El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cuarenta y cuatro
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Capítulo Cuarenta y cuatro

RAO

E speraron en la enramada de los huesos durante mucho mucho tiempo en la oscuridad de la luna.

Esperaron mientras Hiranaprastha comenzaba a brillar con luces festivas, que se hicieron lo suficientemente brillantes como para que el resplandor fuera visible incluso a través del denso bosque.

Esperaron, mientras el amanecer se acercaba con sus dedos rosados, a que llegara Malini.

Rao había prometido esperar a Malini toda la noche, y así lo hizo, junto con Lata, Prem y todos sus hombres.

Se hizo de día. La ciudad siguió titilando, iluminada tanto por el sol como por las llamas.

¿Acaso el festival no había terminado? Pero Rao no sabía nada de las tradiciones ahiranyi. No podía estar seguro.

Siguió esperando.

Los hombres estaban inquietos. Uno de los mensajeros al servicio de Prem, un hombre acostumbrado a viajar a través del imperio, entretuvo a los demás contándoles sobre la extraña naturaleza del sendero del buscador.

—Srugna se encuentra más allá de los bosques en todos los mapas. Es un viaje largo, por lo general. Lleva semanas. Pero el bosque de ahiranyi no siempre obedece las reglas normales, y en el sendero del buscador el tiempo se mueve de manera diferente —les explicó el mensajero.

—¿Cómo que diferente? —preguntó otro hombre, escéptico.

El mensajero se encogió de hombros.

—Todo lo que puedo decirte es que si recorres este camino llegarás a Srugna en días, no en semanas. Los lugareños dicen que lo construyeron los yaksas. Por lo que sé, así fue.

—¿Exige un precio?

Rao y los demás se volvieron. Lata estaba de pie atrás, en la sombra debajo de los árboles. No se distinguía su expresión.

—No sé a qué te refieres —dijo el mensajero.

—Ningún cuento afirmaría que los yaksas son seres benévolos por naturaleza —dijo Lata—. Ni siquiera con su propia gente. Si han hecho un sendero, si ese sendero aún existe mucho después de que ellos hayan desaparecido, no tengo ninguna duda de que su magia es una espada de doble filo.

—Bueno, no es un camino seguro —dijo el mensajero, pensativo—. A veces la gente desaparece a lo largo de él. O aparece muerta. Pero eso no es diferente de viajar por el bosque de la manera normal. Un cazador furtivo podría dispararte con la misma facilidad, o un animal salvaje podría comerte.

—¿Lo has recorrido solo?

El mensajero negó con la cabeza.

—¿Y cuántos de vosotros llegasteis al otro extremo?

—Eso no es importante. —Prem interrumpió con firmeza—. Vamos a ir por el camino rápido, nos guste o no. —Su voz no tenía nada de su lánguida dulzura habitual. Era una voz que no admitía discusión—. Nos hemos quedado en Ahiranya demasiado tiempo.

Hubo un ruido detrás de Lata. Apareció uno de los hombres que había estado de guardia, con expresión sombría.

—La ciudad está en llamas —dijo.

—¿Qué quieres decir con que está en llamas? —vociferó Prem.

—No lo sé —dijo el guardia, impotente—. Me acerqué al límite del bosque y, mi señor, el humo no proviene de las luces del festival. Es algo mucho más grande.

Alarmados, Prem y Rao fueron a ver por sí mismos.

El humo de la ciudad comenzaba a elevarse hacia el bosque.

Desde allí era difícil saber la causa. Pero Rao podía distinguir la madera quemada y el distintivo olor de la carne carbonizada en el aire.

Se tapó la nariz, asombrado por no haberlo olido antes, ni haber sentido el calor puro de las llamas.

El bosque de Ahiranya no obedecía las reglas normales. De alguna manera, la extrañeza del bosque había silenciado lo peor de lo que ocurría hasta que se acercaron a sus límites.

—Necesitamos enviar a alguien de regreso allá para averiguar qué está pasando —sugirió Rao a Prem. Este se cruzó de brazos.

—Creo que deberíamos dirigirnos directamente a Srugna —dijo—. Tan rápido como sea posible.

—Hay personas de Parijatdvipa allá, y necesitamos saber qué ha sido de ellas —exclamó Rao sombríamente—. Necesitamos saber qué tipo de peligros estamos dejando a nuestra espalda.

El hombre que había estado de guardia se ofreció voluntario.

—Si hay algún problema, regresa inmediatamente —le dijo Prem—. ¿Entendido?

—Sí, mi señor —dijo el hombre. Inclinó la cabeza, luego se enderezó, ajustando el látigo en su cintura—. No tardaré mucho.

—No más de una hora, o tendremos que dejarte atrás.

—Sí, mi señor —asintió el hombre, se inclinó una vez más y se alejó.

Rao se desplomó contra un árbol, frotándose la frente. Prem se unió a él y se sentó en el suelo a su lado con una mueca de dolor.

—¿Estás herido? —preguntó Rao.

—¿Yo? No. Rao, estoy más interesado en hablar de ti.

Rao lo miró. Prem le sonrió de medio lado.

—Tanto deseo… —murmuró Prem—. Creo que nunca me he sentido como tú.

—No estoy enamorado de la princesa Malini —dijo Rao—. Esa no es la razón por la que he esperado aquí.

Prem resopló con incredulidad.

—Si tú lo dices…

—Prem. Ella era la mejor amiga de mi hermana.

—¿Me estás diciendo que dejaste atrás a tu familia, te escondiste aquí con una identidad ficticia, te uniste a los ahiranyis y te negaste a irte conmigo porque piensas en ella como una “hermana”?

—¡No! No. —Rao respiró hondo—. Estoy aquí porque conozco a Aditya. —Bajó la voz a un susurro—. Él la necesita.

Prem se quedó en silencio por un momento. Su sonrisa se convirtió en algo más pensativo.

—Ya se las arregló para ganar muchos seguidores sin ella.

—¿Tú crees? Yo estaba allí cuando decidió irse —dijo Rao—. Cuando decidió convertirse en sacerdote, abandonar el lugar de príncipe heredero y elegir otro camino.

—Y ahora ve que equivocó su rumbo.

—Estuve allí —insistió Rao, en voz tan baja como pudo— cuando Malini le escribió carta tras carta, para convencerlo de que volviera a tomar lo que le correspondía por derecho de nacimiento.

Estuve allí también cuando convenció a un señor tras otro, guerreros, príncipes y reyes, para que se unieran a la causa de su hermano.

Yo estaba allí cuando… cuando se plantó ante la corte y acusó a Chandra de ser un falso emperador en un trono robado, y proclamó que hablaba por las Madres de las llamas. Cuando ella prometió que él caería.

—Le das demasiada importancia a su dramatismo —dijo Prem—. Esos señores y reyes tienen buenas razones para no querer a Chandra en el trono imperial. Habrían recurrido a Aditya sin ella.

—No estoy muy seguro. Aditya se retiró de la política. Quizás algunos lo habrían buscado. Pero el poder que se acumuló a su alrededor… Ella vio una debilidad, una necesidad, y la aprovechó. Eso es lo que ella le dio. Y sin ella…

—Estará bien.

“Todavía crees que la amo”, pensó Rao.

—Sin ella —continuó, en voz baja—, no sabrá qué hacer. Me crie junto a él, Prem. Yo era su compañero, uno de sus señores más cercanos desde la niñez. Lo sé.

Prem lo miró. Pero todo lo que dijo fue:

—Alguien viene.

Rao lo escuchó entonces: el ruido de los cascos. El chasquido de metal contra metal, sables desenvainados. Prem emitió un silbido bajo y, un momento después, sus propios hombres aparecieron entre los árboles detrás de él.

Se oyó un relincho distante y temeroso de caballos.

El ruido de los hombres que desmontaban.

Las bestias de carga estaban demasiado asustadas del bosque para entrar.

Los ahiranyi lo sabían. Incluso Rao lo sabía.

Pero los hombres que se acercaban arrastraban con ellos sus monturas de ojos desorbitados, al parecer por orden de un hombre que gritaba detrás de ellos.

—Deberíamos irnos —murmuró Rao.

—Pensé que eras tú quien quería saber qué peligros acechaban a nuestra espalda —susurró Prem como respuesta. Su mirada estaba fija hacia delante, la boca casi no se movía—. Bien. Ahora lo sabremos.

Después de un momento, diez figuras aparecieron en su línea de visión. Un contingente de soldados, vestidos de blanco y dorado, el uniforme parijati. El hombre de Prem que había ido a la ciudad estaba al frente. Tenía un sable apoyado en su garganta.

Inmediatamente, Rao buscó un chakram que llevaba en su muñeca. A su alrededor, los hombres de Prem pusieron la mano en los látigos. Los de atrás, casi en la sombra del sendero del buscador, prepararon sus arcos. Detrás de ellos, Lata se hundió más en la penumbra, en busca de refugio.

—Ah. No es necesario. Bajad las armas —dijo una voz.

La figura dio un paso adelante y Prem maldijo, desenrollando el látigo de su cinturón con un silbido de acero.

—Santosh.

—Fuimos a buscarte a tu burdel, príncipe Prem —dijo el Señor Santosh con los ojos brillantes—.

Y a ti, príncipe Rao —añadió inclinando la cabeza en una burla del trato de respeto—.

Aunque esperaba encontrar al Señor Rajan.

¡Qué agradable sorpresa, encontrarte a ti en su lugar!

El burdel se quemó, por desgracia. Y tú no estabas allí.

—Suelta a mi guardia, Santosh —exigió Prem—. O cometerás un crimen contra la sangre real de Saketa.

—Actúo en nombre del emperador —respondió Santosh bruscamente—. Protejo sus intereses. Y se me ha ocurrido que es curioso que un príncipe de baja categoría pase tanto tiempo en Ahiranya justo cuando la hermana del emperador está aquí, encarcelada. Muy curioso.

—Te lo dije —explicó Prem, enseñando los dientes en algo que se aproximaba vagamente a una sonrisa—. Vine a Ahiranya por placer.

—¿Y tú, príncipe Rao? ¿Solo por placer?

—¿Qué quieres? —Rao preguntó sin rodeos. El hombre de Saketa parpadeaba con fuerza, obviamente aterrorizado, luchando por respirar a pesar de la presión de la hoja en su cuello, y Rao descubrió de repente que no tenía paciencia para los juegos—. A cambio de la vida de este muchacho.

—Quiero saber por qué estás aquí —respondió Santosh—. Quiero saber adónde vas. Quiero saber con quién estás trabajando contra nuestro emperador.

—Me temo que no tienes la autoridad para un interrogatorio tan invasivo, Señor Santosh —dijo Prem—.

Déjame explicártelo, ya que me pareces particularmente lento: no eres más que un señor parijati endogámico al que le encanta lamer el sudor de los pies de Chandra.

Nosotros, por otro lado, somos hijos de sangre real de las ciudades-Estado de Parijatdvipa.

No eres nuestro igual. A menos que Chandra ya te haya entregado la regencia de Ahiranya, ¿es así?

—Soy un consejero del emperador —dijo Santosh.

—Todos nuestros ancestros, desde la Era de las Flores, han sido consejeros de los emperadores —respondió Prem, señalando a Rao y a sí mismo—. Nuestros parientes fueron consejeros del emperador y siempre han puesto su sangre y su corazón al servicio del bien común. No eres más que un lacayo.

—No mereces servirle —replicó Santosh con un brillo frenético en sus ojos mientras desenvainaba su propio sable—.

Te han dado demasiada libertad. Fue Parijat quien salvó a tu gente y la sangre de los parijatis es la que debería estar en primer lugar.

Tu traición solo lo prueba. Él es muy superior a ti.

—Él no es tu amigo —incitó Prem—. Lo sabes, ¿no? —Chasqueó la lengua—. Pobre ingenuo. Veo que no lo sabes.

—Te arrancaré la piel de los huesos, príncipe de baja calaña.

—Fanfarroneas. Acércate, si lo dices en serio.

Juntos, Rao y Prem dieron un paso atrás y otro, adentrándose más en el sendero del buscador.

El aire ondulaba extrañamente a su alrededor.

Vieron la vacilación en los ojos de los soldados parijati, quienes claramente temían la extraña quietud del bosque y recordaban las horribles historias que les habían contado sobre Ahiranya cuando eran niños.

—Regresa por donde viniste —gritó Prem—. Ve a sentarte en cuclillas en el trono del regente. Es claramente donde quieres estar, de todas maneras. ¿O acaso Chandra necesita ponerte a prueba primero?

—Hablad —ordenó Santosh, enfadado—. Bajad las armas y decidme cómo habéis traicionado al emperador, o vuestro hombre morirá.

El muchacho saketano los estaba observando.

—Mis hombres conocen sus lealtades —dijo Prem.

El chico cerró los ojos. Se movió hacia delante, gritando, mientras intentaba liberarse. El soldado parijati que lo sostenía movió su sable hacia atrás.

Hubo un estallido de sangre y el hombre de Prem cayó muerto.

Casi en el mismo momento, una andanada de flechas estalló detrás de ellos, respondiendo a la orden de Prem.

—Rápido —exclamó Rao, mientras la mano de Prem bajaba y los parijatis se inclinaban para esquivar las flechas, levantando sus escudos o los brazos; uno de ellos recibió una flecha en la muñeca—. Al bosque. Podemos tratar de dejarlos atrás.

—¿Y llevarlos directamente a Aditya? —dijo Prem, incrédulo—. Vamos, Rao, si nos quedamos y peleamos…

—Moriremos —completó Rao.

—No le tengo miedo a la muerte —dijo Prem.

—Tal vez no—respondió Rao—. Pero te gustaría ganar, ¿no?

Prem vaciló.

—Confía en mí, Prem. No conocen el terreno. Tenemos una guía. No saben lo que les espera allí. Tengo un plan…

—Lo que sea que estés pensando —gritó Lata en un tono de voz alto, que Rao jamás había escuchado de ella antes—, ¡date prisa!

—Confío en ti —dijo Prem con aspereza. Y con otro gesto, un agudo silbido, sus hombres se desviaron por el sendero del buscador.

Los parijatis, venciendo su vacilación, montaron sus caballos y los siguieron.