El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Treinta y uno
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Capítulo Treinta y uno

PRIYA

L a primera noche no se separó del lecho de Malini.

Midió cuidadosamente una dosis de tintura de flor de aguja y rogó no haber cometido un error, que Gautam no la hubiera engañado y que la princesa sobreviviera.

Desde su última dosis, cuando inmovilizó a Priya y se enfureció, Malini había estado en completo silencio, con los ojos cerrados.

Si no le hubiera puesto una mano en la boca para sentir la cadencia de su respiración o no le hubiera tocado el pulso en la muñeca, como lo había hecho una y otra vez, podría haber pensado que Malini estaba muerta.

Se sentó junto a la princesa en el charpoy tejido y la instó a beber la flor de aguja; tuvo que convencerla otra vez para que abriera la boca. La recostó en su regazo y se la dio sin siquiera mezclarla con vino para que la tragara más fácilmente.

—Vas a estar bien —le dijo cuando Malini tosió y apoyó la cabeza contra el brazo de Priya, con los ojos aún cerrados con fuerza. Pasó una mano por el cabello de la princesa, como si fuera una niña a quien se pudiera consolar fácilmente con una caricia amable—. Vas a estar bien.

Esperaba que no fuera una mentira.

Priya entraba y salía del sopor, de sueños agotados.

Cuando parpadeaba para abrir los ojos, alternando entre el sueño y la vigilia, las tallas de las paredes parecían bailar ante sus ojos, rodeándola en un círculo imperturbable.

El Hirana vibraba bajo sus pies. Y Malini seguía durmiendo, respirando cálida y tranquilamente contra el costado de Priya.

Al día siguiente todavía estaba viva, pero siguió durmiendo, sin comer; tomó agua y flor de aguja solo cuando la convenció. La noche siguiente, Priya la abrazó de nuevo, observando cómo subía y bajaba su pecho.

“Dejadla vivir”, pensaba. “No dejéis que me despierte y la encuentre fría. Dejadla vivir”.

Era humano, natural, querer que Malini viviera. No más que eso.

Tomó la mano de la princesa entre las suyas y la sostuvo con firmeza.

—Nunca te vengarás si no sobrevives —le dijo—. Si puedes oírme, no lo olvides.

Fue al día siguiente, en medio de una tormenta, cuando Malini despertó por fin. Bebió un poco de agua. Extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de Priya una vez más.

—Dile a Rao —susurró, cuando Priya le preguntó cómo se sentía; cuando trató de convencerla de que comiera, de que descansara más, de que tomara su próxima dosis controlada—. Dile que se vaya.

Luego volvió a dormirse. Sus dedos sobre los de Priya estaban fríos.

Priya drogó a Pramila una vez más. Caminó por el triveni , esperando ansiosa, y luego bajó del Hirana en la oscuridad de la noche.

Los hombres del regente patrullaban en grupos numerosos e intimidantes.

Pero a pesar de ello, los mercados nocturnos estaban llenos de gente que caminaba entre los puestos de comida con obstinada alegría, sus voces altas, sus sonrisas desafiantes.

Se habían colgado pancartas de colores entre las casas.

Había faroles en cada terraza, aún sin encenderse.

Priya, confundida por el bullicio de la multitud, tardó un momento en recordar que la noche siguiente sería el festival de la oscuridad de la luna, en el que las familias donarían lujosos regalos a los pobres, comerían jalebis dorados y dulces de leche, y colocarían docenas de faroles en sus terrazas para iluminar la oscuridad.

Le tomó mucho más tiempo deducir, por los chismes de las personas que la rodeaban, que el regente había dado permiso explícito para que el festival continuara con normalidad.

Nadie sabía exactamente por qué había elegido hacerlo, pero había rumores de descontento aquí y allá mientras ella caminaba sobre el desastre que los soldados de Parijatdvipa habían hecho en la ciudad.

Efectivamente, vio un puñado de edificios con las vigas de madera rotas, aún sin reparar.

Se las arregló para entrar en el palacio de las ilusiones con bastante facilidad.

Todo lo que tuvo que hacer fue acercarse a la entrada de los sirvientes con confianza, con una escoba en la mano, robada de la terraza de una casa desafortunada; los guardias, indiferentes, le permitieron pasar.

Después de eso, fue solo otra sirvienta invisible que se deslizaba por los pasillos mientras sonaban sitares distantes y las mujeres cantaban canciones de amor.

El Señor Rajan, o Rao, o el príncipe sin nombre, o como Malini quisiera llamarlo, fue a su encuentro.

Le había preguntado por él a uno de los hombres —guardias, supuso, aunque fumaban y se recostaban fuera de la puerta con mucha más calma que cualquier guardia de servicio que hubiera visto antes— y él había ido, arrastrando su chaqueta, como si hubiera salido directamente de la cama, tropezándose.

—¿Qué ocurre? ¿Qué te ha dicho?

Priya se lo explicó. Al terminar, le dirigió una mirada de incredulidad.

—No puedo dejarla sin más.

—Es lo que ella quiere que hagas. Dijo que Aditya te necesita.

Rao la evaluó, su mirada recorrió su rostro, como si pudiera leer algo en la mirada, en el surco de su ceño y la mueca de su boca.

—Sí —dijo finalmente—. Me necesita. Pero también la necesita a ella. Aditya es… no es como ella.

No sabía qué esperar de un hombre que vivía en un burdel. Pero Rao era como una cierva: gentil, pero con astucia reflexiva.

—Te dije que está enferma —repitió Priya—. La verdad… la verdad, tenía miedo de que muriera. Y todavía no estoy segura de que no vaya a morir. No puede ayudarte. No tiene fuerza para escapar. Y no tiene a nadie en quien confiar en su prisión, excepto en mí.

“Yo podría ayudarla a escapar”, pensó Priya, mientras el rostro de Rao contraía ligeramente y él se llevaba una mano a la frente.

“Podría traerla aquí, con este hombre. No sería fácil bajarla por el Hirana, teniendo en cuenta cómo es ella. Pero podría hacerlo. Tal vez, ciertamente, ella estaría más segura”.

Pero la lealtad de Priya no se dirigía en primer lugar a Malini, sino a sí misma, a Bhumika y a Ahiranya.

Rao carraspeó.

—¿Estás segura?

—Tan segura como puede estarlo cualquiera.

—No puedo dejar que se arriesgue a morir sola —dijo.

—No está sola —dijo Priya—. Me tiene a mí.

El príncipe inclinó la cabeza.

—No es suficiente.

—Es más de lo que recibe la mayoría de la gente —dijo Priya—. Pero… prometo, si sirve de algo, que haré todo lo que pueda para mantenerla con vida. Usaré lo que tengo para ayudarla a sobrevivir hasta que tú o tu príncipe podáis volver a por ella.

Era más una promesa que algo que fuera a hacer, más de lo que quería deberle a Malini, pero ¿era verdaderamente capaz de dejarla en ese momento, cuando se había quedado despierta dos noches viéndola dormir, aterrorizada de que la muy tonta muriera?

—He cumplido con mi deber al hablar contigo —agregó—. Pero ahora tengo que volver con ella. Mi señor. —Inclinó la cabeza en una reverencia.

Él no le devolvió el saludo.