El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Veintiocho #2
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Capítulo Veintiocho #2

—¿No me propone ninguna manera de salvarla?

—Creo que ella esperaba que usted encontrara una, mi señor.

Ese comentario desató la risa de él. Aunque su idioma zaban era tosco y su expresión, odiosa, descubrió que ella le gustaba, lo cual lo horrorizó ligeramente.

—¿Puedes decirme tu nombre? —preguntó.

—Priya —dijo después de una pausa renuente.

Priya. Un nombre común en todo Parijatdvipa. Un nombre dulce para niñas de mejillas redondas y también para novias mansas. Esta mujer no era ninguna de las dos cosas.

—Priya —repitió—. Gracias por venir a mí.

Por favor, dale a tu señora un mensaje mío a cambio.

—Respiró hondo—. Dile que debe aferrarse a la esperanza.

Dile que su trabajo aún no ha terminado.

Que esperaré noticias de ella y continuaré tratando de salvarla.

Y dile… —Parpadeó; no deseaba mostrar sus emociones ante esta mujer— que soy su leal sirviente.

Tal como le prometí. No he olvidado, y nunca olvidaré, la promesa que hicimos sobre un cuchillo.

Ella había extendido el paño primero, alisándolo con los dedos sobre la mesa lacada. A continuación, apoyó el cuchillo. Comparado con la mesa y la muselina, era tosco y feo, sin adornos; terminaba en una punta afilada y práctica.

Pero era el cuchillo de él.

No había pedido vino, ni té, ni vasos altos de lassi o sorbete fresco en esa tarde calurosa.

No habría sirvientes que los molestaran.

Había vivido en el mahal imperial desde que era un niño de ocho años, enviado para fomentar los lazos entre Alor y Parijat, y en todo ese tiempo nunca había estado solo en una habitación con la princesa imperial.

En ese momento sí lo estaba.

Permanecieron en silencio durante un rato.

—Mi padre ha muerto —dijo la princesa Malini.

Casi saltó cuando ella habló.

—Lo sé. Lamento tu pérdida, princesa.

—Y mi hermano —agregó ella—, mi amado y honorable hermano se ha ido donde nadie puede encontrarlo.

Chandra es el único que queda para encender la pira de mi padre.

Para sentarse en su trono. Estoy segura de que, cuando llevaste a Aditya al jardín de los sin nombre, no tenías la intención de que esto sucediera.

—No, princesa. No fue mi intención. Pero los caminos de la fe sin nombre no están bajo el control de los mortales. De una forma u otra, Aditya habría encontrado el jardín. Y habría oído a nuestro dios. Es su destino, está escrito en las estrellas de su nacimiento.

—No creo que las cosas sean así —dijo la princesa—.

Que no tengamos opciones. Y aun si nuestro destino está sellado por las estrellas en nuestro interior, entonces no veo por qué no podemos ceder a las necesidades de nuestro tiempo y alejarnos de nuestro camino prescrito.

—Tocó con las yemas de los dedos el lado sin filo de la hoja.

Todavía había ceniza en su piel, donde había tocado los restos de su padre, en un último acto ritual de duelo—.

Quiero ver a Chandra fuera de un trono que no merece.

Y quiero que Aditya lo ocupe. ¿Me puedes ayudar?

Él encontró su mirada. No era modesta ni humilde.

La chica dócil y silenciosa, fácilmente propensa a las lágrimas, que Rao había esperado que fuera, que siempre había sabido que era, se había derrumbado.

La princesa que estaba sentada frente a él era severa y tranquila, su mirada se clavó en él con tanta precisión como una daga en la garganta.

—Eso nos pondría a ti y a mí, y a todos los que consideramos personas valiosas, en peligro —dijo Rao.

—Tengo cartas de Aditya —dijo ella—. Sé dónde reside y lo convenceré de que regrese. Sea su destino o no, conoce su deber.

Eso hizo que Rao se quedara sin aliento.

—¿Sabes dónde está? ¿En serio?

—Tengo mis propios espías y mujeres —dijo—. Y mi hermano no tuvo el corazón, ni el sentido común, para dejarme sin decir una palabra.

—¿Cómo está él? —preguntó Rao—. ¿Está…?

Malini negó con la cabeza. No le diría nada. Aún no.

—Ya sabes cómo es Chandra —dijo—. Sabes lo que hará.

Puedo asegurarte, príncipe Rao, que tus temores no son infundados.

Mi hermano es la misma criatura que era cuando niño y cuando era joven.

Piensa que los principios de su fe purificarán la sangre de sus manos.

Cree que las atrocidades que comete son bendiciones.

—No ha cometido atrocidades.

—Si el destino está escrito en las estrellas, estoy segura de que sus atrocidades también están escritas —dijo Malini—. Pregunta a tus sacerdotes. O mejor aún, pregúntale a tu propio corazón. No es necesario ser devoto de un dios para saber lo que hará.

Rao pensó en todo lo que había visto de la manera de ser de Chandra. Había crecido junto a él, al fin y al cabo. Se estremeció.

Malini seguía mirándolo.

—Tenemos un pacto entre nosotros, príncipe Rao —continuó la princesa—. ¿No es así?

Él dejó escapar un suspiro y se puso de pie con ella. Dobló la muselina alrededor del cuchillo y lo tomó.

—Sí —dijo—. Así es.

Su hermana Alori estaba de pie en la esquina de la antecámara más allá, con los brazos cruzados.

Aparentemente, estaba de guardia para los visitantes, pero no estaba prestando atención a nada en particular.

Su rostro estaba vuelto hacia arriba, captaba un rayo de sol moteado que entraba por la ventana de listones altos.

Había pájaros jugando en el alféizar, periquitos verdes con picos anaranjados vivos; el revoloteo de sus alas arrojaba sombras sobre la cabeza levantada de Alori.

Ella lo miró entonces, sus ojos ensombrecidos por las alas.

—¿Ya está, hermano? ¿Os habéis puesto de acuerdo?

—Sí —le había dicho él—. Ya está.

Regresó a la habitación. Prem todavía tenía el tablero de pachisa frente a él, y algunos de sus hombres se habían unido a él en el juego. Levantó la cabeza cuando entró Rao.

—¿Tuviste una buena charla en la sala de baños? —preguntó, burlón—. Tengo que admitir que no sabía que te gustaban tan oscuras.

—Eres un tonto, Prem —dijo Rao con cansancio. Pasó junto a él y Lata, que todavía estaba acurrucada sobre su libro, y salió a la terraza.

Necesitaba el aire frío. Necesitaba olvidar.