El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cincuenta y uno
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Capítulo Cincuenta y uno

RAO

L os jardines de laca de Srugna eran un laberinto entrelazado de monasterios.

Rao caminó a través de ellos, casi sin ver nada a su alrededor.

Los sacerdotes se habían reunido. Había señores de Dwarali con túnicas de cuello alto y lazos a la espalda; sruganis, lanzas en mano; saketanos con sus látigos de acero enrollados en la cintura; sus propios aloranos, ataviados con turbantes azules, bandas de dagas en la cadera y chakrams de acero en las muñecas, e incluso parijatis vestidos con tejidos ligeros, con sables y piedras de oración para mostrar su origen.

Había suficientes señores y nobles diversos como para llenar los escalones del monasterio casi por completo.

Un hombre bajó los escalones por el camino que quedaba entre ellos. Llevaba un dhoti y un chal de color azul pálido, el pecho descubierto y el pelo recogido hacia atrás en una larga trenza. Incluso antes de que levantara la cabeza, incluso antes de que su boca formara una sonrisa, Rao lo reconoció.

—Emperador Aditya. —Rao se arrodilló. Detrás de él, escuchó a los hombres de Prem, sus hombres, arrodillarse también, un coro de crujidos de cuero y armaduras—. Hemos llegado.

—Rao. —La voz de Aditya era amable—. No soy el emperador.

—Todavía no —dijo el señor dwarali desde el borde de los escalones—. Pero lo serás. Hemos venido por eso.

Aditya caminó hasta el suelo. Bajo sus pies descalzos, las hojas verdes se arrugaron sin hacer ruido. Los pájaros cantaban. Le tendió la mano a Rao, quien la tomó. Cuando Rao se puso de pie, se encontró envuelto en un fuerte abrazo, la mejilla de Aditya apoyada contra la suya.

—Rao —dijo Aditya retrocediendo, con los ojos brillantes—. Ah, te he extrañado. ¿Por qué has tardado tanto en venir?

—Malini —logró decir.

—¿La traes contigo? —preguntó Aditya. Había una enorme esperanza en sus ojos.

Rao negó con la cabeza y la esperanza se apagó.

—Ven, entonces —dijo Aditya—. Y hablaremos de lo que ha pasado.

Se instalaron en lo que solo podía ser la habitación de Aditya.

Era pulcra y sencilla, un lugar enteramente sacerdotal, con un charpoy para dormir y una caja de libros, cuidadosamente sellada para protegerla del calor y la humedad.

No había velas. De noche, la única luz entraba por la gran ventana, que se abría a un jardín de laca y de verde.

Había pájaros cantores dorados que revoloteaban de rama en rama, trinando alegremente.

—Me alegro de que hayas intentado salvarla —dijo Aditya una vez que Rao hubo contado, titubeante, lo que había sucedido—. Y… lamento tu pérdida.

Rao tragó saliva. Si hablaba demasiado pronto, tenía miedo de empezar a llorar. Su dolor se cernía sobre él como manos pesadas. Pero no podía permitir que lo invadiera.

—Sí —logró decir—. Prem era… —Su sonrisa perezosa.

La permanente corona de humo de su pipa.

Esos ojos astutos y su pura amabilidad, siempre camuflada alrededor de una broma, una risa, una bebida.

¿Qué se suponía que iba a hacer Rao sin él?

Cerró los ojos. Un latido del corazón, ese fue el tiempo que tardó en poder respirar a través del dolor que lo invadía—.

Él también fue tu amigo tiempo atrás, Aditya.

Aditya asintió.

—Uno de sus primos está aquí, el Señor Narayan. Habrá que decírselo.

—Así se hará. —Estudió a su amigo, la preocupación dejó a un lado el dolor por un momento—. ¿Estás bien? No pareces tú mismo.

—Lo siento —dijo Aditya entonces. Y hubo verdadera tristeza en su voz, al menos.

Ahora que estaban solos, ya no ante los saketanos y dwaralis, los sruganis y los señores de Parijat, sus hombros se habían encorvado.

La calma de su rostro se había desvanecido—.

No soy el amigo que conociste, me temo. Y tampoco el candidato a emperador que estos hombres necesitan.

Yo les dije…, ah. —Se tocó la frente con las yemas de los dedos, como si tratara de suavizar un dolor invisible—.

Les dije que esperaba una señal de mi dios, para librarme de la tarea de la guerra.

—¿Y se han quedado?

La sonrisa de Aditya era tensa.

—Ningún hombre de fe, adore lo que adore, pervierte a sabiendas la voluntad de un dios.

Rao pensó en Prem, pudriéndose, floreciendo, culpando de la enfermedad que había caído sobre él y su gente a la perversión de la fe de Chandra en las Madres de las llamas.

—¿Y esperarás a que nuestro dios hable, Aditya? Porque estos hombres no esperarán para siempre, y Chandra debe ser eliminado.

—Si quieren que Chandra sea depuesto, esperarán.

Él estaba en lo cierto. Parijatdvipa había nacido del sacrificio de las Madres de las llamas y había florecido bajo el gobierno unificador de sus descendientes.

La Era de las Flores era un recuerdo cultural muy fuerte en todos ellos, una fe que iba tanto más allá de los dioses o los espíritus, que reemplazar el linaje imperial que los mantenía unidos como un hilo a través de una tela deshilachada era una herejía para ellos.

Si querían que Chandra se fuera, necesitaban a Aditya. No había nadie más.

—¿Realmente debe ser depuesto? —dijo Aditya de repente, como si leyera los pensamientos de Rao.

—Sí —respondió él igual de rápido—. Mi padre se ha sumado a esta causa. Mi hermana murió por eso. Tu propia hermana está encarcelada o muerta también por haber tratado de derrocarlo. Prem… —Rao se detuvo—. Sí. Chandra debe ser eliminado. Lo sabes, no importa lo sacerdotal que seas ahora.

Todos los hermanos imperiales tenían los mismos ojos, pensó Rao, mientras Aditya lo miraba: profundos y oscuros, con una mirada que podía fijar un cuerpo y sostenerlo, solo por la pura fuerza del carisma.

—¿Me dirás tu nombre, Rao? ¿Tu verdadero nombre?

—Como sacerdote de la fe sin nombre, tendrías que saber que no debes preguntarme eso.

—No te lo pido como sacerdote —dijo Aditya en voz baja—, sino como tu amigo.

—No —replicó Rao—. Me lo preguntas como el príncipe nombrado emperador.

Me lo preguntas porque obtuviste una revelación cuando entraste en el jardín de los sin nombre hace muchos años, conmigo.

Espero que hayas tenido muchas otras revelaciones desde entonces, como sacerdote.

Pero aun así, la imagen está incompleta, ¿verdad?

El futuro es una sombra proyectada por una gran bestia, o una luz que se ve a través del agua en movimiento.

Solo necesitas un poco más. Una pista, una palabra, y estarás seguro de que lo que piensas que está por venir es verdad.

—Rao tragó saliva y apartó la mirada hacia los jardines.

Vio pájaros azules. Oro—. El conocimiento de todo el destino no es para mortales como nosotros.

Así que no, no te diré mi nombre. No es para ti.

—Uno pensaría que tú eres el sacerdote, no yo —dijo Aditya suavemente.

—He sido fiel al dios sin nombre por mucho más tiempo del que tú has sido un devoto, Aditya.

Aditya nunca se había enojado rápidamente, y eso no había cambiado. Inclinó la cabeza sin decir palabra. La única señal de que estaba perturbado o herido eran los labios ligeramente apretados.

—Ven —dijo—. Tengo una visión que mostrarte. Algo que el dios sin nombre me reveló.

Aditya lo condujo hacia un sector tranquilo del jardín, rodeado por un muro protector de árboles laqueados y larguiruchos cargados de pesadas hojas rojas. En su centro había un estanque de agua sobre un pedestal.

—Lo alimentamos con agua extraída del embalse que se encuentra debajo de los jardines. —Hizo un gesto hacia los canales que había en el suelo. Caminó hacia el pedestal—. ¿Recuerdas —continuó— la noche en la que me llevaste a los jardines de Parijat?

Por supuesto que Rao lo recordaba.

—Estábamos borrachos —dijo—. Si hubiéramos estado sobrios, nunca te habría llevado.

Pero habían estado bebiendo, y Aditya había preguntado de nuevo por su nombre, de esa manera en la que siempre lo hacía: insistente, constante pero encantadora, con una sonrisa en los labios.

—No se revela una profecía así, sin más —había dicho Rao, también con una sonrisa—. No importa lo que sea. ¿Sabes que el nombre de mi tía abuela era una profecía de tres páginas? Trataba sobre cómo se regarían los campos dentro de quince años, en el este de Alor.

—¿De veras?

Rao asintió.

—Bueno, al menos hizo muy felices a los granjeros. Aumentó el rendimiento de nuestros cultivos.

—¿Y qué cambiará tu nombre, Rao?

Rao había negado con la cabeza, con una sensación de náusea en el estómago que no era solo por la bebida.

—Si estás tan interesado en la fe de los sin nombre —había respondido Rao, sin saber qué resultado tendrían sus palabras—, entonces levántate, deja tu vino, y te mostraré el futuro.

Habían entrado en los jardines de los sin nombre, riendo y tropezando, y se encontraron en un pedestal como el que tenían delante en ese momento.

Aditya ocupó el puesto que Rao había tenido tanto tiempo atrás. Puso sus manos en los bordes del cuenco en silenciosa reverencia. Recorrió los bordes. Atrás. Adelante. Empezó a murmurar una oración en alorano arcaico.

Rao se armó de valor, se acercó al pedestal e imitó la postura de Aditya. Bajó la cabeza para mirar el agua.

A su alrededor, las hojas de laca chasquearon y crujieron, y luego se quedaron en un silencio inquietante.

Cuando te comunicas con los sin nombre, cuando un sacerdote o un príncipe alorano borracho pone las manos en un cuenco para ver y canta la antigua oración, buscas la voz del universo.

Había una puerta en el agua. Una puerta en su mente. Rao miró una vez a Aditya y luego la atravesó.

Hay un vacío que sostiene el mundo.

Algunos países, algunos pueblos, algunas religiones piensan que se parece al agua o a los ríos. Pero Rao lo sabía bien. Cuando era niño, antes de vivir en Parijat, el sacerdote de la familia se lo había enseñado, en el jardín de los sin nombre que bordeaba el mahal real de Alor.

Antes de que existiera la vida, existía el vacío. Y, en su inmensidad desconocida y sin luz, yacía la verdad del dios sin nombre.