El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y cuatro #2
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Capítulo Treinta y cuatro #2

—Se están volviendo mucho más fuertes. —La tercera voz era un susurro perentorio. El mayor Sendhil—. Cada minuto. Cada hora. No pueden vacilar sobre esto ahora. Pronto no seremos suficientes para encargarnos de ellos. El emperador enviará ejércitos. Ahiranya sufrirá las consecuencias.

Nandi abrió la boca. Priya se la tapó con una mano antes de que pudiera emitir palabra.

—Haz un ruido —susurró— y te taparé la nariz también.

Nandi se quedó en silencio.

—Son fuertes tal como les hemos enseñado a ser. Tal vez esto sea necesario.

—Lo que exige el emperador Sikander es desmesurado. Inhumano.

—Por eso iremos con ellos —dijo la mayor Saroj con calma—. Son nuestra familia. Iremos juntos.

—Pero ciertamente debemos discutir…

—No. —La voz de la mayor Chandni sonó triste, pero inquebrantable—. Creo que ya hemos discutido esto lo suficiente. Ya lo acordamos.

Un silencio. Entonces, Saroj habló, con voz pesada:

—Será nuestro fin.

—Creo que es un fin necesario —dijo Chandni en voz baja. Priya se mordió el labio al escucharla—. En esto, el general no se equivoca.

Hubo un murmullo que Priya no pudo captar, y luego se oyeron pasos una vez más.

El mayor Bojal. El mayor Sendhil. La mayor Saroj. La mayor Chandni. Todos ellos debatían sobre lo fuertes y extraños que eran los niños del templo.

Priya nunca había sido elogiada por su inteligencia, pero entendió lo suficiente como para sentir una punzada de miedo. Miró a Nandi a los ojos. Destapó su boca.

—¿Qué crees que significa lo que dijeron? —susurró Nandi.

Priya tragó saliva.

—No sé.

El festín estaba en pleno apogeo en la habitación norte: los cojines dispuestos en círculo, los platos colocados en el suelo que incluían, como esperaba Priya, el arroz teñido y los buñuelos.

Una vez que llegaron, la mayor Chandni cerró las puertas detrás de ellos. Fueron los últimos niños en entrar.

Había telas que cubrían las paredes, en una vibrante variedad de colores. Priya rozó de cerca una de ellas. Olía dulce, resinosa, como a ghee o caña de azúcar, y estaba ligeramente… mojada.

La mayor Chandni tocó la frente de Priya con una mano. Luego se inclinó y la besó en la mejilla.

—La puerta izquierda —murmuró Chandni.

Los dedos de la mayor estaban fríos y temblaban un poco.

No le dijo nada más.

—Quédate aquí —siseó Priya a Nandi, y él se sentó sin quejarse.

Sanjana y Ashok estaban sentados una junto al otro, y cuando Priya se acercó sigilosamente, Sanjana dijo:

—¡Por fin! ¿Qué vas a tomar? Vino no, supongo, aunque sería divertido verte vomitar.

—Necesito deciros algo —dijo Priya en voz baja.

Debió sonar alterada, porque ambos la miraron y la escucharon atentamente; Ashok sostenía un vaso de agua tibia y parecía levemente enfermo.

A medida que Priya hablaba, el rostro de Sanjana se contraía de miedo, o de furia, Priya no supo distinguirlo. Sanjana la tomó de la muñeca y dijo:

—Hablaremos con ellos. Ahora.

Se puso de pie y… se tambaleó. Se llevó una mano a la cabeza, las yemas de los dedos a la sien y tragó saliva.

Cayó.

Priya nunca pudo recordar con claridad lo que siguió.

Solo recordaba haber gritado y que sus hermanos trataron de usar sus poderes.

Se las arreglaron, un poco. El suelo se astilló.

La piedra se agitó, movida por las ramas y raíces, por su furia salpicada de magia.

Pero algo andaba mal, y poco a poco todos se desplomaron, pálidos.

—La comida —murmuró Ashok de repente; su rostro se torció mientras miraba a su alrededor. Se levantó rápidamente y tomó el brazo de Priya.

—Nos vamos.

La arrastró hacia delante, entre los cuerpos caídos.

Escuchó un ruido punzante y un grito, y Ashok la arrastró más y más lejos, hacia la puerta izquierda, como la mayor le había dicho a Priya. Ella volvió la cabeza hacia atrás. Nandi, ella necesitaba buscar a Nandi…

—Vamos, Priya —dijo Ashok bruscamente—. Vamos. ¡Ah!

Había soldados, soldados parijatis, bloqueando las puertas. A Priya le dio un vuelco en el estómago al ver a esos forasteros allí, en un lugar reservado para los peregrinos y servidores ahiranyis y su propia familia del templo.

Ashok empujó a Priya detrás de él.

Siempre había sido un buen luchador. Todos lo eran.

Pero los otros niños del templo estaban drogados y casi inconscientes, incapaces de luchar como lo hubieran hecho normalmente.

Ashok no había sido afectado. Levantó una mano delante de él, y las enredaderas atravesaron las paredes y el suelo.

Un soldado soltó un grito de horror: hubo un sonido metálico de acero.

Ashok tomó el arma del soldado y, agitando su brazo, hizo un corte.

Priya sintió algo húmedo y caliente en la cara y se obligó a no cerrar los ojos con fuerza.

En cambio, tomó un pequeño cuchillo de trinchar de la mesa, al lado de donde uno de sus hermanos había caído inconsciente con la frente contra un plato de comida, y lo sostuvo en la mano sudorosa y resbaladiza.

Ella y Ashok corrieron hacia delante, sin ninguna gracia: solo un feroz empuje de sus cuerpos y su sangre, y Ashok que la arrastraba y cerraba la puerta empujándola con las manos, y Priya que se dio la vuelta y se encontró con los ojos de Nandi al otro lado de la habitación.

Su mirada. Su cabeza en un ángulo horrendo, imposible en alguien vivo.

Lo último que vio antes de que Ashok la tomara en sus brazos fue a la mayor Saroj tocar, con la llama de una lámpara, una de las telas colgantes.

La habitación comenzó a arder. Saroj arrastró la tela de la pared y Priya la vio caer sobre uno de sus hermanos.

—No mires. —Ashok la arrastró fuera.

Atacó a los soldados brutalmente, con eficacia, cortando una arteria aquí, rompiendo un cuello allá, hundiendo su cuchillo en la cuenca de un ojo. Bajó a Priya para que pudiera luchar, pero cuando una daga se clavó en el suelo a los pies de ella, la tomó en sus brazos y echó a correr.

—Priya —gritó contra su cabello; su voz cubrió el clamor palpitante de su propia sangre—. Priya, ¿dónde está el camino a las aguas inmortales?

—¡No lo sé!

—Sí lo sabes. Lo sabes. No nos falles ahora.

Como todas las demás partes del Hirana, la entrada a las aguas inmortales se movía.

A veces los mayores hacían un ritual para buscarla.

Pero Priya nunca había tenido que esforzarse para encontrarla.

No era la mejor luchadora, ni la más inteligente, ni la más fuerte, pero podía hallar el camino sin cometer errores, incluso con los ojos cerrados.

Había asombrado a la mayor Chandni cuando se dio cuenta. Todos los mayores la habían puesto a prueba. Le vendaron los ojos. La hicieron girar hasta marearla. Le preguntaron de noche, de madrugada, en pleno día. Ella siempre supo el camino.

Nadie podía explicar su don. Había escuchado a los mayores hablar de ello una vez, en la habitación de Chandni, cuando estaba acurrucada en el suelo junto a su jergón.

—Es una atracción extraña —había murmurado Saroj—. Oh, cuanto más tiempo pasamos aquí, más conectados nos sentimos con el Hirana, sin duda. Pero la niña es… diferente.

Los dedos de Chandni habían acariciado suavemente su cabello.

—No nacen muchos niños en el Hirana —había dicho—. No me sorprende que tenga un vínculo especial con el templo.

—No es bueno que nazcan niños aquí —había dicho Sendhil, y algo en su tono hizo que la mayor Chandni se quedara quieta.

—Como tú digas —había murmurado Chandni, cubriendo a Priya con las sábanas.

No lo había vuelto a mencionar. Y ya no importaba. Priya cerró los ojos con fuerza. Levantó una mano temblorosa del hombro de Ashok y señaló el camino. Hizo un juramento, de miedo o agradecimiento, no lo sabía, y siguió su intuición.

La entrada estaba en el suelo de un pasillo sin iluminación.

Ashok patinó hasta detenerse. Sujetándola todavía, saltó a la oscuridad; se tambaleó un poco en el primer escalón, luego en el segundo.

Entonces Priya abrió los ojos y observó cómo él usaba sus poderes de nacido dos veces y apuntaba con los dedos a la abertura que había encima de ellos.

El camino se cerró y quedaron envueltos en la oscuridad.

Siguieron su recorrido hacia abajo. Hasta el corazón del Hirana, la yema del huevo.

Llegaron al suelo. Incluso a través de los párpados cerrados, Priya podía ver y sentir la presión del agua luminosa. Su atracción, más de estrellas que de río.

—No mires, Priya —susurró él. Así que ella no lo hizo. Apoyó la cabeza contra su hombro lo suficientemente fuerte como para sentir la firme la tela contra sus ojos, pegajosa por sus propias lágrimas y el sudor de él. Aún podía oler el humo—. No mires. Solo muéstrame el camino.

—¿El camino adónde?

—Fuera de aquí —dijo. Su voz temblaba débilmente. Olía a cobre—. Tú conoces el Hirana mejor que nadie. Y el Hirana te conoce.

El goteo lejano del agua. Luz azul brillante, a su alrededor, que se filtraba bajo sus párpados.

Él no estaba equivocado. A veces, Priya sentía el Hirana como si fuera otra extremidad suya.

Ashok la llevó cerca de la orilla del agua, en busca de una salida.

Ella señaló el camino. Túneles. Había túneles más adelante.

—No puedo tocar el agua —jadeó—, no puedo, no puedo. ¿Y si me muero?

—Tranquila —susurró—, tranquila. No te dejaré caer.

Le metió la cara debajo de su barbilla. La sostenía, aunque le temblaban los brazos, aunque estaba sudando y ella lo oía llorar.

—Todo va a salir bien —la consoló, con voz ahogada y temblorosa—. Ya verás.

Se abrieron camino juntos, por fin. Le dieron forma nuevamente a la piedra y emergieron, libres y solos, en el verde que rodeaba el Hirana.

Sobre ellos, el fuego aún ardía.

—No mires —repitió Ashok.

Y aunque debería de haber estado demasiado débil para levantarla de nuevo, Priya lo escuchó inspirar y hacerlo de todos modos. Puso las piernas alrededor de su cintura, los brazos alrededor de su cuello, y no trató de ser fuerte. Por una vez, él no le pidió que lo fuera.

Las hojas de la falda de Priya tardaron dos días en morir.