El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Cuarenta
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Capítulo Cuarenta

MITHUNAN

E l regente había estado gritando durante un buen rato, exigiendo que le trajeran al comandante Jeevan.

Pero no había ni rastro del comandante ni de ninguno de los miembros de la guardia personal del regente.

Los hombres del Señor Santosh también se habían ido y nadie podía decir exactamente adónde, aunque uno de los guardias afirmó que habían salido por los establos hacía horas, completamente armados.

Todo era un caos. De pronto, a Mithunan, un humilde guardia que vigilaba las murallas, entrenado para disparar alguna flecha de vez en cuando y tocar la campana para el cambio de hora, no mucho más, le habían dado una espada y lo habían enviado a luchar.

Y de pronto, su cuello estaba en manos de un rebelde.

El rebelde lo golpeó contra el suelo sosteniéndolo por el cuello. Una vez. Dos. Lo soltó. Por encima de Mithunan, el rostro enmascarado vaciló. Detrás de él, apareció otra máscara. Eran dos.

Luego, el sonido de una bota que golpeaba un cuerpo contra el suelo. Tres.

Había muchos más tras los muros del mahal .

—Muéstranos el camino a los aposentos de la señora de la casa —dijo el rebelde arrodillado—. O te mataremos ahora mismo.

Él no quería. Estaba mal hacerlo. Lo sabía. Pero oía los gritos y los silbidos de las flechas. El ruido sordo y el chasquido del acero. Oía los resoplidos ahogados de otros guardias, heridos y agonizantes, a su alrededor.

No quería morir.

A su izquierda, uno de sus compañeros de guardia se estaba incorporando sobre los codos, jadeante.

—No lo haremos —se atragantó el guardia—. No…

Sus palabras enmudecieron. Le habían clavado una espada de madera en el pecho. Alrededor de la empuñadura su piel ardía, ampollada por el calor.

Mithunan se estremeció.

—Entonces —dijo el rebelde arrodillado, todavía observándolo—. ¿Qué vas a hacer?

—Te llevaré —respondió Mithunan. Tragó saliva—. Por favor. No me mates.

El rebelde lo arrastró para que se pusiera de pie.

La esposa del regente tenía su propio palacio en miniatura, en el patio central del mahal .

Cuando Mithunan caminó tambaleante hacia allí, con un extraño cuchillo ardiente apoyado en la espalda, se asombró de cuánto habían transformado el humo y la batalla incluso el prosaico fuerte hecho de flores.

Los enrejados de rosas, las flores blancas y amarillas de las ventanas, todo parecía más espeso y oscuro.

El verde de las enredaderas era más profundo, casi aceitoso de color.

Los postigos de las ventanas estaban absurdamente abiertos.

En lugar de celosías había hojas, entrelazadas con sombras.

—No parece gran cosa —murmuró la rebelde más baja. Una mujer, por el sonido de su voz.

El rebelde masculino gruñó como respuesta.

Empujó su cuchillo hacia delante.

Mithunan no sintió nada durante un momento. Miró hacia abajo y vio el eje de la hoja sobresalir de su estómago, rodeado de sangre, como si fuera un sueño. Entonces empezó a temblar. Cayó cuando el cuchillo salió de su cuerpo.

“No deberías haber confiado en que los rebeldes te perdonarían”, pensó, y la voz de su mente sonó como la de su comandante: un rumor grave y burlón, crítico. “Estaba claro que te iban a matar. Muchacho tonto”.

—Tardarás en morir por eso —dijo la mujer. Pasó por encima de él.

Pero cuando los dos rebeldes se acercaron al palacio de las rosas, una lluvia de flechas cayó sobre ellos repentinamente, desde el techo y las ventanas. Maldijeron y saltaron, con aterradora rapidez, entre las flechas que caían. Era como si bailaran.

Y luego el suelo… se movió.

Flores irregulares como el cristal. Espinas que brotaban de la tierra, afiladas como cuchillos. Como dientes.

Los escuchó como a través del agua. Los vio tambalearse y desplazarse mientras su visión fallaba.

La tierra se tragó los pies de la mujer. Ella gritó, trató de luchar, pero la suave extensión de flores que la Señora Bhumika había sembrado con sus propias manos mucho tiempo atrás había consumido misteriosamente a la mujer rebelde hasta los tobillos. El suelo estaba ensangrentado a su alrededor.

Algo verde atravesó el pecho del hombre rebelde.

“Tú también tardarás en morir por eso”, hubiese querido alardear Mithunan. Pero no le quedaban palabras. La vida se le escapaba.

La oscuridad lo envolvió como un manto.