Capítulo Cincuenta
PRIYA
P riya le dijo a Malini secamente que se dirigirían directo al sendero del buscador. Cuando Malini sugirió la enramada de los huesos, Priya negó con la cabeza.
—Tu príncipe debe de haberse ido hace mucho —dijo—. Será mejor tratar de alcanzarlo.
Se adelantó, abriendo el camino. Durante un tiempo, caminaron. Y caminaron. Los árboles eran espesos a su alrededor, con hojas pesadas que caían sobre el camino sinuoso entre los troncos y las ramas.
—Así que —dijo Malini después de un rato— tus mayores viven después de todo. —Priya escuchaba los pasos cautelosos de Malini detrás de ella—. Era muy extraña su casa. Casi no me hablaron.
Priya se mordió la lengua. Estaba tan… tan enfadada.
—Priya, ¿puedes detenerte un rato? O reducir la velocidad. —La voz de Malini sonaba tensa—. Debes de estar exhausta. Yo lo estoy.
Priya no quería detenerse ni reducir la velocidad. Detenerse significaba pensar, y ella no quería pensar. No en el árbol con sus rostros de carne y corteza, ni en el rostro resignado y podrido de Chandni, ni en cómo la había hecho sentir todo eso. Asustada y afligida, pero, sobre todo, enfadada.
—Priya. —La mano de Malini se cerró sobre su hombro. Su voz era suave cuando dijo, una vez más—: Detente.
La palma de Malini se sentía demasiado caliente en su hombro. Priya podría haberse sacudido la mano. Pero no lo hizo. Se quedó quieta y cerró los ojos, calmó su respiración, y escuchó el susurro de los árboles. El leve torrente de agua.
—No quiero hablar de eso —dijo con fuerza. Tragó saliva—. Se escucha un arroyo. Tengo sed. Vamos.
El espeso laberinto de árboles pronto se abrió a una pendiente de rocas grises que rodeaba un estanque.
El estanque estaba alimentado por una cascada plateada y serpenteante que caía sobre las rocas bajas cubiertas de polvo verde.
El agua se ondulaba débilmente cuando la cascada se precipitaba a su encuentro.
Era límpida, sin rastros de nada parecido a podredumbre.
Priya bajó por la pendiente hasta el agua.
Oyó que Malini resoplaba algo que podría haber sido una maldición y luego la seguía.
Priya se arrodilló en el borde y recogió agua, fría y clara, en el hueco de la mano y se la llevó a los labios.
Bebió. Luego se salpicó la cara y parpadeó para escurrir el agua de sus ojos.
Ah, espíritus, se sentía sucia, como si su propia mente le hubiera manchado la piel.
Y haber visto a la mayor Chandni, al mayor Sendhil, el árbol…
—Mis mayores —se atragantó—. No quiero hablar de mis mayores.
—Lo sé —murmuró Malini.
—Ellos… Chandni dijo que pensaban… pensaron que ni siquiera éramos humanos. Que ni siquiera soy humana. Ella cree que soy monstruosa. Mi propia… mi propia familia. Eso es lo que piensan de mí. ¿Crees que soy monstruosa, Malini?
Priya escuchó los pasos de Malini acercándose. Pero en realidad no quería escuchar su respuesta. De pronto tuvo miedo de que Malini dijera que sí. Así que habló de nuevo, y las palabras salieron a borbotones.
—Porque creo que tú lo eres. O temo que lo seas.
Oh, eres tan encantadora conmigo, te sale bien ser encantadora, pero también eres la mujer que organizó un golpe contra el emperador.
Eres peligrosa, Malini. Mucho más de lo que estás dispuesta a mostrarme, y eso me asusta.
Creo que siempre estoy esperando que te vuelvas contra mí.
—Siempre he sido yo misma contigo —dijo Malini.
Su voz era cautelosa. Firme—. Pero todos tenemos más de una cara.
Tenemos que tener muchas caras para sobrevivir, ¿no?
Eso es natural. Normal. —Malini estaba ahora junto a su hombro, también arrodillada—.
Este rostro que conoces no te abandonó en el bosque cuando te derrumbaste.
Te llevé cuando estaba débil, con personas que francamente me asustaron, y aun así me quedé contigo. Yo era todo eso.
Priya sabía que era cierto. Pero ¿cómo podía confiar en Malini? ¿Cómo, si no podía confiar ni en sí misma?
—Pero el resto de ti… —dijo Priya vacilante—. Tus otras caras…
—Algunas partes de mí son monstruosas —admitió la princesa, y cuando Priya se volvió para mirarla vio que estaba tocándose el recipiente de flores de aguja que colgaba de su cuello—.
¿Sabes por qué? Una mujer de mi estatus y crianza, me dijo Chandra, debería servir a su familia.
Todos me decían que debía ser obediente con mi padre y mis hermanos y, algún día, con mi esposo.
Pero Aditya y Chandra tomaron sus decisiones, y yo no acepté simplemente esas decisiones.
No obedecí. Porque mis hermanos estaban equivocados.
Pero más que nada, Priya, más que eso, soy monstruosa porque tengo deseos.
Deseos que he sabido toda mi vida que no debo tener.
Siempre he querido cosas que me ponen en peligro.
Su voz tembló un poco, como si temblara en el mismo borde que Priya.
—He evitado el matrimonio. Nunca engendraré hijos voluntariamente con un hombre. ¿Y qué hay más monstruoso que eso? ¿Ser inherentemente, por naturaleza, incapaz de cumplir con tu propósito? ¿Querer simplemente porque quieres, amar simplemente por amor?
Sus ojos estaban fijos la una en la otra. Priya no podía apartar la mirada.
El espacio entre ellas era muy pequeño.
Durante mucho tiempo, el vacío dentro de Priya había estado entre su pasado y su presente. Pero esto… Priya podría cruzar esta distancia. Sería sencillo. El pensar en ello hizo que se le cortara el aliento y sintiera la piel demasiado pequeña, caliente y hormigueante.
En cambio, se dio la vuelta y metió las piernas en el estanque, deslizándose en el agua fría. Cuando se puso de pie, el agua le llegaba a las rodillas.
—Me voy a lavar —dijo—. Voy a… —tragó saliva—. Quién sabe cuándo tendremos la oportunidad de bañarnos otra vez.
Tenía sudor, sangre y suciedad por todas partes, por lo que el agua en realidad fue muy bienvenida. Vadeó más profundo, hasta que estuvo bajo la estela de la cascada, sumergida hasta la cintura. Sumergió su rostro en el agua. Lo levantó, con los dedos a través de la húmeda maraña de su trenza.
—Ven —dijo Malini. De repente, su voz sonó en el oído de Priya. Estaba justo allí, parada en el agua junto a ella; los pliegues de su sari ondeaban a su alrededor—. Déjame ayudarte.
Malini tocó con los dedos el final de la trenza, tentativamente. Había una pregunta en sus ojos. Y Priya… asintió con la cabeza. Le dio la espalda.
Malini tomó el peso empapado de la trenza de Priya y comenzó a desenredarla, pasando los dedos por ella con cuidado.
—Mi cabello es más fácil de manejar que el tuyo —logró decir Priya—. No tengo rizos.
Malini trabajó lentamente, peinando suavemente con sus dedos cada nudo.
—Sé que estás tratando de evitar hablar de nosotras.
“Nosotras”.
—¿Me dejarás hacerlo? —preguntó Priya.
—¿De verdad quieres que lo haga?
Podía sentir el movimiento de las manos de Malini, el hormigueo en su cuero cabelludo. Meneó la cabeza y supo que Malini podía verlo, sentirlo.
—Nunca mentí sobre mi deseo de ti —dijo Malini en voz baja—.
Ni con mis ojos ni con mis palabras. Ni cuando te toqué.
Todo eso era cierto. —Otro tirón. Priya sintió que la última parte de su trenza se desenredaba, la presión sobre su cuero cabelludo se liberaba—.
Ya me estás ayudando. Me has salvado la vida, Priya.
Soy libre. No hay ningún beneficio, no gano nada para el imperio ni para mis objetivos al decirte esto. ¿Lo entiendes?
Malini colocó su mano plana contra la espalda de Priya.
El agua estaba fría y el calor de su piel, de sus dedos extendidos, quemaba.
Puso su mano contra la blusa de Priya, debajo de los pliegues de su sari, entre su omóplato y su columna, donde su corazón latía con fuerza dentro de la jaula de sus costillas.
Era como si estuviera tratando de sostener el ritmo frenético del corazón de Priya en la palma de su mano.
—¿Por qué? —preguntó Priya—. ¿Por qué lo harías…? —Su voz se apagó.
No sabía cómo preguntar. “¿Por qué me querrías? ¿Por qué me seguirías al agua, y tomarías mi corazón y me hablarías con esa voz, como si me anhelaras?”
Como si Malini la hubiera escuchado, dijo:
—Pensé que podrías morir. —Un pequeño suspiro entrecortado—. Pensé que podría ser el final cuando te desmayaste en el bosque. Y yo…
Priya se volvió. El agua se movía a su alrededor.
—Priya —dijo Malini; su voz era oscura y hambrienta, y atrajo a Priya como la gravedad.
—Malini —dijo ella a cambio. Apoyó una mano en la mandíbula de princesa.
Y luego las manos de Malini se aferraron a las costuras de la blusa de Priya y la arrastraron hacia delante. Hubo un momento, un solo momento, en el que Priya miró a Malini a los ojos y Malini miraba los suyos, y finalmente Priya dejó de pensar y simplemente se movió. Se inclinó.
La boca de Malini se posó sobre la de Priya con una dulzura que era como un castigo, una calidez hiriente que hizo que algo salvaje y hambriento se apoderara de Priya con una rapidez que la devastó.
De repente, las manos de Priya ya acariciaban el cabello de Malini, ese cabello ridículo y nudoso que nunca podía desenredar, y ambas se tambalearon hacia atrás, hacia atrás, hasta que Priya pudo sentir la piedra fría contra su columna vertebral, el agua que caía a su alrededor, y las manos de Malini sobre ella.
Sobre sus hombros, su garganta, su mandíbula.
Y Malini le levantaba el rostro y la besaba con una furia que se convertía en dulzura, con una ternura que era fuerte como la sangre y quemaba. Quemaba.