Capítulo Treinta y cuatro
PRIYA
P riya tiró del pesado cubo de agua y maldijo cuando se inclinó precariamente y una ola se derramó sobre el dobladillo de su ghagra choli .
—¡Nandi! ¡Ayúdame!
—No puedo —dijo Nandi, con tono ofendido.
Estaba sentado en el centro de la habitación tapándose los ojos con las manos.
Llevaba unos buenos diez minutos llorando en esa posición.
Antes había tenido un desacuerdo con algunos de los niños mayores del templo, que habían cultivado esporas que estallaban en las paredes.
Nandi había tocado donde no debía y un estallido de polen amarillo le había dado de lleno en la cara.
Por lo general, Priya lo habría arrastrado directamente ante uno de los mayores para que lo regañaran y le lavaran los ojos y le aplicaran una tintura para detener la infección, pero esta noche los mayores habían prohibido expresamente al grupo de niños de Priya, los más jóvenes y los pequeños, salir de sus habitaciones.
Uno de los nacidos dos veces había perdido el control de un furioso nudo de enredaderas, que había resquebrajado la piedra y excavado bajo la superficie del templo, causando un daño grave.
Ya había destrozado los escalones del Hirana, lo que impedía el recorrido de los peregrinos.
El Hirana siempre era peligroso y cambiante.
A veces, el camino que tomaban los peregrinos desaparecía de la noche a la mañana.
Otras veces crecían extrañas flores silvestres incluso sobre el triveni , de color púrpura, negro y rosa vibrante, y los mayores tenían que arrancarlas entre murmullos de oraciones y reverencias.
Pero el Hirana no era despiadado en sus cambios de humor, como los mortales.
O eso decía el mayor Bojal. Él se quejaba en voz alta, ante cualquier otro que quisiera escucharlo, de que los niños “malditos” habían arruinado total y completamente el Hirana.
Solo se callaba cuando el mayor Sendhil lo apartaba y le preguntaba, en voz baja, si quería enfrentarse directamente a los niños.
El mayor Bojal nunca respondía.
La mayor Chandni no había comentado nada sobre los cambios en el Hirana.
Ni siquiera sobre las nuevas grietas que se abrían a la oscuridad, y que habían atrapado a algunos de los hombres del propio general en sus fauces.
Nadie había muerto, los mayores habían intervenido, pero un hombre se había roto la pierna en un ángulo horrible, y eso había hecho que Sanjana y Riti —tres veces nacidos y ya mayores, aunque ninguno de los otros mayores los llamaba así— se rieran y se rieran como si la sangre y los huesos fueran un asunto terriblemente divertido.
Pero cuando Priya le preguntó a la mayor Chandni al respecto, ella solo negó con la cabeza y le dijo que tuviera cuidado.
—Tú no eres como ellos —dijo—. Alégrate de eso.
Priya había pensado que era una declaración extraña.
Ella era exactamente como los demás, aunque solo había nacido una vez.
Había atravesado las aguas inmortales durante el festival de la oscuridad de la luna, junto con todos: los niños más pequeños que intentaban volver a nacer; los nacidos una vez, listos para nacer dos veces; los dos veces nacidos, que buscaban ascender a mayores.
Se había levantado de las aguas jadeando, pero tres de sus compañeros de su misma edad no lo habían logrado.
Se había sentado en la enfermería, a esperar y ver si las aguas se la llevaban más tarde, con fiebre y debilidad, como sucedía a veces.
Y como todos los niños que habían sobrevivido a ese viaje antinatural y desafortunado, ella se había vuelto…
rara. Alguien nacido dos veces era capaz de persuadir a las flores para hacer estallar el polen a través de los capullos.
Alguien tres veces nacido podía cortar una piedra usando solamente hojas y espinas.
Y Priya y Nandi podían caminar, trastabillantes, a través de sueños de aguas que confluían, en el sangam de los cuentos antiguos.
“Ningún mayor ha caminado por allí en siglos”, había susurrado la mayor Kana. Y, como guardiana de la tradición antigua, había dicho: “Ningún mayor ha tenido tal poder desde la Era de las Flores”.
Puede que tuvieran un don mítico, pero Priya y Nandi aún eran pequeños, y Nandi todavía era un llorón. Priya soltó el cubo de agua de golpe, se contuvo para no gritarle de nuevo.
—Echa la cabeza hacia atrás y abre los ojos—dijo.
—¡No me grites!
—¡No te estoy gritando! Y si no quieres que grite, deja de ser tan, tan…
Nandi sollozó.
Priya cedió, se acercó y tiró de él suavemente hacia delante. Cuando estuvo cerca del cubo, le quitó las manos de los ojos y lavó el polen mientras él parpadeaba rápidamente.
—¿Te sientes mejor? —preguntó.
—Creo que sí.
—Bien.
—¿Estáis listos, vosotros dos?
Priya y Nandi se giraron a la vez para ver a Sanjana, tres veces nacida, que estaba apoyada contra la puerta.
Llevaba un sari de color amarillo intenso, el pelo suelto sobre los hombros, el maang tikka de su frente de color rojo rubí, como una pesada gota de sangre.
Un rastro de musgo había crecido bajo sus pies descalzos, pero se marchitó cuando dio un paso adelante.
—Están tardando mucho y estoy aburrida —dijo Sanjana—. Riti está de mal humor hoy, y Ashok tiene un dolor de estómago terrible; se niega a comer nada ¡y hay tanta comida deliciosa! ¿Por qué estáis holgazaneando?
—A Nandi le entró polen en los ojos —dijo Priya.
—Ah —dijo Sanjana—. ¿Y por eso tu ropa está mojada, Priya?
Priya frunció el ceño como respuesta y Sanjana se rio entre dientes.
—¿Por qué lastimaste a esos hombres? —preguntó Priya de repente, pensando en el hombre que se había roto una pierna.
Tal vez no debería haber preguntado. Tal vez Sanjana la golpearía en las orejas por preguntar. Pero su expresión era tranquila, solo fruncía el ceño, y Priya supuso que no se enfadaría.
—¿A quiénes?
—A los soldados parijatis.
—¿Te asustaste, palomita?
—No me asusto fácilmente —dijo Priya. Ambas sabían que eso no era exactamente un “no”.
Sanjana respondió con una media sonrisa.
—Porque los parijatis deberían tenernos miedo —explicó—. Pero tú no tienes por qué tener miedo de mí. Somos familia.
Sanjana había golpeado a Priya más de una vez, le había robado la cena y se reía a carcajadas cuando ella se caía durante el entrenamiento o se dormía durante la meditación.
Pero también sabía que creía sinceramente lo que había dicho.
La crueldad era parte de su entrenamiento, había que encallecer el corazón de la misma manera en la que un cuchillo encallece las manos.
Había que alejar la debilidad. Sanjana siempre había tratado de fortalecer a Priya, para que esta sobreviviera dos viajes más a través de las aguas. Para que viviera.
—Esta noche nos nombrarán mayores a Riti y a mí —dijo Sanjana—. Así que quiero que tengáis buen aspecto.
—Tengo buen aspecto.
Sanjana se arrodilló. Tocó con los dedos el dobladillo de Priya.
—A ver —dijo ella—. Vamos a ponerte un poco más bonita. Solo un poco, nada más. No soy una yaksa , no puedo hacer una magia tan grande.
—Ja, ja —comentó Priya sin entusiasmo.
Pero luego se quedó en silencio cuando Sanjana le pasó los dedos suavemente por la falda y el sonido distante del susurro de la hierba llenó el aire.
Una delicada guirnalda de hojas naturales, con ramas tan finas como el oro hilado, bordeó el dobladillo húmedo del vestido de Priya.
—Ahí tienes —dijo Sanjana—. ¿No te parece encantador?
Dejó caer el dobladillo, que hizo un susurro de pliegues cuando rozó los tobillos de Priya, como si las hojas todavía vivieran.
—Tú también te ves muy elegante, Nandi —agregó Sanjana.
—Gracias —La voz de Nandi era débil. Todavía estaba encorvado junto al cubo.
Sanjana se rio, ni cruel ni simpática, y salió de la habitación.
Para compensar a Priya por haber llorado, Nandi le peinó el cabello y le aplicó un poco de aceite para que estuviera brillante, flexible y con un olor dulce.
Ella le dio un ligero golpecito en la cabeza a cambio y revisó sus ojos una vez más.
Ya no estaban hinchados y Nandi no estaba lloriqueando, así que Priya lo arrastró desde la habitación hacia el banquete.
Olió que se estaba cocinando algo y se preguntó si los sirvientes le habrían hecho su comida festiva favorita, arroz teñido de verde y amarillo salpicado de almendras, pistachos y pasas gordas, acompañado de buñuelos y un caldo dulce e intensamente especiado.
—Espera, Priya. Deberíamos volver a poner el cubo en su lugar —le dijo Nandi con urgencia—. Si la mayor Chandni lo ve, sabrá que no hicimos lo que nos dijeron. Ella nos pidió que nos quedáramos en la habitación y fuéramos directamente al banquete, y sabrá que no la obedecimos.
—Solo nos gritará —dijo Priya encogiéndose de hombros.
—O nos hará irnos temprano del banquete. O no nos dejará comer nada.
Era el tipo de castigo que elegiría un mayor. Pensando con añoranza en ese arroz de colores, Priya suspiró.
—Bien, vamos a devolverlo a su sitio. Pero rápido, o llegaremos muy tarde.
Era más fácil llevar el cubo entre los dos, aunque Nandi se quejó de Priya por haberla llenado tanto, y ella le respondió bruscamente que simplemente la había llenado y la había llevado sin pensar, y que todo era culpa de Nandi por hacerse daño en los ojos.
Escucharon voces. Se detuvieron.
—Los mayores —susurró Nandi.
Sin molestarse en responder, Priya arrastró el cubo a una habitación lateral del claustro y luego a Nandi detrás de ella.
Los pasos se acercaron.
—Deberíamos esperar hasta que regrese Bhumika. —Esa era la voz del mayor Bojal.
—¿Crees que volverá? ¿En serio? En el momento en que atravesó las aguas, la niña corrió directamente al seno de su familia como una cobarde —respondió la mayor Saroj.
—Su familia es creyente. La traerán de vuelta.
Un resoplido.
—¿Creyente? Muy poco. Los Sonali van hacia donde sopla el viento. Nunca la devolverán, recuerda mis palabras; le arreglarán un matrimonio adecuado y olvidarán que alguna vez sirvió aquí.
—Sin embargo…