Capítulo Treinta y nueve
BHUMIKA
C uando sonó la caracola, Bhumika estaba preparada. Se sentó en su habitación en el palacio de las rosas con las ventanas abiertas. Escuchó el eco del sonido reverberar sobre el Hirana, sobre la ciudad que ya titilaba con una luz ardiente.
Fue difícil seguir el camino del fuego, pero Bhumika lo intentó de todos modos.
La luz más fuerte estaba cerca del propio mahal , en el distrito que albergaba a los más ricos de Ahiranya: los consejeros de su esposo, los nobles de Parijatdvipa, los comerciantes, las familias más antiguas de la nobleza ahiranyi.
Su tío.
Se volvió y se encontró con los ojos de Khalida.
—Reúne a los sirvientes en mis habitaciones —dijo—. Sin hacer ruido.
Ese era el momento perfecto. Los guardias estarían ocupados asegurándose de que el mahal estuviera a salvo. No cuestionarían a un puñado de mujeres y niños que corrieran para ponerse a salvo, especialmente si Khalida los escoltaba siguiendo las órdenes de su bondadosa señora.
Esperó.
Escuchó los gritos distantes. En su mente, el sangam parpadeó, lleno de la furia y el dolor de Ashok, empapado en sangre.
Hizo pasar a los sirvientes y los niños, que la miraron con nerviosismo. Algunos de los más jóvenes estaban llorando.
—La ciudad está ardiendo —dijo Bhumika sin preámbulos—.
Los rebeldes han atacado a quienes consideran una amenaza para Ahiranya y su libertad potencial.
—Todo lo demás, incluyendo las casas de madera de Hiranaprastha, sus residentes e incluso los siervos inocentes del mahal , eran daños colaterales aceptables para su hermano—.
Atacarán el mahal . Quizá rompan el perímetro.
Y vendrán a por nosotros. —Miró a cada uno de ellos—.
Os prometí que estaríais a salvo cuando os di un lugar en esta casa.
No permitiré que esta noche se incumpla mi promesa.
Un silencio sin aliento la rodeó. Incluso los niños se habían callado.
—Recibiréis armas —dijo—. Tengo arcos, para aquellos de vosotros que cazabais antes de venir aquí.
Hachas, para los más fuertes. Dagas para los más pequeños.
Khalida os guiará en la preparación de agua y aceite hirviendo que se puede arrojar sobre los muros, si es necesario.
Aunque espero que no lleguemos a tomar tales medidas.
—Sí, hará falta —dijo una voz—. Señora Bhumika, lo siento, pero así será. Tenemos un traidor entre nosotros.
Una criada, Gauri, arrastró a Rukh por el brazo. Lo arrojó al suelo. El chico ya no tenía puesto su chal. Sus brazos desnudos y desgarrados por la podredumbre estaban rodeados de hojas, espinas de savia le pinchaban los hombros.
—Díselo —dijo la criada—. Dile lo que me contaste a mí.
—Es culpa mía que hayan atacado el mahal —se atragantó el niño—. Los rebeldes me pidieron que espiara para ellos. Que vigilara… —Titubeó, le costaba mover los labios—. Que vigilara a… alguien. Y que encontrara una forma de que pudieran entrar.
Vigilar a alguien. Por supuesto.
“Oh, Priya”.
—¿Y encontraste esa manera de entrar, como te pidieron? —dijo Bhumika, manteniendo su tono de voz tranquilo.
—A veces los guardias no vigilan bien las puertas —respondió—. A veces, cuando se traen provisiones… Yo como en las cocinas a veces, y veo… que a veces podía colarse una persona allí. Se lo dije a los rebeldes.
—Estos rebeldes no entrarán como ladrones —dijo Bhumika, pensando en el fuego, el humo. La fuerza contundente de la ira de Ashok, que desgarraba la ciudad—. De todas maneras, has traicionado al hogar que se ha preocupado por ti, Rukh.
Él se estremeció.
—Aceptaré cualquier castigo que creas correcto, mi señora —susurró.
—¿Y qué castigo se te debe dar por colaborar en el asesinato de personas inocentes en este mahal ? ¿Por la muerte de los hombres de mi esposo y, quizás, del propio regente?
El chico tragó saliva de nuevo. No quería decirlo. Pero ella esperó.
—La muerte —dijo—. Mi muerte.
—La muerte te llegará pronto, ya sea que la decrete yo o no —observó Bhumika—. Esa cuenta de madera sagrada alrededor de tu muñeca no puede contener la podredumbre que veo en ti.
Él inclinó la cabeza.
Otra sirvienta se adelantó.
—Ahora está con nosotros, mi señora —dijo apresuradamente, su mano apoyada sobre el hombro de Rukh—. Seguramente eso es todo lo que importa. Él… él cometió un error. Es solo un niño.
Priya había salvado a este chico. Bhumika lo sabía. Este chico moribundo, que era joven y tonto. Y la sirvienta amiga de Priya estaba de pie y observaba a Bhumika con cautela; su postura irradiaba una actitud defensiva.
La expresión de Rukh cuando Bhumika lo miró era, de alguna manera, igual de valiente. Sus pequeños puños se cerraron.
—No tenía que decirte la verdad, mi señora.
No debía hacerlo. Nadie debía saberlo. Pero no quería que nadie sufriera aquí.
Siempre he… siempre quise hacer algo bueno, algo importante.
—Había un anhelo en su voz demasiado grande para su edad—.
Ayudé a los rebeldes porque quería luchar por algo.
Quería que mi vida importara. Pero aquí…
De nuevo, hizo una pausa. Sima le apretó el hombro.
—Nadie me había protegido nunca —exclamó—. Ni había sido amable conmigo. Y aquí… ella… tú… algunas personas lo han hecho.
No había pronunciado el nombre de Priya. Pero su nombre estaba escrito en su rostro y sus palabras.
—Cualquiera que sea el castigo, lo aceptaré —dijo, con su voz trémula—. Incluso… incluso la muerte, mi señora. Pero prefiero hacer todo lo posible para proteger el mahal . Eso es lo que me gustaría hacer.
—Entonces este es mi castigo para ti, muchacho —dijo Bhumika—. Si deseas hacer algo importante, lo harás a mi servicio. Me servirás lealmente hasta la muerte. No habrá más traiciones. Serás mi criatura hasta tu último aliento. ¿Lo juras por tu alma y por tu vida?
Detrás de él, en las sombras, unas figuras entraron por la puerta. Bhumika vio un destello de plata. Delgado como la cicatriz de una hoz.
—Lo haré —dijo Rukh.
—Júralo.
—Lo juro, Señora Bhumika.
—Bien. Si me traicionas, o traicionas a los míos otra vez, morirás.
—Sí, mi señora —aceptó él en voz baja. La mano de Sima finalmente aflojó su brazo, sus propios hombros se relajaron.
Con eso resuelto, Bhumika miró a las personas que aún la rodeaban. Tenían muy poco tiempo.
—Se os entregarán armas —les dijo—. Y se os dirá qué hacer. Los soldados os dirigirán —añadió inclinando la cabeza hacia el hombre que estaba de pie en la puerta, con su brazalete de mando reluciente, su armadura inmaculada blanca y dorada. Él asintió, hizo un gesto y sus hombres se desplegaron.
Khalida ayudó a Bhumika a acomodarse sobre los cojines del suelo, debajo de una ventana abierta que dejaba entrar la brisa cargada de humo.
Estaba rodeada de rosas, que crecían en profusión en sus jarrones de barro y lacados.
Flores dulces y delicadas, que se asomaban desde sus enredaderas espinosas y trepaban desde los jardines hasta sus ventanas.
Plantas suaves, de hojas plumosas que colgaban del techo plano.
Ella las había cultivado todas, las había cuidado con atención.
Con sus manos y, lo más importante de todo, con su magia.
Cada vez que Bhumika respiraba se movían con ella, como si su propia caja torácica fuera su suelo, el hogar de sus raíces.
“Hay un poder que es llamativo y feroz. Y hay un poder que crece lentamente y se hace más fuerte por el tiempo empleado en trenzar su antigua fuerza”.
Esa era una antigua lección de la mayor Saroj. Bhumika la atesoró en su mente mientras esperaba.
—Ashok —susurró—. Ven a por mí. Y veremos quién es más fuerte.