El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y tres
81%

Capítulo Cincuenta y tres

PRIYA

A l principio, Priya no entendía qué estaba sintiendo. Unas manos en su cintura. Unos brazos. Estuvo a punto de desembarazarse de ellos, pero escuchó un susurro contra su oído. La voz de Malini.

—Priya. Por favor.

Aun así, por un instante consideró empujar a Malini. Estaba limitando sus movimientos al aferrarla así, y ambas se encontraban completamente rodeadas. Priya necesitaba poder moverse, necesitaba protegerla.

Priya sentía que su magia tiraba de ella para mover la tierra, los árboles y las plantas a su voluntad.

Sentía la fuerza antinatural de sus propias manos.

Pero nada de eso era suficiente. La circundaban rebeldes que habían bebido agua inmortal.

Y Ashok la miraba con una mezcla de lástima y diversión en los ojos.

Ojos que se agrandaron, medio segundo antes de que ella sintiera la presión de un cuchillo contra su piel.

—La mataré antes de dejar que te la lleves —dijo Malini.

Había colocado el cuchillo en el área cóncava debajo de las costillas de Priya. Era un buen lugar para apuntar un arma. Mejor que el cuello. Ahí, en el ángulo en que sostenía la hoja, podía deslizarla hacia el corazón de Priya.

Los rebeldes se pusieron de pie, conmocionados y en silencio. Y Priya… Priya no hizo nada. Todavía sentía gotear por el cabello y los hombros la sangre de la herida en su cuero cabelludo.

—Priya podría matarte ahí mismo donde estás —dijo Ashok.

Malini se rio, una risa gloriosa como el sonido de una espada desenvainada.

—Podría. Pero no lo hará.

Priya respiraba casi sin llenar los pulmones. No sabía si tenía miedo o no. El sudor brotaba de su piel. El cuchillo de madera quemaba. Ni siquiera estaba segura de sentirse traicionada.

—Conozco a Priya. Cada centímetro de su corazón. —La forma en que Malini dijo “corazón”, tan salvajemente, era como si realmente estuviera hablando del músculo que latía en el pecho de Priya, y eso la dejó sin aliento en la garganta—. No me tocará. Podría romperme la mano, pero no lo hará.

Este era un juego de voluntades. Ashok, mirando a Malini, directamente a los ojos. Y Malini mirando hacia atrás. Priya sabía qué estaba pensando él: “Esto es un truco”.

Pero no fue así. Priya sentía la firmeza de la mano de Malini y no hizo…

nada. Se quedó allí parada y respiró y respiró como si el cuchillo debajo de sus costillas fuese un amigo bienvenido.

Tal vez estaba en una especie de estupor.

No sabía. Sintió el calor de Malini a su espalda.

El latido de su corazón, acelerado por el terror.

—Aléjate de ella, Priya —dijo Ashok en voz baja.

—No lo hará —repitió Malini—. Prefiere que la lastime, que la mate, antes que darte lo que quieres.

Lo mejor para ti, Ashok, será que nos dejes ir a las dos.

Porque te aseguro que yo no puedo conducirte a tus aguas inmortales.

Si Priya muere, el conocimiento muere con ella.

Y me alegraré de morir también, sabiendo que he mantenido mi imperio a salvo de ti y de los de tu calaña.

Algo brilló en los ojos de Ashok. Priya vio la forma en que él observaba a Malini, sopesando su piel, lo suficientemente ligera como para revelar que no estaba acostumbrada al esfuerzo al aire libre; su delgadez, la falta de músculos en sus miembros; el sari que llevaba puesto, más caro que cualquier cosa que él o Priya hubieran tenido jamás. Se movió, solo un poco.

Y el cuchillo se movió, solo un poco. Solo raspó la piel.

—Puede que seas rápido —dijo Malini en voz más alta—, pero yo puedo ser más rápida. Así que, ¿qué vas a hacer?

Ashok dio un paso adelante. Otro. Malini se mantuvo firme.

—¿Qué es esto, Priya? —Su mirada parpadeó—. ¿Dejarás que esta puta parijati te asesine para fastidiarme?

—No deberías ser tan grosero con las mujeres que sostienen cuchillos —dijo Malini, abrazando a Priya con fuerza—. No es prudente.

Él miró a Malini una vez más. Algo inquietante le hizo torcer la boca.

—Mátala, entonces —dijo—. Adelante.

—Preferiría irme de aquí.

—Bueno, no puedes. Así que mátala o baja tu arma. Esperaré.

—La necesitas —susurró Malini.

—Y tú —dijo Ashok, con los ojos entrecerrados— no la matarás. Eres una chica delicada. Conozco a tu gente. Es más probable que te cortes la garganta a ti misma que a ella. No te dejaré ir. ¿Qué harás ahora?

“Ah, Ashok”, pensó Priya, desesperada. “No la conoces en absoluto”.

Priya sintió que la muñeca de Malini se movía, los músculos que sostenían el cuchillo se tensaron.

El momento se alargó y se alargó. ¿Estaba soltándola o empujando más la daga hacia arriba? En ese momento Priya no estaba segura, no podía estar segura. Solo podía quedarse allí y sentir la magia verde de la vida en el bosque que la rodeaba, en el suelo debajo de ella.

La magia cambió. Se agitó.

Una lluvia de piedras empezó a caer; venía de las manos de personas escondidas detrás de los árboles.

El suelo se estremeció, sísmico, mientras más figuras aparecían en las sombras entre esos árboles.

Los rebeldes que los rodeaban estaban rodeados a su vez por sirvientas, cocineras y jardineros que Priya había conocido casi toda su vida.

Y allí, guiándolos, estaba Bhumika.

Ella también llevaba soldados reales, incluidos algunos de los hombres más leales del regente.

Priya reconoció a Jeevan, que ya no vestía los colores de Parijatdvipa, aunque todavía llevaba el brazalete de comandante, de plata curvada y pulida.

Khalida empuñaba una hoz como una extensión de su brazo.

Un exceso de sirvientas con armadura, el jefe de cocina sosteniendo una enorme maza.

Ashok giró salvajemente.

—¿No me escuchaste venir, hermano? —La voz de Bhumika resonó, dulce y pura. Salió de la multitud, con el rostro enrojecido por el calor, pero sonriente.

—No te acerques más, Bhumika —dijo Ashok—. O me veré obligado a encargarme de ti, y no tengo ningún deseo de hacerlo.

—¿Lucharás conmigo, en mi estado? —preguntó Bhumika, colocando una mano en la curva de su vientre. Arqueó una ceja, desafiante.

—Lucharé contigo si es necesario —dijo Ashok con aspereza—. Pero no quiero.

—Es extraño que nunca quieras pelear y, sin embargo, siempre lo hagas.

—Bhumika continuó caminando hacia delante con un aire deliberadamente tranquilo.

Algunos de los rebeldes se alejaron de ella, como si no supieran qué hacer.

Pronto estuvo a centímetros de Ashok, mirándolo a la cara—.

Y cuando éramos niños…, bueno. Acuérdate. Siempre te ganaba.

—Ya no somos niños —dijo.

—No, la verdad es que no —admitió Bhumika.

Su mano a un lado del cuerpo, visible para Priya, quien todavía estaba inmóvil por la punta del cuchillo, se movió un poco.

Era un pequeño movimiento que Priya había aprendido desde el principio cuando todavía era sirvienta, cuando aún había esperanza de que desarrollara los buenos modales y el recato adecuados para servir en banquetes y funciones, a la entera disposición de las mujeres de la nobleza.

El gesto significaba: “Mírame. Es posible que pronto te necesite”.

—No me vencerás —dijo Bhumika—. Tienes a tus seguidores envenenados con agua inmortal embotellada, llevas la corrupción en tus venas. Pero no soy la única nacida dos veces que se enfrenta a ti hoy.

Priya apoyó su mano sobre la de Malini. Sintió que la princesa se estremecía como un perro acostumbrado al látigo. Su mano temblaba empuñando el cuchillo, caliente por la madera sagrada y húmeda por el sudor.

—Suéltame —susurró Priya.

—No puedo permitir que te lleve —dijo Malini con aspereza.

Podría haberse soltado del brazo Malini. Podría haberle roto los dedos. Podría haberla atado con raíces y espinas y liberarse fácilmente.

—Déjame ir —repitió.

Nunca había necesitado fuerza para separarse de ella. Solo eso. Ni la sombra de un roce, ni la más mínima presión de sus dedos en el brazo de Malini. Solo su propia voz. Se inclinó hacia atrás apoyándose en ella, y dejó que soportara un poco de su peso.

—Por favor, Malini —dijo—. Confía en mí.

Malini dejó escapar un suspiro tembloroso. La liberó.

La mano de Bhumika se movió en un arco. Y Priya también movió una mano, como a través del agua y aprovechó el poder que vivía dentro de ella, tal como estaba haciendo Bhumika.

El aire era una lluvia de esquirlas afiladas, mortales y relucientes.

Priya nunca había visto algo así antes. Nunca había hecho algo así antes. Palpó las raíces debajo de la tierra y las extrajo. El terreno se desmoronó de manera desigual, hundiéndose y azotando con fuerza alrededor de los pies de los rebeldes, arrojándolos al suelo y tragándose sus armas enteras.

Priya forcejeó torpemente con su nueva fuerza y la concentró en la tarea. No habría podido hacer nada de eso sin Bhumika. Fue la habilidad de Bhumika la que rompió esas espinas en fragmentos afilados como navajas; quien enrolló la tierra alrededor de las extremidades.

Priya comprendió por primera vez el poder absoluto que Bhumika había ocultado durante todos estos largos años.

Vio a los rebeldes tratar de aprovechar sus habilidades malditas y vacilar, bajo la fuerza de lo que ella y Bhumika hacían.

Sus poderes parecían alimentarse unos de otros, una corriente de agua más fuerte por su peso, más fuerte por su poder compartido.

Ashok se tambaleó hacia atrás. Trató de usar sus poderes, pero era como moverse contra la corriente. Ella lo sintió en el sangam . Como un parpadeo.

—Somos más fuertes que tú, hermano —dijo Bhumika, y su dulce voz fue un beso rabioso.

El suelo se agitó debajo de él, golpeando sus pies. Ashok cayó al suelo.

“Imagina lo que podrían haber hecho los nacidos tres veces”, pensó Priya salvajemente, “si hubieran sabido lo que sus poderes podrían hacer al unirse. Es como una canción, una canción aulladora…”.

Ashok se cubrió la cara con la máscara para protegerse. Los otros rebeldes hicieron lo mismo. Ella vio sus hombros subir y bajar. Su pecho agitado.

Ashok bajó las manos de golpe; la hierba se onduló debajo de él en una ola.

Así como Priya había usado el impulso de su caída para volver a ponerse de pie, él lo usó para lanzarse hacia delante, todo fuerza bruta.

Cuando Bhumika le arrojó una enredadera pesada, más gruesa que su torso, él la atrapó y se la enrolló alrededor del brazo.

Arrojándola como un látigo, se la devolvió a Bhumika.

Bhumika la partió en dos en el aire. Las dos piezas se estrellaron contra el suelo.

Lentamente, Bhumika caminó hacia él entre las mitades partidas.

—¿Me harás daño, entonces? —preguntó, con voz suave—. ¿A tu propia hermana del templo?

Priya vio que Ashok cerraba el puño. Lo vio levantarlo. Priya avanzó, sus propias manos en alto.

Él se encorvó, agarrándose el pecho.

Abrió la boca y de ella brotó un torrente de sangre y agua. Dos de sus rebeldes, que habían luchado para liberarse de las ramas y las raíces, corrieron hacia él y lo sostuvieron de los hombros mientras él llevaba su cabeza hacia arriba, metiéndose el puño en la boca.

—Tal vez no —dijo con voz espesa.

Bhumika se aprovechó de su pérdida de control. Entrecerró los ojos y volvió a romper la tierra debajo de él. Ashok cayó hacia delante y los dos rebeldes lo sujetaron.

—¡Retirada! —gritó uno, y cuando la tierra se agitó a su alrededor y los árboles se derrumbaron, tropezaron hacia atrás y comenzaron a correr. Ashok se bamboleaba, inestable, entre ellos.

—Dejadlos ir —dijo Bhumika, y las personas detrás de ella, que habían comenzado a avanzar, se detuvieron abruptamente. Se llevó los nudillos a la boca como lo había hecho Ashok, con una mirada calculadora y casi triste en los ojos.

—Tenemos lo que necesitamos —agregó—. Priya, ¿estás bien?