Capítulo Veintinueve
PRIYA
N o tenía idea de cuánto tiempo pasaría antes de que Pramila despertara, y la razón le dijo que lo mejor sería regresar al Hirana lo más rápido posible. Ciertamente, antes de que amaneciera.
Pero había estado privada su libertad durante mucho tiempo.
Estaba acostumbrada a moverse: dejar el mahal e ir al mercado, comprar fruta fresca o dosas matutinas con chutneys dulces para contrastar con el frágil enrejado de la harina de garbanzos.
Había disfrutado escondiéndose de Gauri con Sima, vomitando vino de palma en el huerto, riéndose tan fuerte que le dolían las costillas.
Echaba de menos acostarse en su propia colchoneta para dormir.
Extrañaba a Rukh un poco. Y cuando recordó su rostro la última vez que hablaron, cuando pensó en Ashok y en lo que un hombre como su hermano podía hacer con un niño deslumbrado que estaba dispuesto a morir por él…
Pero ella no podía ir a buscar a Rukh. No tenía excusa para estar en el mahal , o ver a Sima, o siquiera tocar las sombras de su antigua vida.
Sin embargo, había una cosa que sí podía hacer.
La casa al borde del bosque se veía exactamente como la última vez que la había visitado; le pareció extraño, cuando tantas otras cosas habían cambiado.
Llamó suavemente a la puerta. Esperó.
Se abrió una rendija y la mirada alerta de Gautam se encontró con la suya. No parecía en absoluto cansado. Había algo tenso y aterrorizado en su expresión. Incluso en la oscuridad, pudo ver que su mano aferraba al mango de su hoz, teniéndola lista.
—Priya. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Necesito hablar contigo. No tardaré mucho.
—Es medianoche, mujer estúpida.
Parecía que iba a cerrarle la puerta en las narices, así que Priya se inclinó y colocó su cuerpo entre el marco y la puerta. Lo miró fijamente, sin pestañear, manteniendo su expresión tranquila.
—Gautam —dijo—. Me ha enviado mi hermano. Déjame entrar. Y baja la hoz.
Como ella había sospechado, él vaciló. Luego obedeció.
La condujo más allá de su taller, más allá de sus aposentos privados, al patio central de la casa. De allí la llevó a otra habitación, polvorienta y silenciosa, y cerró la puerta.
—¿Cómo va el negocio, Gautam? ¿Sigues prosperando?
—¿Por qué te ha enviado? —preguntó Gautam.
Ella negó con la cabeza lentamente, sin dejar que su mirada vacilara. Él parecía sudar más bajo la constante presión de sus ojos. Al menos, Priya había aprendido eso de Malini; que una mirada podía sujetar, atar y obligar, ser tan poderosa como cualquier magia.
—No fue él quien me envió —dijo—. ¿Cuánto tiempo hace que sabes que mi hermano está vivo?
La mirada de Gautam se endureció.
—Vete.
—Vosotros fuisteis amigos alguna vez —señaló Priya.
—Nunca fuimos amigos.
—Le debías algo. O él sabía lo bastante como para asustarte y hacerte obedecer. Eso es suficiente amistad. ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —Como Gautam guardó silencio, ella agregó—: Lo he vuelto a ver. No me mientas.
Gautam pareció desinflarse.
—Lo supe todo el tiempo. No me gusta, ¿entiendes? Pero es un hombre difícil de rechazar. Conoce a demasiada gente. Y paga bien. No mucha gente puede hacerlo en estos días.
—Con dinero robado.
—El dinero es dinero —dijo Gautam—. No espero que alguien como tú me dé lecciones de ética.
Ella ignoró su mezquindad.
—¿Y qué te compra mi hermano con su dinero?
Gautam se cruzó de brazos.
—Si tu hermano está nuevamente en tu vida, deberías preguntarle directamente. No vuelvas a involucrarme a mí o a los míos en tus asuntos familiares.
—Tienes miedo —dijo ella—. No necesitas negarlo, Gautam. Sé cómo es mi hermano. Tienes miedo de lo que hará si me lo dices. Pero él no sabe que estoy aquí. Y debes saber que cuando aceptas dinero de personas peligrosas, siempre hay consecuencias.
—No me sermonees —protestó escuetamente—. No eres más que una sirvienta, una rata. Probablemente también una puta.
—Cállate —dijo Priya. Las palabras salieron de ella con un filo despiadado.
Con un solo movimiento le quitó la hoz de su mano sudorosa y rompió el mango en su palma. Los ojos de Gautam se agrandaron.
—Olvidas —agregó Priya con calma— que sea lo que sea mi hermano, yo también lo soy.
Si tienes miedo de él, entonces deberías temerme a mí.
Oh, sé que suelo ser muy agradable y me gustaría seguir siéndolo.
Una vez me permitiste dormir en tu puerta, después de todo, y eso fue un gran favor.
Estoy agradecida. Ya puedes hablar, si quieres.
Gautam hizo un ruido ahogado, pero no habló.
—¿Qué te compra? —repitió ella.
Él se masajeó la garganta con los nudillos.
—Yo… —Carraspeó—. Empezó a venir hace poco más de un año. Dijo que necesitaba provisiones. Las suyas se estaban agotando. Las medicinas normales, para curar heridas y controlar enfermedades. Pero también…
—Adelante —instó Priya con impaciencia.
—Mi madre, cuando aún vivía, era una peregrina frecuente al Hirana —dijo Gautam—.
Y también les pagaba a otros peregrinos para que la consiguieran.
Tienes que entenderlo. Sabía que era peligroso, pero la leña empapada con “esol” casi pasa por madera sagrada.
Y para algunos de sus clientes, era lo suficientemente buena.
Sin embargo, nunca te he lo vendido a ti, Priya. Te lo juro.
—Agua inmortal —murmuró ella—. Ya me lo imaginaba. ¿Y dónde está?
Él se inclinó y levantó un listón del suelo. Abajo, una escalera descendía a la oscuridad.
Gautam tomó una lámpara de la pared y la encendió hábilmente; su tenue brillo los guio hacia abajo y se reflejó, cuando llegaron al final de la escalera, en una pequeña y escueta colección de botellitas de fino cristal de color que colgaban de las paredes.
Las botellas estaban cuidadosamente tapadas; todas, llenas de agua que brillaba con su propia sorda extrañeza en la oscuridad titilante.
Priya tocó una ligeramente con las puntas de los dedos.
Estaba fría, no cálida como una máscara sagrada.
Pero algo en su corazón, en la parte de ella que Ashok había retorcido bajo su puño, reconoció la llamada de las aguas.
—No puedes llevártelas —dijo Gautam en voz baja, desesperadamente, detrás de ella—. No puedes. Me he jugado la vida por esto. Se las he prometido. Todo lo que me queda es suyo.
—No me las llevaré —dijo Priya. Recorrió con un dedo el borde de una botellita—. Pero debería destruirlas.
—Por favor —rogó Gautam—. No. Por favor.
Priya golpeó un poco el cristal. Observó cómo el recipiente oscilaba en su gancho.
—Me llamaste rata —dijo—. Y algunas otras cosas que probablemente consideres desagradables.
Él no dijo nada.
—Quiero que recuerdes que eso es todo lo que seré, siempre y cuando no me des ninguna razón para ser más.
Y quiero que le hagas un favor a esta puta que barre suelos y compartas un poco de tu conocimiento con ella.
—Se giró para mirarlo de frente—. A cambio, te dejaré en paz con todo esto. Mi hermano no tiene por qué enterarse.
Gautam exhaló un suspiro tembloroso por el alivio.
—¿Qué quieres saber?
—Háblame de la flor de aguja —respondió Priya—. Dime exactamente qué le hace al cuerpo la ingestión a largo plazo. Y dime cuáles son las consecuencias cuando se suspenden las dosis.