Capítulo Veintisiete
PRIYA
E ra una de las cosas más fáciles que había hecho jamás.
Ella preparaba toda la comida, después de todo.
Era la que hacía la cena, los parathas, los encurtidos, los tarritos de dhal o de yogurt, si había alguno disponible.
Preparó un plato para Pramila y colocó la dosis mínima de flor de aguja en su té.
Con suerte, la dulzura del azúcar que había echado en la taza ocultaría el sabor.
Con manos que temblaban mucho menos de lo que deberían, considerando lo nerviosa que estaba, Priya preparó el resto de la comida.
Las sirvientas habían dejado en su última visita bolsas de arroz y harina integral, de especias molidas, de cebollas y jengibre.
Cuando Priya levantó una bolsa de harina, vio que un trozo de papel caía al suelo. Se inclinó y lo recogió.
Era una carta escrita con tinta índigo, manchada por haber estado doblada durante mucho tiempo entre dos bolsas, aunque alguien se había tomado la molestia de presionar un paño entre los dos bordes para secar el color.
Reconoció la letra de Sima, su rudimentario zaban.
Sima no escribía con frecuencia y su conocimiento de la lengua escrita era endeble.
“Mantente a salvo. Pienso en ti”.
Debajo, Sima había dibujado un pajarito: una paloma gorda y joven, a la que había agregado ojos oscuros y plumaje con mucho cuidado.
Pensó en Sima sentada, volcando cuidadosamente esas palabras en la página para ella, y se le hizo un nudo en la garganta.
Se metió la nota en la blusa, terminó de cocinar y llevó la comida a la habitación de Pramila, con una sonrisa fija en el rostro.
Cuando finalmente regresó a la habitación de Malini, la encontró caída en el suelo de su celda, con una mejilla contra la piedra y los ojos muy abiertos. Priya corrió hacia ella.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—Claro que no estoy bien —jadeó Malini—. Yo… me he desmayado.
—¿Cómo…?
—Lo vi todo negro —dijo la princesa— y me sentí mareada. Y ahora estoy en el suelo. Eso es todo lo que sé. Por favor, ayúdame a levantarme.
Priya lo hizo, cargando el peso de Malini mientras esta se incorporaba para sentarse. Pudo sentir la humedad en la piel de la princesa.
—El mareo pasará —dijo Malini con firmeza. Parecía enfadada—. Va a pasar. Este es un efecto natural de dejar de tomar la flor de aguja, ¿no es así?
—No lo sé —respondió Priya, impotente.
—Dijiste que sabías sobre los efectos del veneno.
—Sí. Pero no soy sanadora.
—Bien, vale. —La mandíbula de Malini se tensó.
Levantó más la cabeza, como si luchara contra una fuerza invisible que le inmovilizaba el cráneo. Con cuidado, se puso de pie y luego se sentó en el charpoy .
Priya la miró.
—Debe de ser el efecto persistente de la flor de aguja —agregó finalmente Malini, como para tranquilizarlas a ambas—. Eso es todo. Estaré mejor a medida que pase el tiempo. ¿Estás lista, Priya? ¿Te has ocupado de Pramila?
—Está durmiendo. Lo he comprobado. Si vienen los guardias…
—No vendrán a mi habitación. Son sensatos.
—Pero ¿y si lo hacen?
—Simularé dormir —respondió la princesa—. Y si me despiertan, les diré que no sé dónde estás.
—Entonces, estoy lista —dijo Priya.
—Recuerdas…
—Recuerdo todo lo que me dijiste —asintió Priya con impaciencia—. Tenemos un trato, Malini. No te preocupes por nada.
El palacio de las ilusiones, le había dicho Malini, era el lugar al que tenía que ir.
Priya había oído hablar de él. Era una casa de placer situada en una parte bastante elegante, si no terriblemente respetable, del distrito de las lámparas rosadas.
Su nombre era a la vez una broma y una burla: había sido nombrado en honor a un antiguo mito que se contaba en todo el subcontinente sobre el palacio de una hermosa reina que tenía muchos esposos.
Sabía que iba a encontrarse con el joven señor que se hospedaba allí, un primo lejano de un príncipe de poco rango de Saketa, aunque ese no era, según Malini, su verdadero linaje.
Debía darle un mensaje de la princesa, hacerle las preguntas que esta le había indicado y luego regresar.
Todo esto, antes de que Pramila despertara.
Necesitaría la suerte de su lado.
Se echó un chal sobre los hombros.
—Priya. —La expresión en los ojos oscuros de Malini era ilegible.
—¿Sí?
Nada. Por un largo rato.
—Espero que regreses a salvo —dijo finalmente la princesa—. Espero que estés bien. Pensaré en ti.
¿Por qué Malini seguía insistiendo en que realmente le importaba? Priya se sintió en carne viva. Quería que ella la cuidara, quería disfrutar de ese cariño, fundirse en él. Pero el resto de sí misma era cauteloso, quería acorazarse.
—Por supuesto que lo harás —dijo—. Soy la única aliada que tienes aquí. Estarías indefensa sin mí.
Malini no se inmutó, pero había algo en su quietud que hizo que el corazón de Priya se encogiera, solo un poco, con una culpa que no quería sentir.
—Volveré pronto —murmuró—. Solo espera y verás.
Salió de la habitación y caminó hacia el triveni. La oscuridad más allá era casi completa. El resplandor de la luna creciente era tenue, las luces de la ciudad eran meras salpicaduras de oro sobre negro.
Cerró los ojos. Sintió la llamada de la magia, un río que surcaba su piel. Pensó en la forma en que el Hirana se había movido debajo de ella; las tallas se habían vuelto más nítidas, como si resucitaran de la destrucción de las paredes. Pensó en cuánto había crecido también su conexión con él.
Aspiró una bocanada de aire fortalecedor y bajó a la superficie del Hirana.
La piedra estaba caliente bajo sus pies. Sintió el musgo nuevo contra sus suelas.
Dio un paso hacia abajo. Otro. Otro.