El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y seis #3
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Capítulo Cincuenta y seis #3

Priya la miró. Movió los dedos, y una rama salió disparada por el aire y golpeó al hombre en la parte posterior de la cabeza. Se derrumbó en el suelo.

Gritó mientras caía. Priya hizo una mueca y maldijo.

—Preparaos —dijo Jeevan. Los hombres se abrieron en abanico cuando convergieron pasos veloces y aparecieron más parijatis.

—¡Hay más! —Uno de los parijatis gritó esas palabras, luego algo incomprensible que atrajo más pasos, hombres que corrían a lo largo del sendero del buscador. Hombres de Parijat y de Alor, vestidos con los altos turbantes azules de su pueblo.

—Esperad. Son aloranos.

Jeevan y los demás los recibieron con un choque de acero, las espadas en un arco danzante contra el aire. Priya le dirigió una mirada a Malini, le ordenó que corriera, luego se giró y se metió en la refriega. No había armas en sus manos, nada más que lo que yacía en su sangre.

Malini debería haber huido. El sentido común lo exigía.

Pero había algo más que sentido, común o no, en juego.

Había aloranos y hombres de Parijat, pero —a pesar de que llevaban ropas parijatis, en tejidos pálidos, con collares de oración alrededor de la garganta— no vestían el blanco y el oro del ejército imperial.

Esta era una oportunidad, una posibilidad.

Pero solo se engañaba a sí misma. Por supuesto, un hombre alorano se abrió paso entre las filas de Jeevan. Por supuesto, corrió y agitó su espada hacia ella.

—Rao —jadeó—. ¡Conozco al Príncipe Rao, no me hagas daño!

Los ojos del alorano se agrandaron.

Desafortunadamente, las palabras sirvieron de poco contra una espada en movimiento. Malini la vio descender hacia ella, y entonces apareció Jeevan. Su espada se encontró con la del hombre alorano en ángulo y se la quitó de las manos. Lo golpeó y el alorano cayó al suelo.

Malini se tambaleó hacia atrás, alejándose de la pelea, y sintió que la tierra se movía debajo de ella, llevándola más lejos, como si fuera una ola verde. Priya no se había girado, pero por supuesto Malini sabía que era obra de su mano en ese momento de extrañeza.

“Corre”. Incluso la tierra lo decía, con la voz de Priya.

Pero Rao…

No fue su mejor momento. No fue un acto de política sutil o astucia. Era solo esto: sus manos cerradas en puños mientras respiraba profundamente y gritaba con todas sus fuerzas.

—¡Rao! —Casi se estremeció ante el sonido de su propia voz, tan aguda—. ¡Rao, estoy aquí! ¡Rao!

—Deteneos. —dijo una voz. La voz de Rao: un chasquido de mando, dolorosamente familiar—. Paz, hermanos. ¡Paz!

No debería haber hecho nada. Pero Priya maldijo, y luego la tierra se movió, el suelo se hundió, sujetando todos los pies firmemente.

Todos se quedaron inmóviles.

Cuando el caos se asentó, Malini observó lo que tenía delante. Hombres con espadas. Y allí, Rao.

Rao, con la punta de la espada de Jeevan debajo de su barbilla. Los dos estaban atrapados por la tierra, fusionados en el momento anterior al corte de la hoja.

Este era el momento en el que ella sabría si era una rehén después de todo.

—Déjalo ir, comandante —dijo Malini—. Baja tu espada. Estos son hombres de mi hermano Aditya.

Una pausa.

—¿Estás segura? —preguntó Jeevan, inexpresivo.

—Sí —respondió Malini—. Lo juro por la promesa que he hecho. Sí.

—Jeevan —dijo Priya—. Vamos. Bájala.

Claramente en conflicto, Jeevan finalmente dejó caer la punta de su espada. Y Malini miró a Rao, su rostro agradable, su cabello oscuro suelto, y casi se estremeció por la familiaridad que sintió hacia él.

—Hola, príncipe Rao —dijo.

—Malini —respondió Rao, a modo de saludo. Parpadeó hacia ella—. Yo… ¿Priya?

—Señor Rajan —dijo Priya—. Me alegro de volver a verte.

—Priya es mi aliada, Rao —explicó Malini—. Creo que ha habido un… malentendido. Estos ahiranyis se han aliado conmigo. Con Aditya.

—Por supuesto que sí —dijo con la sonrisa más extraña adornando su rostro, solo por un momento—. Retiraos. Todos.

Sus hombres bajaron sus armas con reticencia, al igual que los soldados de Jeevan. Después de un momento, el suelo se onduló, liberándolos a todos, y Jeevan se tambaleó hacia atrás con una maldición. Con cuidado, Rao dio un paso adelante. Otro.

Y así llegó frente a ella. No la tocó. Simplemente inclinó la cabeza y se tocó la frente con las yemas de los dedos, en un gesto de amor y respeto. Malini extendió las manos ante ella, contenta de que no le temblaran.

—Príncipe Rao —dijo—. Sé que me esperaste. Que trataste de salvarme.

—Lo intenté. Lamento no haber logrado mi objetivo.

—No importa —respondió ella en voz baja—. Pero dime, ¿por qué estás aquí, en este camino?

—Nuestros exploradores trajeron noticias de que había gente aquí. Mujeres, hombres y niños. Y tenía la esperanza, pero no sabía, no podía estar seguro… ah, Malini… —Bajó la voz—. Me alegro de que estés aquí por fin.

Tomó las manos de la princesa entre las suyas. La miró como si su rostro fuera una luz resplandeciente, como si brillara más que la estatua de una de las Madres.

—Estoy aquí —dijo— para llevarte con tu hermano. Tu hermano está aquí, Malini. Él está aquí.