El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cuarenta y uno
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Capítulo Cuarenta y uno

MALINI

S e dirigieron al triveni . Allí, Malini podía oler el humo. Escuchó sonidos lejanos, como voces, lamentos.

—Te guiaré hacia abajo —dijo Priya.

Malini miró el Hirana por encima del borde del triveni .

La superficie era irregular, los bordes resbaladizos, riscos afilados.

La última vez que había subido al Hirana tenía una cuerda guía y guardias que la vigilaban para que no cayera.

Pero lo que veía del Hirana debajo de ella no tenía ninguna cuerda.

Incluso con Priya a su lado, sintió un nudo de náuseas en el estómago.

—Supongo que no hay otra manera —murmuró.

—No —dijo Priya—. Ya no.

Malini se armó de valor. Tenía que hacerlo si quería ser libre. Y morir por una caída en lugar de por veneno o fuego sería… original. Al menos eso.

Dejó que Priya tomara su mano. Dio el primer paso sobre una superficie que se sentía traicionera y frágil, como pisar sobre un caparazón roto con nada más que un vacío debajo.

Después, la superficie se estabilizó bajo sus pies.

El musgo se filtró entre sus dedos. Tragó saliva y fijó los ojos en el rostro de Priya.

—Dime dónde colocar los pies.

—Solo sígueme —dijo Priya—. Eso es. Así.

La brisa se arremolinó a su alrededor y trajo olor a quemado nuevamente.

Malini mantuvo los ojos fijos en Priya y la siguió.

—Eso es —repitió Priya, con una voz como el viento a través de las hojas. Tal vez pretendía que fuera tranquilizadora. No lo era. No exactamente—. Más rápido, si puedes.

—No puedo —gruñó Malini.

Quería explicarle la poca fuerza que tenía.

Pero hubo un silbido repentino en sus oídos y un ruido sordo, y Priya se resbaló y maldijo.

Una flecha había aterrizado en el suelo a sus pies.

Malini se estremeció; luchó contra el instinto de hacerse un ovillo o, peor aún, dejarse caer hacia atrás.

Se tambaleó por un momento, soportó su propio peso balanceándose sobre un pequeño afloramiento de roca.

Otra flecha siseó en el aire y Malini saltó para esquivarla.

El suelo cedió con un chasquido y, ah, tropezó y se tambaleó otra vez por un segundo sin que nada la sostuviera. Su mirada se encontró con los ojos horrorizados de Priya. El miedo se agitó a través de ella. Iba a caer. Se soltó con un grito silencioso…

Y algo la sostuvo. Musgo, como una red en su espalda. El corazón le latía con fuerza, apoyó una mano sudorosa y resbaladiza sobre la roca. Cualquier roca. Pudo sentir el musgo sisear y crecer detrás de ella para formar, a una velocidad antinatural, una red que sostuvo su cuerpo.

“Priya”.

La criada la miraba boquiabierta.

—No sabía que podía hacer esto —dijo débilmente.

Y luego, como saliendo del estupor, dio un paso adelante y puso a Malini de nuevo en pie.

No lo hizo solo con su fuerza física, aunque Malini sentía la firmeza de hierro de sus manos y veía cómo apretaba la mandíbula mientras se esforzaba por levantarla; Malini también sentía el empujón verde del musgo, como si fuera una extensión de Priya, que respondía a sus movimientos. Aferró las muñecas de su criada.

—No me sueltes de nuevo —jadeó.

—No lo haré.

—Incluso si corremos el riesgo de que nos alcancen las flechas. No me sueltes.

—No lo haré. —Las yemas de los dedos de Priya ahora le tocaban con suavidad la piel, sobre el pulso de su muñeca. La aferró con firmeza, sus ojos en los de Malini, cuyo rostro se veía gris—. No lo haré —repitió.

Bajaron por el Hirana. Despacio, despacio.

Cayó otra flecha y Priya soltó una maldición con violencia y arrastró a la princesa para acurrucarse contra la roca.

Mostró los dientes, el único gesto de rabia que había exhibido desde que comenzaran a descender; luego hizo que Malini volviera a ponerse de pie y continuó guiándola.

—No están tratando de lastimarnos —le dijo en voz baja—. Quieren asustarnos para que nos quedemos quietas, y así poder atraparme. Así que sobreviviremos a esto, Malini. Lo prometo.

Malini creyó que lloraría cuando volvió a sentir la tierra firme bajo sus pies. Pero ella no era ese tipo de mujer, así que simplemente asintió con la cabeza y enderezó la columna, mirando hacia el mahal del general.

Estaba bien protegido por muros altos e infranqueables.

Como cualquier mahal habitado, el acceso debería haber sido permeable, con tantos sirvientes y visitantes que entraban y salían, pero Malini alcanzó a ver que sus habitantes habían comenzado pronto a atrincherarse.

Las ventanas de celosía estaban cubiertas.

En el techo había arqueros, con las puntas de sus flechas iluminadas por llamas.

Más allá del mahal ardía la ciudad de Hiranaprastha. El humo se enroscaba en el aire, formaba un halo.

—Uno de ellos está aquí —dijo Priya, muy seria—. No. Más de uno.

Todavía sostenía las manos de Malini, y las apretó aún más fuerte por un momento antes de soltarlas finalmente. Luego se volvió hacia a la extensión de suelo, marcado solo por afloramientos de árboles.

Una sombra se movió debajo de los troncos de esos árboles. Solo por un momento.

Malini se quedó muy quieta; el viento azotaba su cabello.

Entonces, de repente, aparecieron.

Dos personas con máscaras de madera, grandes y temibles rostros esculpidos, corrieron hacia ellas.

Priya empujó bruscamente a Malini contra el suelo, y la princesa se quedó aplastada, sin quejarse.

No quería morir así, no cuando la libertad estaba tan cerca, no cuando tenía la oportunidad de alcanzar a Rao y Aditya y la venganza que anhelaba.

Y el combate nunca había sido su fuerte.

Pero ciertamente era el fuerte de Priya.

Se movía con la rapidez venenosa de una serpiente.

No era una mujer alta, pero había fuerza en sus hombros, en la musculatura acordonada de sus brazos.

Golpeó al primer rebelde con un hombro en el estómago, lo que lo arrojó al suelo.

El rebelde estaba sin aliento, pero se recuperó rápidamente y lanzó un puñetazo a la cara de Priya.

Ella lo esquivó, pero el movimiento le hizo perder estabilidad y el rebelde se incorporó, volviéndose hacia ella de nuevo.

Ese golpe no lo falló. Priya lo recibió de lado y cayó al suelo pesadamente.

El rebelde enmascarado se abalanzó sobre ella, los puños apuntando hacia su rostro.

Y, entretanto, Malini logró ponerse de pie, impulsada por algún instinto salvaje, como si su escasa fuerza fuera suficiente para alejar a cualquiera de estos rebeldes.

Pero Priya… Priya se estaba riendo. El rebelde se detuvo; detrás de ellos, su compañero también dejó de correr para unirse a la refriega.

—Si me matas, el camino morirá conmigo —susurró Priya—. Si me matáis, todos moriréis sorbiendo desesperadamente vuestras botellitas.

El rebelde que estaba sobre Priya se quedó inmóvil.

—Lo he cerrado —continuó provocándolo ella—. Lo he escondido de nuevo. El camino a las aguas inmortales se ha ido.

El rebelde vaciló un segundo más.

El suelo tembló bajo sus pies y unas espinas enormes brotaron del césped. El rebelde que estaba de pie aulló y cayó hacia atrás. Una línea de sangre floreció en su brazo. La madera de la máscara estaba marcada con un arañazo blanco, peligrosamente cerca de la cuenca del ojo.

El rebelde más bajo, posiblemente una mujer, extendió la mano delante de ella, como si ese movimiento pudiera contener las espinas. Y tal vez podría.

Sobre el suelo, esas espinas se retorcían, se enroscaban sobre sí mismas.

—No eres la única con poderes. —A través de la máscara, su voz sonaba hueca, distorsionada por la madera—. Yo también estoy bendecida por las aguas.

—Bendecida por agua embotellada —dijo Priya entre dientes—. Eres una muerta en vida. No durarás mucho.

Si la rebelde tenía alguna idea sobre qué significaba esa declaración, logró ocultar bien sus sentimientos bajo la máscara.

—Podrías salvarnos a todos si nos mostraras el camino. Deberíamos estar del mismo lado.

—Díselo a tu líder —respondió Priya—. Dile que fue él quien nos trajo hasta este punto. Yo no. Quiero lo que siempre he querido.

No movió la mano; aun así, las espinas comenzaron a desenroscarse lentamente, erizándose. El movimiento era lento. Demasiado lento.

—Tu voluntad no es más fuerte que la mía —dijo la rebelde—. No tienes convicciones. No estás al servicio de ninguna causa.

—Soy más fuerte de lo que crees —dijo Priya.

Y luego el suelo comenzó a romperse debajo de los rebeldes.

Las espinas se doblaron más cerca, amenazantes—.

Tu líder no quiere mi cadáver —agregó mientras luchaban por mantener el equilibrio—.

Ambas lo sabemos. Pero, ¿la verdad? No me importaría en absoluto matarte.

Así que mi consejo para ti es simple: “corre”.

No querían huir. Eso estaba claro. Pero el césped se agitaba debajo de ellos, nuevas espinas se deslizaban libremente como dedos larguiruchos, desgarrando y curvándose. Así que se dieron la vuelta y se retiraron a toda prisa.

Priya ni siquiera los vio irse. Estaba jadeante, su brazo ya lívido por las contusiones, mirando algo más allá de ellos. Malini siguió la inclinación de su cabeza. Vi lo que ella veía.

Había un hombre cerca del mahal . No se movía hacia ellas.

Malini ni siquiera estaba segura de que las estuviera mirando.

Los ojos de su máscara eran pozos negros.

Estaba de pie con un arco apoyado contra su pierna, sin hacer ningún movimiento para usarlo.

Su cabeza se inclinó hacia atrás. Como un reconocimiento, o un desafío.

—Ven —murmuró Priya, dando un paso atrás. Otro. Malini contuvo el aliento y la siguió.

Parecía que era su turno de correr.

No se hicieron notar en la ciudad como temía Malini, porque la violencia de los rebeldes y la respuesta igualmente violenta de los soldados del general habían sembrado el caos.

Las casas de madera de Hiranaprastha no habían resistido los embates.

Pronto se lanzaron a través de un laberinto de edificios en llamas.

Incluso si Malini no hubiera pasado meses atrapada en una sola habitación, se habría sentido abrumada por el alcance y el tamaño de la locura.

Tal como estaban las cosas, todo lo que podía hacer era apretar los dientes y obligarse a seguir moviéndose, sin importar que su cuerpo amenazara con traicionarla. La multitud la empujó, la presión fue aplastante y Priya la aferró con más fuerza.

—No me sueltes —instó Priya—. Sujétame como si todavía estuviéramos bajando por el Hirana. Así.

—Se huele el fuego —dijo Malini, con la voz ahogada por el olor y los recuerdos que desenterraba en ella.

—Lo sé —asintió Priya. Parpadeaba con fuerza, los ojos llorosos, enrojecidos por el humo.

Por un brevísimo instante no miró a Malini, sino a través de ella: atrapada en la oscuridad de su propio pasado—.

No pienses en eso. —La aferró con más firmeza—.

No podemos pensar en eso. Tenemos que seguir moviéndonos.

Priya hizo de guía, resuelta como si cumpliera una misión, a través de callejones angostos y calles anchas llenas de gente y gritos y caos.

Le hizo un gesto a Malini para que se cubriera la cara con su pallu , para evitar el olor acre, porque los ojos de la princesa lloraban por el olor y la sensación del humo.

“Sigue moviéndote”, se dijo Malini. “Sigue moviéndote, estás muy cerca. Estamos muy cerca”.

Podía ver el bosque a lo lejos cuando Priya giró repentinamente a la derecha y arrastró a Malini bajo la cubierta de un nicho de piedra. La muchedumbre seguía circulando a su alrededor.

La expresión de Priya era resuelta.

—Ve —dijo Priya—. Ve a buscar a tu leal seguidor, cualquiera que sea su nombre. Él te está esperando bajo la enramada de los huesos. Te diré el camino; no está lejos de aquí. Ve y él te llevará con tu hermano.

—¿Crees que puedo sobrevivir aquí sola? —preguntó Malini con incredulidad—. Tengo bastante confianza en mí misma, en serio, pero no creo ser capaz de atravesar una ciudad en llamas sin morir en el intento.

—Todos aprendemos de esta manera —dijo Priya.

—¿Rogando no morir, cuando las probabilidades están completamente en contra?

Malini no lo decía en serio, pero la boca de Priya era firme, sus ojos solemnes mientras asentía.

—Sí —respondió.

—Me pediste que te hiciera una promesa —intentó Malini—. Me pediste que te prometiera algo, por el bien de tu Ahiranya. ¿No intentarás asegurarte de que viva para verlo cumplido?

Priya dijo, con voz ahogada:

—Mis amigas están en el mahal .

Sus amigas. Esas otras sirvientas. Malini tragó saliva y dijo con calma:

—Están detrás de los muros, tan seguras como es posible.

Pero Priya no la escuchaba.

—Tengo este poder. Este don dentro de mí. Y es más fuerte ahora de lo que nunca volverá a serlo. Necesito ayudarlas. Si les pasa algo, yo…

—¿Eres más fuerte que todos los rebeldes que atacan el mahal y queman esta ciudad juntos? —preguntó Malini—. ¿Eres más astuta, más inteligente, estás mejor equipada y mejor situada para vencerlos?

—Solo quieres convencerme de que haga lo que necesitas de mí.

—Sí —reconoció Malini—. Pero eso no implica que no tenga razón. Sálvame y podrás salvar a tu Ahiranya. Sálvame y tu país tendrá una opción más allá de los rebeldes y del destino que el emperador le tenga reservado. Por favor.

Priya no estaba segura de qué hacer, Malini lo sabía. Lo vio en sus ojos; en sus labios apretados como la cuerda tensa de un arco. Y Malini no pudo hacer más para convencerla.

—Tienes razón —dijo Priya—. Te hice una promesa. Y tú me hiciste otra a cambio.

Luego giró, dirigiéndose hacia el refugio del bosque, y Malini no tuvo más remedio que seguirla.

Estaban en lo más profundo del laberinto oscuro y sinuoso de árboles cuando Priya se detuvo de repente.

—Priya —dijo Malini en voz baja. ¿Había oído algo? ¿Has visto algo? —. ¿Qué ocurre?

Priya se balanceaba levemente sobre sus pies. Se volvió hacia la princesa lentamente, parpadeando. Levantó un brazo y se secó los ojos.

La mano que retiró estaba manchada de sangre.

—Algo… —dijo—. Algo va mal…

Malini no tuvo tiempo de hacer ni decir nada antes de que Priya se desplomara en el suelo.