Capítulo Treinta
MALINI
L os mareos empeoraron después de que Priya se fue.
Los temblores le sacudían el cuerpo, y hubo momentos en los que no veía ni oía nada durante largo rato y luego, al reaccionar, se encontraba en una nueva posición.
Apoyada contra la pared o derrumbada en el suelo, Malini no se sentía dueña de su cuerpo.
Nadie iría si pidiese ayuda. Ella y Priya se habían asegurado de eso, después de todo.
Priya se había ido hacía una hora. Dos. Tres. Malini se obligó a permanecer en su charpoy , acurrucada de lado como una niña pequeña, con las manos juntas en la concavidad de su estómago, como si el calor de su propia piel pudiera mantenerla en su lugar.
“Quizá Priya haya muerto”, pensó Malini. Era ridículo. Pero el tiempo transcurría de manera diferente cuando una estaba cautiva y el cuerpo se negaba a obedecer.
Escuchó el susurro de pasos detrás de ella. Levantó la cabeza y…
No había nadie ahí.
No podía quedarse en el charpoy con esos ruidos extraños que rozaban sus oídos. Se sentía vulnerable y asustada, el corazón le aullaba en el pecho. Bajó, mareada, y atravesó la habitación. Se dejó caer contra la pared.
Un recuerdo de fuego crepitaba dentro de ella. Cerró los ojos y escuchó el chasquido de la madera al astillarse y el siseo de la carne al quemarse bajo las llamas. Los gritos.
Ella no estaba bien. No estaba bien. No.
Vio dos sombras cruzar el suelo. Las observó.
“No es real. Esto no es real”.
“No es real”.
—Mi señ… —Priya se corrigió—. Malini. Ya he regresado. ¿Por qué estás sentada en un rincón?
—Sentí esa necesidad —dijo la princesa con voz áspera.
No se movió cuando Priya se acercó a ella.
No escuchó los pasos esta vez, lo cual era al menos normal.
Priya siempre caminaba con una gracia extraña y silenciosa.
Su rostro estaba dolorosamente vivo, oscuro y real frente al de Malini—. ¿Lo encontraste?
—Así es —dijo Priya, arrodillándose.
—¿Puede liberarme?
Priya se quedó en silencio por un momento.
—Eso es un no, entonces.
—Me dio mensajes para ti.
—Dímelos —dijo Malini.
Priya lo hizo. Era un consuelo saber que su trabajo no se había desperdiciado.
Aditya tenía todas las herramientas que ella había podido proporcionarle, todo lo que necesitaba para hacer polvo a Chandra.
Pero no lo suficiente para verla libre de esto; de su prisión, su envenenamiento, las marcas negras del fuego en las paredes que la rodeaban.
—¿Ha intentado el Señor Rajan negociar directamente con el general Vikram? —preguntó Malini—. Vikram tiene mucho que perder con el gobierno de Chandra, y más que ganar con el de Aditya. Podría beneficiarnos.
—No lo sé —dijo Priya—. No sabía que debía sugerir eso.
—No. No tenías por qué saberlo.
Priya frunció el ceño.
—No te enfades, Priya —murmuró Malini—. Esas cosas son asunto mío, no tuyo. Me criaron para tener en cuenta la política, siempre.
Pero ella conocía a Rao. Conocía el valor de la afabilidad, de los juegos de poder más sutiles. Por eso siempre se habían llevado tan bien, y por eso él y Aditya habían sido tan buenos amigos. Se habría acercado a Vikram de alguna forma. Era evidente que ese enfoque no había dado frutos.
—Debes volver pronto —dijo Malini—. Debes decirle…
Ah. No podía recordar lo que Priya debía decirle. Las palabras se le habían escapado de la mente. Sus manos temblaron un poco.
Esto pasaría pronto.
—Tienes que tomar esto —dijo Priya.
Sostenía una taza en sus manos. ¿Cuándo la había conseguido? ¿Había entrado con ella? Malini no lo sabía.
—¿Qué es?
—Una dosis muy muy pequeña de flor de aguja —explicó Priya.
Su expresión era seria—. Finalmente pude hablar con un sanador.
Tu cuerpo se ha acostumbrado al veneno. Aparentemente, reducir la ingesta demasiado rápido es tan peligroso para tu vida como continuar consumiéndola.
Necesitamos darte algunas dosis más. Solo unas pocas.
Las mediré con cuidado y pondré la mitad cada vez.
Incluso eso probablemente no sea seguro, pero es…
es la forma más rápida en la que podemos verte libre de esto.
—Ah —murmuró Malini. Miró la mano de Priya, la taza y sus dedos fuertes y de huesos finos que se cerraron alrededor—. Eso explica muchas cosas.
Se acercó. Luego retiró su mano.
—Llévatela —dijo—. No me la beberé.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero.
—Malini —dijo Priya.
—No. No la volveré a tocar. Lo que me hizo… —La bilis del veneno en su lengua. Su mente en una niebla terrible, asfixiante. Su dolor, que se enroscaba a su alrededor, como un lazo que la ahorcaba—. No. No la aceptaré.
—Morirás si no la tomas —explicó Priya sin rodeos—. Has confiado en mí para tantas cosas… confía en mí para esto.
Había confiado por necesidad. Pero sí. Después de todo, le había confiado a Priya el conocimiento de la existencia de Rao. Rao, que había cumplido su promesa y esperado su palabra.
—Todavía no, entonces —dijo Malini—. Todavía no.
—¿Por qué no?
Malini dirigió su vista detrás de Priya.
Allá, en la habitación que temblaba como si estuviera atravesada por una neblina caliente, había dos figuras.
La observaban. El humo descendía de sus cabellos.
Sus coronas de estrellas ardían. Malini las miró, alargó la mano, mientras su visión vacilaba una vez más, hasta que la oscuridad se apoderó de ella.
Narina siempre había sido la más bonita de las tres.
Tenía una nariz larga y fina, y cejas arqueadas, que depilaba en un arco aún más fino.
Pómulos altos, que acentuaba aplicando rubor.
Al estilo del pueblo de origen de su padre se oscurecía los dientes, lo que hacía que sus labios se vieran de un rojo aún más exuberante en comparación.
Se levantó y miró a Malini con una sonrisa chamuscada. Sin dientes. Solo carbón y cenizas.
—Te hemos extrañado, hermana de corazón —dijo.
—No tienes que decir nada —dijo Alori con ternura—. Sabemos que tú también nos has extrañado.
Pasó el tiempo. Malini parpadeó. Estaba en el suelo, y Priya la estaba sacudiendo para despertarla, mientras esos dos fantasmas se movían por la habitación, espejismos de humo de colores, seda roja enrollada y reluciente, las estrellas de sus cabellos brillantes, ardientes como el fuego.
“Malini. Malini”.
Oh, cuánto le dolía la cabeza.
—Si esto es una estratagema para que te ayude a escapar, es peligrosa —dijo Priya. Su voz temblaba—. Pramila está despierta y he logrado distraerla, pero…, por favor. Necesitas beber esto. Por favor.
—¿Cómo está mi madre? —preguntó Narina. Inclinó la cabeza hacia un lado, con un crujido como el de la leña—. No. Ya sé. Ni siquiera necesito adivinarlo. Se retuerce de dolor por mí. Te culpa por todo. Mejor que culpar al emperador. Mejor que culparse a sí misma.
Alori no dijo nada. Miró a Malini con ojos como huecos tristes, profundos y oscuros.
—Mi madre nunca te perdonará —murmuró Narina—. Espero que lo sepas.
—Por supuesto que lo sé.
—¿Qué? —Priya parecía confundida, alarmada—. No te entiendo.
—¿Ella piensa que soy inmortal ahora? ¿Una Madre de las llamas? ¿Tú lo crees?
—Ya no sé qué creer —dijo Malini con honestidad.
Arrodillada ante ella, Priya bajó la cabeza y soltó una maldición.
Priya.
¿Cuándo había hablado Priya con Pramila? ¿Cuánto tiempo había estado Malini en el suelo, observando la lenta espiral de la sonrisa muerta de Narina?
—Solo bebe —dijo Priya, su voz era un susurro temeroso—. Por favor.
Malini negó con la cabeza. Narina y Alori, tambaleándose de manera repugnante, se manifestaron primero a su lado y, luego, delante de ella.
—¿Recuerdas cómo nos cortamos el pelo las dos, después de que tu hermano te cortara el tuyo?
Usamos tijeras de plata e hicimos nuestras cabelleras aún más cortas.
Mi madre estaba furiosa —dijo Narina—. Dijo: “¿Qué eres sin tu corona gloriosa?”.
Pero ahora llevo una corona de fuego y soy cartílago y polvo, así que supongo que no importa.
—Has perdido tanto —dijo Alori, infinitamente amable, infinitamente triste, mientras sus dedos de telaraña rozaban la frente de Malini. Y Malini… no sintió nada.
Porque ellas no estaban ahí.
—Tus preciosas sedas. Tus joyas. Tu red de aliados. Tus amigos. Tu poder. Todo se ha ido. ¿Y quién eres sin ellos?
—Eres cruel —murmuró Malini—. Nunca habías sido cruel, princesa sin nombre.
—¿Y cuál es tu nombre, debajo de todas esas galas que has perdido? —susurró Alori—. ¿Cómo te llamaron los sin nombre el día que naciste?
—Esa —dijo Malini— es tu fe, no la mía.
—Eso no la hace menos verdadera —dijo Alori—. Lo creas o no, el destino te encontrará. Como me encontró a mí. Te dieron tu nombre mucho antes de que nacieras, princesa. Tu historia está escrita.
¿Estaba escrito que Malini viviera cuando Narina y Alori ardieron?
¿Estaba escrito que ella debería vivir y ser reducida a esto?
Se había esforzado mucho por construirse una armadura de poder impenetrable.
Había aprendido textos clásicos sobre la guerra, el gobierno y la política, leía a la luz de la luna cuando todos los demás en el mahal dormían.
Se había hecho amiga de las esposas de los reyes y de las hermanas de los príncipes.
—Y ahora no tienes nada —dijo Narina, con una voz de savia, de madera y de ceniza—. Ni siquiera a nosotras.
Ninguna hermana de su corazón. Nadie a quien recurrir.
—Tengo a Priya —se obligó a decir, y a través de la neblina escuchó la presión de una voz en sus oídos. “Sí, sí, estoy aquí, por favor”.
Una risa.
—¿Una sirvienta con poderes monstruosos, a quien ni siquiera le gustas en realidad?
—Oh, sí le gusto.
—Le gustaba la falsa tú —gorjeó una voz—.
La versión que creaste para ella. Te convertiste en algo cálido y herido, como una liebre gorda en una trampa.
No creo que ella supiera si quería salvarte o consumirte entera.
Pero no eres una liebre, ¿verdad? Eres una flor nocturna, en todo caso, preciosa solo por un breve tiempo antes de marchitarte.