El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y cuatro #3
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Capítulo Treinta y cuatro #3

Años. Ella y Ashok habían pasado años en las calles, hambrientos y picados por los mosquitos, robando comida y mendigando cuando no había nada que robar.

Él había golpeado a otros hombres unas cuantas veces para quitarles su dinero.

Había convertido en aliados a hombres malos y a otros como Gautam, a los que podía doblegar por el miedo y los favores y las deudas impagadas.

Pero a medida que enfermaba, sus poderes también parecían desvanecerse.

Y los poderes de Priya siempre habían sido limitados.

Se habían reducido al alejarse del Hirana, junto con su comprensión de sus propios recuerdos.

Chandni había visto algo en ella. Pero eso había sido en otra vida.

En ese momento, Priya estaba de pie en el pedestal, la lluvia le entraba en los ojos, y sollozaba tan profundamente que le dolían los pulmones.

Había encontrado el camino aquella noche. Ella fue quien salvó a Ashok, y él la salvó a ella.

“Él me salvó. Yo lo salvé”.

Se dio cuenta de que estaba llorando. Se secó los ojos con el dorso de una mano, furiosa consigo misma por llorar como una niña. No importaba la edad que tuviera, su familia siempre parecía tener el poder de herirla.

Se habían salvado el uno al otro. Él la había dejado para que Bhumika la criara, porque la amaba. Le había hecho daño porque la amaba.

Amor. Como si el amor fuese una excusa. Como si la certeza de que él era cruel y despiadado y que estaba dispuesto a lastimarla hiciera que su corazón doliera menos.

Bajó del pedestal. La tela de su blusa se le pegaba a la piel. Su cabello goteaba. Sus huellas, cuando cruzó el triveni y salió a un corredor que conducía a las cocinas, estaban húmedas, la piedra debajo de ellas brillaba al moverse, como si caminara con ella.

Ya no sentía ningún vacío. Fuera lo que fuese ella —arma, monstruo, maldita o bendita—, estaba entera. Debajo de ella, el Hirana estaba tibio. Como una extensión de sí misma.

Ella había sabido el camino todo el tiempo.

El Hirana la condujo a una habitación del claustro, pequeña y sin pretensiones, que alguna vez había sido cuidada con esmero. Incluso en aquellos días lejanos era simple, desnuda, excepto por el patrón de ondas grabadas en las paredes y el suelo.

Las líneas fluían alrededor de los pies de Priya mientras caminaba.

El camino a las aguas inmortales no era fijo.

Aparecía donde quería. Cuando era niña, Priya se había tumbado más de una vez sobre la abertura, con la cabeza inclinada sobre el borde en una habitación tras otra, escuchando el aullido de la caverna debajo, el hueco dentro de su caparazón de piedra.

Sonaba triste. Como el mar. Como una canción.

El suelo no tenía una abertura ahora, pero Priya se arrodilló. Apoyó las manos en la piedra.

No debería haber sido capaz de abrir el camino sola; ella solo había nacido una vez, carecía de los dones más poderosos de sus hermanos.

Pero las aguas inmortales querían que ella las encontrara.

El Hirana había sido moldeado por manos que pertenecían al templo, por la carne de los hijos del templo, vivos y muertos, y se movía, se aferraba y cambiaba a su alrededor con el flujo y reflujo de su propio corazón. Es lo que el Hirana quería de Priya.

El suelo se onduló debajo de ella, grandes olas de piedra retrocedieron. La tierra se abrió.

Priya miró hacia la oscuridad. Se mordió la lengua, un dolor leve y profundo, y se sentó en el borde. Bajó los pies. Durante un momento no encontró apoyo, pero luego la tierra se movió una vez más y la vegetación formó un escalón debajo de las plantas de sus pies.

Ella se enderezó. Dio otro paso. Otro.

Fue un largo camino. Al menos su memoria no la había engañado sobre eso. En el momento en el que llegó al fondo y sintió el barro frío bajo sus pies y la frescura de la oscuridad profunda a su alrededor, toda su magia se había agotado. Estaba reseca.

Pero ella ya no la necesitaba más. Las aguas inmortales yacían ante ella, una larga espiral como la curva sinuosa de una serpiente. En la oscuridad debajo del mundo, brillaban con un azul tenue. Las escuchó en el silencio: un golpe de tambor, un susurro, una música en su alma.

Miró las aguas. Pensó en Bhumika, que le había rogado que no siguiera ese camino; la mirada en sus ojos decía que no tenía ninguna esperanza de controlar a Priya y nunca la había tenido.

Pensó en Ashok, que le había hundido la mano en el pecho, impulsado por la furia, y que la había abrazado cuando era pequeña y ambos estaban solos.

Pensó en Rukh, a quien había tratado, a su manera, de sostener y proteger, reviviendo su infancia.

Priya no estaba aquí por ellos, o a pesar de ellos.

Sus voces permanecieron con ella, pero debajo de todo había una verdad muy simple: Priya había querido encontrar las aguas inmortales no para Ashok ni para sus hermanos muertos del templo, sino para ella misma.

Siempre las había deseado. Y en ese momento estaba allí.

No se permitió pensar más. Dio un paso adelante, y otro, y se sumergió.

Un torrente de agua. La presión sobre la cabeza, los pulmones comprimidos como si los rodeara una banda de huesos, el azul luminoso que chispeó frente a sus ojos abiertos y…

Silencio.