Capítulo Treinta y cinco
ASHOK
— E ntonces, ¿cómo lo vamos a hacer?
—¿A hacer? —La voz de Kritika era deferente, como siempre. Ah, la siempre vigilante Kritika.
—¿Qué nos darás por las armas? —dijo él con un dejo de impaciencia en su voz.
Los hombres que tenía delante eran de origen ahiranyi y srugani, y se habían adueñado de ese pueblo, abandonado cuando la podredumbre lo invadió.
Alguien había hecho un mal trabajo al tratar de quemar la podredumbre, y todavía colgaban sus restos a su alrededor: flores vívidas en las paredes, resbaladizas y brillantes como veneno.
Grandes raíces enroscadas, palpitantes y de aspecto carnoso brotaban a través de las grietas en los suelos.
La mayoría de los hombres tenía algún indicio de la enfermedad: una extrañeza polvorienta que les oscurecía las venas de las manos, o polen en el cabello, o una textura de corteza en la cara.
Llevaban encima madera sagrada para obtener el poco bien que pudiera hacerles.
Era la única razón por la que aún no estaban todos muertos.
Ashok y los hermanos y hermanas que se habían unido a él para beber las aguas inmortales estaban a salvo de la podredumbre, o eso parecía.
El resto de sus seguidores había tomado las precauciones adecuadas: llevaban paños atados a la boca y la nariz, las manos envueltas en guantes, cuentas de madera sagrada atadas con largos hilos alrededor de la garganta.
Esos matones, esta milicia, no tenían nada por lo que vivir y nadie más que estuviera dispuesto a negociar con ellos.
Aunque la podredumbre no se propagaba de persona a persona, los que se contagiaban aún eran rechazados.
Había muy pocas pandillas que considerarían causarles daño, pero ninguna comerciaría con ellos tampoco, y por la mirada demacrada del rostro del hombre que había hablado, por la rigidez de sus pómulos, la comida escaseaba.
Por eso ambos mercenarios estaban dispuestos a vender sus excelentes armas a cualquier precio ridículamente bajo que pudieran conseguir, y también eran completamente impredecibles.
O bien la gente de Ashok se iría con todo lo que había ido a buscar, o los matones intentarían asegurarse de que se fueran sin nada.
Ashok estuvo tentado de arrojar una bolsa de arroz al suelo, solo para ver qué hacían. Pero en lugar de eso, eligió ser sensato.
—Soy razonable. Yo…
Entonces sintió el golpe. Como el azote de una ola de poder estelar que lo atravesó.
La sintió a ella, a través del lecho de la maleza, las venas de savia del bosque, el corazón tamborileante.
La sintió a través de la raíz que se había abierto camino dentro de él cuando había entrado en las aguas una vez, luego dos, ahuecándose de modo que el río siempre circulara dentro de él, ligándolo a la fuente.
Kritika se giró para mirarlo.
—¿Qué le pasa? —preguntó el hombre.
Uno de los seguidores de Ashok lo tomó del brazo. Sirviéndole de muleta, el muchacho lo guio fuera de la choza; los dos avanzaron pesadamente hacia la luz.
—No te preocupes —escuchó decir a Kritika—. Después de todo, no estamos aquí por tus armas…
Otros dos seguidores esperaban del otro lado de la puerta. Lo condujeron lejos, a la sombra debajo de los árboles, apartado de los ojos suspicaces de los hombres podridos.
Sin su guía, los seguidores de Ashok se alinearon para protegerlo formando una especie de círculo a su alrededor, con sus guadañas listas y sus pies firmemente plantados.
—¿Qué ha pasado? —preguntó uno.
—Necesito silencio —dijo Ashok—. Por favor.
Ellos asintieron. La barrera se cerró más sólidamente.
Priya. Ella había encontrado el camino.
Ashok recuperó el equilibrio, su pulso se estabilizó en un ritmo menos frenético. Necesitaba estar tranquilo. Respiró. Necesitaba entrar en el sangam.
Entró como una criatura tropezando, desgarbado. Cayó de rodillas en el agua.
—¡Priya!
Él la había entrenado. Él la había hecho ser lo que era. La había mantenido a salvo, cuando todos los demás habían muerto y no se tenían nada más que el uno al otro.
—¡Priya!
Había mendigado dinero y comida a extraños.
O había amenazado para obtenerla. Cuando comenzó a enfermar —tosía con sangre, los pulmones le dolían— había acuchillado a un hombre por el paquete de comida escondido bajo su brazo.
Había visto a Priya comer y se alegró de tener la fuerza suficiente para matar por ella, aterrorizado de que pronto ni siquiera fuese a tener eso.
La había dejado. La abandonó en manos de Bhumika, su hermana que parecía una desconocida, con sus saris finamente tejidos y sus ojos fríos, con ese esposo cuyas manos estaban manchadas con la sangre de sus hermanos.
Le cortaría el corazón. Cuando era un chico moribundo y nada más que eso, Priya había sido su corazón.
La llamó a gritos en el sangam , pero ella no acudió.
El agua se movió a su alrededor. Sintió a Bhumika, alarmada, al otro lado del agua. Pero ella sabía tan bien como él lo que había sucedido; lo sintió a través de lo que fuera que los unía a los tres, criados en el templo y dotados de poderes, juntos.
Entonces se dio cuenta de que Priya no iría.
La niña que había salvado. La niña a la que había abandonado.
Bien. Que así sea.
Ella tenía las aguas inmortales. Ella había abierto el camino. Y ese camino era todo lo que él necesitaba.
Volvió a su cuerpo. Su familia de seguidores lo rodeaba en un círculo, los treinta lo miraban.
Algunos portaban armas de metal. Otros, estacas y varas talladas en madera sagrada, que ardía con el calor y la promesa de violencia.
Kritika se abrió paso entre ellos. Estaba limpiando su guadaña de sangre.
—Ya nos hemos ocupado de esos hombres —le dijo—. Y tenemos lo que necesitamos.
Siempre eran subestimados, hasta que recurrían a sus máscaras.
Todavía tenían casas seguras intactas y desconocidas por el regente.
Pero necesitaban alimentos, armas y fuentes de dinero.
La nobleza que los había financiado era más cautelosa después del ataque al Señor Iskar, insegura de lo que sucedería bajo la regencia del Señor Santosh.
Y ese momento se acercaba, inevitable como el amanecer.
Pero estos marginados podridos también poseían algo que Ashok necesitaba mucho más que la comida.
—¿La tienes?
Kritika asintió y sostuvo su botín frente a él.
Los habitantes de ese pueblo habían tenido una vez su propio consejo de aldea tradicional.
La mayor parte de su riqueza les había sido arrebatada por esas aves carroñeras que eran la milicia y cualquier otro bandido o gente desesperada que había pasado por la región, pero nadie se había llevado el objeto más preciado que ese consejo había poseído alguna vez.
Parecía un saco de cachivaches: botellas de vidrio, de madera o de cuero seco, bien atadas con cuentas. Nada de valor, a los ojos ignorantes.
Ashok metió la mano. Sintió ese tirón, ese venenoso anhelo. Sacó los frascos de agua inmortal, uno por uno.
Enterraron los cuerpos. Se llevó consigo a tres de sus seguidores más fuertes para hacerlo. Luego, mientras acampaban a una distancia segura, les contó todo.
Kritika se quedó en silencio durante un momento. Detrás de ella, a su alrededor, los demás escuchaban y esperaban atentos. Entonces ella dijo:
—¿Qué vamos a hacer, Ashok?
Pensó en Priya, que trataba de hacerse más fuerte.
Pensó en su ausencia.
—Encontrémosla —dijo— y obtengamos de ella el camino a las aguas. Para ser fuertes debemos hacer lo que sea necesario, sin importar el costo.
Kritika asintió.
—Entonces nos permitirás a todos beber el agua contigo —dijo—. Y unirnos a ti para salvar nuestro país.
Treinta personas. Un número elevado. Necesitarían más agua para mantenerse, y Ashok, que había pasado años buscando botellas de agua inmortal, sabía que no sería posible. Si bebieran aquel día, esa sería su jugada final. Si no encontraban pronto la fuente de las aguas inmortales, morirían todos.
—Ya os habéis sacrificado suficiente. No puedo pediros esto a todos vosotros.
—Soy mayor que tú, Ashok, pero no tanto como pareces creer —dijo Kritika con su habitual gravedad—. Todavía tengo el deseo de buscar la libertad. De quemar a los soldados y señores de Parijatdvipa y ver al regente colgado del cuello. Permíteme hacerlo. Permítenos hacerlo a todos nosotros.
—Tal vez muramos todos —dijo Ashok, finalmente—. Puede que no encontremos a mi hermana. Quizá seamos asesinados por los hombres de Parijatdvipa. Este puede ser nuestro fin.
Kritika no dijo nada. Conocía la forma de pensar de Ashok, sus palabras, su silencio. Sabía que él no había terminado aún.
—Sabiendo que esto puede llevarnos a la muerte —dijo lentamente—, sabiendo que esta puede ser la última vez que seamos tan fuertes, debemos destruir la mayor cantidad posible de nuestros objetivos.
Los nobles y los más ricos, los comerciantes y los médicos que Parijatdvipa necesita para mantener sus garras en nuestra tierra: debemos matarlos a todos.
Ya sea que encontremos a mi hermana o no, debemos obtener algún tipo de victoria.
—Miró a Kritika—. ¿Estás lista? —preguntó—.
¿Estás lista para arriesgar todo lo que tenemos?
—Te has preparado para ello —dijo Kritika—. Todos lo hemos hecho.
Sí. Habían acumulado armas. Tenían hombres y mujeres leales, y también gente a quien habían comprado su lealtad con miedo, esperanza, dinero o alguna combinación alquímica de los tres.
—Un poco de veneno —intervino Ganam— es algo que estoy dispuesto a tomar.
—Todos lo estamos —dijo otro joven—. Para esto, todos estamos preparados.
La mente de Ashok volaba veloz como un pájaro. Podían dejar a los que no tuvieran fuerza suficiente para pelear en el bosque. El más joven y el más viejo. El resto…
El resto ya estaba de pie ante él. Los hombres y las mujeres que se habían aliado para ver libre a Ahiranya.
Que rechazaban los grilletes del gobierno exterior.
Que buscaban algo mejor que la podredumbre que les había robado sus casas y había matado a sus seres queridos, y mejor que el hambre que siguió cuando el regente no se aseguró de que fueran alimentados.
Y Kritika, la mujer que lo había salvado cuando él pensó que iba a morir; su rostro arrugado era implacable. Ella sabía lo que venía. Todos lo sabían.
—Ya no podemos ser cautelosos —dijo Ashok—.
Está bien. La cautela no nos ha servido de nada.
Esta es nuestra última parada. Nuestro último aullido de rabia.
Mostrémosles que somos herederos del bosque, hermanos y hermanas.
Herederos de las aguas inmortales. Mostrémosles dientes y garras y pongamos fin al gobierno parijati.
Kritika repartió las botellas. Solo un trago. Solo se necesitaba un sorbo.
También guardó un frasquito en su mano. Sus dedos temblaban. No le quedaba mucho tiempo.
—Invadiremos el Hirana. Nos apoderaremos de su magia —dijo Ashok—. Recuperaremos Ahiranya.
—La última resistencia —dijo Kritika.
El círculo que lo rodeaba levantó las botellas y bebió.