Capítulo Treinta #2
Esa no era la voz de Alori, ni la de Narina.
Era… ella misma. La princesa Malini, hija de Parijat, coronada en una profusión de flores, jazmines pálidos que irradiaban en caléndulas, para imitar el sol naciente.
La princesa Malini, con un sari de seda del color verde de un pavo real, con una cadena de rosas doradas anudadas alrededor de la cintura, un collar de perlas gruesas alrededor de la garganta.
Ella era todo lo que Malini ya no era. Y estaba sonriendo.
—Tú —dijo Malini con voz entrecortada— tampoco eres real.
Parecía fácil y correcto alejar a su antiguo ser, empujarlo y luego golpearlo con los puños, mientras algo feo y furioso se precipitaba hacia sus pulmones, sus ojos y su boca, mientras pensaba en Narina y Alori acurrucadas junto a ella en su cama, o en el funeral de su madre, o en el de su padre, o en Aditya al abandonarla sin dejarle nada más que una carta y un beso en la frente.
La fealdad se convirtió en un gemido y luego Malini comenzó a gritar y reír, aun cuando Priya intentaba hacerla callar y sujetarle los puños, con una arruga de preocupación en la frente, y era Priya contra quien estaba luchando después de todo…
—¿Qué ocurre aquí?
Era la voz de Pramila.
—Mi señora, no lo sé. Ella simplemente se volvió contra mí. —La voz de Priya era frenética. Estaba aferrando las manos de Malini, para obligarla a quedarse quieta.
—Necesita su medicina —dijo Pramila—. ¿La tienes? Dámela y…
Malini se rio. Y se rio. Casi no podía respirar de tanto reír, pero se obligó a hacerlo, mostró los dientes en una sonrisa y pensó en Narina.
—Tu hija —le dijo a Pramila—, tu Narina, a quien lloras y lloras…
La mañana en que murió, ¿lo sabías?, cuando bebió el vino de opio y esperó a que los sacerdotes fueran a buscarnos, apretó su cabeza contra mi brazo y me dijo: “Quiero a mi madre”.
¿Lo sabías? No sé si alguna vez te lo conté.
Creo que tal vez yo quería ahorrártelo. No sé por qué.
Pramila dio un respingo, como si Malini la hubiera golpeado. ¿La había golpeado? Su mano estaba apoyada la pared. ¿Estaba llorando?
—Debería llamar a los guardias —murmuró Pramila—. Debería… ellos pueden obligarla a beber, a ver si no…
—Mi señora…
—No me merezco esto —sollozó Pramila—. Yo…
—Le haré beber —dijo Priya—. Lo juro. Me ocuparé de ella. Por favor, Señora Pramila.
—No puedo. No puedo…
—Por favor, Señora Pramila —suplicó Priya—. Por favor, tranquilícese.
Pramila sollozó otra vez. Asintió con la cabeza, su cara llena de manchas, desagradable. Se dio la vuelta y se fue. Priya suspiró y Malini la aferró de los brazos mientras su cuerpo se estremecía contra su voluntad.
—Tienes que beber ahora —dijo Priya—. Y como has visto, puedo obligarte si tengo que hacerlo.
Malini volvió la cabeza.
—No eres tú misma —agregó Priya suavemente.
—No eres la primera en decírmelo hoy.
—¿Qué?
—Estoy alucinando —dijo Malini con impaciencia—. Presta atención, Priya.
No quería explicar que cuando Narina y Alori habían aparecido, antes, necesitó hablar con ellas.
No le importaba si eran inmortales o alucinaciones.
Solo importaba que haberlas perdido la quemaba, dolorosa y profundamente, y hubiera querido tocar ese dolor, sentir la sangre fresca de ellas otra vez.
—Tienes que decirle a Rao que se vaya —dijo Malini en cambio—. Dile que se vaya. Dile que Aditya lo necesita.
—Rao —repitió Priya. Sus labios formaron el nombre con cuidado—. Por supuesto.
—Ese no es su nombre —dijo Malini—. Ninguno de ellos tiene nombre. Solo palabras para que las usemos el resto de nosotros, para sujetarlas como un paño debajo de una aguja. ¿Entiendes?
—En absoluto —dijo Priya.
—La realeza de Alor —dijo Malini— venera al dios sin nombre.
Mantienen sus nombres en secreto. Porque sus nombres son sus destinos.
Yo solo… solo confío en él ahora. Y quiero que algo bueno salga de esto.
Él no puede salvarme de este lugar. Lo sabe.
Tú también lo sabes. Su presencia aquí es un desperdicio.
Pero si va al encuentro de Aditya… Si puedo obtener el más mínimo sabor a venganza…
El fuego subió por su lengua.
La pira ardía ante ella. Chandra estaba de pie allí.
Varias manos la arrastraban hacia la pira.
Ninguna de sus cuidadosas y cortantes palabras había funcionado.
La verían arder, todos estos príncipes y reyes, muchos de ellos aliados que ella había cultivado con palabras bonitas y pactos y, sí, dinero. Se aferró a Chandra y luchó con furia.
“Si debo quemarme, te llevaré conmigo, con trono y todo”.
Pero Chandra no estaba allí. Solo Priya, tendida debajo de ella en el suelo de piedra, atrapada por las manos de Malini, mirándola con esos ojos claros. Sus ojos rodeados de pestañas más castañas que negras. Contra su piel oscura, eran como el oro.
Un pensamiento absurdo. Pero devolvió a Malini a su propia carne nuevamente. La hizo desplomarse cuando Priya la aferró y la sostuvo con firmeza.
—Silencio —dijo Priya—. O Pramila te escuchará.
¿Malini estaba haciendo ruido? No se había dado cuenta. Rechinó los dientes, bajando la cabeza.
—Me dejaste abrazarte —dijo— cuando podías derribarme sin siquiera intentarlo.
—No quiero lastimarte —dijo Priya, con voz firme y segura. Ya lo había dicho antes, recordó Malini. Hacía mucho tiempo.
—¿Y por qué no? —exigió saber.
—Porque tenemos un trato.
—Ah, no —dijo Malini—. No. No es por eso.
Ella se derrumbó un poco más, un espasmo de dolor la atravesó. Fantasmas. Fuego. Los espíritus de telaraña de Narina y Alori que bailaban a su alrededor.
—Malini. Princesa. Vamos, por favor. Déjame ayudarte a volver a tu cama.
Malini se dejó trasladar. Priya la levantó como a una niña y la ayudó a subir al catre.
—Yo te importo —dijo la princesa—. Te preocupas por mí. Odias que te necesite tanto y que haya tratado de darte lo que querías de mí, lo que pensé que querías de mí, para obtener lo que yo necesitaba de ti. Pero, aun así, te importo. No me mientas y me digas que no. Lo puedo ver en tu cara.
—No sabes lo que estás viendo —murmuró Priya frunciendo el ceño.
—Sé exactamente lo que veo —dijo Malini—.
Pero no entiendo por qué. Oh, cuando pensabas que yo era tierna y sufriente, eso lo podía entender.
Pero ahora, ahora que sabes que te he mentido y usado, ahora que sabes que soy una traidora, una impura, que tengo un corazón duro, que soy el imperio y el imperio soy yo…
—No lo sé —dijo Priya. Su voz fue un latigazo—. No sé por qué me importas, ¿es eso suficiente? Tal vez simplemente no soy lo suficientemente monstruosa como para disfrutar viendo sufrir a otro ser humano, sin importar cuán duro pueda ser su corazón.
—Esa bondad sincera no tiene nada que ver conmigo —reflexionó Malini. Las palabras salieron de ella lentas y espesas como la miel—. No estoy segura de creer que alguien así exista. Todo el mundo quiere algo. Todos usan esos deseos. Eso es la supervivencia. Eso es el poder.
—Entonces tu vida ha sido terrible y triste —respondió Priya sin rodeos.
—No es así. Tengo todo lo que necesito. —Amigos leales. Aliados leales—. Solía tenerlo todo. Solía…
Su voz se apagó. Silencio. Un latido, luego otro. Luego Priya habló.
—No estás demostrando tu fuerza —dijo— al rechazar la flor de aguja.
—Puedo luchar contra esto —protestó Malini débilmente.
Priya tocó con su mano la de la princesa. Los dedos eran ásperos sobre las palmas. Su contacto era suave.
—No creo que puedas —objetó—. No creo que nadie pueda.
—Todos los cuerpos sufren y mueren igual, nos guste o no —dijo Alori amablemente.
—No estás aquí —dijo Malini—. Así que cállate.
—Veo que sigues siendo una grosera —comentó Alori con un suspiro exasperado.
—No puede evitarlo —agregó Narina.
—Incluso en mi mente eres horrible conmigo —dijo Malini. Le dolían los ojos—. Si os digo que os extraño… bueno. Ambas lo sabíais cuando vivíais. Y ahora eso no le importa a nadie más que a mí. Así que no lo diré.
—Malini. —Los dedos de Priya se entrelazaron con los suyos—. Por favor. Concéntrate en mí. La flor de aguja, ¿la tomarás?
Priya. Priya se inclinaba sobre ella. Priya apretaba su mano, tratando de traerla de regreso al mundo estable.
Su cabello era muy lacio, tan oscuro donde caía sobre la curva de su oreja. Extraño. No era encantadora, no, pero partes de ella sí lo eran. Partes de ella.
—Hay tantas maneras en las que podría haberte convencido de que me liberaras.
—Pensamientos oscuros, pensamientos ligeros, como un destello de sombra en la piel—.
Desearía tener la fuerza para usarte como lo necesito, para poder escapar de aquí —dijo Malini—.
Y, sin embargo, me alegro de no poder hacerlo.
Priya se limitó a mirarla, imperturbable.
—Por favor —insistió—. Bebe.
Y, finalmente, Malini tomó un sorbo minúsculo. Lo tragó, acre y dulce. Y volvió a caer en un sueño oscuro, con sus dedos aún entrelazados en los de Priya.