Capítulo Cuarenta y nueve
CHANDNI
S endhil entró en la choza, quitándose la capucha de la cabeza. Sin ella, las partes de su cabeza donde había crecido musgo eran completamente visibles. Se arrodilló y entrelazó sus manos nudosas delante de él.
—Deberías haberla matado.
—Mmm.
—Deberías haberme dejado hacerlo, si no podías.
—No habría tenido sentido —respondió Chandni—. Nada de lo que hemos hecho puede detener esto ahora. Además, ella no es la única que sobrevivió.
Sendhil lanzó un gruñido como respuesta.
Había sido muy elocuente tiempo atrás. Muy incisivo.
Ella recordaba aún las caminatas junto a él y todos sus compañeros mayores, una mezcla de los niños que habían crecido junto a ella y las personas que los habían criado, vestidos con sus finas sedas, con el viento que serpenteaba a través del Hirana sobre su piel.
Ya no estaban.
Miró sus propias manos. Las yemas de sus dedos, con espirales como el corazón de un árbol. Por sus venas corría un líquido infecto, una savia venenosa que pronto la mataría. Muy pronto su rostro dejaría de ser el suyo propio.
Pensó en el rostro de Priya, retorcido en un rictus de odio.
Es posible tener una hija, y abrazar a esa hija contra tu propia piel, y criarla.
Puedes traicionarte a ti misma y a tus valores por esa niña. Puedes dejarla escapar, aunque sepas que debería morir; aunque sepas, sin importar cuán fuerte y firme sea su mano en la tuya, que ella es una plaga y debe ser eliminada para darle al mundo la oportunidad de sobrevivir.
Y esa niña puede mirarte con furia y desprecio, y dejarte morir.
Ella y Sendhil se sentaron y no hablaron durante mucho tiempo. Luego, Sendhil suspiró, bajo y lento, y dijo:
—Escucho gente que se acerca.
Chandni pensó en la agonía que le causaría ponerse de pie, obligar a todas sus articulaciones endurecidas a crujir para ponerse en movimiento.
Así que no se levantó. Cuando los hombres y las mujeres entraron en la choza, ella todavía estaba acurrucada en el suelo.
Se escuchaban más gente rodeando el exterior.
Contó los pasos. Eran al menos veinte personas.
Miró hacia arriba y se encontró con los ojos de Ashok.
—Se fue hace mucho —le dijo—. Pero eso ya lo sabes.
Él se arrodilló.
—Así que estás viva.
Chandni inclinó la cabeza. Se preguntó si él la golpearía, o simplemente le rebanaría el cuello con la fina hoz que llevaba en su mano derecha.
Detrás de él, su gente exploraba la cabaña, algunos salían y se dirigían al jardín traicionero y al árbol de la carne.
No eran niños a los que ella hubiera enseñado o criado.
Eso, al menos, la alegraba.
—¿Qué le hiciste a ella? —preguntó Ashok.
—La cuidé hasta que se recuperó, después de que las aguas la enfermaran —dijo Chandni tranquilamente—. Y cuando se sintió bien, se fue. No sé más.
—Deberíamos haberle cortado la garganta —intervino Sendhil—. Pero esta tonta no lo hizo.
Ashok le lanzó una mirada inquisitiva. Luego dirigió su atención una vez más a Chandni.
—¿A dónde fue?
—No lo sé.
—Debes haber visto en qué dirección caminaba al irse.
Chandni negó con la cabeza lentamente.
—Creo que, tal vez, quieres verla enferma —suspiró—. Siempre tuviste pasiones fuertes, Ashok. Esperaba que te abandonaran a tiempo.
—Qué extraño que digas eso, teniendo en cuenta que tu intención fue asegurarte de que yo no tuviera tiempo.
Pero no importa, yo sigo vivo y tú te estás muriendo.
Así que dime dónde está mi hermana, mujer —dijo, con una voz que temblaba, venenosa e infantil en su dolor, una furia que se tambaleaba vacilante, nacida del amor roto—.
Dímelo, o me veré obligado a arrancarte la respuesta a la fuerza.
De repente, pareció recordar a la gente a su alrededor, y su expresión volvió a ser firme. Con una voz mucho más uniforme, repitió su orden.
—Dime dónde encontrar a Priya.
Ella no dijo nada.
—Ashok —lo llamó una mujer que volvía a entrar en la choza—. Hay algo que tienes que ver.
Él se puso de pie y salió de la choza. Cuando volvió había una curva solemne en su boca. Se arrodilló una vez más junto a ella y miró la podredumbre sobre su piel, las marcas moteadas de sus huesos cambiantes contra la carne cada vez más parecida a una corteza.
—Si hubiera sabido que estabas viva, te habría matado hace mucho tiempo —dijo Ashok—.
Ahora veo que la vida ya ha hecho justicia contigo.
Pero aún puedo hacerte daño, anciana. Y puedo matarte, rápida o lentamente.
No deseo causarte dolor, pero lo haré si me sirve para encontrarla.
Ella es más importante que tú ahora. La valoro por encima de cualquier justicia a la que merezcas enfrentarte.
—Y, aun así, no tengo una respuesta para ti —dijo Chandni—. Hazme daño si quieres. Hiere a Sendhil. Mátanos a los dos. No podemos entregártela.
Ashok asintió.
—Dime—dijo—. Estuvo en el Hirana desde mucho antes que cualquiera de nosotros. Desde que era un bebé. ¿Es tuya?
—Eso no importa —dijo Chandni—. Ya sea que mi carne la haya hecho, ya sea que la dejaran abandonada en la base del Hirana, aun cubierta con la sangre del parto, ¿qué diferencia hay? La consideré mía. Ese fue mi error.
Ashok asintió de nuevo. Se puso de pie.
—Atadla al árbol —ordenó—. Atadlos a los dos. Veremos qué pasa con ellos.