan contento de que estés aquí.
Bien. Si él no quería discutir, entonces ella no discutiría. Habría tiempo suficiente para eso. Lo que no había logrado con las cartas que le había escrito, tal vez podría hacerse en persona.
Obligó a su cuerpo a relajarse. Reprimió su furia y dijo:
—He traído aliados conmigo. Son ahiranyis que se han rebelado contra Chandra.
—¿Y quieren unirse a mí, estos ahiranyis?
—Quieren su libertad —respondió Malini—. Su independencia como nación. Y se la he ofrecido en tu nombre, como agradecimiento por salvarme la vida y traerme bajo tu cuidado.
Aditya parpadeó, sobresaltado.
—¿Entregarías una pieza del imperio en mi nombre?
—Si mi vida no vale tal precio, y seguramente, hermano, para ti lo vale, entonces considera solo la responsabilidad que representa Ahiranya.
Sufre una plaga en los cultivos que puede infectar la carne.
Su gente se rebela contra nuestro gobierno.
Pronto será una nación sin recursos con un pueblo que nos odia.
¿De qué nos sirve eso? No necesitamos ese país —dijo Malini, con total convicción.
Aditya meneó la cabeza.
—Quizás esto esté predestinado —agregó ella—. Tiempo atrás, reprimimos a Ahiranya por tratar de conquistarnos. Fue un castigo justo. Seguramente, ahora que los ahiranyis me han ayudado, podemos considerar su deuda pagada.
—Malini. No puedo darles nada a tus ahiranyis ahora —dijo Aditya.
—Pero podrás hacerlo cuando seas emperador.
Él le dirigió una mirada considerada.
—Es muy importante para ti, ¿verdad?
—Sí —dijo Malini simplemente. Él no tenía por qué conocer el torrente de sentimientos que se escondía detrás de esas palabras—. El destino de los ahiranyis me importa mucho. Prométemelo, Aditya. Júramelo.
—Lo que quieras —respondió él.
Esa respuesta no la satisfizo. Debería haberle hecho preguntas.
Debería haber sopesado las consecuencias de tal acto, si valía la pena cumplir la promesa.
Esos eran los cálculos que requería el liderazgo.
Pero no hizo nada de eso, y su asentimiento informal, su cansado desinterés, la llenaron de inquietud.
Aditya la miró con algo de dolor en sus ojos oscuros.
—Regresaremos al monasterio —dijo finalmente—. Y a partir de ahí, ya veremos, Malini.
—¿Cuándo?
—Después de una noche de descanso —respondió Aditya—. O lo que sea que pase por la noche en este lugar.
Entonces, pronto estaría en el monasterio.
Y desde allí, junto a Aditya, vería realmente cómo comenzar la eliminación de Chandra.
Lo haría como una mujer libre, la amenaza de fuego ya no pendía sobre su cabeza.
Comenzaría a transformarse en el tipo de persona que necesitaba ser para destruir a Chandra, para despojarlo de su trono y ver su nombre deshonrado y borrado de la historia de Parijatdvipa.
¿Por qué no se sentía del todo exultante? ¿Por qué su alegría inicial se había convertido en una punta de lanza dolorosa debajo de sus costillas?
Pensó en Bhumika, que estaba dando a luz en el camino, y en el comandante Jeevan cuando la miró y consideró la posibilidad de matarla.
Pensó en Priya.
—Mañana —dijo—. Espero con ansias.