El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cuarenta y ocho
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Capítulo Cuarenta y ocho

RAO

L os hombres de Santosh habían tratado de arrastrar sus caballos con ellos hacia el sendero del buscador, lo que le dio tiempo a la gente de Prem, tal como Rao había sospechado que sucedería. El tiempo suficiente para preparar una emboscada.

—Crecí en la corte imperial —dijo Rao a los hombres reunidos, mientras se detenían para recuperar el aliento—.

Aprendí los métodos tradicionales, las grandes estrategias que se remontan a la Era de las Flores.

Si Santosh es tan purista como recuerdo, se adherirá a las reglas de la guerra justa.

Sin caballos ni carros, luchará. Usará sables.

Nada de arqueros ni lanzadores de chakram y, por cierto, nada de látigos —dijo Rao, señalando el látigo de acero enrollado en la cintura de Prem—.

Él no manchará a sus hombres con las armas de otras naciones.

Pero así estará mal equipado para enfrentar una emboscada.

Prem se secó el sudor de la frente. Aún llevaba puesto su pesado chal, bien anudado para que no estorbara.

—Es un purista, eso es cierto —dijo Prem—. Bien. Vamos a intentarlo.

—Yo puedo usar un arco —ofreció Lata.

—Tú vas a mantenerte bien alejada de la batalla —le dijo Prem con firmeza.

Lata inclinó la cabeza, obediente, pero Rao se aseguró, de todas maneras, de que tuviera un cuchillo arrojadizo.

Los saketanos permanecieron en las sombras, con los látigos de acero preparados.

Los arqueros subieron a los árboles. Rao se unió a ellos, sosteniendo firmemente entre las yemas de sus dedos un chakram .

Cuando aparecieron los hombres de Santosh, todos sus caballos, menos uno, se habían ido. Muy probablemente habían huido corriendo, completamente asustados por el bosque. Pobres bestias.

Prem retuvo a sus hombres hasta que Rao lanzó el primer chakram .

Cuando lanzó el segundo, llovieron las flechas.

Tan pronto como se disparó la última (los parijatis se apiñaban en el centro del camino para evitar ser alcanzados, y los que habían sido heridos ya sangraban postrados en el suelo), Prem y sus hombres en retaguardia avanzaron, cortando el aire con sus látigos.

Rao saltó de su rama y rodeó el tumulto para evitar que lo tocaran los látigos. Fue entonces cuando vio a Santosh alejarse de la batalla.

Sacó una daga de su cinturón. Saltó sobre el hombre y… falló cuando Santosh se apartó rodando y se puso en pie de un salto con más agilidad de la que Rao había esperado de él.

Rao maldijo, giró la daga en su mano y la deslizó en su lugar en el cinturón mientras Santosh extraía su sable.

El sable no servía de mucho contra un látigo de cuchillas, pero era muy efectivo a corta distancia contra las armas tradicionales de los aloranos, que estaban diseñadas para arrojar o para apuñalar a corta distancia.

A Rao le quedaban cuatro chakrams en el brazo y un puñado de dagas arrojadizas en la cintura.

Saltó hacia atrás y le lanzó una a Santosh, pero no acertó.

Habría sido bueno, incluso agradable, que Santosh hubiera sido un mal luchador.

Pero había crecido en la nobleza, si no en la realeza, y sabía cómo manejar un sable parijati.

Sus movimientos eran perfectos: cortes afilados y puñaladas en ángulos precisos, que Rao tuvo que esquivar a toda velocidad para evitarlas, deseando tener un látigo propio.

De repente, los saketanos se movieron como uno solo, avanzando, y Prem saltó, lanzando su látigo en un movimiento ondulante que golpeó a Santosh en el brazo que empuñaba el sable y le atravesó la piel. El hombre maldijo de dolor, pero no soltó el sable.

—¿Dos contra uno? ¿Dónde está vuestro honor? —rugió Santosh.

—Asegúrate de decirle a Chandra qué perros deshonrosos somos si ganas —dijo Prem alegremente, cortando un arco agudo en el aire su látigo de acero, del que Santosh escapó tambaleante.

Detrás del destello del látigo, Rao vio una figura que se acercaba detrás de Prem con un sable desenvainado, rompiendo la defensa proporcionada por los hombres de Prem. No había tiempo para pensar. Por instinto, Rao tomó un chakram de su muñeca y arrojó el disco afilado al soldado parijati.

Le atravesó el cráneo, pero no antes de que la espada del hombre alcanzara a Prem en el brazo.

El látigo de Prem cayó. Su chal, desgarrado por el filo, se deslizó de su hombro.

Y Rao… se quedó helado.

En la garganta expuesta de Prem y en su brazo sangrante había… marcas. Contusiones.

No. No eran moratones. Eran espirales de corteza, grandes como la palma de Rao. Tallos que salían de ellas, delineados en verde. La sangre que manaba de su herida no era del todo roja. No del todo humana.

Santosh aprovechó la conmoción de Rao y el tambaleo de Prem, que intentaba, a pesar de su herida, volver a colocarse el chal en su lugar. Se abalanzó sobre el príncipe.

Los ojos de Prem se agrandaron. Buscó a tientas su látigo. Rao, horrorizado, trató de usar uno de sus chakrams , sus cuchillos, cualquier cosa…

El látigo de Prem brilló en el aire, cortó la armadura de Santosh, ensangrentó sus brazos y le partió el labio. Pero Santosh ya había avanzado. Su sable había atravesado, limpiamente, directamente, el estómago de Prem.

La mente de Rao se quedó en blanco por un momento.

Vio pasar una flecha volando junto a él.

Escuchó gritos apagados, como si sus oídos estuvieran sumergidos y el agua fuese el ruido sordo de su propia ira sangrienta derramándose a través de su cráneo.

Lo siguiente que supo fue que tenía a Santosh atrapado debajo de él.

Santosh estaba llamando a gritos a sus hombres, a Chandra, pidiendo ayuda, que alguien que ayudara.

En una neblina de confusión, Rao clavó uno de sus chakrams de acero en la palma de la mano de Santosh. Lo empujó con fuerza y saña, sintiendo que los huesos se rompían debajo como los cuellos de pequeñas criaturas peludas.

—Él es miembro de la realeza de Saketa —dijo Rao entrecortadamente—. No tenías derecho, ningún derecho. Toda tu charla sobre el honor, no tenías derecho a hacerlo.

—El emperador —jadeó Santosh. Sus dientes estaban bañados en sangre—. ¡Por el emperador, por Parijat, soldados, protegedme!

Uno de los hombres de Prem estaba en ese momento detrás de Rao.

Otro se inclinaba sobre Prem y le hablaba con urgencia.

Y allí estaba Lata, tratando de detener el flujo de la sangre; las lágrimas corrían por su rostro.

La batalla tenía que terminar, y Rao sabía, sabía a distancia que debía tomar a Santosh como rehén, que Aditya podía usarlo como ventaja.

—Chandra no es nuestro emperador —dijo Rao con voz áspera.

Santosh todavía gritaba, con la boca abierta, así que Rao levantó la mano ensangrentada y extrajo una de sus dagas del cinturón. Sin detenerse, la llevó a la parte posterior de la garganta de Santosh.

Montaron un campamento. Los hombres de Prem no se fueron.

Fue un milagro que se quedaran, pero Rao lo aceptó.

Había pensado que la podredumbre en la piel de Prem los haría huir.

Pero ellos simplemente negaron con la cabeza.

“Sabíamos lo que tenía, mi señor”, dijo uno.

“Él era nuestro señor. Nos lo dijo. Nos explicó que no se propaga entre personas”.

Juntos, armaron una tienda de campaña para instalar a Prem.

Rao se arrodilló en el suelo, una vez que estuvo arreglada, y observó a Lata trabajar preparando sus tinturas y las vendas, con los ojos enrojecidos.

Ella lo sabía. Todo este tiempo lo había sabido.

Solo Rao, al parecer, había permanecido ignorante.

No podía preguntarle a Prem ahora por qué no se lo había dicho.

Solo podía sentir la sangre secarse en su ropa y ver cómo subían y bajaban las heridas de sable en el estómago de Prem. No imaginaba cómo podría sobrevivir.

—No te puede infectar —dijo Lata. Su voz era cuidadosa, tranquila—. Él no mentía sobre eso. ¿Dónde está su pipa?

—¿Su pipa?

—Un analgésico —dijo—. Le alivia el dolor. Le dio buen resultado en los últimos meses.

—No servirá de nada —dijo Prem. Sonaba ronco—. Hace un tiempo que ya no funciona. Y ahora… —Se tocó la parte superior del abdomen con una mano. Maldijo.

—No te toques —advirtió Lata.

—¿Qué importa ya?

Ella no dijo nada. Prem cerró los ojos, su piel se veía pálida y tensa.

—Nunca debiste haber venido a Ahiranya —dijo Rao, con un nudo de indefenso malestar en el estómago. Quería gritarle a su amigo, sacudirlo—. Deberías haberte quedado en Saketa, bebiendo vino.

—Ese nunca fue mi estilo —dijo Prem, con dificultad. Las vendas que Lata le había aplicado en el estómago ya estaban empapadas de sangre—. No me malinterpretes, Rao. Me gusta tomar un buen vino. Pero solo si veo al hombre correcto en el trono…

—Esto te lo ha hecho Ahiranya. Tratar de ver coronado a Aditya te ha enfermado.

—Ahiranya no me lo ha hecho —dijo Prem, y carraspeó—. Ya estaba enfermo antes de venir aquí.

Rao negó con la cabeza.

—¿Qué quieres decir? ¿Cómo puede ser?

—Esta podredumbre —continuó Prem— no sé cómo se propaga, pero también existe en Saketa.

Cientos han muerto por esto. El gran príncipe ha logrado mantener todo el asunto en secreto por ahora, pero…

—Prem tosió. Un sonido húmedo, burbujeante de sangre.

Lata se movió rápidamente, limpió la sangre de sus labios—.

Los últimos dos años. Ha echado raíces. Se está volviendo difícil de ignorar. Debe de estar en todas partes.

—No ha llegado a Alor —dijo Rao.

Pero ¿lo sabía con certeza? Había estado en Alor en raras ocasiones, después de su crianza en Parijat.

Sus hermanos mayores apoyaban hábilmente a su padre, pero había aspectos del gobierno de su ciudad-Estado natal en los que nunca lo habían involucrado.

Si una extraña plaga hubiera atacado los campos y granjas de Alor, sus rebaños, ¿alguno de ellos se lo habría contado?