El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y dos #2
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Capítulo Cincuenta y dos #2

A Priya le tembló la mano. La abrió al cielo, los árboles gimieron peligrosamente. En respuesta, el rebelde enmascarado inclinó la cabeza y una raíz se abrió paso desde el suelo, azotando con fuerza alrededor de su muñeca.

—No quiero lastimarte —dijo—. Pero lo haré si es necesario.

—Ashok —dijo ella—. Déjame ir.

—Arrodíllate —ordenó, y volvió a oírse ese eco susurrado. Ese coro.

Una de las espinas del suelo se partió. Rebotó.

Con su mano libre, Priya empujó a Malini detrás de ella.

Luego hizo un sonido como si le hubieran dado un puñetazo y, en el silencio que siguió, Malini vio un riachuelo de sangre que corría por el cabello de Priya, manchándole el cuello y la parte de atrás de la blusa.

Priya miró con desesperación a Malini, que estaba en shock por la impotencia que ambas sentían.

Entonces Priya se alejó. Lentamente, se arrodilló.

El rebelde dio un paso adelante. A pesar de su tamaño, sus pasos eran casi silenciosos en el suelo. Se quitó la máscara y reveló un rostro anguloso, oscurecido en la mandíbula por la barba incipiente. No miró a Malini ni a los demás rebeldes. Parecía ver nada más que a Priya.

—No quiero pelear contigo —dijo.

—Pero lo has hecho —dijo ella. Su voz sonaba tensa, como si estuviera empujando un gran peso.

—Moriré, Priya. Todos moriremos. —Él también se arrodilló—. ¿Eso es lo que quieres?

—Sabes que no.

—Entonces indícame el camino —insistió—. Muéstramelo. Podemos ir juntos. —Extendió la mano, con la palma abierta—. Te he superado. He demostrado que soy más fuerte. Es lo correcto.

Priya meneó la cabeza con brusquedad.

—¿En verdad me negarás mis derechos como tu hermano del templo? ¿Me negarás la oportunidad de darle a Ahiranya la libertad que necesita para sobrevivir?

Por supuesto. Por supuesto, él también era un hijo del templo, Malini debería haberlo sabido. Debería haber reconstruido la naturaleza de esto. Pero no se movió. Escuchó y esperó que todo resultara mejor que cualquiera de las terribles posibilidades que tenían ante ellos.

—¿Si te negaré el derecho de convertirnos exactamente en lo que los mayores temían que nos convertiríamos? —Malini no podía ver el rostro de Priya, pero imaginaba su expresión: mostrando los dientes, la mandíbula desafiante—. Me gustaría hacerlo.

—Estás actuando como una niña —dijo él—.

Sabes lo que hay que hacer. Sabes que la única oportunidad para Ahiranya es liberarse del control del emperador y su ideología.

Nuestra única oportunidad de ser más que podredumbre, degradados por la idea que Parijatdvipa tiene de nosotros, empequeñecidos día tras día, año tras año, es esta.

Las aguas inmortales. Su sangre en nuestras manos justicieras. Y aun así te niegas.

—No me niego —exclamó Priya—. Pero no te diré el camino así, Ashok. Así no. No de la manera en que tú quieres.

El hombre, el rebelde, el hijo del templo llamado Ashok se puso en pie y se irguió en toda su altura.

—Entonces, ¿cómo? —preguntó, con la voz peligrosamente tranquila—. ¿Quieres que me arrastre, Priya? Tal vez haya tiempo más adelante para cambiar el mundo y sus reglas, como tú quieres. Pero en este momento tienes un arma que no tienes idea de cómo usar correctamente. Y es mía por derecho.

—Quiero que me hables. Quiero que razones.

Pero te has atrincherado, ¿verdad, Ashok?

Estás matando todo lo que amas. A ti mismo.

A tus seguidores. Y no puedes ver otra salida que no sea esa.

—La cabeza de Priya todavía sangraba abundantemente, goteaba sobre el suelo—.

Tal vez debería agradecerte, después de todo, que me abandonases.

Si me hubiera quedado contigo, también me estarías matando.

Al menos ahora solo me estás lastimando.

—Te dije que no tengo ningún deseo de hacerte daño.

—Lo que tú digas —dijo Priya, y Malini notó el desdén en su voz, incitándolo.

El rostro de Ashok se oscureció.

Priya se había movido un poco mientras hablaba, tratando cuidadosamente de ubicar su cuerpo frente al de Malini para cubrirla. Pero, desafortunadamente, Ashok la miró. Inclinó la cabeza, examinándola.

—Una dama de Parijat —dijo en voz baja—. ¿Qué debo hacer con ella, Priya? ¿Es una rehén? —Dio un paso hacia ella. La miró de arriba abajo, midiéndola.

—Ashok —dijo Priya—. No.

—Hay muchas maneras de hacerle daño a alguien —dijo amablemente—. ¿Recuerdas cuando Sanjana golpeó a Nandi una vez, para que tú le dieras algo que ella quería? ¿Qué era, una horquilla?

—Un brazalete —respondió Priya débilmente.

—Lo hizo porque sabía que no te rendirías si te golpeaba. Pero te preocupabas demasiado por Nandi para verlo sufrir. Estoy seguro de que este principio todavía se aplica. —Hizo una pausa—. Esta es tu última oportunidad, Priya.

Malini lo miró a los ojos. Entendió su brillo. Sabía reconocer a un hombre que se complacía en el dolor cuando lo veía, y este era así, sin que importara si admitía su oscuridad o no.

Priya giró la cabeza y miró a Malini y a Ashok, no con miedo ni impotencia, sino con una especie de furia testaruda.

—Realmente te odio a veces, Ashok —dijo en voz baja—. Lo juro.

Un ruido, como un estallido. Las espinas enderezaron su cabeza.

Priya se puso de pie y se arrojó sobre la espalda de su hermano, arañándole la cara como un gato.

Él maldijo y le dio un codazo en el estómago.

Ella no hizo ningún ruido, el golpe debió de dejarla sin aliento, y cayó con fuerza contra el suelo.

Los otros rebeldes avanzaron, pero el suelo retumbó y se partió, haciéndola saltar en el aire. Priya cayó de pie. Aferró el brazo de Malini, para sostenerla y mantenerla cerca de ella; una luz maníaca brillaba en sus ojos.

—Me necesitan —dijo Priya, entrecortada—. No te preocupes. Quédate cerca.

De repente, unas manos se cerraron sobre la garganta de Malini, sobre sus hombros.

Ella se retorció, furiosa, lanzando un puño hacia arriba sin tener idea de dónde aterrizaría, y sintió una explosión de dolor en sus nudillos.

Madera. La máscara. Debería haber sido más cuidadosa, pero no era una guerrera y no sabía qué hacer.

Gruesas enredaderas treparon por sus brazos, y sus espinas feroces se clavaron en su atacante.

Y solo para ayudar, Priya lanzó un puñetazo que tumbó la máscara.

El rebelde maldijo y la soltó; Malini cayó al suelo y Priya circuló a su alrededor, tratando desesperadamente de mantenerla a salvo, pero superada en número por sus rivales.

Llevaban armas de madera, y estaban tan cerca que Malini podía sentir el calor que emanaba de esas armas: una magia extraña e inmutable.

“Piensa”, se dijo. “Piensa, piensa”.

El calor estaba más cerca de lo que debería haber estado. Miró hacia abajo. Había una daga en el suelo. Estaba hecha de madera, pulida y afilada, y cuando la tocó se quemó los dedos. Contuvo una maldición y la dejó caer. Luego envolvió su pallu alrededor de su palma y la levantó.

Pensó en las lecciones que Alori le había enseñado. Cómo usar un cuchillo. Cómo destripar o matar. El hueco cóncavo de un corazón. Pensó en la fragilidad de su propia carne y huesos, y en cuánto le quedaba por lograr.

Malini sujetó la madera con fuerza, acostumbrándose a su calidez ardiente.

Se enderezó. En su mente, dejó atrás a la Malini que había descansado junto a la cascada; dejó atrás a la mujer que había sido durante semanas, salvada y vista por los ojos, las manos y el corazón de Priya.

Pensó en el dolor, en cómo podía aprovecharse y en las lecciones que pueden enseñarte tus enemigos, por involuntarias que sean.

Pensó en su propio fantasma acechándola: una princesa de Parijat, de ojos fríos.

Pensó en la absoluta confianza de Priya bajo sus caricias.

Malini se levantó y se lanzó contra la espalda de Priya, aferrándose a su costado. Sintió la pegajosidad de la sangre de Priya, su propio latido de pánico. Se obligó a no temblar. Nada bueno podía salir de una mano inestable.

Y luego, sin temblar, sin vacilar, colocó la punta del cuchillo debajo de las costillas de Priya.