El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cuarenta y seis #2
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Capítulo Cuarenta y seis #2

Usando la pared como apoyo, guio a Priya hacia la parte trasera de la cabaña. Sendhil estaba sentado allí, con una capucha sobre la cabeza. Parecía estar dormido, pero Priya estaba segura de que no. No te duermes cuando una niña a la que intentaste asesinar regresa a tu casa, ya adulta.

—¿Cómo has vivido, desde que cayó el consejo del templo? —preguntó Chandni.

—“Cayó” —repitió Priya—. Esa palabra realmente no describe lo que sucedió.

Chandni se quedó en silencio por un momento. Luego dijo:

—No importa.

Algo de su suavidad pareció abandonarla entonces, y la reemplazaron los hombros ligeramente arqueados, la inclinación repentina de su cabeza. Parecía derrotada.

—¿Cómo se llama la veneración en los textos ahiranyis más antiguos? —preguntó Chandni finalmente.

—No lo sé —dijo Priya.

—Yo te enseñé una vez.

—No lo recuerdo.

Chandni se volvió para mirarla. A la luz del día, su cara estaba cansada y arrugada, casi quebradiza.

—El vaciamiento —le dijo Chandni—. Se llama “el vaciamiento”.

Apartó la mirada de Priya, y recorrió lenta y laboriosamente el perímetro de la cabaña.

—Creíamos que lo entendíamos. Vaciarte, para raspar toda debilidad y quedar limpia.

Vaciarte, para convertirte en un recipiente para la verdad y el conocimiento.

Vaciarte por la pureza. —Hizo una pausa—.

Hasta que tus hermanos entraron en las aguas inmortales y volvieron con seres desconocidos alojados detrás de sus ojos.

Y entendimos que estábamos equivocados. Todos los que regresaban vestían su piel.

Pero no eran ellos mismos. Y entonces comenzó la podredumbre.

Lo que sea que yace en ti, lo que sea que regresó dentro de ellos, fue la madre de la podredumbre.

Una plaga. Teníamos que terminar con eso antes de que acabara con el mundo.

El emperador los temía y los quería muertos.

Queríamos que la podredumbre terminara. Pensamos que era lo correcto.

Priya pensó en sus hermanos. El pequeño Nandi. Sanjana. Su voz tembló cuando habló.

—Solo éramos niños.

—Los tres veces nacidos ya eran jóvenes mayores, listos para unirse a nuestro círculo.

No tan niños. Y el resto… —Un suspiro. Priya no supo si fue solo un suspiro o un gemido de dolor hasta que Chandni se detuvo y se tranquilizó—.

Los niños que pueden cambiar la forma de las montañas y obligar a crecer a la raíz y la hoja, ya no son niños.

Son algo que solo parece un niño. Teníamos un deber, Priya.

—Entonces, ¿por qué me salvaste la vida? —preguntó Priya—. Si éramos monstruos que debían ser destruidos, por el bien de tu deber, ¿por qué trataste de perdonarme?

—A veces hacemos cosas tontas —dijo Chandni, con tristeza en su voz—.

Ya no importa. Ese tiempo se ha ido. Solo necesitas entender esto, incluso si no me lo perdonas: buscamos evitar que la podredumbre creciera y se propagara.

Teníamos miedo de lo que sería del mundo.

Y vinimos aquí para buscar una forma de proteger a nuestro Ahiranya.

Para destruir la podredumbre que quedaba.

Y para… transitar nuestro duelo. —Su voz se quebró un poco—.

Ahora, por tu propio bien, camina con cuidado y sígueme.

Detrás de la choza donde vivían Sendhil y Chandni había un claro vacío.

Tal vez alguna vez se había utilizado para cultivar vegetales o criar animales, pero en el presente su suelo permanecía intocado por manos humanas, cubierto por un remolino de hierba con la espesura resbaladiza del cabello.

En el centro del claro había un solo árbol.

A su alrededor había estacas, piezas de madera clavadas profundamente en el suelo.

—Puedes mirar el árbol —dijo Chandni—. Inspecciónalo como sea necesario, pero no cruces el perímetro de madera sagrada.

Era una gran cosa parecida a un mangle, ese árbol, con un tronco marchito y ramas caídas cargadas de pequeñas hojas, tan pálidas como perlas. Priya caminó hacia él, el calor de la madera sagrada producía un latido palpitante ante ella.

—¿Qué es esto? —dijo Priya—. ¿Qué…?

Se había equivocado al pensar que el tronco simplemente estaba marchito. En ese momento, de cerca, podía ver su podredumbre: el rosa de la carne herida entre las estrías de la madera, el latido entrecortado de las raíces, con las ramas sueltas contra el suelo.

Los rostros.

Saroj. Bojal. No todos los mayores. Pero suficientes.

Priya sintió que la bilis le subía a la garganta.

—Comenzó poco después de que llegáramos aquí.

Cuando el primero de nosotros enfermó y murió, el árbol cambió.

Robó su alma, creo. Luego el segundo. El tercero.

Ahora solo quedamos Sendhil y yo. Esperando.

—Su voz era terriblemente tranquila—. Cualquiera que sea la maldición que pesa sobre ti y tus semejantes…

, bueno, también pesa sobre nosotros, al parecer. Aunque se manifiesta como ves aquí.

—¿Y sus cuerpos?

—Quemados. Pero no importa. La podredumbre se apoderó de nosotros.

Una maldición más allá de la muerte, creo.

—Priya escuchó a Chandni acercarse y notó por primera vez que había un crujido casi de madera en sus movimientos; que su piel, a la luz, no se veía simplemente arrugada, sino agrietada como una corteza.

Priya no miró a Chandni, sino al árbol que tenía delante. Esa podredumbre. Su justicia.

—Te equivocas al pensar que éramos un síntoma de la podredumbre.

Somos la cura. Estoy segura de ello. —Inclinó la cabeza hasta que se quedó mirando el cielo recortado por la copa del árbol, parpadeando para contener las lágrimas que no quería derramar—.

Me han dicho que un nacido tres veces podría controlarla. Tal vez desterrarla.

—¿Quién te lo dijo?

—¿Es verdad? ¿Podría controlarla?

—Podría —dijo Chandni, después de una pausa—. Sí.

—Qué tontos fueron —dijo Priya, ahogándose en su dolor, su ira.

Todos los niños se habían merecido algo mejor que la muerte que habían tenido.

Pensó en la sonrisa de Sanjana, los ojos amables de Nandi, y se sintió abrumada por el peso de lo que no habían sido, de lo vacío que era el mundo sin ellos—.

Fuimos la respuesta todo el tiempo y nos descartaron. Nos destruyeron.

—Tal vez —dijo Chandni pesadamente.

—Nada de “tal vez” —dijo Priya con voz espesa—. ¿Valió la pena, entonces, asesinar a mis hermanos y hermanas? ¿Por una creencia?

Priya se volvió. Chandni estaba mirando el árbol. Tal vez estaba pensando en los otros ancianos perdidos, que habían sido como parientes suyos. Tal vez pensó en los niños que habían asesinado.

—Fue la elección que hicimos —dijo finalmente Chandni—. Creíamos que eran monstruos. Crees que no lo eres. Hicimos lo que pensamos que era correcto, y ahora puedes condenarnos por ello. Pero no cambia nada.

—¿Por qué yo sigo viva?

—Naciste en el Hirana —dijo Chandni resignada—. No fuiste simplemente criada en el templo, sino que naciste en él. Tú lo sabes.

—Lo sé. Pero nacidos o criados, todos fuimos separados de nuestras familias biológicas y se nos dio una nueva familia, los viejos lazos se cortaron —dijo Priya—.

Ese era el precio para ascender al estado de mayor del templo, ¿no?

Renunciar a la familia de sangre. Elegir una familia de hermanos y hermanas en el servicio. Y mi familia ardió en el Hirana.

Pensó en la mano de Chandni sobre su cabello mientras dormía. Pensó en lo que significaba haber nacido en el templo cuando todos los demás niños eran adoptados para el servicio. Sabía lo que significaba, lo no dicho entre ellas. Y no le importó.

—Si tuviera familia de sangre, eso es lo que les diría.

—Ah —dijo Chandni—. Entonces supongo que te protegí por sentimentalismo. Por un sueño que debería haber dejado de lado. Te dije que fue por una tontería.

—Lo fue.

La sonrisa de Chandni era triste.

—Correcto —dijo ella. Como si hubiera sabido que al final llegaría a esto: Priya de pie ante un árbol que no era del todo árbol, con las raíces hinchadas con la sangre y la carne de los muertos—.

Algunas cosas son inevitables —continuó Chandni—.

Las mareas. El amanecer. Quizás, a pesar de nuestros esfuerzos, la podredumbre también es inevitable.

Y tú eres inevitable. —Miró, una vez más, al árbol—.

Estoy demasiado vieja y cansada para hacer más.

Así que esta es mi respuesta, Priya: te permito vivir ahora porque no puedo detener la marea.

—Chandni negó con la cabeza—. Ahora, si ya te sientes bien, deberías irte.