Capítulo Cuarenta y tres
PRIYA
E l primer paso, después de entrar en las aguas inmortales, era emerger del todo. Si podías caer debajo de ese azul cósmico y volver a salir, y tu cuerpo aún funcionaba bien, bueno, ya habías logrado un pequeño milagro.
El siguiente paso era sobrevivir las horas venideras.
Priya no había olvidado la enfermería: no había olvidado a los nacidos una y dos veces que habían muerto allí, en sus camas, perdidos y con fiebre.
Pero no había pensado que esto mismo le sobrevendría en ese momento, cuando el Hirana la había llamado a las aguas y no había sentido nada más que una especie de dicha mientras se sumergía en ellas y el sangam se desplegaba para ella.
Pero ahí estaba. Ardiendo. Escupiendo bilis en los arbustos.
Era culpa suya por pensar tontamente que, de alguna manera, era especial. No lo era. Y se estaba muriendo.
Las malas hierbas se marchitaron y resucitaron en un ciclo frenético bajo sus manos mientras se secaba. Maldijo, mareada, apoyada sobre las manos y las rodillas.
—¿Puedes levantarte? —preguntó Malini.
Su voz estaba cerca. Estaba arrodillada junto a Priya, sus propios ojos fijos en el camino detrás de ellas. Buscaba, tal vez, a otras personas que huían en busca de refugio, o soldados.
—Puedo. Solo dame un momento.
Con gran esfuerzo, Priya se tambaleó para ponerse de pie.
Cayó.
—Bueno —dijo Malini—. Aparentemente no.
—Tendré que hacerlo —murmuró Priya entre dientes—. No podemos quedarnos aquí. No con la ciudad en el estado en que está.
Malini guardó silencio por un momento. Luego dijo:
—Entiendes que mi fuerza es… limitada.
—Por supuesto que sí.
—Entonces me perdonarás si esto termina mal. Ven. Pon tus brazos alrededor de mí.
Priya lo hizo. De alguna manera, Malini logró que a ambas se pusieran en pie, con la cara de Priya contra la curva de su hombro y las manos aferradas con fuerza contra la tela de la blusa de Malini.
—¿Qué diablos te ha pasado? —susurró la princesa, la voz ligera como una pluma en el cabello de Priya. Y Priya se estremeció, no solo por la fiebre, y dijo:
—No puedo explicarlo.
—¿No puedes?
—Bueno, no quiero. Mi magia es… asunto mío.
—Entonces, sé todo lo misteriosa que quieras con tu magia y tus dones, si es necesario —dijo Malini—. Pero dime adónde tenemos que ir, para llegar a esta enramada de huesos.
Priya se lo dijo. Y Malini empezó a caminar, con pasos lentos y cuidadosos, consciente del peso tambaleante de Priya en sus brazos. Priya se obligó a mover un pie delante del otro, una y otra vez, incluso cuando su sangre se sentía como una marea que retrocedía dentro de su cuerpo.
—Priya —susurró Malini—. Priya, Priya. Escucha mi voz.
—¿Por qué repites mi nombre?
—Porque no me estás respondiendo.
El aliento de Priya salió de ella en una ráfaga.
—Lo siento, te estoy asustando.
—No tengo miedo —dijo Malini, con tono furioso.
Todavía sostenía a Priya, todavía usaba su fuerza para arrastrarla a través de las frondas de grandes hojas oscuras.
—Por supuesto que tienes miedo —contradijo Priya.
Quería que sus palabras sonaran amables, comprensivas, pero le salieron arrastradas por el dolor y Malini las ignoró.
Caminaron. Caminaron.
—No puedo llevarte más —dijo Malini, después de una eternidad—. Tendremos que esperar aquí.
“¿Esperar para qué?”, pensó Priya. Pero no preguntó. Malini temblaba y sudaba, con el rostro macilento, mientras se dejaba caer contra el tronco nudoso de un árbol; la luz del sol la bañaba. Su mejilla, donde Pramila la había golpeado, estaba lívida.
—La flor de aguja —recordó Priya débilmente.
—Me gustaría que dejaras de mencionar la flor de aguja —dijo Malini.
Pero después de un momento, maldijo y se acercó a Priya, quien giró la cabeza para que Malini pudiera quitarle la cadena que le colgaba del pecho. La princesa sorbió un poco de la tintura con los labios. Hizo una mueca.
—Listo —dijo—. Ahora no necesitamos discutirlo más.
—Póntela alrededor de tu cuello.
Malini le dirigió una mirada indescifrable y deslizó la cadena sobre su propia cabeza; el pequeño recipiente se posó en el hueco de su garganta.
—¿Por qué quieres saber sobre mi magia? —preguntó Priya—. ¿Por qué te importa?
—Te dije que tú me importas —respondió Malini—. Te dije que quiero saber todo sobre ti.
—Dijiste eso para hacerme pensar que yo te gustaba —dijo Priya vacilante.
Los ojos grises oscuros de Malini se clavaron en los suyos.
—Me gustas —confirmó.
—Por favor, no digas eso.
—Me has ayudado. Intentaste salvarme del veneno. Me consolaste cuando la realidad parecía lejana y yo no sabía qué era real y qué no, tú…
—Por favor —la interrumpió Priya, y supo que sonaba como si estuviera rogando esta vez—. No lo hagas.
No quería comportarse como una tonta otra vez, no quería permitirse que le gustara demasiado Malini.
No quería confiar en ella, ni ser su amiga.
No quería desearla. Y habría sido tan fácil, después de todo lo que habían pasado juntas, después de haber visto a Malini casi morir y después de ver sus ojos abiertos de par en par, congelados de furia cuando Pramila puso el cuchillo en la garganta de Priya.
Estaba tambaleándose al límite. No quería caer.
Un silencio se instaló entre ambas. Luego, con una voz inexpresiva, Malini dijo:
—Si tú lo dices. Tal vez esto te resulte más agradable: quiero comprender el mundo en el que vivo, por extraño que sea.
Necesito entender para poder sobrevivir.
Aprendí muy joven la importancia de comprender la naturaleza de quienes me rodean, pero también la necesidad de comprender cosas más grandes, como la religión.
La estrategia militar. La política, y todos sus juegos. Tu magia no es diferente de todo eso.
Eso estuvo mejor. Era más fácil de manejar. Hizo que el corazón de Priya se sintiera menos expuesto, menos herido.
—Hay un río debajo del Hirana —dijo Priya en medio de la quietud aterciopelada de los insectos zumbadores, de la respiración desigual de Malini—.
Tu niñera tenía razón en eso. Pero no es accesible para cualquiera.
Creo que, si el general Vikram o cualquier soldado imperial intentara abrirse camino a través de la piedra, no habrían encontrado nada.
Es… mágico. Y está vivo, y me deja encontrarlo por ser lo que soy.
”Todos los rituales se dividen en tres partes en Ahiranya —continuó—.
No sé si es lo mismo en Parijat o en cualquier otro lugar, pero de niños siempre supimos que tendríamos que pasar por esas aguas tres veces si queríamos los regalos de los yaksas .
Desde la fundación de Parijatdvipa, el ritual ha dado a nuestros mayores los dones más pequeños.
Poderes para controlar el Hirana. Nada más.
Pero cuando mis hermanos y yo viajamos a través de las aguas, en el festival de la oscuridad de la luna…
de repente, nos volvimos como habían sido los mayores tiempo atrás, en la Era de las Flores.
”Los que, como yo, habíamos cruzado por primera vez las aguas, estábamos cambiados.
Pero los que estaban pasando por segunda vez, o tercera…
—Priya negó con la cabeza—. Fue como si una semilla hubiera sido plantada la primera vez, y hubiera estado creciendo dentro de ellos hasta ese momento.
Algo que había estado creciendo en las aguas, quizás durante años, floreció en nosotros.
Nuestros mayores, ellos… deberían haber estado complacidos.
Pero no lo estaban. Porque pensaron… —Priya tragó saliva.
¿Debería admitirlo? ¿La terrible sospecha que habían tenido sobre sus hermanos, sobre ella?
—. La podredumbre llegó al mismo tiempo que nuestros poderes —dijo finalmente—.
No era tan grave, era más débil, pero tuvieron miedo.
Pensaron que nosotros éramos la causa. Y que éramos monstruosos.
Que éramos demasiado fuertes. Entonces nos mataron. Y murieron con nosotros.
Priya apoyó los codos en el verde suave, calmante.
—He estado buscando las aguas de nuevo —dijo Priya—. Buscando el camino. Y lo encontré. Pero el hallazgo… tiene un precio. Y lo estoy pagando.
Malini hizo un sonido ahogado, pero Priya no la miró.
—No quiero tu lástima —dijo sin dejar de mirar el verde.
—¿Qué esperabas lograr? —preguntó Malini, en voz baja, después de contar varios latidos de su corazón.
—Estaba tratando de encontrarme… a mí misma. Después de que los otros murieran, yo… Creo que mi mente trató de protegerme. Olvidé demasiado. No podía usar ni siquiera los poderes que ya tenía.
—¿Y te has encontrado a ti misma, Priya?
Ella negó con la cabeza.
—Ya no sé lo que significa ser una hija del templo.
Tal vez signifique ser útil para las personas que buscan el poder —dijo mirando finalmente a Malini—.
Tal vez signifique ser alguien monstruoso.
A veces es lo que siento. Pero tal vez…, tal vez signifique algo más.
Podríamos controlar el Hirana. Controlar la naturaleza.
Alguien me dijo una vez que el más fuerte de nosotros podría incluso controlar la podredumbre.
Tal vez lo que significa ser yo misma es… ser quien la cure.
Era una esperanza que solo había comenzado a considerar ahora que podía sentir el poder desvanecerse en ella, con reflujos y flujos, que había sentido su dulzura embriagadora. ¿Podría su magia realmente ser monstruosa si la sentía tan dulce?
—¿Crees que puedes tener el poder para acabar con la podredumbre? —preguntó Malini.
—Tal vez —respondió Priya. Todo…, todo es tal vez . No sé. Ahora ya no importa, ¿verdad? No voy a sobrevivir para probar mi fuerza.
Las raíces de los árboles en la superficie del suelo del bosque se ondularon ligeramente, temblando, crujiendo a través del suelo hasta llegar hasta Priya.
—¿Debería apartarlas? —preguntó Malini con una voz extraña y seca—. ¿O las estás llamando?
Priya suspiró, repentinamente cansada.
—Déjame. Ve a ver a ese Señor Rajan tuyo. Y a tu hermano. Haz lo que esperabas. Sé que quieres. No finjas que te importa lo que me pase.
—Me salvaste la vida —dijo Malini—. Más de una vez.
—Y aun así no te importa —aseguró Priya—. Lo sé. Así que vete.
Sintió a Malini pensar. La princesa tenía la flor de aguja. Priya le había dicho que la tomara exactamente por esa razón. Podía dejar a Priya allí y caminar hasta la enramada de los huesos y comenzar su viaje a Srugna. Si era rápida, tal vez incluso alcanzaría a Rao y a todos los demás hombres.
—Me estoy muriendo, de todas maneras —agregó Priya—. ¿Qué importa? He cumplido con mi propósito.
—La verdad es que sí que importa —dijo Malini con una voz demasiado aguda.
De repente, ya no estaba sentada contra el tronco del árbol.
Estaba inclinada sobre Priya, la mirada fija, algo feroz en la curva de su boca.
Eso captó la atención de Priya, incluso a través del estupor de la fiebre.
Malini a menudo era vulnerable, astuta o tan transparente como el cristal. ¿Pero feroz? No. Rara vez era así.
—No tienes que creer que me preocupo por ti, Priya. Solo tienes que creer que te necesito. Y te necesito.
—Ya tienes la flor de aguja. Conoces el camino.
—Te necesito —repitió Malini. Y había mucho en esas palabras, en la forma de sus labios—. Así que, ¿qué puedo hacer para asegurarme de que vivas? ¿Conoces a algún curandero?
Priya pensó en Gautam y en cómo habían quedado la última vez.
—No —dijo.
—Entonces, ¿cómo puedo ayudarte?
Un estremecimiento la sacudió. Frío. Estaba empezando a sentir frío. Esa era una mala señal si tenía fiebre.
—Hay alguien ahí fuera que me salvará.
La fuerza se estaba desvaneciendo, pero sabía lo que había sentido en las aguas: el sangam , el bosque, entrelazados.
Había sentido a otros parientes. Tal vez incluso tres veces nacidos, porque la sensación de su presencia no se había parecido en nada a la de sus hermanos nacidos dos veces, de alguna manera más nítidos en el sangam , distantes y más brillantes a la vez.
—¿Donde?
Priya trató de hablar. Tragó saliva. Levantó una mano, señalando el camino, y las marcas se tallaron en los árboles como respuesta. Su corazón se aceleró.
—Por allá. Sigue las marcas en los árboles. Como dedos.
—Muy útil —dijo Malini. Pero incluso en su aturdimiento, Priya sintió el miedo debajo de su tono irónico—. Vamos —continuó—. Apóyate en mí otra vez.
Le tomó mucho tiempo ayudarla para que se pusiera de pie una vez más, y Malini estaba jadeante cuando terminó, pálida por el agotamiento. Pero sujetó a Priya con fuerza de hierro.
—No fue mi niñera quien me contó historias sobre los yaksas y las aguas mágicas de Ahiranya —confesó—. Ninguna sirvienta que se respetara a sí misma arriesgaría su posición de esa manera.
—¿No? —Priya pensó que ella sabía bien lo que significaba ser una sirvienta que se respetaba a sí misma.
Pero Malini solo sonrió ante eso, una sonrisa fina y tensa, incluso mientras se tambaleaba hacia delante y decía:
—No. Ninguna criada normal que tuviera que preocuparse por no perder su empleo. Fue mi maestra, mi sabia, quien me lo dijo. Ella me educó. Como se educaba a las mujeres de la familia de mi madre. Como a los príncipes. Y ella también me enseñó esto: ninguna guerra se gana sin aliados.
—Tus aliados están preparados.
—Pero yo estoy aquí, en este bosque abandonado. Y tú también.
—¿Estamos peleando una guerra en este momento, Malini?
—Sí —respondió—. Siempre.