El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y siete
86%

Capítulo Cincuenta y siete

PRIYA

— R egresa con la Señora Bhumika —dijo Jeevan en voz baja.

—¿Y si se vuelven contra ti?

Él la miró de soslayo.

—Regresa con ella —insistió.

Priya lo entendió. Asintió con la cabeza y se volvió hacia el campamento. Sintió a los parijatis observarla mientras caminaba. El escozor en su espalda. Se preguntó si veían a un enemigo cuando la miraban. Eso era lo que ella había sentido al mirarlos.

Malini… Malini no parecía inquieta cuando entró en el campamento parijatdvipano.

En cambio, se había erguido, con la barbilla levantada.

Mostraba una gracia repentina y nueva al caminar.

Por un momento, Priya vio a aquella Malini que caminaba por su prisión, sus manos revoloteando sobre las de Priya, mientras saboreaba sus primeros momentos de libertad de la flor de aguja.

Sin embargo, al mirarla, Priya se dio cuenta de que nunca había visto realmente a Malini en su elemento, como una princesa rodeada de aquellos que la veneraban por su sangre.

Lo que Priya había presenciado en la intimidad del Hirana, a la luz de la linterna, había sido solo una sombra de esta mujer.

Priya alejó su repentino anhelo de conocer a esta Malini, como conocía a la que había besado debajo de una cascada.

Regresó al campamento principal, donde la gente se arremolinaba alrededor de la tienda de Bhumika. La tienda en sí estaba en silencio. Mientras se acercaba, apareció Khalida, con el rostro sombrío. Parecía un poco enferma.

—¿Dónde has estado? —la regañó Khalida.

—Hay un grupo de parijatis más adelante en el camino —dijo Priya en voz baja, acercándose para no tener que levantar la voz—. Son aliados del príncipe Aditya. La princesa está con ellos, y Jeevan y sus hombres están allí. Me quedaré aquí para mantener a salvo a la Señora Bhumika.

—Los aliados del príncipe Aditya —repitió Khalida—. ¿Tienes miedo de que los parijatis se vuelvan contra nosotros?

—Jeevan está con ellos —repitió Priya—. Y si intentan algo, usaré todo lo que tengo, todos lo haremos, para mantenerlos a raya.

—Tienes un trato con la princesa —dijo Khalida, con voz cortante. Sus ojos brillaron—. ¿Me estás diciendo que no confías en su palabra?

—Te digo que cuando hay un gran grupo de hombres con armas que no son mis amigos, ni siquiera yo soy “tan” estúpida como para confiar en ellos —respondió Priya—. Quiero ver a Bhumika.

—¿Y cómo la protegerás desde allí? —Khalida hizo un gesto hacia la tienda.

El poder de Priya estaba agotado, pero dejó que tocara su voz, solo un roce, cuando replicó:

—Soy lo suficientemente fuerte como para hacer que te apartes de ahí.

—No puedes asustarme —la desafió Khalida.

—No estoy tratando de hacerlo —dijo Priya—. Somos aliadas, Khalida. No seas estúpida. Hazte a un lado, o te obligaré. Y eso no te gustará en absoluto.

—Tú —susurró Khalida— no le traes más que dolor. Lo sabes, ¿no?

Priya la miró fijamente, pero no dijo nada.

Sin otra palabra, Khalida levantó la tela de la tienda.

Bhumika estaba arrodillada en el suelo, casi en silencio, pero hacía ruidos bajos, animales, de dolor. Su rostro estaba húmedo de sudor.

Un terror oscuro e íntimo consumió a Priya cuando se arrodilló a su lado.

—¿Priya? —dijo Bhumika entre dientes.

—Estoy aquí.

—Acércate.

Bhumika extendió una mano y Priya la tomó.

—No sé nada sobre dar a luz —confesó, sosteniéndola con fuerza.

—Oh, bien —dijo Bhumika—. Bien. Yo tampoco. Una pena que tengamos que aprender así.

—Pensé que sabrías qué hacer —dijo Priya horrorizada.

—Bueno, pensé que habría parteras cualificadas cuando llegara el momento —comentó Bhumika con los dientes apretados.

—Me tienes a mí —dijo Khalida, con voz atormentada, desde el exterior de la tienda.

Priya aferró la mano de Bhumika con más fuerza para reconfortarla, una tarea difícil cuando la presión de Bhumika era de hierro.

—Khalida —exclamó Priya—. Trae a Sima.

—¿Por qué?

—Su madre solía ayudar a nacer a los bebés en su pueblo —respondió—. Seguro que sabrá más que cualquiera de nosotros.

Khalida se fue de inmediato. Un momento después, la voz tranquila de Sima atravesó la penumbra.

—Puedo ayudar. —La cortina de la tienda se abrió de nuevo y entró otra mujer con agua—. Y también necesitaré a algunas de las otras sirvientas—. Lo siento —agregó Sima.

—Esta tienda se está llenando de gente —dijo Bhumika entre dientes.

—Saldré y vigilaré la entrada —anunció Khalida con tono de alivio.

Las mujeres iban y venían, llevando agua hervida y limpia, y paños, mientras Sima le susurraba a Bhumika, guiándola para que respirara y convenciéndola para que adoptara una posición incómoda tras otra. Impotente, Priya se sentó y tomó la mano de Bhumika y le dijo tonterías.

Estaba viendo a Sima frotar la espalda de Bhumika cuando le sobrevenía una nueva oleada de dolor, y sintió que una de las sirvientas se arrodillaba a su lado y le acercaba un paño húmedo para la frente de Bhumika.

—Tengo al niño —dijo en voz baja—. Ven y habla conmigo, y te lo devolveré vivo.

Priya levantó la vista.

No conocía el rostro de la mujer. Pero sí reconocía esos ojos. Los había visto a través de una máscara de madera.

Antes de que pudiera hacer nada, la mujer se había ido y Priya sostenía la tela en sus manos, con el agua goteando en sus palmas.

—Priya. ¿Priya? Dame eso. —Sima se la arrancó.

Luego se volvió hacia Bhumika, y Priya solo pudo ponerse de pie. Se dio la vuelta rumbo a la entrada de la tienda.

—Priya, ¿adónde vas? —preguntó Bhumika, alarmada.

—Vuelvo enseguida.

—Priya…

—Vuelvo enseguida.