Capítulo Cincuenta y cuatro
PRIYA
— E stoy bien —dijo Priya aturdida—. Estoy bien.
De repente estaba arrodillada. ¿Lo había hecho intencionadamente? No estaba segura. Malini estaba a su lado, con la rodilla tocando la suya.
—Priya —dijo Malini, castañeteando los dientes, como si el frío o la conmoción la hubieran vencido—. ¿Estás herida?
—No —respondió—. No, no estoy herida.
—No quise decir… —comenzó Malini. Luego se detuvo—. Yo nunca… No creo que lo hubiera hecho.
Todas sus palabras eran fragmentos. Y Priya no sabía cómo sentirse al mirarla. Tal vez ella misma estaba un poco sorprendida.
Apoyó su frente contra la de Malini.
—Respira conmigo —susurró, mientras el mundo se estabilizaba a su alrededor, y el poder de Bhumika y el suyo propio tejían el bosque de nuevo en su lugar.
El suelo se alisó, los árboles se asentaron. Las hojas susurraban con el viento.
Cuando Malini se apartó, un hilo de sangre brillaba en su frente. Priya se llevó una mano a su propio cuero cabelludo e hizo una mueca.
—Toma —dijo Bhumika.
Estaba de pie frente a ellas, con un paño en la mano, que Priya tomó y presionó con fuerza sobre la herida. No creyó que fuera profunda. Las heridas en la cabeza siempre sangraban demasiado, superficiales o no.
Finalmente, Priya miró a su alrededor con asombro. Luego comenzó a reír.
—Están… todos aquí. ¿Aquel es el comandante Jeevan, de verdad? ¿Billu? ¡Tú, Bhumika!
—Parece que te has quedado sin palabras, Priya —dijo Bhumika serenamente.
Priya sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, a pesar de la risa. Las obligó a retroceder.
—Tuve miedo por ti. —Su voz sonó áspera.
—Y yo por ti, aunque no sé por qué me tomo la molestia, cuando siempre te estás metiendo en líos. —Bhumika miró a Malini, que estaba de pie detrás de Priya, mirándolas con la atención de un halcón—. ¿Por qué —continuó— estás en el bosque con la hermana del emperador?
—Habría muerto si la hubiera dejado en el Hirana —dijo Priya.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Señora Bhumika —dijo Malini, inclinando ligeramente la cabeza, con el gesto de una mujer noble que saluda a una igual a la que respeta.
Después de un momento, Bhumika le devolvió el saludo.
—Deberíamos hablar en privado —le dijo.
Las tres se alejaron un poco de la familia itinerante, aunque Priya se volvió mientras caminaban, buscando rostros conocidos en el grupo.
Con dificultad, Bhumika se sentó en el tronco cortado de un árbol, apoyándose en el brazo de Priya mientras se inclinaba.
Priya se arrodilló a su lado, Malini la imitó.
A poca distancia, Khalida rondaba, con los ojos entrecerrados y cruzada de brazos.
En ese momento en el que no estaba usando sus poderes de dos veces nacida, Bhumika parecía dolorida y cansada. Su bebé iba a nacer muy pronto, Priya lo sabía, y sintió que una punzada de preocupación la recorría cuando la vio enderezarse con cuidado en su asiento, con un silencioso suspiro.
—Contadme —dijo Bhumika.
Priya fue quien le explicó el nuevo acuerdo.
La posibilidad de un gobierno autónomo para Ahiranya, completamente libre del control de Parijatdvipa.
Mientras hablaba, observó la forma en la que Malini las miraba a ambas, sopesando todo lo que había visto, los poderes que Bhumika y Priya compartían, el trato informal que había entre ellas, y sacaba sus propias conclusiones sobre el vínculo entre ellas.
Al final, Bhumika asintió. Dijo:
—Ya veo. —Luego se inclinó un poco hacia delante, con expresión pensativa—.
Para mí —continuó—, la diferencia entre un lugar en el imperio y un lugar propio, como nación aliada, es…
insignificante. Es posible que hayáis notado que nuestros cultivos y nuestros agricultores han sufrido mucho.
No podemos alimentarnos fácilmente. Nuestra posición es débil.
Sobrevivir como una nación independiente requeriría que fuéramos como cualquier ciudad-Estado de Parijatdvipa en todo menos en el nombre.
Y, además, no tendríamos poder en la corte imperial.
—No puedo prometeros poder en la corte y libertad —dijo Malini—.
Pero en cuanto a la independencia… Señora Bhumika, seguramente el simbolismo es importante, ¿no es así?
Nadie olvida lo que fueron los ahiranyis en la Era de las Flores.
Parijatdvipa no olvida la forma en la que sus antepasados del templo y los yaksas casi se adueñaron de todo.
Ellos gobernaron sobre todo. Y mi propia gente cree que, en general, no habríais sido buenos amos del imperio.
”Subyugaros como nación vasalla ha sido un símbolo para Parijatdvipa —continuó Malini—.
Un símbolo de poder, para demostrar que nadie puede oponerse a las naciones de Parijatdvipa sin consecuencias.
Tu libertad, por más que siga vinculada al imperio por el comercio o la necesidad, sería para tu propio pueblo un símbolo de que ya no están subordinados.
Tal vez incluso sea suficiente para que los rebeldes de Ahiranya te obedezcan.
Bhumika no parecía menos dolorida o cansada, pero había una nueva luz en sus ojos.
—Si tu hermano, el príncipe Aditya, gana, tal vez podamos estar de acuerdo en que la libertad simbólica sería…
útil —dijo Bhumika, con cautela—. Pero hasta que eso ocurra, Ahiranya será vulnerable al emperador Chandra y a las otras naciones de Parijatdvipa.
No tenemos la fuerza para defendernos de ellos.
—Creo que tienes una fuente de poder que puede protegerte —señaló Malini—. Los rebeldes la buscaban. Y Priya tiene la llave.
Finalmente, las dos miraron a Priya.
—Princesa Malini. Creo que tú y yo deberíamos, tal vez, hablar un poco más, a solas —dijo Bhumika.
Priya pensó en protestar. Después de todo, no era exactamente ajena a nada de esto. Pero luego Bhumika dijo:
—Priya, creo que hay alguien en mi séquito a quien tal vez quieras ir a ver. —Sonrió, solo levemente, pero era una sonrisa verdadera.
Malini no la tocó. No trató de detenerla. Sus dedos temblaron sobre sus rodillas, y con voz tranquila agregó:
—Gracias, Priya. Puedes irte. La Señora Bhumika y yo estaremos bien.
Priya comenzó a alejarse. Miró hacia atrás solo una vez. Malini estaba de espaldas a ella y su rostro era invisible, incognoscible.
No se tocó la herida de las costillas. Se quitó la tela empapada de sangre de la cabeza, la arrugó y siguió caminando.
“Hay alguien en mi séquito a quien tal vez quieras ir a ver”.
Sima. Allí estaba Sima, de pie entre las otras criadas, hablando con un guerrero que sostenía una maza a su lado. Levantó la vista y luego corrió por el bosque hacia ella.
—¡Priya!
Sima la abrazó con fuerza.
—Me has ocultado tantos secretos —jadeó.
—Tenía que hacerlo —dijo Priya, luego tosió cuando Sima la apretó más. Le dolía debajo de las costillas, un dolor que no quería contemplar, un dolor más profundo que la piel y su capacidad para comprender su propio corazón rebelde—. Me estás abrazando demasiado fuerte.
—Eres una mayorcita, puedes soportarlo.
—Tu cabello se me mete en la boca.
Sima se rio y se echó hacia atrás. Le dedicó a Priya una gran sonrisa, aunque sus ojos lloraban.
—Lo siento —se disculpó—. Estoy tan contenta de que no estés muerta.
—Y yo también estoy contenta de que no estés muerta —coincidió Priya—. ¿Qué estás haciendo aquí? Y eso es… ¿tienes una hoz?
—¿No es obvio? Estoy aquí para llevarte a casa a salvo. Y porque… porque la ciudad está en ruinas, y la Señora Bhumika nos está guiando ahora. Así que…, en fin. —La sonrisa de Sima vaciló y luego se desvaneció—. No puedo contar con que cobraré mi salario, ahora que el regente está muerto.
Priya miró a las personas que la rodeaban: al comandante Jeevan, que la observaba con dureza. Por supuesto que el regente estaba muerto.
—Rukh —recordó Sima—. Imagino que querrás verlo.
Priya sintió el corazón repentinamente en la boca.
—¿Verlo? ¿Está aquí?
Sima asintió.
—¿Qué está haciendo en este lugar? —preguntó Priya. ¿Quién había llevado a un chico, un niño, a lo profundo del bosque, a la sangre y a la guerra?
—La Señora Bhumika le ordenó que viniera —explicó Sima. Vaciló y luego agregó—: la Señora Bhumika…, ella sabe que Rukh hizo algo que no debería haber hecho. Que habló con gente con quien no debería haber hablado.
Así que Bhumika se había enterado.
Tal vez la presencia de Rukh allí era un castigo. Un castigo para él, o para Priya, por llevarlo al mahal . Pero tal crueldad no parecía algo que Bhumika hubiera elegido voluntariamente, por lo que Priya no estaba segura de poder creerlo.
—Quiero verlo —dijo—. Por favor.
Sima asintió y dijo:
—Solo… prepárate, Priya. Ya no es como antes.
Y, de hecho, había empeorado mucho. Todo su cabello tenía ahora la textura de las hojas, oscuro como la tinta.
Sus venas sobresalían, de un extraño color verde bajo su piel.
Había anillos como el corazón secreto de la corteza, tatuados a lo largo de sus brazos.
Incluso las sombras debajo de sus ojos eran más madera que carne.
Estaba un poco apartado del resto del séquito de Bhumika, envuelto en una manta bajo la copa de un árbol.
Cuando ella se acercó, él se puso de pie y dejó que la manta se cayera a sus pies.
La miró. Ella lo miró.
—Rukh. ¿No me saludas?
—¿Estás segura de que quieres que lo haga? —preguntó el niño.
Podría haberle dicho que nunca había temido a la podredumbre. Podría habérselo asegurado de una docena de maneras diferentes.
En cambio, caminó hacia él, se inclinó y lo abrazó con cuidado. Era la primera vez que lo hacía y quería que él supiera que podía apartarla. Pero no lo hizo. Se quedó muy quieto.
—Estoy tan contenta de volver a verte.
Ella sintió su tensión. La forma en la que se contenía, con los puños apretados, listo para cualquier cosa que pudieran arrojarle. Después, lo sintió quebrarse.
—Lo siento —jadeó el niño—. Lo siento.
Entonces lo abrazó con más fuerza, con fiereza, como si solo con sus brazos tuviera el poder de mantenerlo a salvo.
—Lamento haberme unido a los rebeldes —dijo Rukh—. Lamento no haber sido leal. Pero lo soy ahora. Me quedaré aquí, contigo, con Sima y con la Señora Bhumika. Lo prometí. Lo lamento tanto.
—No importa —lo consoló—. Nada de eso importa. Estás bien.
—Le dije a la Señora Bhumika lo que hice. Le dije a Gauri. Yo…
Se apagó, como si no pudiera explicárselo a ella. Como si no tuviera las palabras para decir por qué su corazón había cambiado. Por qué quería quedarse con ella, con Bhumika.
—Es diferente —lo ayudó ella—. Tener un hogar. ¿No es así?
Él frunció la boca para evitar que le temblaran los labios. Asintió con la cabeza.
—Estás bien —dijo Priya suavemente—. Ambos estamos bien. No tienes por qué disculparte, Rukh, nada en absoluto. —Lo abrazó de nuevo, apoyando su cabeza contra las hojas y los rizos de la de él—. Lo siento, te estoy abrazando y estoy cubierta de sangre.
—No importa —dijo Rukh contenido; sonaba más tranquilo. Sollozó un poco—. No me importa. Sin embargo, no hueles muy bien.
—Apuesto a que no.
Ella lo dejó ir entonces, antes de que cualquiera de ellos pudiera comenzar a sentirse incómodo. Rukh se alisó la ropa. Se frotó los ojos.
—Han pasado muchas cosas en Hiranaprastha desde que me fui —dijo Priya—. ¿Me contaréis los dos todo lo que podáis?
Parte de esa terrible culpa finalmente desapareció del rostro de Rukh. Sima se acercó más y los dos comenzaron a tejer la historia mientras Priya pensaba en las aguas inmortales. La promesa. La esperanza.
Pensó en sus hermanos muertos. En los nacidos tres veces, como Sanjana, que podían manipular la podredumbre. Pensó en lo que podría hacer ella para salvar a Rukh, si tuviera el mismo tipo de poder.
Podría hacer algo bueno con lo que ella era —con lo que ella, Ashok y Bhumika eran—, que no solo era monstruoso o maldito. Ella podría hacer algo bueno. Podría salvarlo.
Sanar. No matar.
Quizás.