Capítulo Treinta y ocho
MALINI
“ T ú me envenenaste primero”.
Malini no lo dijo, por supuesto. Pero lo pensó.
Se sentó muy quieta, con los puños apretados en su regazo, los ojos muy abiertos, y lo pensó con toda la furia que había en su interior.
No había tenido que fingir dulzura o debilidad cuando Pramila se enfrentó a ella por primera vez y la abofeteó, acusándola de haberla envenenado en secreto, de ser una criatura impura y malvada hasta la médula.
La lengua de Malini estaba espesa con el sabor metálico y el recuerdo pegajoso de la flor de aguja, administrada gentilmente por Priya la última vez que Malini se había despertado.
La segunda y la tercera vez que Pramila la golpeó, negó todo lo que le decía. No, no la había envenenado. No, no había ningún complot contra ella. Malini había estado consumiendo su vino obedientemente, tomando su medicina como se esperaba. No, Priya no había traicionado a Pramila. Priya era leal.
Aun así, a pesar de todas esas mentiras, dichas con toda la seriedad que pudo reunir, allí estaban: Pramila, con los ojos enrojecidos de furia, su mano temblorosa alrededor de un cuchillo. Priya, con la cabeza ligeramente levantada y un fino riachuelo de sangre que corría por su garganta.
—¿Por qué estás clavándole un cuchillo en la garganta a mi criada?
—preguntó, dejando que un temblor sacudiera las últimas palabras.
No fue difícil. Era sorprendente, en verdad, lo mucho que se parecía el sonido de la furia al del miedo.
¿Cómo se atrevía Pramila? ¿Cómo se atrevía?
—. Pramila, no lo entiendo. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué he hecho para ofenderte?
—Oh, no intentes eso conmigo, perra astuta —respondió.
Su voz era salvaje, y su mano se crispó un poco con la fuerza de su ira—.
Puede que me haya llevado tiempo, Malini, pero ahora lo sé.
Usaste a esta sirvienta para envenenarme, ¿no?
Me quieres muerta. Bueno, no puedo matarte.
Yo… —Respiró, en un espasmo—. Pero esta es una traidora.
Priya estaba empapada. Tenía el cabello pegado a sus hombros.
Goteaba agua del dobladillo de su sari, y la sangre de su cuello había cambiado del rojo a un rosa pálido.
¿Dónde diablos había estado? Malini había quedado atrapada en la neblina de su malestar durante quién sabe cuánto tiempo, y estaba claro que habían pasado muchas cosas mientras ella estaba hundida en el vacío. Maldita sea.
Priya parecía extrañamente tranquila. Su mirada se encontró con la de Malini. ¿Qué quería decirle? ¿Qué significaba esa calma?
La princesa no podía entenderlo. Estaba cansada, vacía por los sueños dolorosos y el veneno.
—Priya ha sido una sirvienta leal —logró decir con voz vacilante.
—Leal a ti.
—Es una buena chica —insistió, aunque sabía que era inútil continuar con la mentira. Sin embargo… El cuchillo—. Una chica sencilla.
—Ni siquiera sé si lamentarías perderla —dijo Pramila con voz espesa—.
Probablemente ni siquiera lloraste por mi Narina, ¿verdad?
Y ella estaba destinada a ser como una hermana para ti.
Oh, pero la dejaste morir gustosamente. ¿Qué podría importarle una sirvienta simple y estúpida a un monstruo como tú?
Esta vez no fue un estremecimiento accidental lo que hizo sangrar la piel de Priya. Fue un movimiento deliberado de la mano de Pramila. Priya abrió la boca, solo un poco.
Y Malini sintió que algo dentro de ella se tensaba.
Estar encerrada allí la había convertido en una sombra de sí misma.
La perseguía su propio pasado —una princesa de Parijat coronada de flores, con una sonrisa astuta y una voz llena de secretos, que tenía el deseo y los medios para arrancar a Chandra de su trono—, y la posibilidad de ser esa mujer estaba fuera de su alcance.
Pero de repente todo eso ya no importaba. De repente, su columna vertebral era de hierro. Su lengua sabía a sangre, como si el dolor de Priya estuviera dentro de ella.
No necesitaba flores ni cortesanos ni las cortesías debidas a una princesa para ser lo que era.
—Pramila —dijo. Su voz antigua salió de ella, profunda como el agua—. Baja el cuchillo. Nunca has matado antes. ¿Empezarás ahora?
Pramila se quedó muy quieta. Después haber visto a Malini temblar, la fuerza repentina que mostró la princesa obró como un arma en sí misma.
—Puedo hacer lo que sea necesario —dijo entre dientes.
—¿Es necesario matar a una simple criada?
—preguntó Malini, dejando que la voz se le escapara de los labios como un lazo de seda—.
Vamos, Pramila. Nunca has sido cruel. —Eso era mentira.
Pero era una mentira que su carcelera creía, así que le parecería una verdad—.
El único asesinato que es necesario que cometas es el mío.
Sin embargo, te resistes incluso a eso, ¿no?
Me das la flor de aguja, pero no la cantidad suficiente como para matarme rápido.
Me ruegas que elija la pira, pero tú misma no encenderías una debajo de mí.
En eso, te pareces mucho a mi hermano. —Malini dejó que la lástima se filtrara en su tono—.
Él tampoco puede soportar tener sangre en sus manos.
Prefirió que mi sangre quedara en las tuyas, después de todo.
Dime, ¿te disgusta que todavía esté viva?
¿Mi supervivencia continua es un fracaso para ti?
—He soñado muchas veces con matarte yo misma —escupió Pramila—.
Créeme, lo he hecho. No temo manchar mis manos de sangre.
Pero a diferencia de ti, princesa, trato de hacer lo correcto.
Me he esforzado mucho para asegurarme de que tu muerte te purifique.
Pero ahora, ahora me despierto una y otra vez de sueños plagados de pesadillas, alucinaciones donde mi hija grita…
—Pramila tragó saliva. Levantó el cuchillo un poco más.
Un riachuelo más espeso de sangre recorrió la garganta de Priya.
—No la lastimes —dijo Malini, y se horrorizó al escuchar que su voz flaqueaba por sí sola.
Por las Madres, una cosa era temblar cuando ella elegía hacerlo.
Otra muy distinta era vacilar, cuando con su aire de mando había logrado mantener momentáneamente inmóvil a Pramila, y tal vez pudiera volver a hacerlo—. No… Pramila, ella no es nada.
—Nada —repitió la mujer—. Nada y, sin embargo, mírate. ¿Vas a llorar? Creo que estás a punto de hacerlo. Si has caído tan bajo como para llorar por una criada, entonces bien. ¡Bien! —La risa de Pramila fue más un sollozo, una inquietante cinta de dolor—. ¡Me lo quitaste todo!
Malini se había sentido impotente en el pasado. Ya no se sentía así, aunque debería. La mejilla le palpitaba. La cabeza le daba vueltas.
—Si la matas —dijo con una voz que parecía provenir de algún sitio muy lejos de ella, de un lugar antiguo y más allá de las vidas de los mortales—, no sabes lo que harás de mí.
Te veré arruinada, Pramila. Veré arruinadas a tus hijas vivas.
Borraré todo lo que te trae alegría de este mundo.
Asesinaré más que tu carne. Asesinaré tu corazón y tu espíritu y la memoria misma de tu nombre y tu linaje. Lo juro.
—¿En serio? ¿Lo harás de verdad? —La mano de Pramila estaba firme en la hoja, sosteniéndola tan cerca de la garganta de Priya que seguramente ella no podía respirar—.
Ya no estás en Parijat, princesa Malini.
No tienes espías astutos, ni tontos babeantes que te pisen los talones.
Eres una traidora impura y llena de suciedad, y morirás en una tierra extranjera como la vergüenza que eres.
—Sigo siendo lo que siempre he sido —dijo la princesa, aunque Pramila no lo entendería.
Ella nunca había entendido ni siquiera a su propia hija, su inteligente y aguda Narina, que había muerto creyendo en algo que todavía perseguía a Malini—.
He puesto muchas cosas en marcha, Pramila.
Puedo organizar algunas más, antes de que la muerte venga por mí.
Pramila se rio.
—¡Qué amenazas tan vacías, Malini! Nunca pensé que te vería patalear y gritar como una niña pequeña, pero aquí estamos. Tú…
Se detuvo bruscamente; se estaba ahogando. Había algo alrededor de su garganta: una gran madeja anudada de verde, tierra y raíces.
Malini había estado tan concentrada en el cuchillo apoyado en el cuello de Priya que no había visto lo que estaba sucediendo más abajo.
Pero entonces notó que unos delgados zarcillos de enredaderas espinosas se habían deslizado por el suelo, a través de la celosía oculta detrás de la cortina y la grieta debajo de la puerta.
Subieron por un lado del cuerpo de Priya, por su muñeca y su hombro, y detrás de su cuello hasta que toda la maraña se concentró de lleno alrededor de la garganta de Pramila.
Las ramas se estrecharon aún más. Un poco irritada, Priya aferró la muñeca de Pramila y la apretó con fuerza. Los dedos de la mujer se contrajeron, mientras luchaba por respirar y contra la presión de Priya. Segundos después, el cuchillo cayó al suelo.
—Lo siento —dijo la criada, inclinándose y recogiendo el cuchillo. Los zarcillos de espinas se deslizaron lejos de ella, su ropa y su piel quedaron sin marcas—. No sabía si sería capaz de hacerlo.
—¿Has hecho algo así antes? —preguntó Malini; sintió un anhelo extraño en la nuca mientras observaba a Priya darle la vuelta al cuchillo que tenía en la mano. “Dime lo que eres”, decía su anhelo. “Dime qué eres, cada capa de ti, dime cómo puedo usarte…”.
—No. —Priya guardó el cuchillo—. Encontré algo que perteneció a mi pueblo una vez. Y ahora tengo nuevos poderes. Y nuevas armas.