El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y dos
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Capítulo Treinta y dos

RAO

P rem estaba sentado solo, envuelto en un gran chal a pesar del calor, con una botella de vino abierta en las manos. Estaba bebiendo directamente de ella, con un gesto de contemplación en su rostro.

—Los caballos están listos —anunció—. Mis hombres están preparando provisiones. Traté de reunirme con el general Vikram para despedirme de él, pero, alabadas sean las Madres, no recibe visitas en este momento. ¿Compartes un trago conmigo?

Rao se apoyó contra la pared.

—Es posible que la princesa Malini se esté muriendo —dijo. Era todo lo que podía decir.

Los ojos de Prem se agrandaron, luego se entrecerraron comprensivos.

—Esa era su criada —dijo—. Debería haber sabido que la chica era una de sus arañas. Dioses, esa mujer tiene talento para coleccionar personas, ¿no? —Prem se volvió y bebió su vino. Tiró del cuello de su túnica—. ¿Qué quieres hacer?

—Quiero salvarla —respondió Rao—. Pero sé que no es posible. Y no es lo que ella quiere que hagamos.

—Bien. Tampoco es lo que yo quiero que hagamos.

—Cuando Rao lo miró con incredulidad, Prem negó con la cabeza—.

No me mires así. Sabes que no hay una manera fácil de salvarla.

Y por valiente que fuera ella en la corte, por excelente que fuera para organizar la causa del emperador Aditya, no es… fundamental.

—¿No lo es? —murmuró Rao.

—Aditya volverá a por ella, Rao. Cuando la guerra termine y hayamos triunfado.

—No podrá hacerlo si ella muere.

—En ese caso, será recordada por sus sacrificios y el emperador Aditya la honrará —dijo Prem con firmeza—. La promesa de la muerte nos espera a todos, Rao. Algunos de nosotros tendremos una buena muerte y otros no. Al menos no morirá quemada.

—Como sí murió mi hermana.

Prem no se inmutó ante eso. Solo asintió y bebió.

—Como murió tu hermana, sí. —Bebió de nuevo, luego suspiró—. Ah, lo siento, Rao. No soy una buena compañía.

—Está bien —dijo Rao.

Pero, de hecho, no estaba bien.

—Lamento tu pérdida. De verdad. Pero… —meneó la cabeza—. Ya hemos perdido mucho, y este golpe aún no ha comenzado realmente. Pero de eso se trata, ¿no? Retirar a un déspota del poder tiene un costo. Simplemente no quiero pagarlo.

Un comentario sensiblero del príncipe, por lo general frívolo. Rao esperó, inmóvil por un momento, mientras Prem le devolvía la mirada.

—No puedes suspirar por ella para siempre, Rao —dijo finalmente Prem—. Ella nunca fue para ti de todas maneras.

Rao tuvo que contener la risa. Prem no entendía nada en absoluto. No entendía qué era Malini para él; lo que le habían susurrado mucho tiempo atrás, un secreto, algo que era suyo y solo suyo, en la oscuridad.

—Lo siento —dijo, enderezándose—. He sido un tonto. Yo… —Se volvió—. Regreso en un momento.

—Rao…

—¡En un momento! —gritó, y salió corriendo por la puerta.

En la oscuridad de una noche llena de gente, en una calle que nunca dormía, habría sido imposible que encontrara a la criada.

Pero cuando salió corriendo de la casa de placer, vio su sombra, la forma de sus hombros y la palidez de su sari, mientras se movía entre los puestos del mercado iluminados por faroles. La alcanzó.

—¡Espera! —jadeó.

Ella giró rápidamente, y él vio que su mano se cerraba en un puño.

Llevaba una daga en la mano, un feo cuchillo de cocina.

Tuvo el sentido común de no blandirlo. Lo sujetaba con fuerza a su lado, con el brazo en ángulo, como si estuviera lista para destriparlo si fuera necesario.

Su expresión era tensa y solo se aflojó un instante cuando se dio cuenta de quién era él.

—¿Qué quieres?

—Darte un mensaje.

—Ya me has dado un mensaje. Te he dado el de ella. ¿Qué más hay?

—Solo esto. Dile que estaré en la entrada del sendero del buscador —dijo—. La esperaremos en las tumbas.

—En la enramada de los huesos —corrigió la sirvienta—. Así es como la llamamos.

—La enramada de los huesos, sí —confirmó—. Dile que esperaré hasta que termine el festival de la oscuridad de la luna. Si puede escapar, la llevaremos con nosotros. Si envía un mensaje, trataremos de ir a buscarla. Intentaré ir a por ella.

—No es lo que ella querría —dijo la criada con dureza.

—Lo sé —admitió Rao—. Pero… sopesé los riesgos y cambié de opinión. Quiero que ella tenga la opción. —Y luego, con un sentimentalismo vergonzoso, dijo—: Si se está muriendo, es posible que desee que su propia gente la cuide.

—¿Más de lo que ella desea que su causa triunfe? —La criada se rio—. No la conoces tan bien como crees, mi señor.

—Sé todo lo que necesito saber de ella —dijo.

No podía decirle que sabía en el fondo de sus huesos que Malini viviría. Tales cosas no eran para contárselas a los desconocidos. No podía explicarle los secretos de la fe sin nombre, la respuesta susurrada que vivía en su sangre, que le decía más sobre Malini de lo que la propia Malini sabía.

—Díselo —agregó—. Es todo lo que te pido.

Después de que la criada desapareciese, regresó a la casa de placer mucho más lentamente. Le dolía el costado. Prem se había ido. Para organizar a sus hombres, sin duda, o dormir su borrachera.

Lata lo encontró sentado en los escalones de la terraza de su ridícula habitación.

—Te has demorado bastante —dijo en el silencio—. Es hora de ir al encuentro de Aditya. Te ha estado esperando.

—Después de lo del poeta, cuando me lesioné, me preguntaste qué quería hacer.

—No puedes hacer lo que quieras —dijo Lata—. ¿O sí puedes?

—No —meneó la cabeza.

Ella le devolvió la mirada, completamente tranquila.

Había sido una sirvienta en el mahal imperial, antes de la caída en desgracia de Malini.

Pero, además, había sido aprendiz de la sabia que había educado a Malini, Alori y Narina cuando eran niñas.

Estaba tan familiarizada como cualquiera podría estarlo con el extraño peso de la fe sin nombre: sus alegrías, sus demandas. Su precio.

—Lata —quiso saber él—. ¿Por qué nunca me llamas Rao?

Ella le dirigió una mirada considerada. Luego cruzó la habitación y se sentó a su lado.

—Puede que no sea un sacerdote de la fe sin nombre, pero soy sabia —dijo finalmente—.

Entiendo el valor que tu gente le da a los nombres.

Y sé que Rao no es el tuyo verdadero. Sé que sigues las formas más antiguas y pagas el precio que estas exigen.

No necesito llamarte por un apodo. Honro el nombre que te fue susurrado en tu nacimiento.

—¿Sabes cuál es?

Ella negó con la cabeza.

—¿Cómo podría saberlo?

—Mi hermana lo sabía —dijo—. Ella me contó el suyo, antes de morir. Y yo… Yo le dije el mío.

—No tuve oportunidad de hablar con la princesa antes de su inmolación —dijo Lata en voz baja—. Y ella no me lo habría dicho, de todas maneras. Entiendo que el momento de revelarlo es… significativo. Especial.

Rao asintió.

—Cuando tu nombre es una profecía, es sabio mantenerlo en secreto. O eso me enseñaron siempre. Solo hablamos de ello cuando es el momento adecuado. Cuando la profecía se acerca a su cumplimiento. Cuando nuestra voz tiene un propósito.

Conocía la historia de su propio nombramiento.

Su madre y su padre lo habían llevado al jardín del templo de Alor, un valle apacible y frondoso lleno de árboles que goteaban dejando joyas sobre los hilos.

El sacerdote, vestido de azul pálido, había llevado a Rao al monasterio y había buscado su nombre en la oscuridad insondable del dios.

Rao había regresado al jardín a los cinco años y le habían entregado su nombre.

Lo había llevado desde entonces: el peso de sus consonantes agudas y sus vocales suaves. El peso de su promesa.

—Alori… —Tragó saliva—. Mi hermana. Su verdadero nombre era… el idioma alorano antiguo es difícil de traducir, pero… se llamaba “La que arderá en la pira”. Y eso fue lo que le ocurrió.

—Un nombre de muerte es una carga terrible —dijo Lata, con una compasión tan sabia que él no se atrevió a mirarla.

—Ella era fuerte. Pudo llevarlo… bien. —Mejor de lo que lo hubiera hecho Rao—. Mi nombre no profetiza mi muerte. Mi nombre…

—Puedes decírmelo si lo deseas —dijo Lata suavemente—. O no.

Rao miró hacia la nada. Pensó en su hermana, con sus silencios y su inteligencia, y la forma en la que le había tocado el brazo con la frente y le había dicho: “No llores, por favor, no llores. Estoy bien. Toda mi vida he sabido que algún día me quemaría”.

—No —dijo—. No es el momento adecuado. Lo sé.

Se puso de pie, estremeciéndose un poco cuando la herida en su costado se tensó.

—Pero sí es el momento adecuado para que comience mi viaje a Srugna. He hecho todo lo que he podido aquí. El destino de la princesa Malini está fuera de mis manos.