Capítulo Cincuenta y cinco
ASHOK
E mpezaron a morir. Uno, luego dos. Luego un tercero.
—Tres veces muertos —murmuró mientras cerraba los ojos.
Sentía las muñecas mudas, sin pulso. Ojalá hubiera magia en esto, como la había en sobrevivir a las aguas. Pero morir era fracasar, y las aguas inmortales no concedían nada a cambio de lo que les correspondía.
Escuchó los pulmones cargados de agua de los demás, que luchaban por respirar a su alrededor, y sintió la opresión en los suyos. Sintió que el temblor de su propia fuerza comenzaba a filtrarse fuera de sí.
Siguieron caminando. También sentía a Priya y Bhumika. Podía seguir el pulso de su presencia en el sangam y el verde de la tierra hasta que las encontrara una vez más, y luego se apoderaría del conocimiento de Priya, por medio de engaños o violencia o, llegado el caso, suplicando a sus pies.
Después, Ashok comenzó a empeorar: brotaba sangre de su sudor, de sus ojos.
Él y sus seguidores se detuvieron a descansar, bajo la sombra de una enramada. No había cuerpos enterrados allí, pero Ashok pensó en lo pacífico que era ese lugar y en que sería un buen sitio de descanso para sus propios huesos.
No quería que lo quemaran cuando muriera. Ya había tenido suficiente fuego.
—Ashok. —Era la voz de Kritika.
Ella se arrodilló a su lado. Abrió su morral y extrajo con cuidado una máscara de corona, asegurándose de sostenerla solo por la tela que la envolvía. La apoyó en el suelo. Después, extrajo un objeto pequeño. Algo hecho de cristal azul que brillaba débilmente.
Solo quedaba un frasco.
Kritika lo sostuvo sobre su palma.
—Tienes que beber —dijo. Cuando Kritika parpadeó, Ashok vio sangre en sus pestañas y se preguntó qué daño terrible le estaba haciendo el agua a ella—. Tienes que beber —insistió—. Debes sobrevivir.
—Kritika…
—Debes nacer tres veces, convertirte en el mayor supremo y usar esta máscara. —La empujó hacia delante—. Debes salvar a Ahiranya. Así que bebe.
Él quería. Tenía sed. Estaba reseco y vacío, una cáscara al borde del colapso interior.
Pero no podía beber.
—Has estado conmigo más tiempo que cualquiera de los otros.
Te diré la verdad —murmuró Ashok. Kritika se inclinó más cerca, para escucharlo—.
No tengo la fuerza para hacer lo que hay que hacer.
No sobreviviré para encontrar a mi hermana y luchar por ella y regresar a casa, al Hirana. Así que no beberé.
Kritika no dijo nada, pero su labio comenzó a temblar sutilmente. La vista de su angustia casi debilitó la decisión de Ashok.
—Eres nuestra única esperanza, Ashok —dijo ella—. Siempre lo has sido. No te rindas a la desesperación ahora, te lo ruego. Todavía hay un futuro para Ahiranya, y para nosotros.
Un hilo de sangre escapó de su nariz.
No podría soportar verla muerta. No podría.
Pensó por un oscuro momento en terminar con todo para ambos. Sería sencillo. Quizás incluso honorable. Como una historia dramática, representada por actores enmascarados en el escenario de un pueblo. Tenía un cuchillo, una hoja fina y afilada, en su cinturón.
—Estoy más que agradecido de que me hayas salvado, hace tantos años —dijo, en cambio—. Si no me hubieras dado las aguas, me habría muerto de la enfermedad que me come los pulmones. Habría muerto avergonzado y solo. Si esta rebelión ha logrado algo, es gracias a ti.
—Fui peregrina al Hirana por la misma razón que todos los demás, Ashok —dijo Kritika moviendo el frasco de un lado a otro suavemente entre sus palmas—.
Quería algo mejor para mí. Para mi familia.
Para Ahiranya. Y cuando todo se volvió oscuro y pensé que nada podía salvarse, ah, encontrarte me salvó.
—Nunca tuve una madre —dijo Ashok—. Y… tú no eres mi madre. —Una risa ahogada—. Una madre no sigue a su hijo a la guerra.
Le tomó la mano, curvando los dedos alrededor del frasco. Lo presionó hacia ella.
—Lo beberás tú —insistió—. O nadie. ¿Lo entiendes? Mi visión debe sobrevivirme. Ahiranya debe ser salvada. Debe ser libre. —Su voz se volvió repentinamente irregular—. Este país necesita protectores. Si mis hermanos no me permiten hacerlo, entonces deben hacerlo ellos. O debes hacerlo tú.
—Quieres que pase por las aguas tres veces. —dijo Kritika, incrédula—. No soy una hija del templo, Ashok.
—Fuimos entrenados para eso —dijo—. Para ser lo suficientemente fuertes como para sobrevivir.
Sería un milagro si lo lograras y, sin embargo, es lo que te pido, Kritika.
Busca ese milagro. Tú y los otros rebeldes.
Incluso si solo uno o dos podéis encontrar las aguas inmortales, si podéis sobrevivir al proceso, vuestra fuerza sería suficiente.
—Haría cualquier cosa por Ahiranya —aseguró Kritika con voz temblorosa—. Bebí de los frascos, aun sabiendo que podrían causarme la muerte. Todos lo hicimos. Pero hay límites para lo que cualquiera de nosotros puede hacer, sin importar lo que deseemos.
—Entonces convence a mis hermanas de que sean más de lo que son —dijo con cansancio—. Solo bebe, para que tengas tiempo de hacerlo.
Kritika inclinó la cabeza, elegante en su obediencia. Tocó con la yema del dedo la parte superior del frasco y se la puso en la lengua.
—Bébetelo —insistió Ashok con rudeza—. No lo frotes simplemente. Por la tierra y el cielo, no sobrevivirás así. No es suficiente.
Ella se puso de pie. Se inclinó, para recoger la máscara y el frasco del suelo.
Entonces, él vio lo que ella no había extraído de su morral: un cuadrado de arroz fermentado, un roti enrollado.
Fruta, cuidadosamente envuelta en tela para mantenerla libre de hormigas.
Tenía provisiones. Y una mirada tensa y seria en su rostro ensangrentado.
Colocó el frasco en su cinturón, con cuidado, luego se enderezó.
—Descansa, Ashok —dijo suavemente—. Volveré.