El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y ocho #2
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Capítulo Treinta y ocho #2

Fue la maestra de la infancia de Malini, la sabia a quien su madre le dijo que debía llamar “su niñera” si alguien preguntaba, quien les había enseñado a Malini, Narina y Alori sobre los ahiranyis y su antiguo liderazgo del consejo.

Aunque Malini había aprendido algo sobre lo que estos habían podido hacer tiempo atrás, leyendo antiguos pergaminos históricos sobre la Era de las Flores y escuchando leyendas, fue su maestra quien les detalló todos los dones que supuestamente los ahiranyis habían poseído alguna vez.

Fuerza sobrehumana. Poder sobre la naturaleza, tan fuerte que podían desgarrar la tierra y convertirla a su voluntad.

Un fragmento de la terrible magia de los yaksas, que obtenían tras de un ritual realizado en aguas sagradas e inmortales.

Aguas que se habían perdido cuando murieron los mayores del templo y los niños.

Priya miró a Pramila, que aún respiraba con dificultad. El cuchillo todavía estaba en la mano de Priya.

—¿La matarás? —preguntó Malini inclinándose hacia delante sobre su charpoy ; el dolor en la mejilla y la mandíbula solo aumentaba su sed de sangre.

Pero tal vez sonó demasiado ansiosa, porque Priya le lanzó una mirada con gesto ceñudo.

—No —respondió, mientras Pramila se desplomaba en el suelo detrás de ellas. Los ojos de la mujer estaban cerrados—. Está inconsciente. No puede hacernos daño. Después de todo, no vamos a estar aquí mucho tiempo más.

—Ojalá la mataras —insistió Malini.

Priya se quedó en silencio por un momento. Luego sostuvo el cuchillo, con la empuñadura por delante, hacia Malini. Los ojos felinos de Priya estaban entrecerrados, su boca era una línea delgada. Parecía una talla de una de las Madres, pura furia austera.

—Si la quieres muerta, entonces haz lo que quieras —dijo.

Por un momento Malini lo consideró. Realmente lo consideró. El cuchillo estaba delante de ella. Pramila todavía estaba en el suelo. Sería fácil.

Pero no podía olvidar el rostro de Narina. Su susurro, antes de caminar hacia la pira. “Quiero a mi madre”.

Priya esperó un segundo más. Retiró su mano y el cuchillo.

—Ya me imaginé que no lo harías —dijo.

Las espinas se deslizaron por el suelo, siguiéndola mientras se movía.

Tenía el mismo aspecto de siempre: la nariz asimétrica, la piel oscura, su cabello quizás un poco más húmedo y revuelto que de costumbre.

Y, sin embargo, había un poder que la rodeaba como un aura, en la piedra y el verde, en la forma en la que Pramila yacía inmóvil detrás de ella.

En la forma en la que había sostenido el cuchillo, no había ninguna deferencia en ella.

Priya había considerado a ambas iguales antes. Pero en ese momento miraba a Malini como si la princesa fuera la sirvienta suplicante, y ella la heredera de un antiguo trono.

—Un último trato —dijo; su voz era un susurro ronco de hojas. Levantó una mano para limpiarse distraídamente la sangre de la garganta—. Malini, haz un trato final conmigo.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó la princesa con la garganta seca.

—No queda mucho tiempo. Alguien viene por mí. —Priya dijo las palabras con cuidado. Sus ojos no parpadeaban—. Alguien quiere las aguas que me dieron este don. Quiere poder, más poder, para destruir el dominio de Parijatdvipa sobre Ahiranya.

—¿Cómo sabe un rebelde que has encontrado estas aguas mágicas?

—Lo siente —dijo Priya simplemente.

—¿Hay tanta gente dotada con magia en este lugar?

—Ahiranya no es como Parijat.

—No sabes nada sobre Parijat.

—Soy parte de Parijatdvipa, ¿no? —dijo Priya—. Sé lo mucho que significa pertenecer a tu país. Probablemente sé más que tú.

Malini miró su cara y pensó: “No conozco a esta mujer en absoluto”.

Y, sin embargo, eso no la asustó como debería.

Sabía que la gente poseía muchos rostros, uno escondido debajo del otro, buenos y monstruosos, valientes y cobardes, todos ellos verdaderos.

Había aprendido de joven que un hermano bien criado podía convertirse en un salvaje por nada.

Nada. Se había sentado con señores, príncipes y reyes, para hacer alianzas para la entronización de Aditya como emperador.

Había conocido el tamaño y la influencia de sus ejércitos personales, los nombres de sus esposas, su codicia y sus pecados susurrados; los había conocido y aprendido como uno aprende de cualquier desconocido: en persona, haciendo que se abrieran a ella para controlarlos, y aun así había sido consciente de que, debajo de todos sus apetitos y debilidades cuidadosamente catalogados, probablemente yacía una multitud de personalidades que ella nunca vería.

El rostro que veía en Priya le era familiar.

Lo tenía cuando mató a la sirvienta rebelde en el triveni ; cuando Malini la miró por primera vez y pensó: “Me vendría bien esta”.

Era el rostro de una hija del templo, formidable y extraño.

Priya no era solo una criada o un arma. Era algo más y no tenía palabras para ella.

—Malini —dijo Priya, con repentina alarma—. ¿Puedes entenderme?

—Sí.

—Necesitas una dosis de flor de aguja. —Priya se llevó una mano a la garganta, no a la herida, sino a la botella tapada, todavía a salvo, colgada de un hilo.

Malini negó con la cabeza después de un momento.

—No la necesito —dijo. No era la enfermedad lo que la había distraído. Las yemas de sus dedos hormiguearon como si hubiera fuego dentro de ellos—. Continúa.

—Malini…

—Cuéntame cuál es tu trato —la interrumpió bruscamente—. Dijiste que no había mucho tiempo.

La mano de Priya se detuvo.

—Bien —dijo—. Quiero la libertad de Ahiranya.

Completa. No la amabilidad o la benevolencia de tu emperador Aditya, ninguna gracia otorgada desde lo alto.

Ahiranya no necesita ser otra nación ligada al imperio.

Quiero nuestra independencia total. Te dejaré libre, Malini.

Me aseguraré de que te encuentres con tu príncipe sin nombre y sus aliados.

Y a cambio, me jurarás que me darás Ahiranya.

—¿Dártela a ti? —dijo Malini lentamente—. ¿Y qué harías? ¿Convertirte en su reina?

La boca de Priya se curvó en una sonrisa.

—Yo no —respondió—. Pero pertenecer a Parijatdvipa no le ha hecho ningún favor a este país. No importa cuán amablemente digas que tu hermano Aditya nos tratará, seremos como perros que solo reciben las migajas de la mesa. Siempre estaremos descontentos si permanecemos encadenados a tu imperio.

Malini no dijo nada por un momento. Semejante trato acarrearía consecuencias. Ella no podía alterar unilateralmente la estructura de Parijatdvipa. No sabía qué dirían Aditya o sus hombres ante la tonta promesa de una mujer.

Bueno, las promesas podrían romperse. Por supuesto que podrían. Y, sin embargo, Priya era… no era precisamente una persona a la que conviniera mentirle. Peor aún, Malini no quería romper ninguna promesa que le hiciera.

Se oyó un sonido, en algún lugar debajo de ellas. La mandíbula de Priya se tensó.

—Prométemelo o, de cualquier forma, morirás aquí.

—¿Me matarás después de todo, Priya?

—No, mujer estúpida —respondió Priya, con los ojos en llamas—. Yo no. Nunca.

Malini no estaba segura de entender lo que sentía en ese momento, la furiosa tormenta de sentimientos que se desataba en ella, pero sabía la elección que tenía ante sí.

—Lo prometo —dijo—. Si me salvas la vida, si me reencuentro con Rao, entonces Ahiranya es tuya.

—Bien. —Priya suspiró, larga y lentamente. Las espinas a su alrededor retrocedieron. Las ramas que rodeaban la garganta de Pramila se marchitaron—. Tenemos que irnos. Ahora.