Capítulo Cincuenta y seis #2
—Cuando mi hermano me lastimó, hice que el propósito de mi vida fuera destruirlo.
Priya rio suavemente.
—Tal vez esa sea la mejor manera.
—No estoy muy segura. —No podía sonreír. Sentía el corazón como un aullido—. No deberías perdonar con tanta facilidad, Priya. Tienes que protegerte.
Priya la miró a través de esas pestañas que eran como de oro, esos ojos claros que se clavaban en su alma.
—No pudiste usar el cuchillo conmigo —dijo—. ¿Crees que algún día te convertirás en alguien que podrá hacerlo? ¿Que perforará mi corazón sin remordimientos?
Malini pensó en Alori y Narina quemadas.
—Priya —dijo finalmente.
Su voz sonó ahogada por todas las astillas de sí misma, por todo lo que había quedado deshecho por la pérdida, el fuego y la prisión, el aislamiento y la furia, por la ternura de la boca de Priya sobre la suya. No lo sabía. No lo sabía.
La expresión de Priya se suavizó. Había algo de sabiduría en esa mirada: sabiduría y cariño.
—Malini —dijo—. Si lo haces, si cambias, no dejaré que lo hagas.
Puede que no sea astuta o inteligente o…
o nada que tú seas, pero sí tengo poder.
—Las hojas a su alrededor, como en respuesta a sus palabras, crujieron y se acercaron.
Los árboles eran un muro a su alrededor—.
Te detendré. Convertiré cualquier brizna en hierba o en flores. Te ataré las manos con ramas.
—¿Me harás daño? —exigió saber Malini—. Deberías, para salvarte a ti misma.
Priya negó con la cabeza.
—No.
—Priya.
—No. Lo lamento, pero no. Porque soy lo suficientemente fuerte como para no necesitarlo.
—No lo lamentes —dijo Malini—. No…
Sus propias palabras la abandonaron. Se rompieron.
Esto era lo que ella necesitaba. No el perdón, no un bálsamo para esta extraña furia que se retorcía dentro sí misma, sino la promesa de alguien a quien cuidar, a quien amar, a quien no podría dañar.
Incluso si tuviera que hacerlo. Incluso si lo intentara.
Se inclinó hacia delante y Priya tomó el rostro de Malini entre sus manos, como si hubiera estado esperando para recorrerle las mejillas con los pulgares, para mirarla con esa suavidad absoluta y aterradora.
—Nunca entenderé tu magia —dijo Malini, mientras Priya le acariciaba suavemente la frente—. Y me alegro. Me enfurece y, sin embargo, me alegra.
Priya hizo un ruido, un ruido que no significaba nada y lo significaba todo, levantó la cabeza y besó a Malini una vez más.
Esa vez no había furia. Solo el calor de la piel de Priya.
Solo su suave aliento y la caída lacia de su cabello, rozando la mejilla de Malini como la parte plana de un ala.
Solo una sensación de caer en un pozo profundo y oscuro, un vértigo sin deseo de levantarse.
Bhumika empezó su trabajo de parto al día siguiente.
Malini estaba de pie cerca del palanquín de la dama cuando se oyó un grito ahogado. Se giró y de repente se vio rodeada por una multitud de personas mientras bajaban apresuradamente el palanquín.
—Tendremos que parar —dijo Bhumika con firmeza—. Por un tiempo. Solo por un tiempo.
—Que alguien arme una tienda —gritó su sirvienta.
Malini dio un paso atrás, otro. Observó a Priya inclinarse junto a su hermana. Después de un momento, se fue. Nadie la necesitaba allí.
Mientras caminaba, miró a su alrededor. Pensó que los soldados acudirían corriendo en el momento en que la dama había gritado, pero estaban inquietantemente ausentes.
Siguió andando por el sendero, todavía sola. No había estado sola en mucho tiempo.
“Debería tener miedo”, pensó. Había visto lo suficiente del extraño árbol detrás de la choza donde Priya se había recuperado como para sentir un sano terror hacia ese bosque, sus aguas y su suelo y, ciertamente, sus árboles, pero no estaba asustada.
Finalmente vio a los soldados ahiranyis de Bhumika en un claro, más adelante. Cuando se acercó a ellos, su comandante giró y le apuntó con la espada, con rapidez instintiva, al esternón.
Ella no se inmutó. Estremecerse era invitar al primer embate. Chandra se lo había enseñado. Ella simplemente miró al comandante a los ojos y esperó. Vio el momento en que él se dio cuenta de quién era, y también vio el momento que siguió, cuando consideró la posibilidad de herirla de todas maneras.
Bajó su espada.
—Princesa —dijo.
—Comandante Jeevan —saludó ella. Ya había escuchado su nombre con suficiente frecuencia en este viaje como para recordarlo—. ¿Qué te ha asustado?
La mandíbula del comandante se tensó. No envainó la hoja.
—No tengo miedo. —Su voz era un susurro—. Y baja la voz. Hay hombres más adelante en el camino. Están acampando. No podemos rodearlos sin ser vistos.
Y tampoco podían moverse, de todas maneras. No fácilmente. No en ese momento.
—Voy a buscar a Priya —dijo.
—No. La Señora Bhumika la necesita.
Ah. Así que alguien le había advertido lo que estaba pasando.
—Ella tiene muchas mujeres en las que confiar —dijo Malini—. Pero necesitarás la fuerza de Priya.
Se volvió para irse. Él la tomó del brazo.
Se encontró con los ojos del soldado.
—Son parijatis, ¿no?
Él no dijo nada.
—No temas —murmuró ella—. Si son los hombres de Chandra, no tengo reparos en que los mates.
—¿Y si son de tu hermano sacerdote?
Parecía demasiado esperar que fueran los soldados de Aditya. Pero, no obstante, ella dijo:
—Entonces, sabiendo el pacto que hice con la Señora Bhumika, deberías permitirme reunirme con ellos.
—Voy a buscar a Priya —murmuró uno de los otros soldados. Jeevan asintió bruscamente y no soltó a Malini.
—Me acompañaste al Hirana —dijo Malini—. Te recuerdo.
—Así es —confirmó Jeevan.
Ella inclinó un poco la cabeza, lo estudió.
—No sientes lástima por mí —murmuró—. Pero tampoco te alegraste de mi sufrimiento. Curioso.
—No tan curioso —dijo él, con la mirada todavía fija en ella, aunque un músculo de su mandíbula se contrajo un poco—. Solo me importan unas pocas cosas. Tú no eres una de ellas.
Después de un momento, alguien se acercó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Priya en voz baja. Se acercó a ellos, sus pasos eran silenciosos en el suelo.
—Hay hombres allá adelante —dijo Jeevan—. Acampando. Todavía no saben que estamos aquí. Lo sabrán pronto.
—¿Son peligrosos?
—Son parijatis.
Priya miró a Malini a los ojos.
—Protégenos como mejor te parezca —dijo Malini.
Priya resopló.
—Jeevan, ¿por qué estás sosteniendo su mano?
—Alguien se acerca —dijo uno de los hombres de Jeevan, con la espada lista.
Jeevan maldijo, y finalmente soltó a Malini, que tuvo el tiempo suficiente para desear tener un arma antes de que un hombre apareciera delante de ellos.
No había forma de que se escondieran de la vista.
Jeevan y sus hombres avanzaron con sus espadas y Priya se enderezó, para hacer uso de la extraña magia de su interior.
El hombre parijati giró sobre sus talones y echó a correr.
Por un momento, simplemente miraron su figura en retirada.
—¿Nadie tiene un arco y una flecha? —murmuró Malini.