Capítulo Cuarenta y dos
ASHOK
Y a casi no podía sentir a Priya.
Se quedó de pie frente al pequeño fuerte achaparrado —el palacio de las rosas, esa fea creación seguramente obra de Bhumika, de eso no tenía ninguna duda— que yacía en el corazón del mahal .
Rodeado de jardines, sus muros eran un nudo de espinas tan anchas como el brazo de un hombre.
Espinas tan afiladas como una cuchilla, fibrosas como cartílagos y cubiertas de sangre.
Ella estaba dentro de esas paredes. Pero Priya no.
—Podría encontrarte, Bhumika —murmuró, con los ojos cerrados—. Si lo intentara, podría hacerlo.
—Tienen arqueros en el techo —señaló una de sus chicas en voz baja. Estaba de pie al amparo de las sombras, con la máscara levantada.
—No son muy buenos —dijo Ashok con calma—. Los buenos los perdieron en los muros exteriores.
El líquido hirviente que arrojaban al suelo le preocupaba más. Trucos baratos, pero efectivos, a la luz de sus limitados recursos.
El mahal , después de todo, estaba destrozado.
Ashok solo había perdido a unos pocos hombres y mujeres.
No estaba claro si al final los habían matado las espinas o las flechas, pero pensó que era poco probable que alguien más que Bhumika hubiera puesto fin a sus vidas.
Su hermana de voz suave, demasiado noble para ensuciarse las manos, siempre había sido una oponente monstruosa cuando se permitía la indulgencia de dar batalla apropiadamente. En eso, al parecer, no había cambiado.
Ya no importaba. Que se pudriera en este lugar. Él no la necesitaba de todas maneras.
Cuando regresara, cuando naciera tres veces, con toda la fuerza de las aguas en él, entonces hablarían sobre el futuro de Ahiranya. Y su voluntad dominaría la de ella.
—Seguidme —dijo, y se dio la vuelta.
Caminó desde el palacio de las rosas, desde el mahal destruido, hasta el Hirana, que se cernía sobre ellos. Escalaron usando la cuerda para sostenerse.
La última vez que había estado en el Hirana, sus hermanos del templo se habían quemado.
Había tenido pesadillas durante años después de sus muertes.
Una antigua ira creció en él mientras subía y miraba las tallas, tan familiares como desconocidas por el paso del tiempo.
Esta había sido su casa alguna vez. Este lugar había sido suyo.
En el Hirana, hizo un buen uso de su ira. Mataron eficientemente a los pocos guardias que encontraron. Exploraron las habitaciones. No encontraron nada. Solo había una mujer inconsciente en el suelo de la habitación norte. No era la princesa imperial. “Qué lástima”, pensó.
Ashok hizo señas a uno de sus hombres.
—Despiértala —dijo—. Interrógala. Averigua si sabe algo útil sobre mi hermana.
Su hombre asintió y extrajo la guadaña de su faja.
Ashok lo dejó y regresó al triveni.
“Eres mío”, pensó, hablándole al Hirana en el silencio de su propia cabeza. Puso su mano sobre el pedestal. “Y yo soy tuyo. Si no morí dentro de ti, fue por una razón. Así que muéstrame el camino”.
Debajo de su mano, la piedra estaba fría y no respondía.
No podía sentir su calor, como lo sentía cuando era niño.
Estaba quieta y helada, un cadáver de piedra.
Había tenido la esperanza, tal vez, de encontrar el camino sin Priya.
Dado que el poder del regente se había quebrantado, que Hiranaprastha ardía, esperaba que el templo se le rindiera.
Una pequeña esperanza, contra toda razón.
No importaba.
Una de sus mujeres entró en la habitación, limpiándose la sangre de las manos. Detrás de ella había tres rebeldes más, observándolo, esperando órdenes.
—Sigamos buscando —dijo.
Así lo hicieron. Caminaron a lo largo del Hirana, entraron en cada habitación del claustro, en cada espacio donde sus hermanos una vez habían corrido y luchado y jugado y orado.
Entró en el sangam , con la esperanza de que el Hirana lo sintiera y se rindiera ante él.
Pero la entrada a las aguas inmortales no apareció. No pudo encontrarla.
Tal vez si meditaba, si pasaba días y días allí, como había hecho ella, encontraría el camino.
Pero no había tiempo. Las aguas inmortales nadaban en la sangre de sus seguidores, y estaban convirtiéndose rápidamente en veneno. Exprimiendo su fuerza. Sus vidas. Necesitaba actuar antes de que fuera tarde.
“Maldita seas, Priya”.
—Nos vamos —dijo finalmente a sus seguidores, derrotado por un montón de piedras—. Vamos a buscar a mi hermana otra vez.
—Lo siento —dijo otro de sus hombres. A través de la máscara, Ashok no podía ver su expresión, pero sonaba avergonzado—. No debería haberla dejado escapar.
—No hay nada que lamentar —respondió—. Todavía tenemos nuestra nueva fuerza. Encontraremos el camino.