El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Veintiocho
52%

Capítulo Veintiocho

RAO

— H ay una mujer aquí que pide ver a su primo, Señor Prem —dijo uno de sus hombres—. Parece una sirvienta.

El anuncio los tomó por sorpresa. Prem y Rao se miraron a los ojos. La mandíbula de Prem se tensó, también sus labios.

En los tres días transcurridos desde el asesinato del Señor Iskar, incluso las casas de placer se habían visto invadidas por una atmósfera de inquietud.

Los hombres de Prem habían investigado superficialmente los daños en el área local, después del ataque de los rebeldes y las represalias que siguieron, a cargo de los hombres del regente.

Habían visto puestos de venta reducidos a astillas; casas saqueadas; mendigos muertos, derribados por caballos, olvidados en las esquinas de las calles.

La casa de placer en la que se encontraban había sobrevivido, al parecer, por pura suerte.

Habían obtenido suficiente información para suponer que el Señor Santosh había estado detrás del daño infligido a la ciudad.

“Es exactamente el tipo de estupidez que haría un hombre como él”, había dicho Prem, con disgusto en su voz.

Rao asintió y trató de entender la decisión del general Vikram de dejar la ciudad abierta después.

Se preguntó cómo se relacionaba el acto de un señor con el del otro, cómo la brutalidad de Santosh había desencadenado la magnanimidad del general Vikram y qué decían sus elecciones sobre el verdadero equilibrio del poder en el mahal del regente.

Si hubiera tenido más tiempo y recursos, Rao habría perseguido las respuestas como un depredador con el olor de la sangre en la nariz.

—¿Quién la dejó entrar? —preguntó Prem—. ¿Ninguno de los guardias la detuvo?

—¿Por qué detendrían a una sirvienta? —dijo Lata. Se sentó cómodamente en una pila de almohadas con un libro en sus manos. No levantó la vista mientras pasaba la página—. Nadie detiene a las sirvientas.

—Después de lo que le sucedió al Señor Iskar, y en ese templo ahiranyi, no lo olvidemos, deberían hacerlo —murmuró Prem—. Además, ¿y si ella es una espía de ese presumido Señor Santosh? No creo que sospechara de mí, pero debemos tener un poco de cuidado. ¿Qué es, parijati?

—Ahiranyi, creo, mi señor.

—Bien, entonces probablemente no sea una de sus espías —dijo Prem más relajado.

Se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas cruzadas. En el suelo, entre él y Rao, había una cruz bordada en seda, el tablero de un juego de pachisa . Arrojó seis caracolas de cauri al suelo con un pequeño ruido. Una de ellas cayó hacia arriba y Prem maldijo suavemente.

—Estoy perdiendo —dijo—, así que vete si quieres. —Guardó los cauris—. ¿Estaba prevista esta reunión?

—No —respondió Rao, y agregó, dirigiéndose al guardia—: ¿Dijo ella por qué quiere verme?

—No, mi señor.

Rao se puso de pie, haciendo una mueca ante la punzada de su herida, que aún no había cicatrizado del todo. Escuchó el silencio de la tarde. Los insectos que zumbaban más allá de la terraza. El sonido del agua que manaba de la fuente. Y tomó su decisión.

—Ya voy.

La criada esperaba en el pasillo. Era una mujer sencilla ahiranyi, vestida con un sari humilde, de poco más de veinte años, cabello negro suelto y piel oscura, nariz asimétrica y ojos penetrantes. Hizo una reverencia superficial de respeto y luego dijo, sin preámbulos:

—Ella me dijo que buscara a un hombre que se hace llamar Señor Rajan, primo de un príncipe menor de Saketa. ¿Es usted?

Rao se sorprendió por su franqueza.

—¿Quién pregunta?

—Mi… ama —dijo entrecortadamente; se detuvo ante la palabra “ama”, como si luchara por encontrar el término que deseaba usar—. ¿Es usted el Señor Rajan?

—Sí, soy yo —respondió—. Dime el nombre de tu ama.

La mujer ahiranyi negó con la cabeza.

—Ella me pidió que le dijera que hace mucho tiempo le robó su cuchillo.

No su daga. Su cuchillo. —La criada lo repitió como si se lo hubiera aprendido de memoria—.

Y además quería que le dijera que se alegró cuando usted se lo devolvió a su hermana y a ella.

El arma le dio esperanza. —Lo miró a los ojos, su mirada era muy intensa—. ¿Quizás ahora reconoce a mi ama?

—Ven conmigo —dijo él en voz baja, y empujó la primera puerta que encontró. Ella lo siguió a una sala de baños y él cerró la puerta firmemente detrás de ellos.

—¿Cómo sé que realmente vienes de parte de ella? —preguntó Rao bruscamente. La esperanza había roto su voz en pedazos.

La criada se encogió de hombros, un único movimiento de subida y bajada.

—No sé. ¿Alguien más sabe la historia que le conté?

Rao tragó saliva.

—Nadie que aún viva —logró decir—. Pero alguien podría haberle arrancado los detalles bajo tortura.

—Bueno, no es lo que ha ocurrido —dijo la sirvienta concisamente—. Y no tengo mucho tiempo. Debo volver con ella y traigo preguntas para las que necesita respuestas.

—Dímelas.

—¿Puede usted salvarla? —preguntó la criada sin rodeos—. ¿Puede sacarla de su prisión? ¿Lo está intentando?

—Lo estoy intentando, sí —dijo Rao—. Pero la necesidad de mantener todo en secreto hace… difícil que tengamos éxito. No estoy seguro de poder liberarla —admitió con reticencia—. Pero continuaré esforzándome.

—Bien. El príncipe Aditya —continuó ella—. ¿Todavía vive? ¿Está bien?

—Hasta donde me han informado, está vivo y bien.

—¿Tiene muchos seguidores a su alrededor?

—Tal vez más de los que esperaba —respondió Rao—. Hice todo lo que pude para guiar a todos aquellos que eran de fiar al lugar donde tenían que estar.

No mencionó el arduo trabajo de su padre para aliar los reinos de Parijatdvipa en contra del emperador, en ausencia de Malini.

Antes de la pira, en el momento en que había sentado por primera vez las bases para sus maquinaciones, ella le había escrito al rey Viraj una carta en fluido idioma alorano en la que le pedía ayuda; se había reunido con él en secreto, con la ayuda de Alori y el propio Rao, para debatir los pros y contras de que el gobierno quedase en manos de Aditya.

El padre de Rao había sido casi el primer converso a su causa.

Después de la quema de Alori, después del encarcelamiento de Malini, el padre de Rao se había hecho cargo de esa misión. Al igual que él, dentro de sus posibilidades.

Pero todo eso era más de lo que la sirvienta necesitaba oír. Rao no sabía si esa mujer sabía que él en realidad era un príncipe de Alor, pero, francamente, no quería que lo supiera.

Estaba inclinada hacia delante con urgencia.

—¿Quiénes? Dígame sus títulos, al menos, si no sus nombres.

—Señores del mismo Parijat. Varios príncipes menores de Saketa, aunque no se ha contactado al príncipe supremo ni a sus favoritos más cercanos.

Sus hombres tomaron el camino largo a Srugna, bordeando las fronteras imperiales.

No hay señales de que hayan sido vistos.

Asegúrate de decirle eso. Ella querrá saberlo.

—¿Quién más? Debe de haber más.

—¿Estás segura de que recordarás todo esto?

—Lo recordaré —dijo la criada, con la voz al límite de la paciencia—. Continúe, mi señor.

—El sultán de Dwarali ha enviado emisarios en su nombre, con sus propios jinetes.

—Y no habían sido poco llamativos, en sus monturas de color blanco puro con sillas de montar de color rojo sangre.

Pero la criada tampoco necesitaba saber nada de eso—.

Tenemos un buen número de aliados. El rey de Srugna también ha echado su suerte con nosotros.

Si la criada quedó impresionada o alarmada por algo de aquello, si entendió las implicancias de lo que él le estaba diciendo, su rostro no lo demostró en absoluto. Rao admiró su impasibilidad.

—Bien. Se lo diré.

—¿Y cómo está ella? ¿Cómo le va? —preguntó, y esperó que su pregunta no sonara como la sentía en su corazón.

La criada le dirigió una mirada suspicaz.

—No está bien. Ha estado enferma durante mucho tiempo.

—¿El general Vikram le ha conseguido un médico?

La criada le dedicó una sonrisa tensa y negó con la cabeza.

—El general tiene atribuciones limitadas sobre su cuidado. Por orden del emperador, me han dicho. Además, es su medicina la que la está matando. Ella sabe que es así.

—¿Y quién eres tú para ella?

—Su única asistente, mi señor. Y la que se asegura de que su envenenamiento no continúe.

—¿Y cómo te beneficia eso? —preguntó Rao.

—Ah, mi señor —dijo la sirvienta—. Lo hago solo por el amor y la lealtad en mi corazón.

Había un rastro de verdad en esa ocurrencia, pensó él. Algo en la inclinación de su barbilla, la forma de su boca mientras decía las palabras, se lo indicaba. Malini tenía una forma de ganarse a la gente, les gustara o no. Y, sin embargo, no era toda la verdad, por supuesto.

—¿Tienes algo que pueda usar para liberarla? —preguntó Rao. Los esfuerzos de Prem habían fracasado. No le quedaba nada más que esto: la esperanza de que una criada les diera una posibilidad y una respuesta—. ¿Algún conocimiento, alguna información, algún aliado que pueda buscar?

Prem se habría reído de él por pedirle aliados a una sirvienta. Pero las personas que eran invisibles para los demás a menudo sabían mucho más de lo que la clase noble respetaba o entendía.

—No sé. —La joven apartó la mirada de él cuando sonaron pasos en el pasillo, que luego se alejaron—.

No debería intentar asaltar el templo, o algo así de absurdo.

No hay un camino fácil para subir y bajar el Hirana.

Su superficie es peligrosa. Y también hay guardias.

Tendría que abrirse camino a través del mahal del regente y sus terrenos, y subir sin tomar el camino seguro marcado por la cuerda.

No sería capaz de hacer todo eso. Ni siquiera con un ejército.

—Pero tú puedes hacerlo —dijo Rao.

Una sonrisa irónica asomó en el rostro de ella.

—Nadie se fija en las sirvientas, mi señor. Y yo soy ahiranyi. Conozco el Hirana mejor que usted. Pero la princesa no puede descender por el Hirana para liberarse, y yo no puedo simplemente acompañarla hacia las puertas.

—¿Ella no ha enviado nada para mí?

—Nada más que la información que ya le he dado sobre su salud y sus preguntas.