El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y dos
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Capítulo Cincuenta y dos

MALINI

S e tumbaron una junto a la otra en la orilla del estanque de rocas, dejando que sus saris se secaran con el calor. No había llovido, lo cual era un alivio. Solo el sol del día y una leve brisa que se mezclaba con la frescura del agua debajo de ellas.

Después de todo lo que había pasado Malini (la quema de sus hermanas del corazón, su envenenamiento y encarcelamiento, su escape con Priya a través de una ciudad en llamas y el peligro de muerte que sufriera Priya), estar allí era como una bendición.

Besar a Priya en el agua clara, abrazarla, sentir su piel cálida a su lado en el tranquilo calor de la luz del sol, hizo que Malini se sintiera más cerca de la felicidad de lo que había estado en mucho tiempo.

Si su decisión de entrar al agua con Priya para actuar según su deseo había sido una tontería, la verdad la golpearía más tarde.

Pero en ese momento no sentía vergüenza ni arrepentimiento.

Quería cosas sencillas: saborear ese momento —aun a pesar de las piedras que se clavaban en la cadera— todo el tiempo que pudiera.

Tener tiempo para memorizar la forma y el tacto de la boca de Priya, para conocer su piel a ciegas.

Para reír y hablar con ella y aprender de ella, sin pactos ni dolorosas deudas entre ambas.

—Sabes que esto no te convierte en un monstruo —murmuró Priya. Yacía frente a Malini, el sol sobre su piel morena, su cabello una sábana suelta de oscuridad a su alrededor—. Desearme. Lo sabes, ¿no?

Malini quería explicar que ser monstruosa no era algo innato, como parecía creer Priya. Era algo que te ponían: una cadena, o un veneno que te inyectaban manos crueles.

Pero eso no era lo que Priya necesitaba escuchar.

—Lo sé —dijo Malini simplemente—. Esta parte de mí no es nada de lo que me avergüence.

Sintió una vergüenza mucho mayor por su propia ira: su frío peso de hierro, siempre presente y constante en su corazón.

La avergonzaban todas las cosas que soñaba con hacerle a Chandra, pero solo por el placer que le producía pensar en su sufrimiento.

Se merecía sufrir. Pero disfrutar de la idea de su dolor la hacía más parecida a él de lo que quería ser.

—Creo que puedes ser una buena persona después de todo —dijo Priya lentamente.

—Ah, ¿sí? —Malini sonrió—. ¿Cambias de opinión tan rápidamente?

—Parte de ti, entonces —dijo Priya—. Parte de ti quiere que el mundo sea mejor. Quiere justicia para ti y para las personas que amas, porque les han negado sus derechos. Crees que el mundo te lo debe.

—Tienes que mejorar tus estrategias de cortejo, Priya —dijo Malini secamente, y Priya se rio con un sonido cálido—. Y espero que te des cuenta de que podrías estar hablando de ti misma, hija del templo.

Priya negó con la cabeza. La risa se desvaneció de la forma de su boca y de sus ojos, mientras su expresión se volvía contemplativa.

—Nunca he querido justicia. Tal vez debería, pero lo que realmente quería era recuperarme a mí misma.

Y ahora solo quiero saber, probar, que los mayores del templo estaban equivocados.

Parijatdvipa estaba equivocado. Mis hermanos y hermanas y yo nunca fuimos monstruos.

No merecíamos lo que nos hicieron. Quiero creerlo.

Quiero saberlo. Quiero que sea verdad, y si no lo es, quiero hacer que lo sea.

Pero tú, Malini —dijo—, quieres rehacer el mundo.

—Solo quiero cambiar quién se sienta en el trono imperial —respondió la princesa.

Pero eso no parecía del todo cierto, incluso para sus propios oídos.

Priya extendió la mano y recorrió la mandíbula de Malini con las yemas de los dedos. Priya la miraba con los ojos claros y gesto ceñudo, leyendo sus huesos como si fueran un mapa.

—Esta cara. Esta cara que está justo enfrente de mí. La cara que me has mostrado, el hecho de que me besaras. La conozco. Te conozco —dijo Priya—. Sé exactamente quién eres. Hay otras versiones tuyas que no conozco. Pero esta… —Sus dedos tocaron los labios de Malini—. Esta es mía.

Por un momento, Malini sintió como si tal vez eso fuese todo lo que ella era. No había nada más, ni princesa de Parijat, ni política, ni realeza. Era solo eso, solo ella misma, bajo la mano segura de Priya. Alguien feliz.

Se dio la vuelta, poniendo distancia entre ellas. Priya retiró la mano y tal vez entendió el gesto, porque rodó sobre su estómago, apoyándose en los codos, sin tocar a Malini. En cambio, bajó la mirada a su garganta, donde la botellita de flor de aguja colgaba de su cadena.

—¿Tienes suficiente?

Malini rodeó el recipiente con la mano. Pesaba en la palma de su mano, la cadena era un golpe frío de metal.

—Ya no la necesito —dijo.

—¿Estás segura?

—No tengo aquí a un médico que me aconseje, así que no. Por supuesto que no. Pero ya me siento bastante bien. —“Bastante bien” tendría que ser suficiente. No volvería a tragar la flor de aguja a menos que no tuviera otra opción.

—Si ya no la necesitas, ¿por qué la llevas?

—¿Quieres que me deshaga de ella?

—No —dijo Priya—. Pero… pensé que querrías hacerlo.

—Me conoces tan bien —dijo Malini, sin malicia. Bajó la mano—. Es un recuerdo.

—¿De qué?

Podría haber sido impertinente otra vez. Podría haberle negado una respuesta verdadera. Pero en cambio, dijo:

—Del precio que he pagado para ver a Chandra destituido de su trono.

—¿Puedo? —preguntó Priya.

Malini no sabía qué planeaba hacer Priya. Pero asintió, de todas maneras, y dijo:

—Adelante.

Priya tocó la botella con las yemas de los dedos. Una presión firme que la hundió contra la tela de la blusa de Malini.

—Un recuerdo —dijo en voz baja.

Las plantas que había en el suelo a su alrededor y en el limo del estanque de rocas se estremecieron.

El aire se quedó quieto. Hubo un sonido como de algo que se astillaba.

Los restos de la esencia de la flor de aguja habían cobrado nueva vida y atravesado la botella hasta que esta se hizo añicos y cayó al suelo.

La flor era fea, puntiaguda, y de un negro profundo como un río en una noche sin luna.

Malini pensó en la historia de veneración que Priya le había contado, de una cáscara de coco hueca llena de flores como ofrenda de devoción a los yaksas y a los muertos. Algo frívolo. Algo del corazón.

—No morirá —dijo Priya—. No hasta que yo muera, creo. Es un recuerdo, pero no… no solo de una pérdida.

Bajó la mano y Malini inmediatamente levantó la suya, tocando esos bordes negros como agujas.

Eran extrañamente sedosos bajo sus dedos.

La flor estaba viva, a pesar de la cadena que la atravesaba; el metal a través del capullo.

Acomodó la cadena para que la flor venenosa quedara oculta debajo de su blusa, un extraño peso sobre su piel.

—Eres aterradora —dijo Malini.

Sin embargo, su voz no denotaba miedo. Casi deseó que la flor tuviera los bordes afilados para poder sentir el dolor contra su pecho.

Priya resopló.

—Solo un poco —dijo—. Y luego, con entrañable timidez, se retiró el cabello detrás de la oreja y miró hacia otro lado—. Deberíamos seguir avanzando.

Priya sabía más de Malini de lo que creía. Y a Malini le sorprendió, absurdamente, lo mucho que le gustaba la mujer en que Priya la había convertido, aunque fuera fugazmente.

“Te conozco”.

Priya se detuvo. Volvió ligeramente la cabeza. Estaba lo suficientemente cerca para que Malini pudiera ver la tensión en sus hombros, sus fosas nasales dilatadas, como un animal olfateando el aire. Priya se puso de pie con brusquedad.

—Tenemos que irnos —dijo Priya—. Rápido. Tan pronto como podamos.

—¿Qué pasa?

—La gente que nos encontramos en el mahal . Los hombres con los que luché. Están aquí. Puedo sentirlos. Vamos, Malini.

Malini no hizo más preguntas. Dejó que Priya la ayudara a levantarse. La siguió a través de la maleza, entre las altas puntas de los árboles. Y cuando Priya empezó a correr, ella hizo lo mismo.

Madera afilada bajo sus zapatos. El chasquido punzante de las hojas y ramas contra su rostro, sus brazos, mientras la luz del sol asomaba y desaparecía por encima de ellos.

Malini no podía oír nada más que el latido de su corazón, el desagradable silbido de su propia respiración en los oídos.

No estaba hecha para la tarea de correr para salvar su vida.

—¡No mires! —gritó Priya—. No mires, solo sigue corriendo…

Malini tenía la intención de seguir las órdenes de Priya, realmente quería. Pero algo se aferró a su tobillo, una raíz que tal vez no había visto, pero parecía nueva y se abría paso a través del suelo, y le hizo perder el equilibrio.

Cayó y dejó escapar un grito ahogado; Priya la atrapó, y luego ambas se tambalearon hasta detenerse, rodeadas de árboles altos y de diez figuras con máscaras que salieron de las sombras.

Estaban rodeadas. Priya se giró, tomando a Malini por los brazos, como si quisiera empujarla detrás de ella.

Pero Malini no tenía dónde esconderse, y Priya no tenía forma de defenderla del círculo de rebeldes, con sus máscaras de madera oscura.

La apretó con las manos por un momento. Luego la soltó.

—Quédate quieta —le dijo levantando una mano en el aire.

La tierra se resquebrajó, la hierba se dobló sobre sí misma mientras unas espinas se clavaban como lanzas en el césped.

Malini se mantuvo perfectamente inmóvil mientras las espinas subían por el suelo alrededor de sus pies, mientras los árboles crujían, como si los atrajera una terrible gravedad para inclinarse hacia el lugar donde se encontraban los rebeldes.

Los rebeldes levantaron las manos e hicieron desaparecer la maleza creada por Priya.

—Eso no funcionará, Pri —dijo en voz baja un hombre. Uno de los rebeldes dio un paso adelante—. Todos hemos bebido el agua hoy. —Tenía ojos negros, ensombrecidos por la máscara—. Baja tu mano y ven aquí, obedece, ¿eh? Estás desperdiciando tu energía. Date cuenta de eso.

Sus palabras fueron repetidas por los otros rebeldes, con un susurro como el viento a través de las hojas. “Obedece. Obedece”.