El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y seis
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Capítulo Treinta y seis

BHUMIKA

R egresó a su cuerpo con un gemido irregular.

Ashok. Maldito sea. Sintió como si el veneno de su ira estuviera nadando en su cráneo. Se incorporó del suelo; vio a sus criadas rodeándola, preocupadas por ella, y dijo:

—Necesito ver a mi esposo.

—¿Voy a buscar al médico? —preguntó una criada.

—¿Un médico? No. Ve a buscar a mi esposo. Solo a él.

Se acomodó en un cojín del suelo. Aceptó un vaso de algo dulce y fresco y se lo bebió rápidamente para calmar el temblor de sus extremidades.

Vikram entró; aún caminaba lentamente como consecuencia de su herida, lo seguían sus guardias más cercanos.

Había estado en algún tipo de reunión, supuso Bhumika, por la expresión cansada de sus ojos. Ya había visto esa expresión antes.

—¿Algo va mal con el bebé? —preguntó Vikram abruptamente, mirándola con preocupación. Ella se puso de pie, negando con la cabeza.

—Estoy bien —dijo—. Y el bebé también, espero.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí, Bhumika?

—Pedí verte a solas —dijo mirando brevemente al comandante, que tenía la vista al frente, los ojos fijos en la nada en la distancia.

—Déjanos, Jeevan —pidió Vikram, y el comandante inclinó la cabeza una vez con respeto y se fue.

—¿Y bien? —La voz del general estaba marcada por la impaciencia; su atención ya vagaba al saber que la salud de su mujer no peligraba.

—Tengo noticias —dijo Bhumika—. Una terrible advertencia. No puedo ocultártela por más tiempo.

Su cara era como la piedra.

—Habla —dijo.

Vaciló, luego comenzó:

—Mi familia es antigua y venerable, Vikram.

Y yo soy… accesible. A veces la gente se siente más…

cómoda… hablando conmigo de lo que tal vez se sentirían hablando contigo.

Y he oído rumores sobre los rebeldes. Creo que estamos en gran peligro.

La ciudad está en peligro. Debes ordenar que se proteja el mahal y se cobije a la gente tras sus muros.

—Dime quién te lo ha contado —exigió él—. Alguien de la nobleza ahiranyi, ¿verdad? ¿O las criadas chismosas? ¿Un guardia, un comerciante?

—Preferiría no decirlo.

—Bhumika, necesito nombres. Ahora.

—Si alguien se acerca a una mujer de mi posición con una advertencia y pide no ser nombrado —respondió Bhumika con cuidado—, entonces revelar su nombre garantizaría que esa mujer nunca más sea advertida.

—Nadie debería haberse acercado a ti en absoluto —dijo él; la mirada pétrea en su rostro le daba a su voz una calidad de plomo—. Eres mi esposa. Soy el regente. Deberían haberse acercado a mí.

—No te he dicho nada que sea falso —dijo Bhumika en voz baja—. Lamento ser la fuente de estas noticias. Pero soy tu esposa. No te mentiría sobre algo así.

—Cualquiera con información que valga la pena podría haber hablado con cualquiera de mis asesores —dijo con una gentileza denigrante—.

O con mis guardias. Mis hombres. No contigo.

Te han contado chismes venenosos y sin fundamento, Bhumika, nada más.

No deberían haberse acercado a ti en tu frágil condición.

Bhumika tenía la verdad en la punta de la lengua.

Eran tantas las veces que había querido ser honesta con él. Tantas las veces en las que casi estuvo a punto de decirle lo que ella era.

Una ilusión se había apoderado de ella cuando se casó con él. No siempre la sostuvo. Pero a veces ese velo le cubría los ojos. A veces creía que lo amaba. A veces le estaba agradecida por el magnífico mahal , por la oportunidad que le daba de mantener a salvo a un puñado de personas.

Oh, tomó la precaución borrar todo eso, de recordar lo fundamental del asunto que tenía entre manos.

Se había casado con el regente de Ahiranya.

Con el hombre que había instigado el asesinato de sus hermanos y hermanas, y que también la habría visto arder a ella, si no hubiera tenido una familia de sangre que la amaba demasiado como para dejarla ir de verdad, y que poseía la influencia política suficiente para borrar su pasado y así salvarla.

Pero si vives con una persona el tiempo suficiente, si te acuestas en su cama, sin importar la política, tarde o temprano sentirás algo por esa persona. Tales cosas eran inevitables.

Pero esta vez no fue el amor lo que contuvo a su lengua de soltar la verdad. Fue un despecho furioso lo que la hizo querer hablar.

Él pensaba que Bhumika era poca cosa. Muy poca cosa.

“No sabes nada, esposo. Mi hermano del templo ha estado esperando su momento, construyendo su fuerza, esperando hasta poder tomar los poderes de las aguas inmortales y luego asesinarte a ti y a todos los parijatis de este país. Y ahora mi tonta hermana ha encontrado el camino a las aguas, y ha tomado su poder ella misma en lugar de dárselo a él. Entonces, si quieres que tu gobierno sobreviva, Vikram, si quieres salvar a Ahiranya de la promesa de sangre, me escucharás. Escucharás”.

No. Ella no podía decirle eso. Pero sintió el veneno en su voz, a pesar de todo, cuando dijo:

—Cuando los rebeldes destrocen esta ciudad, cuando nuestro hogar y aquellos que dependen de nosotros ardan, ¿recordarás mis advertencias? Te arrepentirás de no escucharme, Vikram, simplemente porque soy solo tu esposa. Si no puedes confiar en mí, ¿por qué te casaste conmigo?

Había dicho demasiado. Lo supo cuando lo miró a la cara.

—Lo que dices está fuera de lugar —dijo Vikram—.

No te corresponde dirigirme. Ni siquiera te corresponde aconsejarme.

—Su rostro se tensó; ella lo vio luchar con su despecho, resistirse.

Luego, cedió y agregó—: Si hubiera querido una esposa sabia e inteligente, me habría casado con una mujer de Parijat.

—Te ganaste la lealtad de la nobleza ahiranyi porque te casaste conmigo, una mujer de la familia Sonali —dijo Bhumika, no sin orgullo y, ciertamente, no sin rabia—.

Eso vale algo, lo sé. Después de que mataste a los niños del templo, preferirían haber escupido sobre tu sombra.

¿Y qué mujer noble parijati te habría aceptado a ti, un hombre que gobierna por méritos y no por el privilegio frívolo de la sangre?

Él se abalanzó sobre ella. Le aferró los brazos con las manos. A Bhumika le tomó un momento darse cuenta del dolor, sentir sus dedos como una mordedura, su fuerza espontánea e inconsciente al triturarle la carne, los huesos.

—Basta. —La sacudió, solo un poco, como si fuera un animal al que hay que ordenar que se calle; a Bhumika le castañeteaban los dientes y sentía la sangre helada en su interior—. Nombres, Bhumika, o nada en absoluto.

Ella no le enseñó los dientes. No le puso sus propias manos alrededor de la garganta. Bajó los ojos. ¿Nombres o silencio? Bueno, entonces tendría que darle silencio.

Su repentina modestia hizo que él se detuviera. Bhumika sintió que su presión se aflojaba un poco. Al levantar la mirada, lo vio observar la curva de su vientre.

—Llamaré al médico —dijo, y en eso ella escuchó una gran cantidad de cosas: su miedo de que él, tal vez, le hubiera hecho daño y, por extensión, al bebé.

La creencia de que todo lo que había dicho era producto de su cuerpo (su embarazo, su supuesta debilidad femenina, física y de corazón) y no evidencia de su sabiduría, su perspicacia política y todo lo que ella era—.

No hablaremos más de eso. —Él puso su mano sobre su vientre; una mano cálida, de dueño—.

Esto es todo lo que importa, Bhumika. Concéntrate en ello.

Un hijo no debería ser una cadena usada para atar a una mujer como si fuera ganado a un rol, un propósito, una vida que ella no hubiera elegido para sí misma.

Y, sin embargo, sintió entonces, con un doloroso resentimiento, que Vikram usaría a su bebé para reducirla y borrarla.

Lo odió por eso, por robar la tranquila y extraña intimidad entre ella y su propia carne y sangre para convertirla en un arma.

—Lo haré —dijo plácidamente—. Lo siento.

Le dolían los brazos. No podía confiar en Vikram. Ni siquiera podía usarlo. Tendría que luchar contra Ashok ella misma. Así tendría que ser.