El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cuarenta y seis
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Capítulo Cuarenta y seis

PRIYA

U na cama. Una cama verde. Una cama de agua. Estaba debajo de un río arremolinado, cubierta de flores de loto, cuyas raíces se enredaban alrededor de sus muñecas y su garganta.

Se retorció y giró entre las flores, perturbada porque el líquido que la rodeaba no era frío, sino caliente. Tenía un recuerdo lejano de que alguna vez había sido doloroso, un calor abrasador, pero se movía a su alrededor con la misma calidez y lenta uniformidad que la sangre.

Se tocó la garganta, desenredó las raíces y salió a la superficie del agua.

Estaba en el sangam , o algo que se parecía mucho a él, con ríos serpenteantes y estrellas que nadaban en madejas y nudos sobre el agua.

Pero esta agua era profunda, profunda, y estaba repleta de flores, lirios y otras extrañas y rizadas para las que no tenía nombres.

No debería haber estado allí. Ella había estado en otro lugar solo unos momentos antes. ¿No era así? Malini la sostenía. Lo recordaba. Malini la abrazaba, y su voz ordenaba a Priya que se quedara con ella, que se quedara, por favor…

“Retoño. Mira”.

Volvió a mirar el agua de la que había salido. A través de la oscuridad, vio un cuerpo.

Su propio rostro yacía bajo el sedimento.

Su propio cabello, una nube suelta de frondas negras.

Esos eran sus propios ojos, cerrados como si estuviera dormida.

De su pecho florecía un gran loto, que estallaba a través de las costillas expuestas.

De sus ojos brotaban pétalos de caléndula, salpicados de oro y cornalina, que se filtraban por debajo de los párpados cerrados.

No era un reflejo. Ella sabía que no era eso. Y como confirmación vio debajo, en el gris del lecho del agua, que cambiaba lentamente, una docena más de figuras enredadas, sostenidas por raíces de loto, con el cabello enrollado en el agua, sus cuerpos mitad raíz y mitad carne, hermosas y extrañas.

Ese cuerpo que era tan parecido al suyo, que yacía por encima del resto, se movía. La boca se abrió y dentro de ella había una flor que se desplegaba en espinas, virulenta, azul y negra; su corazón, un cosmos.

Dio un grito ahogado y volvió a moverse en el agua, tratando de nadar, de girar, pero esas grandes raíces de loto la sujetaron como cuerdas.

El cuerpo salió del agua. Sus ojos se abrieron. Rodeados de pétalos dorados. Carmesí como la sangre.

Vadeó hacia ella. Le tocó la mandíbula con los dedos, cálidos como la madera sagrada. Su sonrisa era roja. No era ella. No podía ser ella.

Le acarició la mejilla.

—Mírate —dijo, con una voz que no era la suya—. Eres tan nueva. Y, sin embargo, estás tan vacía.

—¿Qué eres? —susurró Priya.

—¿No reconoces aquello que veneras? —preguntó su reflejo. Sonrió.

Priya se estremeció, un estremecimiento de sorpresa de todo el cuerpo, y el yaksa se echó a reír. El agua estaba caliente como la sangre, la forma del yaksa parecía tallada en madera y carne, sus ojos eran una flor sangrienta.

—Te has quitado el corazón para conocerme —dijo—. ¿No me pedirás que te bendiga?

Priya no dijo nada. No pudo. Había enmudecido por el horror y el asombro. Y el yaksa solo meneó la cabeza, pétalos negros cayeron de sus hombros, y siguió sonriendo.

—Quiero volver —dijo finalmente Priya—. Por favor.

El yaksa asintió. Sus dedos se retiraron, pero no antes de que una uña afilada, fina como una aguja, dibujara una línea de sangre en su mejilla. Apoyó una mano que era como la de Priya en su rostro. Tocó con sus labios la sangre.

—Oh, retoño —susurró la criatura—. Nos encontraremos de nuevo, tú y yo. De una forma u otra.

Y la criatura se acercó a Priya y la besó, justo en la boca.

Por un momento, vio el mundo entero.

Vio el océano turbulento en los bordes del gran subcontinente de Parijatdvipa. Vio las montañas cubiertas de nieve en la frontera de Dwarali. Vio Lal Qila, un fuerte que se encontraba en el borde del mundo conocido. Vio a Parijat y al mahal imperial en Harsinghar, rodeados de flores.

Vio la podredumbre. La vio en todas partes, en todas partes. Y la vio crecer y cambiar; vio que no era podredumbre en absoluto, sino una floración; vio una docena de criaturas, de cuyos dedos brotaba agua de río y con claveles por ojos, elevarse del suelo del mundo y respirar…

Se despertó, no con un grito ahogado ni con un sobresalto, sino lentamente.

Como si solo hubiera estado soñando. Como si no hubiera estado en el sangam en absoluto.

Estaba tendida en una estera para dormir en el suelo de una casa que era achaparrada y fresca, con un dulce olor a humedad.

Malini estaba sentada a su lado, de rodillas.

Se arrojó sobre Priya, abrazándola.

¿Qué…?

—¿Qué es este lugar al que nos has traído? —preguntó Malini en voz peligrosamente baja—. La mujer no me deja salir de esta habitación. Y el hombre…

Malini se quedó abruptamente en silencio. Priya la sintió retroceder, su rostro se calmó de nuevo, sus ojos bajaron recatadamente.

Y allí, detrás de ella, estaba la mayor Chandni.

El corazón de Priya dio un fuerte golpe.

Había sentido la presencia de un hermano, o eso había pensado. Alguien de su familia, una espina afilada en la maraña del bosque. Pero no había esperado esto.

Su infancia. Chandni en su escritorio. La mano de Chandni en su cabello.

La fiesta. La sangre. El fuego.

Chandni se adentró más en la choza, en su semioscuridad. Pero Priya podía verla. Su rostro, con sus pómulos angulosos y el cabello que se había vuelto completamente gris, recogido en la nuca. Tenía nuevas arrugas y una forma de caminar que hablaba de dolor.

—Tu compañera te trajo aquí —dijo Chandni. Su voz era suave. Priya tardó un momento en darse cuenta de que estaba hablando en el clásico ahiranyi, excluyendo de la conversación a Malini, que no comprendía—. Ella dijo que le pediste que te trajera a este lugar.

Priya tragó saliva. Su garganta estaba seca. Se sentía un poco como si todavía estuviera atrapada en algún terrible sueño febril.

—Lo hice.

—Y, sin embargo, no creo que supieras que me verías. ¿O sí? —Los ojos de Chandni siguieron cada movimiento del rostro de Priya, cada tic y contracción de los músculos de su cuerpo.

Priya deseó tener la habilidad de Malini para eliminar todo sentimiento de su propia expresión, pero no lo hizo. Aun así, ella no se inmutaría. Allí no. Miró a Chandni sin pestañear hasta que sus ojos ardieron tan ferozmente como esa cosa anudada en su pecho para la que no tenía nombre.

—Sentí que alguien como yo estaba aquí —dijo Priya—. Pero no. No esperaba que fueras… tú.

—¿Me creías muerta?

“Esperaba que estuvieras muerta”, pensó Priya. Pero en el siguiente latido, supo que no era cierto. Sin embargo, ninguna respuesta iba a ayudarla o dejar a Malini indemne.

—Todo el consejo del templo murió, mayores y niños por igual. O deberían haber muerto —dijo Priya.

“Nos mataste. Deberías haber tenido la decencia de morir con nosotros”.

—Algunos eligieron morir con los niños —dijo Chandni—. Y otros elegimos esto.

Esto. Priya miró a su alrededor. Moho en las paredes de madera. Gusanos e insectos que se escurrían a través de las tablas podridas y salpicadas de humedad. El goteo de un techo roto.

Malini la miraba con los ojos entrecerrados, aparentemente indiferente. Pero Priya sabía que no era así.

—No estás en el exilio —logró decir Priya—. Todavía estás en Ahiranya.

—No, no es un exilio —dijo Chandni. Todavía era suave.

Tan suave. Se acercó un paso más y Priya se dio cuenta de que no era delicadeza, como había supuesto al principio, sino la voz arrulladora que se usa con un animal salvaje para calmarlo, antes de ponerle una correa o de la matanza—.

Aún teníamos trabajo por hacer. O pensamos que lo teníamos.

—¿Quién más está aquí?

—Ahora solo Sendhil. El resto se ha ido. Pero él no te hará daño. —Chandni se inclinó con dificultad.

Puso una mano en la frente de Priya, que no se movió. Solo la miró fijamente.

—¿Cómo me salvaste? Pensé que las aguas me habían atrapado.

—No te salvé —dijo Chandni—. Sobreviviste por tu cuenta, Priya, tal como lo hicieron, o no, los niños que llevaban a la enfermería en el templo.

Se miraron, desconfiadas, mientras sus reflejos aparecían distorsionados en la penumbra.

—Te ha bajado la fiebre. —Chandni bajó la mano—. Eso es bueno. Entonces vivirás.

—Si hubiera sabido que eras tú, nunca habría venido —dijo Priya—. Pensé que me matarías en el momento en que me vieras.

—No debería haberte dejado vivir, Priya—dijo Chandni—. Ni entonces, ni ahora. Debería haberte matado cuando tu compañera te trajo aquí. Eso es bastante cierto.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste? —preguntó Priya, repentinamente enfadada, tan enfadada que podía sentir que estaba temblando y ni siquiera se había dado cuenta—. Difícilmente podría haberte detenido.

—Cuando estés mejor, hablaremos.

Chandni empezó a levantarse y Priya la aferró por el hombro. Ella no tuvo que hacer fuerza. No necesitaba hacerla. Los huesos de Chandni eran puntas afiladas bajo su mano, frágiles como una caracola.

—Ahora estoy bien—dijo Priya en zaban, la lengua común que fluía mucho más fácilmente de sus labios—. Ahora estoy bien. Y ahora, hablaremos.

“Soy la más fuerte”, pensó Priya sosteniendo la mirada de Chandni fijamente. “Ya no soy una niña. Y me darás respuestas”.

—Bueno, vale —aceptó Chandni, en cuidadoso zaban—. Si te sientes bien, levántate. Sígueme afuera y hablaremos. A solas.

Chandni no tuvo la amabilidad de apartar la mirada mientras luchaba por ponerse de pie. Malini estaba junto a ella, con las manos entrelazadas. No las siguió mientras Priya y Chandni salían de la habitación, aunque Priya podía sentir el peso de su mirada.

Priya sentía dolor en cada parte de su cuerpo.

La gran fuerza que poseía justo después de emerger de las aguas inmortales se había ido, dejándola completamente agotada.

Pero al menos ya no tenía fiebre ni agonizaba.

Se sentía, sobre todo, como ella misma. Y ella misma estaba furiosa y cansada, desollada.

No sabía si quería estrangular a Chandni o llorar sobre ella.

—Por aquí —dijo Chandni.