El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y tres
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Capítulo Treinta y tres

PRIYA

S ubió al Hirana con los ojos cerrados; el viento le acariciaba las mejillas, su cabello se enredaba en la brisa. En un momento se detuvo, apoyó su cabeza contra la piedra, enganchó un pie en un hueco de roca quebrada y musgo y usó sus manos libres para trenzar su cabello.

Así. Mucho mejor.

“¿Qué diría Bhumika si me viera ahora?”, pensó Priya, con no poca picardía, “¿haciendo equilibrio en una trampa mortal, tan solo apoyada en mi dura cabeza?”. Quizá Bhumika disfrutaría de tener una excusa para gritarle.

Cuando entró en el Hirana se deslizó por los silenciosos pasillos, bajo las sombras proyectadas por los faroles, para ir a ver a Malini.

Estaba dormida. Había cierto color en sus mejillas; su rostro no se veía tan crispado. Y se había tomado la minúscula dosis de flor de aguja que Priya le había dejado.

Quizás ella sobreviviría después de todo.

Priya apoyó la cabeza en el tejido del charpoy junto a Malini. Escuchó su respiración, el ritmo constante y reconfortante.

Y entró en el sangam .

Lo había evitado por más tiempo del que debería.

La idea de volver a ver a Ashok le hacía arder el pecho con un eco de dolor, el recuerdo de la traición.

Pero lo que más la asustaba era la forma falsamente amable en que él la había mirado y le había hablado, antes de que ella se zambullera en las aguas cósmicas para volver a su cuerpo.

Él era capaz de hacerle daño por amor. En su familia, esa era la manera de ser fuerte.

Abrió la boca. Llamó a Bhumika en el insondable torbellino de las aguas. Había aullado por Ashok; esa llamada era más tranquila.

Bhumika apareció. Su sombra se elevó como si se desenrollara al emerger del agua.

—Cuéntame —dijo simplemente.

Priya le contó todo de la forma más sucinta posible. Habló de su pacto con Malini, de su reunión con uno de los aliados de la princesa y de los esfuerzos de esta para destituir al emperador Chandra y reemplazarlo por su otro hermano, Aditya.

—Así que la guerra viene a nuestro encuentro, pase lo que pase —dijo Bhumika—. Parijatdvipa se vuelve contra sí mismo. Tenemos en un problema aún peor de lo que pensaba. —Parecía cansada.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Priya, pensando en el general, en los niños alojados en el mahal . El futuro.

—No lo sé. No tengo el poder para arreglarlo todo, aunque parezca capaz de hacerlo.

—No quise decir eso.

Bhumika chasqueó la lengua, como si dijera “No importa”.

—Debería preguntarte cómo estás. Ashok te hizo daño.

Priya resistió el impulso de tocarse el pecho con el puño, en el lugar donde Ashok le había metido la mano hasta el alma y se la había retorcido.

—Sé que Ashok es fuerte. Que puede ser peligroso cuando tiene que serlo. Solo pensé… —Priya se detuvo.

—Pensaste que todavía era un buen hombre, a pesar de todo.

—Es un buen hombre —exclamó Priya.

Luego se obligó a detenerse de nuevo, apartó la mirada de Bhumika y observó el cosmos sinuoso que las rodeaba, líquido y extraño. Si él no era bueno, ¿cómo podría Priya ser buena? ¿Cómo podría serlo cualquiera de ellos?

—Recuerdas al niño que fue —dijo Bhumika—. No ves… al hombre que es ahora.

—Recuerdo que me salvó la vida. Que se preocupaba por mí.

A veces siento que casi recuerdo aquella noche y no puedo odiarlo, porque…

—Se le quebró la voz—. No me gusta hablar de mis sentimientos.

No me gusta nada de esto, Bhumika, y te juro que si pudiera arrancarme esta ira, si pudiera no sentir lo que siento, si pudiera borrar aquella noche por completo…

—Lo sé —asintió Bhumika—. ¿Recuerdas cuando te subía a mis habitaciones y hablaba contigo a solas, de vez en cuando, cuando llegaste al mahal por primera vez?

—Siempre tenías dulces —dijo Priya inmediatamente. Era su recuerdo más fuerte de aquella época. Después de años de hambre, había tenido una extraña obsesión por la comida—. Una vez incluso me ofreciste rasmalai , cubierto de pétalos de rosa.

—Convencí a Vikram de que deseaba criar una niña —recordó Bhumika—. Le gustó esa idea. Así que te conseguía dulces, sí. Y me ocupé de ti, Priya. Por un tiempo. —Vaciló—. Pri. Traté de ser una familia para ti. Realmente lo intenté.

A Priya le dolía el pecho.

—Lo sé —dijo, con dificultad—. No me escuches cuando estoy enfadada. O nunca. Nunca soy justa contigo, Bhumika.

—¿Eso ha sido una disculpa?

—No —respondió Priya—. Esto es una disculpa: lo siento. Saboréala, porque no lo voy a volver a decir.

La frase cayó pesadamente entre ellas, tosca como una piedra.

—Por favor, no —dijo finalmente Bhumika.

Había un tono más suave en su voz, mientras se movía en el agua, mientras ondulaba silenciosamente alrededor de su sombra—.

No recordarás esto, supongo, Priya, pero eras tan callada cuando llegaste al mahal por primera vez…

No era timidez. Simplemente, no estabas dispuesta a hablar.

Traté de hablarte de nuestra infancia. Del Hirana.

De cómo habíais logrado escapar Ashok y tú.

Te negaste a decirme nada. En aquel momento pensé que era por el trauma.

Eras una niña. Estabas asustada, herida y abandonada.

Pero ahora creo que no fue por eso. Tomaste una decisión, Priya. Había algo que querías borrar.

—No puedes saberlo.

—Sé lo terca que eres. Nunca me has obedecido —dijo Bhumika—. Realmente no. Hay algo en ti que es… elemental. Y también lo veo en Ashok.

—¿Estás diciendo que soy como él?

—Estoy diciendo que has buscado las aguas inmortales.

Te aliaste con Ashok y luego rompiste con él.

Hiciste un pacto con una princesa de Parijatdvipa, todo sin mí, por tu propia voluntad.

Trazas un camino que yo no puedo seguir, Priya, y nunca miras lo que dejas atrás.

—Hablaba con suavidad, y aun así lograba que sus palabras lastimaran profundamente—.

Te impulsa un código moral que no puedo comprender.

A tu manera, eres tan peligrosa como Ashok.

Sí. Debería haber reconocido eso en ti hace mucho tiempo.

La opinión que Bhumika tenía sobre ella, el hecho de que la viera como una especie de criatura asombrosa, extraña, feroz y elemental, hizo que Priya quisiera reír con incredulidad.

—Nunca he hecho nada, nada —le dijo—. Nunca fui… nada más que una sirvienta. Hay partes de mí que están rotas, y yo estoy de pie en medio de todas esas piezas y no voy a ninguna parte. Estoy atascada, Bhumika. En todo este tiempo, solamente he estado quieta. Solo he sobrevivido.

—Una quietud que te restringe, creo yo. Y ahora estás exactamente donde debiste estar todo el tiempo: en el Hirana, con las aguas inmortales casi a tu alcance. —La voz de Bhumika estaba cargada de intención—. Puedo ver que te estás volviendo más fuerte.

—Eso nunca fue lo que planeé.

—¿No? —Hizo una pausa—. Ya no intentaré controlarte, Pri. Pero te pido que pienses, ¿alguna de las personas en las que has confiado lo merece realmente?

—Confío en ti —logró decir Priya.

Bhumika negó con la cabeza, lenta y segura.

—No —corrigió—. No creo que confíes de verdad. Regresa, Priya. Y por favor, mantén encarcelada y segura a la princesa un poco más. Por mi bien.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Priya, otra vez.

Bhumika se quedó en silencio por un momento. Luego respondió:

—Todavía no lo sé. Pero comenzaré por hablar con Vikram. Le aconsejaré que busque una salida a la guerra que nos permita sobrevivir a todos. Y si él no me escucha… —Una sombra, como de alas negras, atravesó su voz—. Bien. Ashok y tú no sois los únicos hijos del templo.

—Te deseo suerte —dijo Priya—. Supongo que por el bien de todos nosotros.

—Sí —dijo Bhumika—. Por el bien de todos nosotros.

Volvió a su piel. Echó un vistazo a la figura dormida de Malini, luego salió de la habitación para caminar por el triveni . Había estado lloviendo otra vez. El suelo estaba resbaladizo, casi un estanque, un gran espejo.

Si Bhumika tenía razón… Si ella había elegido no hablar, si había elegido olvidar…

Inclinó la cabeza hacia atrás. La lluvia caía nuevamente. Una última lluvia de un monzón que se desvanecía. Se subió al pedestal del triveni , la piedra fría y húmeda bajo sus pies descalzos, la cara levantada hacia el cielo. Tierra. Cielo.

“Solo muéstrame el camino”.

—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué tenía que mostrarte el camino, Ashok? ¿Qué sabía yo que tú no sabías?

La respuesta estaba dentro de ella. Siempre había estado allí.

Pero ella la había encerrado dentro de sí misma.

Había guardado aquella noche de fuego y muerte en su puño cerrado.

Tenía demasiado miedo de que se la robaran como para dejarla ir, como para hacer otra cosa que ocultarla.

Durante el dolor, el hambre y la pérdida, tras su llegada al mahal , mientras bebía y reía con Sima bajo la protección de los árboles, siempre la había llevado consigo.

La había sostenido para que nada pudiera tocarla ni alterarla.

Era hora de desplegar los dedos. Era hora de ver lo que ocultaba.

Por primera vez en una década, Priya pensó en la noche en que la quemaron a los niños del templo.